Era el tipo de afrenta concreta que Villa recordaba con la precisión del contador que no necesita papel para saber exactamente cuánto le deben. Pero Columbus también tenía una guarnición militar americana pequeña. lo suficientemente pequeña para que el ataque fuera posible y lo suficientemente real para que los periódicos americanos lo trataran como lo que era una invasión.
La madrugada del 9 de marzo de 1916, los hombres de Villa cruzaron la frontera. Lo que ocurrió en Columbus esa noche fue suficientemente brutal para que los periódicos americanos de la mañana siguiente tuvieran el tipo de primera plana que produce legislación y órdenes militares antes de que el sol se ponga.
17 americanos muertos. El hotel Columbus, la farmacia, varias casas ardiendo, la guarnición americana sorprendida, aunque no completamente indefensa, ya que los soldados del deterter regimiento de caballería respondieron con ametralladoras que mataron a más de 100 villistas antes de que el grueso del grupo cruzara de vuelta la frontera.
Villa estaba entre los que cruzaron de vuelta, o al menos eso es lo que la mayoría de los testimonios indica, aunque hay versiones que lo ubican en la batalla misma y versiones que lo ubican a distancia, supervisando desde una posición elevada el desarrollo de una operación que sus oficiales ejecutaban según sus instrucciones.
Lo que sí es cierto es que cuando Persing recibió el telegrama de Wilson al día siguiente, Villa ya estaba en México vivo, libre y esperando. La expedición punitiva que salió de Columbus el 15 de marzo de 1916 era la fuerza militar más moderna que los Estados Unidos habían desplegado en una operación exterior.
Hasta ese momento, Persing tenía bajo su mando unos 10,000 soldados que eventualmente llegarían a ser casi 15,000. Caballería, infantería, artillería, unidades de ingeniería, servicios médicos, un tren de suministros que cruzaba la frontera diariamente con provisiones para una campaña que nadie en Washington había calculado que duraría más de unas semanas.
Y tenía también algo que ningún ejército americano había tenido antes en ninguna campaña. Aeroplanos. La primera escuadrilla aéreo del ejército americano con ocho aviones Cortis JN3 llegó a Columbus el 15 de marzo con la misma energía con que las nuevas tecnologías siempre llegan a los conflictos donde van a ser probadas por primera vez con la confianza de los que creen que el instrumento nuevo resolverá el problema que los instrumentos viejos no pudieron resolver.
Los pilotos de la primera escuadrilla Aero eran los mejores que el ejército americano tenía. Sus aviones eran los más avanzados disponibles y la misión que se les asignó era exactamente la misión para la que los aviones militares de 1916 eran menos adecuados. El reconocimiento de terreno montañoso y árido en el calor extremo del desierto de Chihuahua, con motores que el polvo y la altitud degradaban con una velocidad que los ingenieros de Cortis no habían anticipado, porque los ingenieros de Cortis habían probado sus aviones en Nueva York y en Ohio, no en la sierra de
Chihuahua. En seis semanas, cuatro de los ocho aviones quedaron fuera de servicio por accidentes de aterrizaje, fallas mecánicas y el deterioro producido por el polvo que se filtraba en los motores con la insistencia del desierto, que no reconoce el concepto de filtro efectivo. Los cuatro restantes siguieron volando, pero con limitaciones operacionales tan severas que su utilidad para localizar a Villa fue marginal.

No porque los pilotos no fueran competentes, porque el problema que se les había asignado no era un problema de competencia, sino de información. Para usar un avión de reconocimiento, efectivamente en el desierto de Chihuahua de 1916, había que saber dónde buscar. Y para saber dónde buscar, había que tener la información del terreno que las fuerzas americanas no tenían y que las fuerzas de villa tenían de manera tan completa que el terreno mismo era su mejor aliado.
Pershing avanzó hacia el sur. Lo que encontró en los primeros días de la expedición fue exactamente lo que encontraron todos los ejércitos que han entrado a territorios que no son los suyos, con la convicción de que la superioridad tecnológica es suficiente para compensar la inferioridad en conocimiento local.
Un paisaje que se parecía a los mapas que llevaban, pero que no era los mapas que llevaban. Una población que sonreía y decía que no sabía nada y un enemigo que era simultáneamente todo y ningún lugar. Las columnas americanas seguían los caminos que los mapas indicaban. Los caminos llevaban a ranchos vacíos donde la gente había salido esa mañana o el día anterior.
Los espías que enviaban a los pueblos regresaban con información que siempre llegaba unas horas tarde, suficientemente tarde para que el objeto de la información ya no estuviera donde la información decía que estaba. Villa se movía con la velocidad que la sierra le permitía y que los americanos no podían igualar con sus camiones y sus caballos cargados de equipamento.
Sus hombres viajaban ligeros porque la sierra les daba lo que necesitaban en el camino o porque habían aprendido a necesitar menos de lo que cualquier soldado americano consideraba mínimo indispensable. Dormían en cuevas o en el suelo o en los ranchos de la gente que los protegía. No siempre por amor, pero sí por la comprensión de que los americanos que llegaban preguntando por Villa eran también una amenaza para el que respondía mal.
El primer contacto real entre las fuerzas americanas y los villistas ocurrió el 29 de marzo en Guerrero, donde la columna del coronel George Dodd encontró un campamento villista y mató o dispersó a varios hombres. No a Villa, no a ninguno de sus lugarenientes principales, pero a hombres de Villa, lo que fue suficiente para que DOD enviara un informe entusiasta y para que los periódicos americanos publicaran titulares sobre el inminente colapso de la banda de Villa.
Era la primera de muchas falsas alarmas. El 5 de abril, la columna del mayor Frank Tomkins atacó el pueblo de Parral. No porque Parral fuera el objetivo, sino porque Tomkins tenía información de que Villa había estado ahí recientemente y porque Tomkins era del tipo de oficiales que prefieren actuar sobre la información antes de que la información se vuelva vieja.
Incluso cuando actuar significa entrar a una ciudad mexicana importante sin haber coordinado con el gobierno de Carranza. Lo que Tomkins encontró en Parral no fue a Villa. Encontró a la población de Parral, que salió a las calles cuando las columnas americanas entraron y que expresó su opinión sobre la presencia de tropas extranjeras en su ciudad con el lenguaje que no requiere traducción.
Piedras, disparos y el grito de viva villa que resonó en las calles empedradas. Con la ironía específica de los que han entendido que el hombre que los soldados americanos buscan es también el hombre que ha conseguido que los soldados americanos estén aquí, siendo recibidos con piedras. Tomkins tuvo que retirarse bajo fuego de la propia población civil, que se suponía que debía estar agradecida de ser liberada del terror villista.
Había dos americanos muertos y varios heridos. Los periódicos mexicanos publicaron el incidente como un ejemplo de la violación de la soberanía nacional. Carranza envió una nota de protesta a Washington. La expedición punitiva tenía tres semanas y ya había producido un incidente diplomático con el gobierno que oficialmente la había autorizado.
Fue el primero de varios. El encuentro del teniente George Patton en la hacienda San Miguelito el 14 de mayo fue el tipo de acción que produce leyendas militares y que al mismo tiempo ilustra perfectamente por qué la leyenda no era suficiente para cumplir la misión. Paton tenía 21 años.
Era el ayudante personal de Persing y era también un hombre con la impaciencia específica de los que saben que están en la presencia de la historia y que quieren tener en esa historia un papel que no sea el de ayudante de campo. Obtuvo permiso para reconocer la zona con un pequeño grupo de soldados y tres automóviles. En la hacienda San Miguelito encontró a uno de los lugarenientes principales de Villa, Julio Cárdenas, acompañado de otros dos hombres.
El tiroteo fue breve y letal. Cárdenas y sus dos compañeros murieron. Paton los ató a los capó de los automóviles y los llevó al cuartel general de Persing de la manera en que los cazadores llevan las presas. Como demostración del resultado, Persing ascendió a Paton en Campo. Paton envió cartas a su padre y a su prometida describiendo el encuentro con el entusiasmo del que ha probado por primera vez lo que había imaginado tantas veces.
Lo que ni Pato ni Persing ni ninguno de los periodistas que cubrieron el episodio mencionaron con suficiente claridad era la pregunta que el propio episodio hacía inevitable. Si uno de los lugarenientes principales de Villa estaba en una hacienda a plena luz del día con solo dos guardias y si Patton pudo llegar a esa hacienda con tres automóviles sin que nadie lo detuviera en el camino, ¿dónde exactamente estaba Villa en ese momento? La respuesta era la misma que había sido desde el 15 de marzo en la sierra, moviéndose, siendo exactamente lo que el
territorio le permitía ser y lo que los americanos no podían ser. Invisible cuando quería ser invisible y visible cuando la invisibilidad ya no era necesaria. El problema de fondo de la expedición punitiva no era logístico ni tecnológico, ni de capacidad de combate. El problema era de información. Pershing no sabía dónde estaba Villa.
No podía saberlo porque la fuente de información que habría necesitado para saberlo era la misma población que había salido a tirarle piedras en Parral. Las comunidades rurales de Chihuahua tenían una relación con Villa que no era la relación de amor incondicional que el corrido describía, pero que tampoco era la relación de terror que los informes de inteligencia americana describían.
era la relación más compleja y más difícil de gestionar para un ejército invasor. La relación de la gente con el hombre que con todos sus defectos era de ellos antes que de cualquier gobierno que llegara de afuera. Villa había sido de Chihuahua durante 20 años. Había robado a los ricos de Chihuahua, que era lo que los pobres de Chihuahua querían que alguien hiciera.
Había repartido lo que robaba con una generosidad que los que lo recibían recordaban décadas después. Había matado a gente que merecía que lo mataran y a gente lo merecía, que era la historia de cualquier hombre con poder en cualquier parte del mundo. Y en el balance que la gente de los ranchos de Chihuahua hacía cuando los americanos llegaban preguntando por él, el balance no favorecía a los que preguntaban.
Los americanos ofrecían dinero, ofrecían protección, ofrecían la amnistía para los que habían combatido con Villa. Nada de eso producía el flujo de información que habrían necesitado. Lo que producía era el silencio. El silencio específico de la gente que ha aprendido que hablar tiene costos que el dinero no compensa.
En junio de 1916, el conflicto entre las fuerzas americanas y el gobierno de Carranza llegó a su punto más peligroso. En el pueblo de Carrizal, una columna americana intentó pasar a través de una posición del ejército carrancista. Lo que siguió fue un tiroteo en el que murieron 12 americanos y varios mexicanos, incluyendo al comandante carrancista que había intentado impedir el paso.
El episodio de Carrizal puso a los dos países al borde de una guerra que nadie en Washington ni en la Ciudad de México quería realmente, pero que la lógica de los eventos estaba produciendo con la automaticidad de los conflictos que se alimentan de su propio impulso. Wilson tuvo que tomar una decisión. o escalaba y arriesgaba una guerra con México en el momento en que Europa estaba ardiendo y los Estados Unidos se acercaban a su propia entrada en la Primera Guerra Mundial, o encontraba una salida que permitiera a la expedición punitiva regresar a casa sin que
pareciera lo que era una derrota. Wilson eligió lo segundo con la delicadeza del político experimentado, que sabe que las derrotas que no se nombran como tales no cuestan votos. Las negociaciones entre los dos gobiernos produjeron el acuerdo de retirada que se anunció en noviembre de 1916 y que se ejecutó en enero de 1917.
Las últimas tropas americanas cruzaron la frontera hacia El Paso el 7 de febrero de 1917, 11 meses después de haber entrado a México, sin haber capturado a Villa, sin haber estado cerca de capturar a Villa en ningún momento documentado de los 11 meses. Pershing regresó con el tipo de aplomo que los generales americanos habían aprendido a mantener en las conferencias de prensa, donde los resultados no correspondían a los objetivos.
habló de la experiencia de entrenamiento, habló de la demostración de capacidad operacional, habló de lo que el ejército había aprendido sobre la logística en terreno árido y sobre el uso de los nuevos vehículos motorizados y de los aeroplanos en operaciones de campo. No habló de Villa. Los periódicos que cubrieron su regreso no insistieron demasiado en la pregunta obvia porque los periódicos americanos de febrero de 1917 tenían asuntos más urgentes que cubrir.
Alemania había anunciado la guerra submarinea irrestricta. El telegrama Simmerman que revelaba el intento alemán de convencer a México de atacar a los Estados Unidos a cambio de recuperar Texas, Arizona y Nuevo México, era la historia de la semana. La guerra en Europa reclamaba toda la atención que el fracaso en México habría necesitado para ser procesado completamente.
El fracaso fue archivado antes de ser completamente entendido. Lo que la expedición punitiva demostró, con la evidencia contundente de los 11 meses que pasaron sin producir el resultado que buscaban, era algo que los historiadores militares tardaron décadas en formular con suficiente precisión, que la superioridad tecnológica y numérica no es suficiente para ganar una campaña de contrainsurgencia en territorio donde el adversario tiene ventaja de información, de conocimiento del terreno y de apoyo popular. No era
una conclusión nueva en términos abstractos. Los ingleses la habían aprendido en Afganistán. Los franceses la habían aprendido en México 75 años antes, cuando el ejército más moderno de Europa había sido derrotado por un ejército arapiento que conocía su propio terreno mejor que cualquier mapa. Los españoles la habían aprendido en Cuba, pero cada generación aprende las lecciones que la historia ya enseñó con la costosa originalidad de los que piensan que su caso es diferente.
Los casos de Persing y de Villa tenían una diferencia que hacía la lección especialmente difícil de aprender para el lado americano. La diferencia entre el objetivo de la campaña y el resultado que la campaña podía producir. El objetivo oficial era capturar a Villa. Ese objetivo era genuinamente imposible en las condiciones que existían, porque capturar a Villa en la sierra de Chihuahua requería que Villa cooperara en ser capturado, lo cual era exactamente lo contrario de lo que Villa estaba haciendo. Pero había otro
resultado que la campaña sí podía producir y que en cierto sentido produjo. Demostrar que los Estados Unidos tomaban en serio las velaciones de su frontera. Ese resultado fue suficiente para Wilson en términos políticos domésticos. Aunque no fue lo que se había prometido, Villa lo entendió con la claridad del que había diseñado la situación para producir exactamente eso, que los americanos entraran, no pudieran atraparlo y salieran con menos credibilidad de la que tenían antes de entrar.
La apuesta que Villa había hecho en Columbus estaba cumpliendo, no completamente, no con la precisión que él había calculado, porque el efecto de unificación nacional que esperaba que la presencia americana produjera fue mitigado por la hostilidad de Carranza hacia Villa, que impidió que la indignación popular se convirtiera en apoyo político al centauro.
Pero sí en el punto más importante, Villa seguía libre. Villa seguía en la sierra de Chihuahua y los americanos se iban. Hubo también un episodio que ocurrió en octubre de 1916 a mitad de la expedición que ilustra mejor que cualquier batalla la naturaleza del fracaso americano. Villa fue herido en un encuentro con fuerzas carrancistas cerca de Namiquipa, una bala le destrozó la pierna derecha en un ángulo que los médicos de cualquier hospital habrían diagnosticado como potencialmente fatal por la pérdida de sangre y la alta probabilidad de
gangrena en las condiciones del campo. Villa no fue a ningún hospital. Se escondió en una cueva en la sierra de San Borja. Durante semanas, mientras los mejores rastreadores del ejército americano y del ejército carrancista peinaban chihuahua en busca del hombre más buscado del hemisferio, Villa estaba en una cueva siendo atendido por un médico local que curó la herida con las medicinas que tenía disponibles, que no eran las de un hospital americano, pero que eran suficientes para un hombre que había decidido que sobreviviría porque
lo alternativa no la consideraba. Las fuerzas americanas pasaron a menos de 2 km de esa cueva en al menos una ocasión documentada. No entraron a la cueva porque no sabían que existía. Nadie les dijo que existía porque la gente que sabía que existía no tenía interés en decírselo. Villa salió de la cueva en enero de 1917, flaco y todavía cojo, cuando las fuerzas americanas ya estaban en proceso de retirada.
reorganizó lo que quedaba de su gente y en los meses siguientes, con los americanos ya fuera de México y el gobierno de Carranza distraído por otros frentes, comenzó a reconstruir. No volvería a ser el general de la división del norte. Nunca más tendría 40,000 hombres bajo su mando. Pero siguió siendo Villa, siguió siendo el hombre que la sierra protegía.
siguió siendo la demostración viviente de que la persecución más costosa que los Estados Unidos habían emprendido en territorio extranjero hasta ese momento no había producido lo que prometía. El karma que la historia reservó para los protagonistas americanos de la expedición punitiva es más matizado que el karma que reservó para Lawrence o para las compañías petrolero, porque Persing no era ni arrogante ni incompetente en el sentido de los que fracasan por sus propias limitaciones.
Era un general capaz que fue enviado a hacer algo que no era posible hacer en las condiciones en que se le ordenó hacerlo. Pero el karma de la expedición punitiva existe, está en lo que no ocurrió. Persing fue el comandante supremo de las fuerzas americanas en Europa durante la Primera Guerra Mundial.
Dirigió el cuerpo expedicionario americano que llegó a Francia en 1917 y que contribuyó decisivamente a la derrota de Alemania. Fue ascendido al grado de general de los ejércitos, el más alto rango que el ejército americano había creado, igualando a George Washington. murió en 1948 como el military figure más condecorado de la historia americana hasta ese punto.
Y en las miles de páginas que se escribieron sobre su carrera, la expedición punitiva aparece siempre como el capítulo que se menciona brevemente antes de pasar a los temas más cómodos. No porque Pershing fueron fracasado, sino porque en Chihuahua enfrentó la versión más clara del problema que los ejércitos convencionales no [carraspeo] saben resolver.
¿Cómo ganarle a alguien que no puede ser forzado a pelear donde tú eres más fuerte y que elige siempre el terreno donde tú eres más débil? Ese problema le ganó Persing en 1916. Le ganaría al ejército americano en Vietnam, le ganaría en Afganistán. Le ha ganado a todos los ejércitos convencionales que lo han enfrentado con hombres distintos y terrenos distintos y tecnologías distintas, pero con la misma lógica fundamental.

La lógica de Pancho Villa en la sierra de Chihuahua. El teniente George Patton, el que había atado los cuerpos de los villistas al capó del automóvil con la satisfacción del cazador, fue el oficial americano que mejor procesó la experiencia de México en términos de aplicación futura. Aprendió la velocidad, aprendió que en la guerra moderna la iniciativa lo es todo y que los segundos que separan la decisión de la acción son los segundos que determinan quién vive.
Aprendió en las laderas de los ranchos de Chihuahua una versión embrionaria de la doctrina de la guerra de maniobra que luego aplicaría con los tanques en Europa con resultados que convirtieron su nombre en sinónimo de agresividad táctica. Lo que Pato no pudo aplicar de la elección de México fue precisamente la parte que Villa representaba, cómo mantener la iniciativa sin líneas de suministro, sin bases permanentes, sin el aparato logístico que hace a los ejércitos modernos fuertes en terreno convencional y lentos en terreno no
convencional. Esa lección no era transferible porque requería lo que Villa tenía y Paton nunca tendría el territorio como aliado antes que como obstáculo. Villa sobrevivió a la expedición punitiva, firmó el tratado de paz con el gobierno mexicano en 1920. Se retiró a Canutillo y fue asesinado en Parral en 1923, no por el ejército americano, sino por sus propios adversarios políticos mexicanos, que habían aprendido en los 11 meses de la expedición punitiva que los americanos no iban a resolver el problema de Villa
por ellos. El fracaso americano en Chihuahua tuvo también una consecuencia geopolítica que ningún análisis contemporáneo anticipó con suficiente claridad. El telegrama Simmerman, que el Servicio de Inteligencia Británico interceptó y descifró en enero de 1917, proponía a México una alianza con Alemania contra los Estados Unidos con la promesa de ayudar a México a recuperar Texas, Nuevo México y Arizona si Alemania ganaba la guerra.
El gobierno de Carranza rechazó la propuesta no porque la propuesta fuera injusta desde el punto de vista mexicano, sino porque Carranza era suficientemente pragmático para entender que aliarse con Alemania en 1917 era aliarse con el que estaba perdiendo y que la promesa de recuperar Texas valía menos que el riesgo de que los Estados Unidos decidieran que la guerra con México era una extensión necesaria de la guerra con Alemania.
Pero el telegrama Simmerman fue también la evidencia de que Alemania había calculado correctamente que la expedición punitiva había dañado suficientemente las relaciones entre México y los Estados Unidos como para que México fuera un interlocutor receptivo para cualquier propuesta que viniera de lado contrario a Washington. Villa, sin saberlo ni planearlo, había contribuido a crear las condiciones geopolíticas que llevarían a los Estados Unidos a entrar en la Primera Guerra Mundial.
El ataque a Columbus había generado la expedición. La expedición había generado la fricción con México. La fricción con México había generado el cálculo alemán sobre el telegrama Simmerman. Y el telegrama Simmerman había sido uno de los factores que habían precipitado la decisión americana de entrar a la guerra.
Las cadenas causales de la historia raramente siguen el camino que alguien diseñó, pero a veces producen resultados que habrían satisfecho a quien inició la cadena, aunque por razones completamente distintas de las que inició. Lo que Villa había querido era unificar a México contra la intervención americana, lo que produjo fue, entre otras cosas, la entrada de los Estados Unidos en una guerra que cambió el siglo XX.
No era lo que buscaba, pero era también a su manera la demostración de que un hombre en la sierra de Chihuahua podía producir consecuencias globales con una apuesta de todo o nada que nadie en los despachos de Washington ni en los salones de Berlín había calculado completamente. La última ironía de la expedición punitiva no es la de Pershing regresando sin Villa, es la que ocurre décadas después en los libros de texto americanos, donde la campaña de México aparece en los capítulos sobre Persing como el preludio de su grandeza en
Europa, mencionada brevemente y pasada rápidamente. Mientras que en los libros de texto mexicanos aparece en los capítulos sobre la soberanía nacional como la demostración de que México podía resistir la presión del vecino del norte cuando tenía la determinación suficiente. Los mismos 11 meses, el mismo resultado, dos versiones completamente distintas de lo que ese resultado significa.
En la versión americana, la expedición punitiva fue un entrenamiento. En la versión mexicana fue una victoria. I Villa, que está en ambas versiones, pero que pertenece a la versión mexicana con una completitud que la versión americana no puede reclamar. murió en 1923, siendo el hombre que había obligado al ejército americano a entrar a México y a salir de México sin haber conseguido lo que había prometido conseguir.
No era el corrido, no era exactamente tampoco la victoria que Villa había esperado, pero era suficiente para que los que vinieron después lo recordaran como el hombre que dijo no a los 15,000 soldados de Persing y a los ocho aeroplanos de la primera escuadrilla Aero y al tren de suministros que cruzaba la frontera diariamente y a los rastreadores del décimo regimiento de búfalo, y a todos los instrumentos del poder más rico del hemisferio, y que les dijo no en el único terreno donde podía decirles no y ser escuchado.
La sierra de Chihuahua, que era suya antes de ser de nadie más y que fue suya durante 11 meses, mientras el ejército más moderno de su tiempo buscaba en ella algo que la sierra no estaba dispuesta a entregar. Si esta historia del fracaso más caro que los Estados Unidos pagaron en suelo mexicano te mostró algo que los libros de texto cuentan en un párrafo y que necesita una hora para ser contado completo, ya sabes lo que tienes que hacer.
Suscríbete al canal y activa la campana para no perderte el siguiente capítulo. Y antes de irte, quiero saber tu veredicto. Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe genio si crees que Villa calculó perfectamente lo que produciría el ataque a Columbus. O escribe desesperación. Si crees que Columbus fue el error de un hombre derrotado que no tenía otra opción. Una sola palabra.
Y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo video. Para entender completamente la dimensión del fracaso americano en Chihuahua, hay que entender primero la dimensión del aparato que los Estados Unidos pusieron en movimiento y la certeza con que ese aparato esperaba funcionar. El ejército americano de 1916 era el ejército que acababa de observar 4 años de guerra industrial en Europa.
No había participado directamente, pero sus observadores militares habían estado en las trincheras del SOM y en las posiciones de artillería del Marne y habían vuelto con informes detallados sobre lo que la tecnología moderna podía hacer cuando se aplicaba a la guerra con la escala que la industria americana permitía.
La expedición a México fue en parte un experimento, la primera operación de campo donde el ejército americano probaría sus nuevas capacidades logísticas, su motorización creciente, sus aeroplanos, sus comunicaciones por radio. Pershing lo sabía, sus oficiales de estado mayor lo sabían y esa conciencia de estar escribiendo el manual que vendría después añadía a la expedición una dimensión que las campañas anteriores no habían tenido.
No era solo capturar a Villa, era demostrar que el ejército americano podía proyectar poder en terreno extranjero con una eficiencia que preparara a la institución para lo que vendría. Lo que vendría, aunque nadie en Washington lo anticipara completamente en marzo de 1916, era la entrada a la Primera Guerra Mundial. Los camiones Packard y Jeffre que el ejército americano usó por primera vez en operaciones de campo en Chihuahua eran la nueva tecnología que habría de transformar la logística militar.
En los buenos caminos de Texas y de Nuevo México funcionaban con la eficiencia que los ingenieros de la compañía prometían. En los caminos de la sierra de Chihuahua, que no eran caminos en el sentido que los ingenieros de Texas habrían reconocido, sino marcas en el suelo que la lluvia borraba periódicamente y que el polvo convertía en trampas de barro en las estaciones intermedias, los camiones se quedaban atascados con la regularidad de los vehículos diseñados para una superficie y operados en otra.
Las mulas que el ejército americano usaba como respaldo a los camiones eran animales comprados en el mercado americano que no estaban entrenados para el terreno de la sierra. Los caballos de los villistas, criados en Chihuahua y acostumbrados a sus condiciones desde potrillos, podían moverse en el mismo terreno donde los caballos americanos tropezaban.
No porque fueran mejores animales en términos abstractos, porque eran los animales correctos para ese terreno específico. La asimetría de conocimiento del terreno se expresaba en cada detalle de la operación, desde los animales hasta los hombres, desde los caminos que se tomaban hasta las horas en que se viajaba.
Los villistas se movían de noche cuando el terreno lo permitía y los americanos no podían seguirlos porque sus mapas no marcaban los obstáculos nocturnos que los veteranos de la sierra conocían de memoria. Los villistas bebían agua de fuentes que los americanos no podían encontrar porque no estaban en los mapas.
Los villistas podían moverse 100 km en dos días. El tren logístico americano necesitaba 3 días para llevar los suministros esos mismos 100 km. El teniente coronel James Erwin, que comandó varias columnas durante la expedición y que escribió el informe técnico más detallado de la campaña, documentó la asimetría con una honestidad que sus superiores apreciaron en privado, aunque no en los informes oficiales que circulaban hacia Washington.
La ventaja de los villistas en conocimiento del terreno, escribió Irwin, no puede ser compensada por ninguna superioridad en armamento o en número en las condiciones de esta campaña. Para cada información que obtenemos sobre su posición, ellos tienen tres informaciones sobre la nuestra. Era la descripción exacta del problema y era también la descripción del problema que ningún aumento de recursos podía resolver, porque el problema no era de recursos, sino de información.
Y la información dependía de la relación con la población local. Y la relación con la población local dependía de algo que el ejército americano no podía comprar ni fabricar. Ser de ahí. Los exploradores del regimiento de búfalo, los soldados afroamericanos que el ejército americano usó como rastreadores en la expedición, eran los hombres con más experiencia en rastreo del ejército americano.
Habían desarrollado esas habilidades en las campañas contra los apaches y los comanches en el sudoeste americano y su competencia era reconocida incluso por sus adversarios. Pero el rastreo en Chihuahua no era el rastreo en el desierto de Arizona, porque el suelo era diferente y la vegetación era diferente, y las señales que dejaban el paso de los hombres y los caballos en ese suelo específico requerían un tipo de lectura que se desarrolla en años de vida en ese suelo específico.
Los mejores rastreadores villistas podían determinar cuánto tiempo antes había pasado una persona por un punto del terreno a partir de indicios que los rastreadores del regimiento de búfalo reconocían, pero no podían interpretar con la misma velocidad y la misma precisión. La diferencia no era de habilidad innata, sino de experiencia específica.
Y esa diferencia de experiencia valía en el terreno de Chihuahua más [carraspeo] que cualquier otra ventaja que el ejército americano llevaba al campo. Fue en este contexto donde ocurrió uno de los episodios menos documentados, pero más reveladores de la expedición, el encuentro entre los exploradores americanos y los rastradores villistas en las afueras de un rancho del municipio de Namiquipa.
Un grupo de exploradores del regimiento de búfalo seguía un rastro que los llevaba hacia el noroeste cuando encontraron otro rastro superpuesto que venía del norte. Los dos rastros convergían en el rancho. El jefe de los exploradores, un sargento con dos décadas de servicio, cuyo nombre los archivos conservan William Curtis, estudió los rastros durante varios minutos antes de hacer la señal para que su grupo se detuviera.
Los rastros del norte eran más frescos, pero tenían algo que Curtis reconoció como intencional. eran casi perfectos, demasiado claros para ser naturales, demasiado evidentes para ser accidentales. Alguien había dejado esos rastros para ser seguidos. Curtis hizo retroceder a su grupo 200 m y mandó a dos hombres a rodear el rancho en lugar de seguir los rastros hacia la entrada.
Los dos hombres que rodearon el rancho encontraron en la parte trasera cuatro caballos atados con el equipo cuidadosamente desmontado y apilado, de la manera en que se desmonta el equipo cuando se va a estar mucho tiempo en un lugar. Y detrás de los caballos, en un arroyo seco que los mapas no marcaban, encontraron las huellas de más caballos que habían salido esa misma mañana en dirección contraria a la de los rastros que habían encontrado.
Alguien había dejado un rastro falso, alguien que sabía que los exploradores americanos seguirían el rastro más fresco y que había calculado que la manera de ganar tiempo era darles un rastro que pareciera el correcto, pero que llevara en dirección contraria. Curtis envió el informe al cuartel general de Persing con el análisis que la situación merecía, que los villistas tenían trastreadores propios que estudiaban las técnicas americanas y que desarrollaban contratécnicas que hacían el rastreo convencional insuficiente.
El cuartel general de Persing recibió el informe y lo archivó. No había respuesta operacional disponible para la información que contenía. Hubo también en la expedición un episodio que los historiadores militares estudian como el primer uso documentado de comunicaciones de radio en operaciones de campo en México y que ilustra de manera inversa el mismo problema de la asimetría de información.
Las columnas americanas usaban radio para coordinar movimientos entre sí con una eficiencia que las columnas de la campaña anterior, la de Apache, no habrían podido imaginar. podían transmitir la posición de una columna a otra en minutos y ajustar los planes de movimiento en tiempo real, según lo que cada columna reportaba. El problema era que los villistas también escuchaban las transmisiones, no con radios propios que no tenían, sino a través de la red de contactos que tenían en los pueblos, donde los soldados americanos se acercaban a recargar las
baterías de sus radios y que a veces tenían conversaciones cerca de los equipos encendidos con la descuido de los que no han terminado de entender que la radio transmite en todas las direcciones al mismo tiempo. La información que circulaba por los radios americanos llegaba a los villistas a través de sus contactos en los pueblos, procesada y resumida, con suficiente retraso como para que no pudiera ser usada tácticamente en tiempo real, pero con suficiente anticipación como para que pudiera ser usada estratégicamente
para evitar las zonas donde las columnas americanas convergerían en las próximas horas. Era la red de información más primitiva posible desde el punto de vista tecnológico y la más efectiva posible desde el punto de vista del resultado. La gente que sabía, que le contaba al que llegaba, que le contaba al siguiente, en una cadena humana que no requería electricidad, ni frecuencias de radio, ni equipos importados de los Estados Unidos.
Solo requería que la gente quisiera que los americanos no encontraran lo que buscaban. Y la gente en la mayor parte de Chihuahua durante los 11 meses de la expedición quería exactamente eso. El fracaso diplomático de la expedición punitiva fue tan completo como el fracaso militar. Y lo fue porque los dos fracasos tenían la misma causa, la incapacidad americana de entender el terreno en sus dimensiones más amplias, que no eran solo las dimensiones físicas de la sierra de Chihuahua, sino las dimensiones políticas de lo que significaba para México tener tropas
americanas en su territorio. El gobierno de Venustiano Carranza había aceptado el ingreso de las fuerzas americanas con la misma reluctancia con que se acepta la entrada de un médico que uno no quiere, pero que la familia insiste en que es necesario. La aceptación era táctica. Carranza necesitaba a los americanos fuera de él durante suficiente tiempo para consolidar su posición contra Villa y contra los otros enemigos que tenía.
Y si la presencia americana ayudaba a debilitar a Villa sin fortalecerlo políticamente con el rechazo popular a la intervención, eso era una ecuación que podía funcionar. Lo que Carranza no podía controlar era el impacto de la presencia americana en la opinión pública mexicana, que era exactamente lo que Villa había calculado que ocurriría.
Cada vez que una columna americana entraba a un pueblo de Chihuahua y la población salía a las calles con expresiones que no eran de bienvenida, Carranza tenía que decidir si ignorarlo o protestarlo. Si lo ignoraba, parecía un títere americano. Si lo protestaba, se arriesgaba a una confrontación con Washington que no podía permitirse.
Era la trampa que la presencia americana le tendía automáticamente con el solo hecho de existir. Carranza protestó constantemente. Sus notas diplomáticas a Washington durante los 11 meses de la expedición forman un volumen que los estudiantes de derecho internacional estudian como ejemplo de cómo ejercer la soberanía con los instrumentos disponibles cuando los instrumentos militares no son viables.
eran notas que exigían el retiro, que denunciaban las violaciones del territorio, que insistían en la soberanía nacional con la repetición del que sabe que la repetición es la única herramienta que tiene, pero que también sabe que la repetición funciona cuando la otra parte tiene razones propias para escuchar.
La otra parte tuvo razones propias para escuchar en la medida en que la situación internacional y la política doméstica americana hicieron necesario escuchar. Y cuando esas razones fueron suficientemente fuertes como después de Carrizal, Washington escuchó y Washington se dio. El episodio de Carrizal fue el que mejor ilustra la trampa diplomática en que la expedición había metido a los americanos desde el primer día.
La columna del capitán Charles Boyd había entrado a Carrizal sin coordinar con las fuerzas carrancistas que guarnecían el pueblo. Boid era del tipo de oficiales que consideraban que la coordinación con un ejército irregular como el carrancista era un protocolo opcional cuando la misión requería velocidad. El comandante carrancista, el general Félix Gómez, intentó impedir el paso con el gesto de quien sabe que tiene razón, pero que sabe también que la razón y la fuerza no son la misma cosa.
El tiroteo que siguió mató al general Gómez, mató a 12 soldados americanos y puso en movimiento una cadena de reacciones que en 1916, en el contexto de la guerra en Europa y de las elecciones presidenciales americanas que se celebrarían en noviembre, ninguno de los dos gobiernos podía gestionar con calma. Wilson convocó al Congreso para autorizar la movilización de la Guardia Nacional en la frontera.
Carranza respondió con el tono de quien ha estado esperando que la situación llegara a ese punto para poder decir lo que lleva meses queriendo decir sin poder decirlo. Los periódicos de ambos países publicaron editoriales que anticipaban la guerra con la certeza que tienen los que escriben sobre conflictos que no van a pelear.
Pero ninguno de los dos gobiernos quería la guerra y la ausencia de voluntad de guerra de ambos lados produjo la negociación que produjo el acuerdo que produjo el retiro americano. Villa observó todo esto desde la sierra de Chihuahua con la satisfacción del jugador, que ve que sus predicciones sobre cómo se moverán los demás jugadores se van cumpliendo según el orden en que las calculó.
No perfectamente, nunca perfectamente, pero con suficiente precisión. para que el resultado final se pareciera a lo que había planeado. Los americanos se fueron. Él se quedó. El 7 de febrero de 1917, cuando el último soldado americano cruzó el río Bravo hacia el paso, Pancho Villa estaba en la sierra de Chihuahua, exactamente donde había estado cuando la expedición empezó.
Exactamente donde los americanos no habían podido llegar durante 11 meses de la operación más costosa que el ejército americano había emprendido en el continente americano desde la guerra con México 70 años antes. Había una diferencia entre el Villa del 15 de marzo de 1916 y el villa del 7 de febrero de 1917. No era el número de hombres que seguía siendo menor.
No era la capacidad militar que había sido dañada por las operaciones conjuntas americanas y carrancistas. Era algo más difícil de cuantificar y más importante para lo que vendría después. Era la leyenda. Antes de Columbus, Villa era el general derrotado que huía de las fuerzas de Carranza. Después de la expedición, Villa era el hombre que había obligado a los Estados Unidos a entrar a México y a salir de México sin haber conseguido lo que habían prometido conseguir.
Esa diferencia era la diferencia entre ser el perdedor de Celaya y ser el hombre que nadie pudo atrapar. Y en México en 1917, en el contexto de un país que llevaba 70 años perdiendo guerras y territorios y dignidad ante los vecinos del norte, ser el hombre que nadie pudo atrapar era un tipo de victoria que el corrido podía cantar con más energía que cualquier otra victoria militar anterior.
El corrido se cantó. El corrido sigue cantándose y en ese canto, en la persistencia de esa historia durante más de un siglo, está la respuesta a la pregunta que el general Persching no pudo responder en sus conferencias de prensa de febrero de 1917. ¿Por qué 11 meses, 15,000 soldados, ocho aeroplanos, cientos de camiones y el sistema de comunicaciones más avanzado que el ejército americano había desplegado hasta ese momento no pudieron encontrar a un hombre en un estado de México? La respuesta no es sobrenatural.
No es la magia que el corrido a veces sugiere cuando habla de villa desapareciéndose en el aire. La respuesta es más simple y más difícil al mismo tiempo. Es la respuesta que cualquier historia de resistencia da cuando se examina con suficiente honestidad. que el territorio defiende a los que son del territorio, que el conocimiento que se acumula en generaciones de vida en un lugar específico no puede ser reemplazado por ninguna tecnología en el tiempo que dura una campaña militar y que los hombres que luchan por algo que reconocen como
suyo tienen un tipo de motivación que no aparece en ningún manual militar, pero que determina el resultado de los conflictos con más frecuencia que el número de soldados o el calibre de las armas. Villa era de Chihuahua. La sierra era suya antes de ser de cualquier otro. Y eso que parece simple, fue suficiente para hacer fracasar la persecución más costosa y más visible que el ejército americano había emprendido en el continente.
Hay una escena que los archivos de la expedición conservan y que ningún monumento ni ningún corrido reproduce, porque no es una escena de batalla ni de victoria, sino de la cosa más cotidiana del mundo. Un hombre y un oficial conversando. Es mayo de 1916. Las columnas americanas llevan dos meses en Chihuahua sin haber encontrado a Villa ni a ninguno de sus lugarenientes principales.
El mayor Frank Tomkins, el mismo que había tenido que retirarse de Parral bajo fuego de la población civil, está en un pueblo pequeño del municipio de Satebó, hablando con el alcalde local a través de un intérprete. Tomkins pregunta si alguien del pueblo ha visto a Villa en las últimas semanas. El alcalde responde que no.
Tomkins pregunta si alguien sabe dónde podría estar Villa. El alcalde responde que no. Tomkins, que ha tenido esta misma conversación en 15 pueblos distintos en dos meses y que ha obtenido siempre la misma respuesta, mira al alcalde durante un momento. Luego saca un papel de su bolsillo.
Es el afiche que el ejército americano había distribuido por toda la región con la fotografía de villa y la recompensa de $50,000 para quien proporcionara información que llevara a su captura. 000 dice Tomkins y el intérprete traduce. Es suficiente para comprar una hacienda. El alcalde mira el afiche. Lo mira durante el tiempo que se tarda en calcular lo que 50,000 representan en 1916 en un pueblo del municipio de Satebó, donde el salario diario de un trabajador agrícola es 50 centavos.
Luego levanta la vista y mira a Tomkins. No sé nada. Dice Tomkins, dobla eliche y lo guarda. No hay nada más que decir. Monta su caballo y sigue. Esa escena repetida en decenas de variantes a lo largo de los 11 meses de la expedición es la escena que explica el fracaso mejor que cualquier análisis táctico.
No es que la gente no supiera dónde estaba Villa, es que la decisión de no decirlo era una decisión que ,000 no podían cambiar porque la decisión no era solo económica, era la decisión sobre en qué lado se estaba en la historia que se estaba escribiendo. El alcalde de Satebó sabía de qué lado estaba. Ese conocimiento multiplicado por miles de personas en miles de conversaciones similares durante 11 meses, fue el muro más efectivo que la expedición encontró.
No el terreno, aunque el terreno también, no la velocidad de Villa, aunque Villa también era rápido, sino la red humana que decidió individualmente y sin coordinación central que el general americano no iba a recibir lo que buscaba. Hay un aspecto de la expedición punitiva que los historiadores militares mencionan, pero que raramente desarrollan con la atención que merece la experiencia de los soldados americanos que vivieron esos 11 meses en el campo.
No los generales ni los coroneles, los soldados, los que durmieron en el suelo del desierto de Chihuahua en enero, cuando las temperaturas caen a 20 gr bajo cero en las sierras. los que bebieron agua de los arroyos que podían encontrar y que sufrieron los efectos intestinales del agua que no estaba tratada con los sistemas que el ejército americano usaba en sus bases, pero que no podía usar en el campo.
Los que montaron a caballo durante 18 horas seguidas por terreno que sus caballos no conocían, los que enterraron a sus compañeros muertos en combate o por enfermedad en ese suelo extranjero. Esos soldados volvieron a casa con una experiencia que los veteranos de las guerras posteriores reconocerían como el tipo de experiencia que te cambia de maneras que no siempre puedes describir.
La experiencia de haber estado en un lugar que no quería que estuvieras ahí y de haberlo sentido en cada interacción con cada persona de ese lugar durante casi un año. Algunos de esos soldados escribieron cartas, algunos escribieron diarios, algunos contaron sus historias a periodistas décadas después, cuando la expedición había pasado a ser historia en lugar de memoria reciente.
Lo que describían tenía una consistencia que no podía ser accidental, la sensación de estar persiguiendo algo que no podía ser atrapado, no porque el objetivo fuera sobrenatural, sino porque el objetivo era parte del terreno y el terreno lo rechazaba con cada paso. Un soldado del duodécimo regimiento de caballería, cuyo testimonio fue recogido por un periodista tejano en los años 30, lo describió con la precisión de los que han tenido 20 años para ordenar una experiencia en palabras.
“Yo nunca vi a Villa”, dijo. “Nunca estuve cerca de verlo, pero lo sentí todo el tiempo. En la manera en que la gente no te miraba cuando les preguntabas, en la manera en que los caballos se inquietaban en los cañones que parecían vacíos. en la manera en que llegabas a un rancho donde el fuego del fogón todavía estaba tibio y no había nadie.
El fuego tibio y nadie. Era la imagen más precisa de lo que la expedición había encontrado 11 meses. La evidencia de la presencia de lo que buscaba con la ausencia de lo que buscaba, siempre llegando un momento antes que ellos. La expedición punitiva falló porque llegaba siempre un momento después. Y llegaba un momento después, porque el que buscaban era del terreno y ellos no lo eran.
Y esa diferencia de un momento era la diferencia entre atrapar y no atrapar, entre el éxito y el fracaso, entre la historia que se habría contado si hubieran capturado a Villa y la historia que se contó porque no lo capturaron. Esta última es la historia que cuenta el corrido. Esta última es la historia que durará más que los 14 informes de Persing, que los registros de operaciones del cuerpo expedicionario americano, que los telegramas de Wilson al Congreso.
Porque la historia que dura no es la que tiene el aparato más moderno ni la fuerza más grande, es la que tiene la razón que la gente reconoce como suya. La gente de Chihuahua reconoció la razón de Villa como suya y esa razón multiplicada por miles de silencios como el del alcalde de Satebó, derrotó a la expedición más cara que los Estados Unidos habían emprendido en el continente.
El corrido lo dice mejor que cualquier análisis. no pudieron con él, no porque no lo intentaran, sino porque lo que intentaron no [carraspeo] era suficiente para lo que él era. Existe una última dimensión del fracaso de la expedición punitiva que ningún análisis militar captura completamente, porque ocurrió no en el campo, sino en los despachos y en los periódicos y en la memoria colectiva de dos países que procesaron los mismos 11 meses de maneras radicalmente distintas.
Para los Estados Unidos, la expedición punitiva fue el preludio de la Primera Guerra Mundial, el laboratorio donde el ejército americano probó sus capacidades logísticas, la campaña que formó a Persching para su papel en Europa. En la narrativa americana, la expedición es el capítulo que prepara el escenario para la grandeza que vendría.
En esa narrativa, Villa es el pretexto, el incidente que activó el proceso, el problema menor que se resolvió lo suficientemente bien como para permitir que la tensión se moviera hacia lo que realmente importaba. Para México, la expedición punitiva fue algo completamente diferente. Fue la confirmación de que el vecino del norte, con toda su riqueza y todo su ejército y todos sus aeroplanos podía ser resistido.
Fue la demostración de que un hombre con el territorio de su lado podía derrotar a la fuerza convencional más moderna del hemisferio, no en una batalla, sino en el tiempo, en la persistencia, en la negativa a ser encontrado. cuando encontrarlo era lo que el adversario necesitaba. Villa no ganó la expedición en ningún campo de batalla.
la ganó en el acumulado de 11 meses de no ser capturado. Y esa victoria que parece negativa porque consiste en algo que no ocurrió en lugar de algo que ocurrió es en realidad la victoria más activa posible porque requirió en cada uno de esos 11 meses las decisiones correctas en el momento correcto con la información disponible y con el territorio como único aliado.
Los historiadores americanos que escriben sobre la expedición punitiva la describen generalmente como un fracaso relativo. Se lograron algunos objetivos, aunque no el principal. Los historiadores mexicanos que escriben sobre ella la describen como una victoria. El principal objetivo americano no se logró.
Ambos tienen razón dentro de su marco de referencia y el hecho de que tengan razón ambos es en sí mismo parte de la historia porque las guerras y las campañas tienen resultados distintos según quién los evalúe con qué criterios. Y la expedición punitiva es uno de los casos donde esa divergencia de evaluaciones es más clara y más honesta.
Lo que ninguna de las dos versiones discute es el hecho central. En febrero de 1917, el ejército americano cruzó la frontera de regreso hacia el paso sin haber capturado a Villa. Ese hecho es el que el corrido cantó. Ese hecho es el que los hijos de Villa heredaron como parte de la historia de su padre. Ese hecho es el que el alcalde de Satebó protegió con su silencio en mayo de 1916.
Y ese hecho que tiene 100 años y que los libros de texto de ambos países tratan de maneras distintas según el libro y según el país, sigue siendo el mismo hecho que fue. No pudieron con él. Washington envió 10,000 soldados y aviones y camiones y rastreadores y 50,000 de recompensa. Y Pancho Villa siguió en la sierra de Chihuahua.
El territorio que era suyo lo protegió. La gente que [carraspeo] era su gente no habló. Y el ejército más moderno del hemisferio aprendió en 11 meses de polvo y de silencio, y de fuegos tibios y nadie en los ranchos. La lección que los ejércitos aprenden una y otra vez sin que la repetición la vuelva más fácil de aplicar la próxima vez.
que hay lugares donde el poder no llega, que hay gente que no tiene precio y que hay hombres que en el terreno correcto, con la determinación correcta y el silencio de los que los rodean son simplemente imposibles de atrapar. Eso fue Pancho Villa en la sierra de Chihuahua. Eso es lo que los corridos no terminan de cantar.
Pershing murió en 1948, siendo el militar más condecorado de la historia americana. Había dirigido el cuerpo expedicionario en Europa. Había visto su país convertirse en la potencia dominante del mundo occidental. había vivido lo suficiente para ver cómo la Segunda Guerra Mundial confirmó el papel de los Estados Unidos que la primera había iniciado.
En ninguna de sus memorias, en ninguna de las entrevistas que dio en sus últimos años, habló de Villa de la manera en que habría hablado de un adversario al que había derrotado. habló de él de la manera en que se habla de un problema que fue resuelto de forma distinta a la que se planeó originalmente, con la brevedad específica del hombre que ha aprendido que hay victorias que se celebran y hay resultados que se gestionan y que la diferencia entre los dos no siempre depende de quién tenía el ejército más moderno. Paton murió en
1945 en Alemania, dos semanas después del fin de la guerra en Europa, en un accidente de tráfico que tuvo la crueldad irónica de los finales que la historia produce sin propósito aparente. El hombre que había sobrevivido a Chihuahua y al som y al Rin, murió en una carretera de Manheim en el asiento trasero de un cadilac que chocó con un camión militar americano.
Entre sus papeles personales había un cuaderno de notas de 1916 con observaciones sobre la campaña de México que los biógrafos de Paton citan como evidencia de la precocidad de su pensamiento táctico. Las observaciones sobre la velocidad, sobre la iniciativa, sobre el valor de actuar antes de que el enemigo pueda reaccionar son las observaciones de un hombre que aprendió algo de los villistas en las laderas de Chihuahua, que los manoles de su academia no le habían enseñado, que la velocidad del que conoce el terreno supera siempre la
potencia del que no lo conoce. Paton aprendió la lección del lado equivocado de ella en 1916. La aplicó del lado correcto en 1944 y en ambos casos el terreno fue el factor que determinó quién podía moverse más rápido. Villa murió en 1923, 7 años después de la expedición punitiva en la calle Juárez de Parral.
No a manos del ejército americano, a manos de sicarios mexicanos que ejecutaron la orden que los que lo odiaban con apellido mexicano habían tenido el cuidado de no poner por escrito. Murió siendo el hombre que Washington no pudo atrapar. Eso fue su último título y el que más tiempo duró. 100 años después, el corrido sigue y la sierra de Chihuahua sigue siendo la sierra de Chihuahua.
Y el alcalde desatebó que guardó silencio ante los ,000 de Tomkins. [carraspeo]