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La mexicana que venció a todas en triatlón… y cruzó la meta con huaraches

Cuando el sol salió completamente, Lorena se encontraba en la carretera que llevaba a la ciudad más cercana. No tenía dinero, no tenía plan, no tenía nada más que sus haaraches y una determinación que quemaba en su pecho como fuego. En ese momento, sola en esa carretera polvorosa, tomó la decisión que cambiaría todo.

Iba a convertirse en atleta profesional sin importar lo que costara. Pero lo que no sabía Lorena era que el precio que tendría que pagar sería mucho más alto de lo que jamás imaginó y que el camino que había elegido la llevaría a enfrentarse no solo con sus propios límites físicos, sino con un mundo deportivo que haría todo lo posible para recordarle que ella no pertenecía ahí.

La primera humillación llegó apenas tres meses después de que Lorena hubiera llegado a la ciudad. había conseguido un trabajo limpiando oficinas por las noches para poder entrenar durante el día y había empezado a participar en carreras locales. Ganaba todas, absolutamente todas. Pero ganar en su estado natal era una cosa, competir a nivel internacional era completamente diferente.

La oportunidad llegó de la forma más inesperada. Un organizador de eventos deportivos había visto un video de Lorena corriendo que se había hecho viral en redes sociales, no por su velocidad, sino porque la gente se burlaba de sus haaraches y su técnica primitiva. El organizador no la invitó porque creyera en su talento.

La invitó porque pensó que sería entretenido ver a una indígena exótica competir contra atletas reales. Cuando Lorena recibió la invitación para participar en el triatlón internacional de Toronto, sintió como si le hubieran dado la oportunidad de su vida. No entendía que para muchos ella era solo un espectáculo, una curiosidad antropológica que haría más interesante la competencia.

El viaje a Canadá fue una pesadilla desde el principio. En el aeropuerto de la Ciudad de México, los oficiales de inmigración la detuvieron durante horas. No podían creer que una mujer que lucía como Lorena fuera realmente una atleta internacional. Sus documentos estaban en orden, pero su aspecto, su piel morena, su cabello trenzado, sus ropas sencillas, no encajaban con su idea de lo que debería ser una deportista de élite.

“¿Usted va a competir contra quién?”, le preguntaba el oficial con una sonrisa burlona. “¿Estás segura de que no se equivocó de evento? No debería estar participando en algún festival folclórico. Lorena apretó los puños sintiendo la rabia trepar por su garganta como fuego líquido, pero se mantuvo callada. Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas, que para gente como esa ella siempre sería menos que humana.

Cuando finalmente llegó a Toronto, las cosas empeoraron. El hotel donde se suponía que se hospedaría había perdido su reservación. Las otras atletas la miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio mal disimulado. En la cena de bienvenida se sentó sola en una mesa del rincón escuchando conversaciones en inglés que apenas entendía, sintiéndose como un animal en un zoológico.

Pero lo peor vino al día siguiente, durante la rueda de prensa previa a la competencia. Lorena estaba sentada en una fila junto a las otras competidoras, mujeres altas, rubias, con trajes deportivos que costaban más que lo que su familia ganaba en un año. Los reporteros hacían preguntas inteligentes sobre técnicas de entrenamiento, sobre nutrición deportiva, sobre estrategias de competencia.

Cuando finalmente voltearon hacia Lorena, el tono cambió completamente. “Entonces, ¿cómo se siente estar aquí representando el folklore mexicano?”, preguntó un periodista con una sonrisa condescendiente. No represento folklore, respondió Lorena en su inglés imperfecto pero firme. Soy atleta, el periodista Río. Sí, sí, por supuesto.

Pero díganos, ¿es cierto que va a correr con sandalias tradicionales? ¿Es parte de algún ritual ancestral? Las otras atletas se miraron entre ellas y algunas no pudieron contener la risa. Lorena sintió como si le hubieran metido un puño helado en el estómago. No la estaban tomando en serio. Para ellos ella era una broma.

¿Cuál es su tiempo personal en los 10 km? preguntó otro periodista, claramente esperando que Lorena no supiera responder. Cuando Lorena dio su tiempo, que era competitivo a nivel internacional, el silencio en la sala fue ensordecedor. Las sonrisas burlonas se desvanecieron por un momento, pero solo por un momento.

Bueno, dijo el primer periodista recuperando su tono condescendiente. Será interesante ver cómo le va mañana contra atletas, digamos más preparadas técnicamente. Esa noche, Lorena se encerró en su cuarto de hotel y lloró como no había llorado desde que era niña. Se sintió ridícula, fuera de lugar, estúpida por haber pensado que podía competir en ese nivel.

Por primera vez desde que había huído de su pueblo, consideró rendirse, pero entonces recordó las palabras de su abuela. la única persona en su familia que siempre había creído en ella. Mi hija, el mundo va a tratar de convencerte de que eres pequeña. No les des gusto. Tú corres viento de nuestras montañas en los pies y el fuego de nuestros ancestros en el corazón.

Eso vale más que todo el dinero del mundo. Al día siguiente, en la línea de salida, el contraste era brutal. Las otras atletas lucían como guerreras del futuro con sus trajes de neopreno de última tecnología, sus gafas aerodinámicas, sus bicicletas que costaban más que una casa.

Lorena estaba ahí con un traje de baño básico que había comprado en una tienda de deportes de segunda mano, unos haaraches que ella misma había repado con hilo y aguja y una bicicleta que había conseguido prestada y que claramente había visto mejores días. Los comentaristas de televisión no podían contener su asombro burlón y ahí tenemos a la representante interesante de México, Lorena Ramírez, que aparentemente va a intentar completar un triatlón olímpico con son esas sandalias artesanales.

Es fascinante, John, es como ver un experimento antropológico en vivo. ¿Qué tan lejos puede llegar el talento natural sin la preparación adecuada? Lorena escuchaba todo desde la línea de salida. entendía más inglés del que fingía entender. Cada palabra era como una bofetada, pero también como combustible para el fuego que crecía en su interior.

La favorita para ganar era Emma Richardson, una canadiense rubia de 28 años que había ganado tres triatlones internacionales ese año. Tenía patrocinadores millonarios, un equipo de entrenadores, nutriólogos, psicólogos deportivos. era la atleta perfecta construida por la ciencia del deporte moderno. Cuando Emma vio a Lorena en la línea de salida, no pudo evitar hacer un comentario a la atleta alemana que estaba a su lado. Esto es ridículo.

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