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15 MINUTOS EN VIVO — EL CRUCE ENTRE DANIEL CORONEL y ABELARDO DE LA ESPRIELLA

 Lo primero que hacen no es debatirlo, no es enfrentarlo con argumentos, no es salir a la plaza pública a demostrar que tienen mejores ideas. Lo primero que hacen es buscar en el pasado, revolver papeles viejos, encontrar a alguien que tenga algo que ganar diciendo lo que ellos necesitan que diga y armar el escándalo justo antes de las elecciones, justo cuando el daño sea más difícil de reparar y el tiempo para responder sea más corto.

 Usted ha visto esa historia antes. Colombia la ha vivido muchas veces y en febrero de 2026 Colombia la vivió de nuevo. Para entender completamente lo que pasó en estos días, hay que entender primero quién es Abelardo de la Espriella, porque este no es un nombre cualquiera en la política colombiana. No es el político de carrera que lleva décadas en los mismos corredores del poder.

 No es el hijo de un senador, ni el aijado de un expresidente, ni el candidato que llega respaldado por la maquinaria de un partido que ha repartido contratos y puestos durante generaciones. Abelardo de la Espriella es abogado penalista y no de los que trabajan en los casos fáciles, sino de los que trabajan en los casos que nadie más quiere tocar.

 Los casos complicados, los casos donde el acusado no tiene con qué pagar y donde el abogado tiene que pelear contra toda la fuerza del estado con los únicos instrumentos que tiene el conocimiento de la ley, la paciencia para revisar cada expediente y la disposición para no rendirse aunque el camino sea largo y nadie aplauda.

 Esa trayectoria de más de 30 años en el derecho penal le dio una cosa que muy pocos políticos colombianos tienen cuando llegan a una campaña presidencial y es una reputación construida en el trabajo concreto, no en los discursos, no en las promesas, no en las alianzas con los poderes de turno, sino en los salones de los juzgados donde la gente lo había visto actuar, en los expedientes donde su firma aparecía defendiendo causas que otros rechazaban, en las historias de personas que habían pasado por situaciones difíciles y que habían visto en él a alguien que los

escuchaba y que peleaba por ellos convicción. Y esa reputación construida con tanto tiempo y tanto esfuerzo fue exactamente lo que sus enemigos decidieron atacar cuando entendieron que ya no podían ignorarlo. Las encuestas de enero y febrero de 2026 mostraban algo que en los círculos del establecimiento colombiano generaba una incomodidad muy grande.

 Abelardo de la Espriella estaba entre los dos candidatos con mayor intención de voto para la presidencia, peleando palmo a palmo con Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico. la coalición del presidente Gustavo Petro en una carrera que según las mediciones más recientes podía terminar en una segunda vuelta entre los dos. Eso significa algo muy concreto en la política colombiana.

 Significa que si Petro quería que su legado político sobreviviera su mandato, si quería que las políticas y los proyectos y la visión de país que había intentado construir en sus 4 años de gobierno tuvieran continuidad, necesitaba que Cepeda ganara la presidencia. Y para que Cepeda ganara la presidencia, el mayor obstáculo no era la derecha tradicional, ni los candidatos que representaban el establecimiento de toda la vida, sino este abogado costeño que había llegado a las encuestas desde afuera del sistema y que estaba conectando con una parte del

electorado colombiano que el petrismo necesitaba para ganar, para los que manejan la política en Bogotá, para los que llevan años entendiendo Colombia como un tablero de ajedrez donde cada movimiento tiene una consecuencia calculada. Un candidato como de la Espriella en ese nivel de intención de voto no era solo un competidor, era un problema que había que resolver antes de que llegara mayo.

 Y en ese contexto apareció David Murcia Guzmán. Usted que tiene memoria y que conoce la historia reciente de Colombia, ese nombre no le es extraño, porque David Murcia Guzmán es uno de esos personajes que este país produce de vez en cuando. Hombres que en un momento parecen tener todo el mundo en las manos y que terminan en la cárcel con una condena que los va a acompañar el resto de sus vidas.

 Hombres cuya historia es una enseñanza sobre lo que pasa cuando la ambición no tiene límites y cuando el dinero se convierte en el único lenguaje que se habla. David Murcia Guzmán fue el cerebro de DMG, las siglas de su empresa, que entre los años 2005 y 2008 se convirtió en una de las pirámides financieras más grandes que Colombia ha visto en su historia reciente, un esquema donde la gente depositaba su dinero con la promesa de rendimientos que ningún banco del mundo podía ofrecer de manera legítima.

rendimientos que llegaban porque el dinero de los que entraban después pagaba a los que habían entrado antes, hasta que el día llegó en que no había suficiente dinero nuevo para pagar a todos los que esperaban. Y el edificio entero se derrumbó sobre las cabezas de miles de colombianos que habían puesto en ese esquema sus ahorros, sus jubilaciones, el dinero que habían guardado durante años para comprar una casa o pagar la universidad de sus hijos.

Cuando el gobierno de Álvaro Uribe intervino y cerró DMG en noviembre de 2008, David Murcia Guzmán fue detenido, extraditado a Estados Unidos, procesado, condenado y finalmente devuelto a Colombia, donde hoy cumple una condena que lo tiene encerrado en la picota, la cárcel de Bogotá que administra el gobierno del presidente Gustavo Petro.

Ese hombre, ese hombre que engañó a miles de colombianos, que les quitó sus ahorros, que construyó su fortuna sobre la confianza que la gente le depositó y que traicionó esa confianza de la manera más cruel. Ese hombre es el que salió en los primeros días de febrero de 2026 a acusar a Abelardo de la Espriella en una entrevista grabada dentro de la cárcel del gobierno, transmitida en los micrófonos de W radio y difundida en los canales donde el periodista Daniel Coronel tiene presencia e influencia.

Lo que Murcia dijo en esa entrevista fue lo siguiente, que cuando de la espriella era su abogado, hace casi dos décadas le había cobrado 5,000 millones de pesos de manera irregular y que además le había pedido 762 millones de pesos adicionales para, en sus palabras, tocar congresistas para pagar a legisladores que pudieran votar en contra de un proyecto de ley que en ese momento amenazaba el negocio de DMG, un proyecto que buscaba penalizar el almacenamiento Transporte de dinero en efectivo.

Esas son acusaciones gravísimas y cualquier colombiano que las escucha por primera vez tiene todo el derecho de tomarlas en serio, de hacerse preguntas, de querer saber si hay verdad en ellas, porque si fueran ciertas dirían algo muy importante sobre el carácter y la honestidad del hombre que está pidiendo, los votos de los colombianos para ser su presidente.

Pero hay un problema con esas acusaciones, un problema que Daniel Coronel y W Radio y todos los que difundieron esa historia sabían perfectamente desde el primer momento y que sin embargo no pusieron en el primer párrafo, ni en el titular ni en el lugar donde cualquier periodista honesto habría puesto la información más importante.

 Esas acusaciones ya fueron investigadas. Ya fueron investigadas hace 16 años. Y la Fiscalía General de la Nación, después de revisar testigos, documentos y toda la evidencia disponible, archivó el caso con una conclusión que no dejaba espacio para la ambigüedad. Los hechos no son ciertos. En el derecho colombiano, cuando la fiscalía archiva un caso con esa conclusión, cuando dice que los hechos que se denunciaron no ocurrieron, eso tiene un nombre que cualquier abogado conoce y que cualquier ciudadano debería conocer, se llama cosa juzgada.

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