Lo primero que hacen no es debatirlo, no es enfrentarlo con argumentos, no es salir a la plaza pública a demostrar que tienen mejores ideas. Lo primero que hacen es buscar en el pasado, revolver papeles viejos, encontrar a alguien que tenga algo que ganar diciendo lo que ellos necesitan que diga y armar el escándalo justo antes de las elecciones, justo cuando el daño sea más difícil de reparar y el tiempo para responder sea más corto.
Usted ha visto esa historia antes. Colombia la ha vivido muchas veces y en febrero de 2026 Colombia la vivió de nuevo. Para entender completamente lo que pasó en estos días, hay que entender primero quién es Abelardo de la Espriella, porque este no es un nombre cualquiera en la política colombiana. No es el político de carrera que lleva décadas en los mismos corredores del poder.
No es el hijo de un senador, ni el aijado de un expresidente, ni el candidato que llega respaldado por la maquinaria de un partido que ha repartido contratos y puestos durante generaciones. Abelardo de la Espriella es abogado penalista y no de los que trabajan en los casos fáciles, sino de los que trabajan en los casos que nadie más quiere tocar.

Los casos complicados, los casos donde el acusado no tiene con qué pagar y donde el abogado tiene que pelear contra toda la fuerza del estado con los únicos instrumentos que tiene el conocimiento de la ley, la paciencia para revisar cada expediente y la disposición para no rendirse aunque el camino sea largo y nadie aplauda.
Esa trayectoria de más de 30 años en el derecho penal le dio una cosa que muy pocos políticos colombianos tienen cuando llegan a una campaña presidencial y es una reputación construida en el trabajo concreto, no en los discursos, no en las promesas, no en las alianzas con los poderes de turno, sino en los salones de los juzgados donde la gente lo había visto actuar, en los expedientes donde su firma aparecía defendiendo causas que otros rechazaban, en las historias de personas que habían pasado por situaciones difíciles y que habían visto en él a alguien que los
escuchaba y que peleaba por ellos convicción. Y esa reputación construida con tanto tiempo y tanto esfuerzo fue exactamente lo que sus enemigos decidieron atacar cuando entendieron que ya no podían ignorarlo. Las encuestas de enero y febrero de 2026 mostraban algo que en los círculos del establecimiento colombiano generaba una incomodidad muy grande.
Abelardo de la Espriella estaba entre los dos candidatos con mayor intención de voto para la presidencia, peleando palmo a palmo con Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico. la coalición del presidente Gustavo Petro en una carrera que según las mediciones más recientes podía terminar en una segunda vuelta entre los dos. Eso significa algo muy concreto en la política colombiana.
Significa que si Petro quería que su legado político sobreviviera su mandato, si quería que las políticas y los proyectos y la visión de país que había intentado construir en sus 4 años de gobierno tuvieran continuidad, necesitaba que Cepeda ganara la presidencia. Y para que Cepeda ganara la presidencia, el mayor obstáculo no era la derecha tradicional, ni los candidatos que representaban el establecimiento de toda la vida, sino este abogado costeño que había llegado a las encuestas desde afuera del sistema y que estaba conectando con una parte del
electorado colombiano que el petrismo necesitaba para ganar, para los que manejan la política en Bogotá, para los que llevan años entendiendo Colombia como un tablero de ajedrez donde cada movimiento tiene una consecuencia calculada. Un candidato como de la Espriella en ese nivel de intención de voto no era solo un competidor, era un problema que había que resolver antes de que llegara mayo.
Y en ese contexto apareció David Murcia Guzmán. Usted que tiene memoria y que conoce la historia reciente de Colombia, ese nombre no le es extraño, porque David Murcia Guzmán es uno de esos personajes que este país produce de vez en cuando. Hombres que en un momento parecen tener todo el mundo en las manos y que terminan en la cárcel con una condena que los va a acompañar el resto de sus vidas.
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Hombres cuya historia es una enseñanza sobre lo que pasa cuando la ambición no tiene límites y cuando el dinero se convierte en el único lenguaje que se habla. David Murcia Guzmán fue el cerebro de DMG, las siglas de su empresa, que entre los años 2005 y 2008 se convirtió en una de las pirámides financieras más grandes que Colombia ha visto en su historia reciente, un esquema donde la gente depositaba su dinero con la promesa de rendimientos que ningún banco del mundo podía ofrecer de manera legítima.
rendimientos que llegaban porque el dinero de los que entraban después pagaba a los que habían entrado antes, hasta que el día llegó en que no había suficiente dinero nuevo para pagar a todos los que esperaban. Y el edificio entero se derrumbó sobre las cabezas de miles de colombianos que habían puesto en ese esquema sus ahorros, sus jubilaciones, el dinero que habían guardado durante años para comprar una casa o pagar la universidad de sus hijos.
Cuando el gobierno de Álvaro Uribe intervino y cerró DMG en noviembre de 2008, David Murcia Guzmán fue detenido, extraditado a Estados Unidos, procesado, condenado y finalmente devuelto a Colombia, donde hoy cumple una condena que lo tiene encerrado en la picota, la cárcel de Bogotá que administra el gobierno del presidente Gustavo Petro.
Ese hombre, ese hombre que engañó a miles de colombianos, que les quitó sus ahorros, que construyó su fortuna sobre la confianza que la gente le depositó y que traicionó esa confianza de la manera más cruel. Ese hombre es el que salió en los primeros días de febrero de 2026 a acusar a Abelardo de la Espriella en una entrevista grabada dentro de la cárcel del gobierno, transmitida en los micrófonos de W radio y difundida en los canales donde el periodista Daniel Coronel tiene presencia e influencia.
Lo que Murcia dijo en esa entrevista fue lo siguiente, que cuando de la espriella era su abogado, hace casi dos décadas le había cobrado 5,000 millones de pesos de manera irregular y que además le había pedido 762 millones de pesos adicionales para, en sus palabras, tocar congresistas para pagar a legisladores que pudieran votar en contra de un proyecto de ley que en ese momento amenazaba el negocio de DMG, un proyecto que buscaba penalizar el almacenamiento Transporte de dinero en efectivo.
Esas son acusaciones gravísimas y cualquier colombiano que las escucha por primera vez tiene todo el derecho de tomarlas en serio, de hacerse preguntas, de querer saber si hay verdad en ellas, porque si fueran ciertas dirían algo muy importante sobre el carácter y la honestidad del hombre que está pidiendo, los votos de los colombianos para ser su presidente.
Pero hay un problema con esas acusaciones, un problema que Daniel Coronel y W Radio y todos los que difundieron esa historia sabían perfectamente desde el primer momento y que sin embargo no pusieron en el primer párrafo, ni en el titular ni en el lugar donde cualquier periodista honesto habría puesto la información más importante.
Esas acusaciones ya fueron investigadas. Ya fueron investigadas hace 16 años. Y la Fiscalía General de la Nación, después de revisar testigos, documentos y toda la evidencia disponible, archivó el caso con una conclusión que no dejaba espacio para la ambigüedad. Los hechos no son ciertos. En el derecho colombiano, cuando la fiscalía archiva un caso con esa conclusión, cuando dice que los hechos que se denunciaron no ocurrieron, eso tiene un nombre que cualquier abogado conoce y que cualquier ciudadano debería conocer, se llama cosa juzgada.
Cosa juzgada significa que ese asunto ya fue resuelto por la justicia, que la decisión que se tomó es definitiva, que no se puede volver a investigar lo mismo, que no se puede volver a acusar por lo mismo, que la puerta de ese proceso está cerrada con llave y que nadie tiene el derecho de abrirla de nuevo para poner en entredicho a una persona por algo que la justicia ya determinó que no existió.
Eso es exactamente lo que ocurrió con las acusaciones de David Murcia contra Abelardo de la Espriella en el año 2010. Y eso es exactamente lo que Daniel Coronel y W Radio eligieron, no explicarle al país con la misma claridad con que explicaron las acusaciones de Murcia, porque si lo hubieran explicado. Si hubieran dicho desde el principio que esas acusaciones ya habían sido investigadas y descartadas por la justicia colombiana hace 16 años, la historia habría tenido un impacto muy diferente, un impacto que no servía
para el propósito que esa historia claramente tenía. Pero hay algo más que Colombia necesita entender para ver el cuadro completo, algo que va más allá de las acusaciones de Murcia y de la decisión de la fiscalía en 2010. Algo que tiene que ver con quiénes son las personas que orquestaron esta historia y cuáles son los intereses concretos que tenían para querer que Colombia creyera esa versión sobre de la espriella.
El primero de esos actores es Daniel Coronel y hay que hablar de él con honestidad porque Daniel Coronel no es un desconocido, es uno de los periodistas más reconocidos de Colombia, un hombre que ha hecho en su carrera investigaciones importantes y que ha tenido el valor en otros momentos de decir verdades incómodas y que precisamente por esa trayectoria tiene una credibilidad ante el público que hace que cuando él dice algo, mucha gente lo crea sin hacer las preguntas que deberían hacerse.
Pero también es verdad que Daniel Coronel tiene acciones en Noticias 1, que fue presidente de la revista Cambio, que tiene una presencia permanente en W radio a través de su sección semanal y que lleva años declarando públicamente una enemistad con Abelardo de la Espria, que no es un secreto para nadie que siga la política colombiana.
Eso no convierte automáticamente en mentira todo lo que coronel dice sobre de la espriella, pero si obliga a cualquier colombiano sensato a hacerse una pregunta que el periodismo serio siempre hace antes de publicar una acusación, ¿tiene el que acusa un interés en el resultado de esa acusación? ¿Hay algo en la relación entre quién hace la denuncia y quién la difunde que el público debería conocer para poder evaluar la historia con toda la información disponible? La respuesta en este caso es sí y ese sí es importante.
El segundo actor es Sondra MC Collins y aquí la historia se pone todavía más interesante porque Sondra MC Collins no es solo la abogada de David Murcia Guzmán, aunque ese papel ya la pone en una posición de conflicto de interés evidente en esta historia. Sondra MC Collins es también candidata a la presidencia de la República, lo que significa que es competidora directa de Abelardo de la Espriella en la carrera electoral que todos están.
corriendo en este momento. Y además de eso, Sondra MC Collins está casada con Moisés Garvin, conocido en los círculos empresariales colombianos como el marqués, un hombre que según denuncias publicadas en medios de comunicación ha obtenido contratos billonarios con el gobierno de Gustavo Petro y con gobiernos anteriores, contratos que lo ponen en una relación de dependencia económica con exactamente el gobierno que tiene el mayor interés político en que Abelardo de la Espriella no llegue a la presidencia.
Piense en eso un momento. La abogada del hombre que acusa de la espriella es al mismo tiempo candidata presidencial que compite con él. Está casada con un contratista del gobierno de Petro y su cliente está encerrado en una cárcel del mismo gobierno al que le pide el indulto. ¿Es eso una coincidencia? ¿Es eso la historia espontánea de un preso que de pronto, a 16 años de que la justicia cerró el caso, decidió que era el momento de decir la verdad? O es eso la pieza de un rompecabezas que alguien armó con cuidado y con tiempo,
sabiendo exactamente cómo iba a encajar cada parte y cuál iba a ser el efecto que produciría justo antes de unas elecciones. Y entonces llegó lo que nadie en el equipo de Coronel, ni en el de MC Collins, ni en el de quienes coordinaron. Esta historia esperaba. Abelardo de la Espriella respondió, no con un comunicado enviado a través de su equipo de prensa, no con una declaración leída por su abogado ante los micrófonos, no con el silencio calculado del político que espera que la tormenta pase, sino con algo mucho más
directo y mucho más contundente. Salió el mismo con su propia voz, con los documentos en la mano, con los nombres y las fechas y las fotos, y desmontó pieza por pieza lo que acababan de intentar hacerle, con una claridad y una precisión que sorprendió incluso a los que ya lo conocían. Lo primero que dijo fue algo que en términos legales cerraba el debate sobre las acusaciones de Murcia antes de que pudiera abrirse, que la fiscalía había investigado ese caso en 2010 y lo había archivado, que eso era cosa juzgada, que
en Colombia no se puede juzgar dos veces por el mismo hecho, que David Murcia podía repetir esas acusaciones todas las veces que quisiera, pero que la justicia colombiana ya había dicho que no eran ciertas y que eso no cambiaba con el deseo de nadie. Lo segundo fue algo sobre el dinero, un momento en que de la espriella dijo una frase que sus seguidores aplaudieron y que sus críticos analizaron.
dijo que Murcia le quedó debiendo plata a él, no al revés, que tenía el contrato, que tenía las facturas, que había pagado sus impuestos, que todo estaba documentado y que si alguien quería verificarlo, el expediente existía y podía ser revisado. Pero lo tercero, lo que convirtió esa respuesta en algo que Colombia no va a olvidar pronto, fue lo que salió sobre Robinson Giraldo y la sala de Sondra MC Collins.
Porque mientras el escándalo de las acusaciones de Murcia todavía estaba caliente, mientras las redes sociales y los programas de radio y los canales de YouTube lo seguían amplificando con la energía de quién sabe que tiene un escándalo grande entre las manos, apareció un señor llamado Robinson Giraldo grabando un vídeo donde hacía señalamientos de un tipo diferente contra de la espriella.
señalamientos que no tenían nada que ver con contratos ni con plata, sino con su vida personal, con el tipo de acusación que en la política colombiana se lanza cuando ya no quedan argumentos y cuando el objetivo es simplemente ensuciar, manchar, hacer que el nombre del atacado quede asociado a algo que genere rechazo, aunque no haya una sola prueba que lo respalde.
Ese vídeo de Robinson Giraldo circuló en redes sociales con una velocidad que no fue espontánea. fue amplificado por cuentas y perfiles que los analistas de comunicación digital reconocen de inmediato como parte de operaciones coordinadas y llegó a millones de colombianos en pocas horas con la eficiencia de quien tiene los recursos y la infraestructura para mover contenido masivamente.
Pero entonces el equipo de de la Esriella hizo algo sencillo, algo que cualquier persona con un ojo entrenado para observar los detalles podría haber hecho, algo que en el fondo no requería sofisticación, sino únicamente atención. Comparó el fondo del vídeo de Robinson Giraldo con las fotos de la sala de Sondra MC Collins.
Las mismas cortinas, el mismo sillón, la misma pared, el mismo bar al fondo. Robinson Giraldo había grabado su vídeo de acusaciones personales contra de la espriella en la casa de la abogada del hombre que lo estaba acusando de robo en la misma casa, con los mismos muebles, con la misma decoración de fondo que aparecía en las fotos públicas de esa residencia.
Cuando esa comparación salió a la luz, cuando los colombianos que la vieron entendieron lo que estaban viendo, algo se rompió en el relato que habían intentado construir, porque ya no era posible decir que todo era coincidencia. Ya no era posible sostener que Giraldo era un ciudadano indignado que de manera espontánea había decidido grabar ese vídeo.
Ya no era posible presentar todo ese conjunto de acusaciones como la convergencia natural de preocupaciones independientes sobre el carácter de un candidato. El vídeo estaba grabado en la casa de la abogada. La abogada era la del preso que lo acusaba. El preso estaba en una cárcel del gobierno. El gobierno tenía al candidato más votado del pacto histórico compitiendo con de la espriella por la presidencia.
Esas no son piezas que encajan por accidente. Esas son las piezas de un rompecabezas que alguien armó y Colombia las estaba viendo todas juntas por primera vez. y Daniel Coronel, el periodista que había dado el primer golpe con la entrevista a Murcia, el periodista que se había presentado ante el país como el mensajero de una verdad importante que Colombia necesitaba conocer, no tenía respuesta para eso, porque hay cosas que no se pueden explicar con los argumentos del periodismo de investigación.
Y una de esas cosas es porque el hombre que grabó el vídeo de acusaciones personales contra tu objetivo estaba haciéndolo en la sala de la abogada de tu fuente. Lo que esta historia revela lo que Colombia empezó a entender en esos días de febrero de 2026, no es solo la historia de un candidato que se defendió bien de un ataque.

No es solo la historia de un periodista que quedó expuesto por una coincidencia que no podía explicar. Lo que esta historia revela es algo más grande, algo que usted que lleva años viviendo en este país ya intuye, aunque quizás no lo haya podido poner en estas palabras, que en Colombia el poder no pierde sus privilegios sin pelear.
Que cuando alguien llega desde afuera del sistema y empieza a amenazar el control que los de siempre han tenido sobre quién gobierna y quién no, ese sistema activa todos sus recursos. Los periodistas con enemistad declarada, los presos con indultos pendientes, las abogadas con esposos contratistas, los vídeos anónimos grabados en salones privados, todo coordinado, todo con un teaming que no es casualidad, todo apuntando al mismo blanco.
Y lo que también revela esta historia es que esa estrategia, por más coordinada que esté y por más recursos que tenga detrás, a veces encuentra en su camino algo que no calculó, un candidato que no se rinde, que no se esconde, que no manda a sus voceros, sino que sale el mismo, que no espera a que la tormenta pase, sino que la enfrenta con los documentos en la mano y los nombres en la lengua.
Eso fue lo que Colombia vio en febrero de 2026. Y lo que pasó después, lo que cada uno de los actores de esta historia hizo cuando quedaron expuestos y lo que esto significa para una Colombia que en pocos meses tiene que decidir a quién le confía el próximo capítulo de su historia, es lo que vamos a contarle en la segunda parte de este vídeo.
Porque esta historia no ha terminado y la pregunta que usted ya se está haciendo es también la pregunta que Colombia entera necesita responder. ¿Puede este país seguir tolerando que las campañas electorales se definan? No por las ideas, sino por los escándalos fabricados en los salones de los que tienen todo que perder si algo cambia de verdad.
Hay una manera de contar las historias que el poder prefiere, una manera que consiste en dar la información en pedazos, en soltar un pedazo aquí y otro pedazo allá, en asegurarse de que el público nunca vea el cuadro completo al mismo tiempo, porque cuando la gente ve el cuadro completo, empieza a hacer preguntas que son difíciles de responder, preguntas sobre las coincidencias que son demasiadas para ser coincidencias.
sobre las conexiones que aparecen donde no deberían aparecer sobre él. Timín perfecto de los escándalos que siempre llegan en el peor momento para el que los sufre y en el mejor momento para el que los necesita. En febrero de 2026, Colombia vio el cuadro completo. No de un solo golpe, no en un solo titular, no en una sola noche, sino de la manera en que estas cosas siempre se revelan cuando alguien decide que ya es suficiente y sale a contarlo todo, pieza por pieza, nombre por nombre, foto por foto, hasta que el rompecabezas quedó
armado sobre la mesa y cualquier colombiano con ojos podía ver exactamente lo que estaba mirando. Y lo que estaba mirando era esto, una operación construida con tiempo, con recursos y con la participación de personas que tenían intereses concretos y medibles en que Abelardo de la Espriella no llegara a la presidencia de Colombia.
Una operación que usó a un preso con indulto pendiente como arma principal, a un periodista con enemistad declarada como canal de distribución, a una abogada con esposo contratista como pieza de enlace y a un hombre con un teléfono y una sala prestada como remate. Final, todo coordinado, todo con fechas, todo apuntando al mismo objetivo en el mismo momento.
Para entender cómo se armó esa operación, hay que empezar por el principio, por el momento en que todo comenzó. Que no fue en los primeros días de febrero de 2026 cuando las acusaciones salieron al aire, sino mucho antes, en los meses en que las encuestas empezaron a mostrar que algo inesperado estaba pasando en la carrera presidencial colombiana.
Cuando Abelardo de la Espriella anunció su candidatura a la presidencia, muchos en los círculos políticos de Bogotá lo tomaron con la ligereza con que se toman las candidaturas de los que vienen desde afuera del sistema, con esa mezcla de condescendencia y de subestimación que los políticos de carrera reservan para los que se atreven a entrar al juego sin haber pedido permiso, sin haber pagado los peajes de la política tradicional, sin tener detrás la maquinaria de un partido con décadas de contratos y de puestos repartidos.
Lo miraron como se mira al recién llegado que no sabe todavía cuáles son las reglas, que piensa que las cosas funcionan de otra manera, que cree que con un buen discurso y mucha energía alcanza para ganar una presidencia en un país donde las presidencias se negocian en las trastiendas y se compran con los mismos billetes que luego aparecen en los contratos del estado.
Pero las encuestas no mintieron. Las encuestas dijeron algo que el establecimiento no quería escuchar, que la gente lo estaba siguiendo, que su mensaje estaba llegando, que ese abogado costeño que hablaba con la franqueza del que no tiene nada que esconder estaba conectando con una parte del electorado colombiano que llevaba años esperando a alguien que no fuera más de lo mismo.
Y cuando las encuestas de enero y febrero de 2026 lo pusieron entre los dos primeros, cuando los números mostraron que podía llegar a una segunda vuelta contra Iván Cepeda y que en esa segunda vuelta la cosa podía ponerse muy pareja, entonces el tono cambió. Entonces ya no fue la condescendencia del que subestima al recién llegado.
Entonces fue algo diferente, algo que tiene otro nombre, algo que en la política colombiana se reconoce de inmediato porque ha pasado demasiadas veces para que alguien pueda fingir que no sabe de qué se trata. Entonces fue el miedo. Y cuando el poder tiene miedo en Colombia, cuando el establecimiento siente que algo que no puede controlar está creciendo más de lo que debería, lo que hace no es debatir, no es competir con ideas, no es ir al pueblo con un programa mejor y con argumentos más sólidos. Lo que hace es
exactamente lo que hizo en febrero de 2026. Busca el arma, encuentra al que la puede disparar y la apunta al lugar donde más daño puede hacer. El arma en este caso se llamaba David Murcia Guzmán y llevaba años guardada en una cárcel del gobierno esperando el momento en que alguien la necesitara. Porque hay que entender algo sobre David Murcia Guzmán que es fundamental para comprender porque su acusación en febrero de 2026 no fue un acto espontáneo de conciencia tardía, sino una pieza de un plan más grande. Murcia
está condenado a décadas de prisión. está en la picota y desde hace tiempo está buscando la manera de salir antes de que se le acabe la vida entre esas paredes. Para eso presentó una solicitud de indulto humanitario y esa solicitud la tiene que resolver el presidente de la República, el mismo Gustavo Petro, el mismo gobierno al que pertenece el candidato que más sufría por el ascenso de de la Espriella en las encuestas.
Piense en la posición de ese hombre. Tiene todo para ganar si hace lo que alguien necesita que haga y todo para perder si no lo hace. No tiene libertad, no tiene opciones, no tiene el lujo de decir que no cuando alguien con el poder de abrirle la puerta de la cárcel le pide un favor. Eso no significa necesariamente que haya una conversación grabada donde alguien del gobierno le diga explícitamente que a cambio del testimonio viene el indulto.
No funciona así. Funciona con silencios, con insinuaciones, con la comprensión que se desarrolla entre personas que se necesitan mutuamente cuando cada una sabe lo que la otra necesita sin que nadie tenga que ponerlo en palabras. Y en ese contexto, en esa comprensión silenciosa entre un preso con décadas por delante y un gobierno con un problema electoral urgente, apareció la entrevista.
La entrevista de David Murcia Guzmán fue grabada dentro de la picota, una cárcel que es administrada y controlada por el gobierno nacional, lo que significa que las personas que entran y salen, las cámaras que se permiten adentro, los periodistas que obtienen acceso, todo eso pasa por los filtros de una institución que responde al gobierno del presidente Petro.
que Daniel Coronel, un periodista con enemistad declarada contra de la Sprieella y con acciones en medios desde donde lo ataca regularmente, haya podido entrar a esa cárcel con un equipo de producción a grabar una entrevista con un preso de alto perfil y que esa entrevista haya salido coordinadamente en W Radio con Julio Sánchez Cristo y luego se haya amplificado en noticias uno y en la revista Cambio, dos medios donde Coronel tiene presencia e influencia no fue el resultado de una solicitud.
periodística rutinaria que alguien en el IMPEC aprobó porque sí. Eso fue una decisión. Alguien tomó la decisión de abrir esas puertas en ese momento con ese periodista para esa historia. Y la pregunta que Colombia tiene que hacerse, la pregunta que Daniel Coronel nunca respondió de manera satisfactoria cuando se la hicieron es quien tomó esa decisión y por qué la tomó en ese momento específico.
A pocas semanas de las elecciones al Congreso de Marzo y a pocos meses de las elecciones presidenciales de mayo, pero la cárcel y el periodista eran solo dos de las piezas. La tercera pieza era Sondra MC Collins. Y para entender su papel en todo esto, hay que entender la posición particular en que se encontraba esta mujer en este momento de la historia.
Sondra MC Collins es abogada penalista, tiene experiencia en casos difíciles y llegó al expediente de David Murcia Guzmán como su defensora. Hasta ahí nada fuera de lo normal en el mundo del derecho penal colombiano, donde los abogados representan a todo tipo de personas independientemente de lo que hayan hecho, porque ese es el fundamento del debido proceso, que todo el mundo tiene derecho a una defensa.
Pero Sondra MC Collins no es solo la abogada de Murcia, es candidata a la presidencia de la República de Colombia, lo que significa que está corriendo la misma carrera que Abelardo de la Espriella y que tiene interés directo en que él no llegue al final de esa carrera antes que ella. y está casada con Moisés Garvin, un empresario que según denuncias periodísticas ha obtenido contratos de magnitud con el gobierno de Petro y con gobiernos anteriores, lo que lo pone en una relación de dependencia con exactamente el poder político que más se
beneficia de que de la espriella se ha destruido electoralmente. Eso es lo que en el derecho se llama conflicto de interés. Y un conflicto de interés no significa que alguien sea culpable de algo, pero sí significa que sus motivaciones para actuar de determinada manera no son neutrales, que hay algo que ganar o perder dependiendo del resultado.
Y que cuando eso ocurre, la gente que recibe su versión de los hechos tiene el derecho y la obligación de saber que esa versión viene de alguien con intereses en el resultado. Ni coronel ni W radio, ni los medios que amplificaron la historia de Murcia pusieron eso en el primer párrafo. lo pusieron al final, si lo pusieron en letra pequeña en la postata que la mayoría de los lectores y oyentes no alcanza a procesar cuando ya tiene la acusación principal grabada en la cabeza.
Y mientras todo eso estaba pasando, mientras el escándalo de las acusaciones de Murcia estaba en su punto más alto de circulación, apareció Robinson Giraldo. Robinson Giraldo es un nombre que antes de febrero de 2026 muy poca gente conocía fuera de los círculos donde se mueve, pero que en esos días se convirtió en protagonista de una historia que nadie esperaba que terminara como terminó.
Giraldo publicó un vídeo en redes sociales donde hacía señalamientos sobre la vida personal de Abelardo de la Espriella. Señalamientos del tipo que en la política colombiana se lanzan cuando el objetivo no es informar, sino contaminar, cuando lo que se busca no es que la gente crea algo concreto y verificable, sino que asocie el nombre del atacado con algo que genere rechazo visceral, algo que no necesita pruebas porque opera en el nivel del rumor y del prejuicio.
Ese vídeo circuló con una velocidad que no fue natural, que tuvo detrás la infraestructura de amplificación que en Colombia se llama con distintos nombres dependiendo de quien la use, ejércitos digitales, bodegas, granjas de cuentas, los miles de perfiles que comparten y replican el mismo contenido en el mismo momento hasta que el algoritmo lo convierte en tendencia y lo lleva a los teléfonos de millones de personas que nunca lo hubieran buscado por su cuenta.
En circunstancias normales, ese tipo de vídeo habría sido lo más difícil de rebatir de toda la operación. Porque los rumores sobre la vida personal de las personas son imposibles de refutar completamente. Siempre dejan algo. Siempre hay alguien que cree que donde hay humo hay fuego, aunque nunca vea la llama.
Pero entonces ocurrió algo que los que armaron esa parte de la operación no calcularon o que calcularon mal pensando que nadie iba a tomarse el trabajo de verificarlo. El equipo de de la Espriella comparó el vídeo de Giraldo con las fotos que existían de la casa de Sondra MC Collins y encontró lo que encontró.
Las mismas cortinas, el mismo sillón, la misma pared, el mismo bar que aparece al fondo, la misma sala donde Robinson Giraldo había grabado su vídeo de acusaciones personales contra de la espriella. Era la sala de la casa de la abogada del hombre que lo estaba acusando de robo. Cuando esas imágenes comparativas salieron a circular en las mismas redes donde había circulado el vídeo de Giraldo, cuando los colombianos que habían visto el vídeo original empezaron a ver la comparación fotográfica, ocurrió algo que en el mundo de la
comunicación política se llama el efecto rebote. Ese momento en que una operación de ataque se da vuelta sobre sí misma y empieza a dañar a quienes la diseñaron en lugar de al que querían dañar. Porque ya no era posible decir que todo era coincidencia. Ya no era posible sostener que Robinson Giraldo era un ciudadano indignado que de manera espontánea había tomado su teléfono y grabado ese vídeo desde su casa.
La casa no era la de Giraldo, era la de MC Collins. Y eso cambiaba todo, no solo la credibilidad de ese vídeo específico, sino la credibilidad de toda la operación. Porque si esa pieza estaba coordinada, si esa pieza había sido planificada y ejecutada con acceso a los espacios físicos de uno de los actores principales de la historia, entonces la pregunta que saltaba de manera inevitable era cuántas de las otras piezas también estaban coordinadas, cuántas de las otras acusaciones también tenían detrás a personas con intereses en el resultado.
Cuanto de lo que se presentó como periodismo de investigación independiente era en realidad una producción coordinada que usaba el lenguaje del periodismo para hacer algo muy diferente. Abelardo de la espriella salió a responder todo eso con una contundencia que sorprendió incluso a los que ya lo conocían, porque hay candidatos que cuando los atacan desaparecen durante días y luego vuelven con una declaración preparada por su equipo de comunicaciones.
Hay candidatos que delegan en sus voceros la tarea de rebatir los señalamientos mientras ellos se mantienen en un segundo plano esperando que la cosa amaine. Y hay candidatos que salen ellos mismos con su propia voz mirando a la cámara, sin leer de un papel, con los argumentos cargados y la disposición de quien lleva años en los juzgados y sabe que la mejor defensa es la que se hace directamente, sin intermediarios, sin el filtro que suaviza las palabras y les quita la contundencia que necesitan.
de la Espriella fue el segundo tipo de candidato. Salió con los documentos de la fiscalía que mostraban el archivo del caso de 2010. salió con los contratos y las facturas que mostraban que el honorario que había cobrado por representar a Murcia era legítimo, documentado y declarado. Salió con la comparación fotográfica que mostraba el fondo del vídeo de Giraldo en la sala de MC Collins.
Salió con los registros que mostraban las fotos de Giraldo con el hijo de MC Collins posando juntos en campos de golf. una conexión personal que hacía todavía más difícil sostener que Giraldo había actuado de manera espontánea e independiente y salió con algo más, con algo que en el lenguaje de la política colombiana tiene un peso particular porque toca un nervio que Colombia conoce muy bien la denuncia concreta de que el gobierno de Petro había abierto las puertas de una cárcel que controla para que un periodista con enemistad
declarada grabara una entrevista con un preso que le está pidiendo el indulto al mismo gobierno y que todo eso había ocurrido en el momento exacto en que las encuestas mostraban que él era el mayor. Obstáculo para que el candidato del petrismo llegara a la presidencia. Daniel Coronel respondió, “Tenía que responder porque el silencio en ese momento habría sido tan revelador como cualquier cosa que pudiera decir.
” Pero lo que dijo no fue suficiente para cerrar las preguntas que de la spriya había abierto, porque hay preguntas que no se pueden cerrar con declaraciones de principios sobre la libertad de prensa y la importancia del periodismo de investigación, preguntas que requieren respuestas concretas sobre hechos concretos.
Y Coronel no tenía esas respuestas concretas o no quiso darlas. No explicó con claridad cómo obtuvo el acceso a la picota para grabar a Murcia en ese momento específico. No explicó por qué en su reportaje sobre las acusaciones de Murcia no mencionó de manera prominente que la fiscalía había archivado ese caso en 2010 con la conclusión de que los hechos no eran ciertos.
No explicó la conexión entre Robinson Giraldo y la casa de Sondra MC Collins de una manera que pudiera convencer a alguien que ya había visto las fotos comparativas. Y cuando no pudo dar esas respuestas, cuando los colombianos que habían seguido el debate se dieron cuenta de que las preguntas quedaban sin respuesta, algo cambió en la percepción pública de lo que había pasado.
Ese cambio sutil, pero definitivo, ¿qué ocurre cuando la gente pasa de preguntarse si una acusación es verdadera? preguntarse quién tenía interés en que esa acusación circulara. Hay algo en esta historia que va más allá de los personajes específicos, algo que habla de un patrón que Colombia ha visto repetirse con una regularidad que debería preocupar a todos los que creen en la democracia, independientemente de cuál sea el candidato que en este momento sea la víctima del patrón.
Ese patrón funciona así. Un candidato sube en las encuestas y empieza a representar una amenaza real para el que tiene el poder. Aparece una fuente con credenciales de algún tipo, un ex, un preso, un testigo, alguien con algo que decir. Aparece un medio con audiencia masiva dispuesto a amplificar lo que esa fuente dice sin hacer las preguntas incómodas sobre sus motivaciones.
aparece el timín perfecto siempre a pocas semanas de una elección importante, siempre en el momento en que hay menos tiempo para que el atacado pueda reconstruir su imagen. Y aparecen las bodegas digitales, los ejércitos de cuentas que replican el contenido hasta que se convierte en tendencia y llega a los teléfonos de millones de personas que nunca hubieran buscado esa historia por su cuenta.
Eso fue lo que pasó con Fico Gutiérrez hace 4 años, cuando era el candidato que más amenazaba el ascenso de Petro y cuando los escándalos llegaron con una precisión de relojería en los momentos en que más daño podían hacer. Eso fue lo que pasó con otros candidatos en otras elecciones colombianas, hombres y mujeres cuyas trayectorias quedaron marcadas por acusaciones que años después se demostraron falsas o exageradas, pero que en el momento en que circularon hicieron exactamente el daño que tenían que hacer. Y eso fue lo
que intentaron hacer con Abelardo de la Espriella en febrero de 2026. La diferencia esta vez fue que el atacado salió a pelear y que al salir a pelear, al mostrar las piezas del rompecabezas con la misma claridad con que se muestra un expediente judicial ante un juez, dejó al descubierto algo que quienes armaron la operación no querían que Colombia viera.
Pero esta historia todavía tiene una dimensión más que Colombia necesita entender, una dimensión que tiene que ver no con los actores específicos de este escándalo, sino con lo que este escándalo revela sobre el estado de la democracia colombiana en este momento particular de su historia. Colombia está a pocos meses de unas elecciones presidenciales que van a definir el rumbo del país por los próximos 4 años.
En un momento en que la economía tiene dificultades que afectan la vida cotidiana de millones de familias, en que la seguridad sigue siendo una preocupación que ningún gobierno ha podido resolver completamente, en que la gente está cansada de promesas que no se cumplen y de escándalos que se suceden sin que nadie pague el precio de verdad.
En ese contexto, la calidad de la información que circula, la honestidad con que se presentan los candidatos y sus trayectorias, la posibilidad de que los colombianos tomen su decisión de voto basados en hechos verificados y no en campañas de desprestigio coordinadas desde los centros del poder, no es un detalle secundario, sino la base misma sobre la que se sostiene la posibilidad de que la democracia funcione como se supone que debe funcionar cuando esa base se contamina, cuando los medios que deberían ser el contrapeso
del poder se convierten en sus instrumentos. Cuando los periodistas que deberían hacer las preguntas difíciles se convierten en los que lanzan las acusaciones. Cuando los presos con décadas de condenas se convierten en las armas electorales de los que tienen el poder de abrir las puertas de sus celdas, esa base se debilita de una manera que no se repara fácilmente y que tiene consecuencias que van mucho más allá de una elección específica.
Colombia lo sabe, Colombia lo ha vivido y Colombia lo está viviendo de nuevo. Lo que de la Sprya hizo al responder como respondió, al salir el mismo con los documentos y los nombres y las fotos, no fue solo defenderse de un ataque electoral, fue también hacer algo que en la política colombiana se hace muy poco.
Enseñarle al país cómo funciona la maquinaria de los escándalos fabricados. Mostrarle las costuras, señalar los hilos, dejar que cada colombiano vea por sí mismo cómo se arma una operación de ese tipo y quiénes son los que la arman. Y eso, independientemente de lo que piense usted sobre de la espriella como candidato, independientemente de si comparte o no sus ideas sobre cómo debería gobernar Colombia, es algo que a todos los colombianos les conviene ver, porque la próxima vez que una operación de ese tipo se active, puede ser contra
alguien diferente, puede ser contra el candidato en quien usted confía, puede ser contra la persona en cuya honestidad usted cree. Y cuando llegue ese momento, la única defensa que existe es que el público ya sepa reconocer el patrón. Lo que pasó en los días siguientes. ¿Cómo reaccionaron cada uno de los actores de esta historia cuando sus roles quedaron expuestos? ¿Qué dijeron los que no podían callar? ¿Y que silenciaron los que no podían explicar? ¿Y qué le dice todo esto a Colombia sobre la elección que tiene que hacer en
los meses que vienen? Es lo que vamos a contarle en la tercera y última parte de este vídeo, porque esta historia todavía no ha terminado. Y la pregunta que usted se está haciendo ahora mismo es también la pregunta que define estas elecciones. ¿Cuánto poder tiene todavía en Colombia el que controla los micrófonos, las cárceles y los contratos del Estado para decidir quién puede y quién no puede llegar a la presidencia? Hay momentos en la historia de un país que parecen ser sobre una persona, pero que en realidad son sobre todos.
Momentos que usan el nombre de un candidato o de un periodista o de un preso como el escenario donde se representa algo mucho más grande, algo que tiene que ver con qué tipo de país es Colombia y qué tipo de país quiere ser. Con si la democracia aquí es un sistema real donde la gente decide o es un espectáculo donde los que tienen el poder deciden de antemano y luego montan la obra.
para que parezca que la gente eligió lo que pasó en febrero de 2026 con Abelardo de la Espriella, con David Murcia Guzmán, con Daniel Coronel, con Sondra MC Collins, con Robinson Giraldo y con todos los que tuvieron un papel en esa historia, no fue solo un escándalo electoral, más en un país que ha visto demasiados escándalos electorales.
Fue una radiografía, una radiografía de cómo funciona el poder en Colombia cuando se siente amenazado, de qué herramientas usa, de qué personas convoca, de qué instituciones dobla, de qué medios instrumentaliza y de lo que pasa cuando alguien que debería ser la víctima de esa maquinaria decide que no va a serlo, que va a salir a pelear, que va a mostrar las piezas del rompecabezas una por una hasta que Colombia vea el cuadro completo.
Eso es lo que esta última parte de la historia va a analizar con toda la profundidad que merece, porque Colombia no puede darse el lujo de dejar pasar lo que ocurrió sin entenderlo completamente, sin extraer las lecciones que tiene para enseñar, sin hacerse las preguntas que este escándalo puso sobre la mesa y que nadie ha respondido todavía de manera satisfactoria.
Cuando las fotos comparativas que mostraban la sala de Robinson Giraldo, idéntica a la sala de Sondra, MC Collins empezaron a circular masivamente en las redes sociales. La primera reacción de los que habían construido la operación fue el silencio. Ese silencio específico que no es tranquilidad, sino el tiempo que necesita alguien para decidir qué historia va a contar cuando la historia que quería contar ya no funciona.
Ese silencio duró pocas horas porque en la política el silencio prolongado se interpreta como confirmación y nadie que tenga algo que perder puede permitirse esa interpretación cuando las elecciones están cerca. Lo que vino después del silencio fueron las explicaciones. Y las explicaciones fueron de ese tipo particular que los colombianos que han visto muchos escándalos reconocen de inmediato.
El tipo de explicación que no responde la pregunta que se hizo, sino una pregunta diferente, que rodea el problema sin tocarlo directamente, que usa palabras largas y argumentos técnicos para crear la sensación de que algo fue respondido cuando en realidad el punto central quedó intacto. Daniel Coronel habló de libertad de prensa, habló de su trayectoria periodística, habló de la importancia de que los medios puedan investigar a los candidatos sin que eso sea considerado un ataque.
Habló de que las acusaciones de Murcia eran de interés público y que su trabajo era llevarlas al conocimiento de los colombianos. Todo eso puede ser verdad en abstracto. Todo eso puede ser defendible como principio general del periodismo. Pero ninguna de esas palabras respondió la pregunta concreta que Colombia había hecho.
¿Por qué no mencionó de manera prominente que la fiscalía había archivado ese caso hace 16 años con la conclusión de que los hechos no eran ciertos? ¿Por qué obtuvo acceso a la picota en ese momento específico? ¿Por qué el hombre que grabó el vídeo de acusaciones personales contra de la espriella lo hizo en la casa de su fuente principal? Esas preguntas quedaron sin respuesta.
Y en Colombia, cuando las preguntas importantes quedan sin respuesta, cuando el que debería responderlas elige hablar de otra cosa, la gente que ha vivido suficiente para saber leer entre líneas saca sus propias conclusiones. Sondra MC Collins respondió también y su respuesta tuvo la particularidad de generar más preguntas de las que pretendía cerrar.
Porque cuando alguien que está en medio de un escándalo sale a hablar y sus palabras abren nuevas líneas de cuestionamiento en lugar de cerrar las existentes, eso dice algo sobre la solidez de la posición que está defendiendo. MC Collins habló de su derecho como abogada a defender a quien quisiera. Habló de su candidatura como algo independiente de su trabajo profesional.
habló de su esposo como un empresario que opera dentro de la ley, pero no habló de por qué Robinson Giraldo grabó un vídeo en su sala. No habló de que hacía Giraldo en su casa. No habló de la relación entre Giraldo y su hijo que las fotos de los campos de golf habían puesto en evidencia. No habló de si alguien coordinó la producción y distribución de ese vídeo desde su entorno y el silencio sobre esas preguntas específicas.
en una persona que tiene todas las herramientas del lenguaje legal y la elocuencia del litigante para responderlo, que necesite responder, no fue el silencio de quien no tiene palabras, sino el silencio de quien tiene demasiado que perder con las palabras. ¿Qué tendría que usar? Robinson Giraldo desapareció del debate público con la misma velocidad con que había aparecido, lo cual en sí mismo es revelador porque los que actúan por convicción propia, los que salen a hablar porque creen genuinamente en lo que dicen, no desaparecen cuando las
cosas se ponen difíciles. Se quedan, explican, defienden su posición, aguantan las preguntas. Los que actúan porque alguien los puso a actuar, los que cumplen un papel en una producción que no diseñaron y que no controlan. Esos sí desaparecen cuando el papel ya cumplió su función o cuando la producción empieza a irse en contra de lo planeado, porque no tienen nada que defender más allá del rol que les asignaron.
La desaparición de Giraldo del debate fue tan rápida y tan completa que en sí misma constituyó una respuesta a las preguntas que su vídeo había generado. No la respuesta que él o los que lo pusieron a actuar habrían querido dar, sino la respuesta que da el silencio cuando las palabras ya no son suficientes de la espriella.
lo denunció penalmente como anunció que lo haría y ese proceso judicial existe. Avanza en los despachos correspondientes con la lentitud que tienen todos los procesos judiciales en Colombia, pero con la solidez que da a haber presentado la denuncia en el momento en que las pruebas estaban frescas y en que el contraste entre el vídeo y las fotos de la sala era irrefutable.
Pero hay algo en esta historia que va más allá de los actores individuales y que Colombia necesita examinar con honestidad. Algo que tiene que ver con el papel que jugaron los medios de comunicación en todo lo que ocurrió. Porque el papel de los medios en un escándalo electoral no es solo el de los canales neutros que transmiten información.
Es un papel activo que implica decisiones editoriales, que implica elegir que se pone en el titular y que se pone al final, que se enfatiza y que se minimiza, qué preguntas se hacen a la fuente y cuáles no se hacen, cómo se presenta el contexto y cuánto contexto se considera suficiente. En el caso de la entrevista a David Murcia Guzmán, las decisiones editoriales que se tomaron hablaron por sí solas.
Se decidió presentar las acusaciones de Murcia como el eje central de la historia. con todos los elementos dramáticos que una acusación de ese tipo genera, los números grandes, el lenguaje de la traición, la imagen del cliente engañado por su propio abogado, se decidió no poner en el mismo nivel de prominencia que esas acusaciones ya habían sido investigadas por la fiscalía hace 16 años y archivadas con la conclusión de que los hechos no eran ciertos.
Se decidió no explorar de manera profunda y visible las motivaciones que tenía Murcia para hacer esas acusaciones en ese momento específico, las décadas de prisión que le quedan, el indulto que está pidiendo, la cárcel del gobierno donde está encerrado. Se decidió no mencionar de manera prominente la enemistad pública y declarada entre Coronel y de la Espriya, que es información relevante para que el público evalúe la imparcialidad del periodista que presenta la historia.
Cada una de esas decisiones por separado podría tener una explicación editorial razonable juntas apuntando todas en la misma dirección, creando todas el mismo efecto sobre la percepción del público, construyendo todas la misma narrativa sobre el mismo candidato en el mismo momento electoral, generan una imagen que es difícil de explicar con los principios del periodismo serio y que es muy fácil de explicar con los principios de la comunicación política al servicio de un interés.
Usted que ha vivido suficiente, usted que recuerda cómo eran las noticias en los tiempos en que los periódicos se leían en papel y la radio era el único medio que llegaba a todos los rincones del país. ¿Usted sabe algo que las generaciones más jóvenes a veces tardan más en aprender, que la información no es neutra? que siempre hay alguien detrás de la información que la seleccionó, que la editó, que decidió cómo presentarla y en qué momento soltarla.
Y que para entender la información hay que entender también a ese alguien. Hay que preguntarse qué tiene para ganar o para perder con la manera en que esa información llega al público. Eso no significa que todo sea mentira. No significa que no existan periodistas honestos en Colombia, porque si existen muchos, y algunos de ellos han pagado precios muy altos por serlo.
No significa que todas las acusaciones contra todos los políticos sean fabricadas, porque tampoco es así. Significa que el pensamiento crítico, esa capacidad de preguntarse quién habla, por qué habla en este momento, qué tiene para ganar con lo que dice, es la herramienta más importante que tiene un ciudadano en una democracia.
y que esa herramienta se vuelve indispensable precisamente en los momentos en que la información que llega es más intensa, más urgente, más diseñada para generar una reacción emocional antes de que haya tiempo para el análisis. Los escándalos electorales son exactamente esos momentos y este escándalo específico fue un recordatorio de que esa herramienta, ese pensamiento crítico, no es un lujo intelectual, sino una necesidad democrática.
Ahora bien, esta historia no puede ser honesta sino mira también hacia el lado de Abelardo de la Espriella con la misma honestidad con que miró hacia el lado de sus atacantes. Porque la honestidad no es selectiva y porque Colombia merece una narrativa que no sacrifique la complejidad en el altar de la simplicidad.
de la Espria, respondió bien al ataque. Respondió con documentos, con nombres, con pruebas que nadie ha podido refutar de manera convincente. La comparación fotográfica de la sala de Giraldo con la sala de MC Collins es un hecho, no una interpretación. Y nadie ha explicado satisfactoriamente cómo ese hecho encaja con la versión de que todo fue espontáneo e independiente.
El archivo de la Fiscalía de 2010 es un hecho. La cosa juzgada es un principio jurídico real consecuencias reales. El acceso de coronel a la picota es un hecho que requiere explicación. Los contratos de Garbín con el gobierno son un hecho que crea un conflicto de interés real, aunque no probado en términos de coordinación directa.
Todo eso es verdad y Colombia tiene derecho a saberlo. Pero también es verdad que de la Espri dijo en su propio vídeo algo que no pasó desapercibido para los que escuchaban con atención. Dijo que el honorario que cobró por representar a Murcia no fueron los 5,000 millones de pesos que Murcia alegaba, sino menos de la mitad de eso y esa aclaración.
Aunque en términos legales no cambia nada porque cualquier honorario acordado contractualmente es legítimo si está documentado. Abre una pregunta que el público tiene derecho a hacer si el contrato existe y las facturas existen y todo está en orden. Porque la aclaración sobre el monto específico en lugar de una respuesta que simplemente diga que el contrato habla por sí solo, no es una pregunta que destruya la defensa de de la espriella.
Es una pregunta que existe, que es legítima y que él o su equipo deberían tener preparada una respuesta clara para los próximos debates y entrevistas, porque en una campaña presidencial los detalles importan y los adversarios los van a usar. La honestidad completa exige decir que la defensa de De la Espriella fue sólida y que los señalamientos en su contra tienen serias preguntas sobre su origen y su motivación.
Y también exige decir que una defensa sólida no es lo mismo que una historia sin aristas y que Colombia merece candidatos que puedan responder todas las preguntas, no solo las que vienen de los ataques coordinados, sino también las que vienen de la curiosidad legítima de los ciudadanos que quieren saber a quién le están confiando el país.
Lo que este escándalo hizo visible de manera más clara que cualquier debate o cualquier encuesta es el estado del ecosistema mediático colombiano y su relación con el poder político. Y ese es un tema que Colombia no puede seguir ignorando sin pagar consecuencias en la calidad de su democracia. Colombia tiene medios de comunicación que son empresas, que tienen dueños, que tienen accionistas, que tienen relaciones comerciales con los gobiernos a través de la pauta publicitaria oficial y que en consecuencia tienen
intereses que no siempre coinciden con el interés del público de recibir información completa verificada y presentada con la honestidad que merece. Eso no es un secreto. Los periodistas colombianos honestos lo saben y muchos de ellos lo dicen cuando tienen la oportunidad. Pero la diferencia entre saberlo en abstracto y verlo en concreto.
En un caso específico donde las decisiones editoriales concretas produjeron un efecto concreto en un momento. Electoral concreto es la diferencia entre una preocupación teórica y una crisis real. Lo que Colombia vio en este escándalo fue la crisis real. vio a un periodista con acciones en medios y con enemistad declarada contra un candidato presentando acusaciones de un preso como si fueran el resultado de una investigación periodística independiente, sin el nivel de contextualización que esa historia requería para ser presentada con
honestidad. Vio a una cadena de radio de amplio alcance amplificando esa historia sin hacer las preguntas sobre el archivo de la Fiscalía de 2010 con la prominencia que ese hecho merecía. vio a los mismos medios donde Coronel tiene presencia replicando el contenido en las horas siguientes con la coordinación de una operación de comunicación más que con la independencia de redacciones que tomaron decisiones editoriales propias y vio como cuando la historia se dio vuelta, cuando las fotos de la sala y los registros del golf y las preguntas sobre
el acceso a la picota empezaron a circular, esos mismos medios tardaron mucho más en dar el mismo espacio al lado de la historia que habían dado al ataque original. Eso no es solo un problema de Abelardo de la Espria, es el problema de todos los colombianos que merecen medios de comunicación que les ayuden a entender la realidad en lugar de medios que construyan la realidad que alguien más necesita que crean.
Hay una pregunta que flota sobre toda esta historia y que tiene que ver con algo que Colombia no puede resolver solo en una elección, pero que cada elección hace más urgente. La pregunta de qué pasa con los que pierden en estas operaciones cuando el que pierde no tiene la visibilidad y los recursos de un candidato presidencial para defenderse públicamente.
Abelardo de la Espriella tiene micrófono, tiene equipo, tiene acceso a los medios, tiene la capacidad de salir a una rueda de prensa y decir su versión de los hechos con la certeza de que va a ser cubierto porque es un candidato presidencial con alta intención de voto. Pero hay miles de colombianos, funcionarios honestos, empresarios, personas de a pie que en algún momento de su vida quedan atrapados en versiones falsas de historias que circulan en los medios o en las redes sociales, que no tienen el micrófono, ni el equipo, ni el
acceso para defenderse públicamente y que tienen que cargar con el peso de esas versiones durante años o para siempre, porque nunca tuvieron la oportunidad que de la espriella tuvo de mostrar las fotos de la sala y los documentos de la fiscalía. Para esas personas, para los que no tienen poder para defenderse del poder, la historia de lo que le pasó a de la Espriella y de cómo respondió es a la vez una historia esperanzadora y una historia que duele, porque muestra que la defensa es posible cuando tienes los
recursos para ejercerla y confirma implícitamente que cuando no tienes esos recursos, la operación funciona sin resistencia. Eso es lo que Colombia tiene que cambiar, no solo en las reglas sobre como los medios presentan la información, sino en la cultura de exigencia que los ciudadanos tienen hacia esos medios, en la disposición a hacer las preguntas sobre quién habla, por qué habla en este momento y qué tiene para ganar, independientemente de si el que sufre el ataque es alguien con poder o alguien sin él.
En los días que siguieron al escándalo, mientras los actores principales gestionaban el daño de diferentes maneras y con diferentes resultados, Colombia siguió moviéndose hacia las elecciones con la velocidad que tiene la política en los meses finales de una campaña. Esa velocidad que no da tiempo para detenerse a procesar lo que acaba de pasar antes de que llegue lo siguiente.
Las encuestas que salieron después del escándalo mostraron algo que los estrategas electorales analizaron con cuidado, porque los números en los días posteriores a un evento como este dicen cosas que las declaraciones públicas no dicen. Revelan como el público realmente procesó lo que vio y oyó más allá de lo que dicen las entrevistas y en las redes.
Lo que mostraron esas encuestas fue que de la espriella no cayó de la manera en que sus atacantes esperaban que cayera, que la operación no produjo el efecto electoral que tenía que producir según el cálculo de los que la diseñaron. y que en algunos segmentos del electorado, particularmente en los colombianos de mayor edad, que tienen más experiencia con este tipo de operaciones y más escepticismo instintivo hacia los escándalos que aparecen justo antes de las elecciones, el efecto fue el opuesto al deseado, un fortalecimiento de la percepción de que
este candidato estaba siendo atacado precisamente porque representaba una amenaza real para los que mandan. Ese resultado, esa inversión del efecto esperado, es lo que en comunicación política se llama el efecto del mártir y es uno de los riesgos que toda operación de ataque corre cuando el atacado tiene la capacidad y la disposición de responder de manera contundente y con evidencias que el público puede verificar por sí mismo.
Los que diseñaron la operación contra de la espriella sabían ese riesgo. toda operación de ese tipo lo sabe y eligieron correrlo de todas maneras porque calcularon que el daño que iban a producir iba a ser mayor que el costo de que el efecto se invirtiera. Ese cálculo puede haber sido correcto o incorrecto y las elecciones de mayo van a ser la respuesta definitiva a esa pregunta.
Pero mientras llegan esas elecciones, mientras Colombia recorre los meses finales de esta campaña que ya ha producido más sorpresas de las que nadie esperaba, hay algo que cada colombiano que vivió este escándalo debería llevar consigo como una herramienta, no como un argumento a favor de De la Espriella, ni como un argumento en contra de Coronel, ni como una posición política de ningún tipo, sino como una manera de mirar lo que viene.
Esa herramienta es simple y la conoce de memoria cualquier persona que haya vivido lo suficiente para haber visto como se cuentan los cuentos en este país. Cuando algo sale en los medios y parece demasiado perfectamente construido, cuando el timín es demasiado conveniente, cuando la historia encaja demasiado bien con lo que alguien necesita que usted crea en ese momento específico.
Hágase las preguntas que este escándalo mostró que hay que hacer. ¿Quién habla? ¿Qué tiene para ganar o para perder con lo que dice? ¿Qué información relevante no está en el titular? ¿Qué pasó la última vez que alguien dijo algo así sobre esta persona? ¿Quién está distribuyendo esta historia y qué relación tiene con el objetivo de la acusación? Esas preguntas no tienen respuestas automáticas.
A veces la investigación es genuina y el periodista es honesto y la fuente no tiene interés en el resultado y el timín es coincidencia. A veces no lo es. Y la diferencia entre esas dos posibilidades es lo que el pensamiento crítico, ejercido con paciencia y con disposición a seguir las preguntas hasta donde lleven, permite identificar.
Colombia está a pocas semanas de las elecciones al Congreso de marzo y a pocos meses de la primera vuelta presidencial. Y en ese camino que queda todavía van a pasar cosas, van a salir historias, van a aparecer acusaciones, van a circular escándalos que van a requerir exactamente el mismo tipo de análisis que este escándalo de febrero requirió.
Algunos de esos escándalos van a ser verdaderos. Algunos candidatos tienen cosas en su pasado que Colombia merece conocer antes de decidir su voto. Y cuando esas cosas salgan a la luz a través de un periodismo genuino y honesto, el público tendrá el derecho y la obligación de tomarlas en serio. Pero otros escándalos van a ser fabricados o va a tener partes fabricadas mezcladas con partes reales de una manera que hace muy difícil separar unas de otras sin análisis y esos son los más peligrosos.
Porque la mentira mezclada con verdad es mucho más difícil de detectar que la mentira pura. Lo que Colombia aprendió en febrero de 2026 es que esa detección es posible, que con paciencia y con las preguntas correctas y con la disposición de seguir los hilos hasta donde llevan el cuadro completo puede verse aunque alguien haya trabajado muy duro para que solo se vean algunas piezas.
Y lo que este vídeo espera haber contribuido es exactamente eso, que usted que lo vio tenga ahora una imagen más completa de lo que ocurrió en esos días de febrero, de quiénes fueron los actores, de cuáles fueron sus motivaciones, de cómo encajaron las piezas y de lo que eso le dice sobre el momento político que Colombia está viviendo.
Abelardo de la Espriella sigue en campaña. Sus encuestas se mantienen. La operación que intentó tumbarlo no logró el efecto que buscaba. al menos no con la contundencia que sus diseñadores necesitaban. David Murcia Guzmán sigue en la picota esperando una respuesta a su solicitud de indulto.
Una respuesta que el gobierno de Petro tiene la capacidad de dar o de negar y que en cualquiera de los dos casos va a decir algo sobre la relación entre ese gobierno y el hombre que en los peores momentos de su carrera fue el principal instrumento de este ataque electoral. Daniel Coronel sigue en los micrófonos y en las pantallas con la credibilidad que la memoria corta de los ciclos mediáticos permite mantener incluso después de episodios que en otro contexto habrían generado consecuencias más duraderas para su posición de referente periodístico.
Sondra MC Collins sigue en campaña también con los números bajos que tenía antes de que este escándalo la pusiera en el centro de la conversación en una posición que sus propias acciones en este episodio hicieron más difícil de mejorar. Y Colombia sigue su camino hacia unas elecciones que van a definir mucho sobre qué tipo de país va a ser en los próximos 4 años con todas las preguntas que este escándalo dejó abiertas todavía flotando en el aire, esperando respuestas que tal vez lleguen con los votos de mayo o que tal vez sigan
esperando mucho más tiempo. Usted que llegó hasta el final de esta historia, usted que se tomó el tiempo de escucharla completa, usted que sabe que las cosas importantes merecen toda la atención y no solo el titular, ya tiene las piezas del rompecabezas en la mano. Lo que haga con ellas es su decisión, la misma decisión que cada colombiano tiene que tomar en este momento.
y va a mirar la política con los mismos ojos de siempre, creyendo lo primero que aparece en la pantalla, dejando que el timín de los escándalos decida qué piensa de quién, o si va a mirar con los ojos de quien ya aprendió a hacerse las preguntas correctas, a seguir los hilos, a buscar el cuadro completo antes de sacar conclusiones.
Colombia ha sufrido mucho por elegir mal porque no tenía suficiente información. Colombia ha sufrido mucho por elegir con el corazón revuelto por escándalos que resultaron ser fabricaciones. Colombia ha sufrido mucho por dejar que los que tienen el poder de controlar los micrófonos y las cárceles y los contratos decidan también quién puede y quién no puede aspirar a cambiar las cosas.
Pero Colombia también ha demostrado muchas veces en muchos momentos de su historia que cuando la gente tiene la información completa y el tiempo para procesarla, cuando puede ver el cuadro entero y no solo las piezas que alguien eligió mostrar, toma decisiones que sorprenden a los que creían tener el control.
Eso es lo que esta historia espera haber contribuido. Un poco más de información, un poco más de contexto, un poco más de cuadro completo para que usted y los que usted le cuente esta historia puedan llegar a mayo con los ojos más abiertos de lo que estaban antes. Porque en Colombia los ojos abiertos son la primera forma de resistencia.
Y la pregunta que le dejamos esta noche es también la más importante de todas. En un país donde los que tienen el poder fabrican los escándalos, abren las cárceles y controlan los micrófonos, ¿qué tan libre es realmente su voto? Hasta la próxima. M.