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Washington envió 10.000 soldados y aviones a capturar a Pancho Villa. El histórico fracaso de 1916

 Era el tipo de afrenta concreta que Villa recordaba con la precisión del contador que no necesita papel para saber exactamente cuánto le deben. Pero Columbus también tenía una guarnición militar americana pequeña. lo suficientemente pequeña para que el ataque fuera posible y lo suficientemente real para que los periódicos americanos lo trataran como lo que era una invasión.

La madrugada del 9 de marzo de 1916, los hombres de Villa cruzaron la frontera. Lo que ocurrió en Columbus esa noche fue suficientemente brutal para que los periódicos americanos de la mañana siguiente tuvieran el tipo de primera plana que produce legislación y órdenes militares antes de que el sol se ponga.

17 americanos muertos. El hotel Columbus, la farmacia, varias casas ardiendo, la guarnición americana sorprendida, aunque no completamente indefensa, ya que los soldados del deterter regimiento de caballería respondieron con ametralladoras que mataron a más de 100 villistas antes de que el grueso del grupo cruzara de vuelta la frontera.

 Villa estaba entre los que cruzaron de vuelta, o al menos eso es lo que la mayoría de los testimonios indica, aunque hay versiones que lo ubican en la batalla misma y versiones que lo ubican a distancia, supervisando desde una posición elevada el desarrollo de una operación que sus oficiales ejecutaban según sus instrucciones.

Lo que sí es cierto es que cuando Persing recibió el telegrama de Wilson al día siguiente, Villa ya estaba en México vivo, libre y esperando. La expedición punitiva que salió de Columbus el 15 de marzo de 1916 era la fuerza militar más moderna que los Estados Unidos habían desplegado en una operación exterior.

 Hasta ese momento, Persing tenía bajo su mando unos 10,000 soldados que eventualmente llegarían a ser casi 15,000. Caballería, infantería, artillería, unidades de ingeniería, servicios médicos, un tren de suministros que cruzaba la frontera diariamente con provisiones para una campaña que nadie en Washington había calculado que duraría más de unas semanas.

 Y tenía también algo que ningún ejército americano había tenido antes en ninguna campaña. Aeroplanos. La primera escuadrilla aéreo del ejército americano con ocho aviones Cortis JN3 llegó a Columbus el 15 de marzo con la misma energía con que las nuevas tecnologías siempre llegan a los conflictos donde van a ser probadas por primera vez con la confianza de los que creen que el instrumento nuevo resolverá el problema que los instrumentos viejos no pudieron resolver.

 Los pilotos de la primera escuadrilla Aero eran los mejores que el ejército americano tenía. Sus aviones eran los más avanzados disponibles y la misión que se les asignó era exactamente la misión para la que los aviones militares de 1916 eran menos adecuados. El reconocimiento de terreno montañoso y árido en el calor extremo del desierto de Chihuahua, con motores que el polvo y la altitud degradaban con una velocidad que los ingenieros de Cortis no habían anticipado, porque los ingenieros de Cortis habían probado sus aviones en Nueva York y en Ohio, no en la sierra de

Chihuahua. En seis semanas, cuatro de los ocho aviones quedaron fuera de servicio por accidentes de aterrizaje, fallas mecánicas y el deterioro producido por el polvo que se filtraba en los motores con la insistencia del desierto, que no reconoce el concepto de filtro efectivo. Los cuatro restantes siguieron volando, pero con limitaciones operacionales tan severas que su utilidad para localizar a Villa fue marginal.

No porque los pilotos no fueran competentes, porque el problema que se les había asignado no era un problema de competencia, sino de información. Para usar un avión de reconocimiento, efectivamente en el desierto de Chihuahua de 1916, había que saber dónde buscar. Y para saber dónde buscar, había que tener la información del terreno que las fuerzas americanas no tenían y que las fuerzas de villa tenían de manera tan completa que el terreno mismo era su mejor aliado.

Pershing avanzó hacia el sur. Lo que encontró en los primeros días de la expedición fue exactamente lo que encontraron todos los ejércitos que han entrado a territorios que no son los suyos, con la convicción de que la superioridad tecnológica es suficiente para compensar la inferioridad en conocimiento local.

 Un paisaje que se parecía a los mapas que llevaban, pero que no era los mapas que llevaban. Una población que sonreía y decía que no sabía nada y un enemigo que era simultáneamente todo y ningún lugar. Las columnas americanas seguían los caminos que los mapas indicaban. Los caminos llevaban a ranchos vacíos donde la gente había salido esa mañana o el día anterior.

 Los espías que enviaban a los pueblos regresaban con información que siempre llegaba unas horas tarde, suficientemente tarde para que el objeto de la información ya no estuviera donde la información decía que estaba. Villa se movía con la velocidad que la sierra le permitía y que los americanos no podían igualar con sus camiones y sus caballos cargados de equipamento.

 Sus hombres viajaban ligeros porque la sierra les daba lo que necesitaban en el camino o porque habían aprendido a necesitar menos de lo que cualquier soldado americano consideraba mínimo indispensable. Dormían en cuevas o en el suelo o en los ranchos de la gente que los protegía. No siempre por amor, pero sí por la comprensión de que los americanos que llegaban preguntando por Villa eran también una amenaza para el que respondía mal.

 El primer contacto real entre las fuerzas americanas y los villistas ocurrió el 29 de marzo en Guerrero, donde la columna del coronel George Dodd encontró un campamento villista y mató o dispersó a varios hombres. No a Villa, no a ninguno de sus lugarenientes principales, pero a hombres de Villa, lo que fue suficiente para que DOD enviara un informe entusiasta y para que los periódicos americanos publicaran titulares sobre el inminente colapso de la banda de Villa.

Era la primera de muchas falsas alarmas. El 5 de abril, la columna del mayor Frank Tomkins atacó el pueblo de Parral. No porque Parral fuera el objetivo, sino porque Tomkins tenía información de que Villa había estado ahí recientemente y porque Tomkins era del tipo de oficiales que prefieren actuar sobre la información antes de que la información se vuelva vieja.

 Incluso cuando actuar significa entrar a una ciudad mexicana importante sin haber coordinado con el gobierno de Carranza. Lo que Tomkins encontró en Parral no fue a Villa. Encontró a la población de Parral, que salió a las calles cuando las columnas americanas entraron y que expresó su opinión sobre la presencia de tropas extranjeras en su ciudad con el lenguaje que no requiere traducción.

Piedras, disparos y el grito de viva villa que resonó en las calles empedradas. Con la ironía específica de los que han entendido que el hombre que los soldados americanos buscan es también el hombre que ha conseguido que los soldados americanos estén aquí, siendo recibidos con piedras. Tomkins tuvo que retirarse bajo fuego de la propia población civil, que se suponía que debía estar agradecida de ser liberada del terror villista.

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