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Vicente Fernández: Por ESTO Antonio Aguilar Nunca lo Perdonó

Y ese detalle, el del caballo, va a ser clave en toda esta historia. Guárdalo. Dos hombres, el mismo país, el mismo sueño, el mismo traje de charro, pero 21 años de distancia y dos mundos que no podían ser más distintos. Uno venía de la hacienda, el otro de la nada. Y ese contraste lo explica casi todo, así que quiero que lo sientas bien. Antonio Aguilar creció en Tayagua, una hacienda que su familia tenía desde hacía generaciones con tierras, con caballos, con peones, con un apellido que pesaba en la región.

Para él, ser charro venía de cuna. Era lo que vio desde niño todos los días en su propia casa. Montaba porque ahí se montaba, cantaba arriba del caballo porque el caballo era parte de su vida, no de su espectáculo. Antonio Aguilar no interpretaba a un charro. Era un charro de verdad que un día se subió a un escenario.

Vicente Fernández venía del lado opuesto del mundo, de una casa donde el frío entraba por las rendijas, donde no se sabía si iba a alcanzar para la cena. Él no tenía caballos, tenía hambre y una guitarra. A Vicente nadie le heredó el charro. Lo soñó en el cine, sentado en una butaca barata, mirando a hombres como Antonio Aguilar y diciéndose que algún día él también.

Vicente Fernández tuvo que construirse el charro que Antonio simplemente era. Y ahí nace la semilla de todo. Porque cuando el que lo tiene todo desde la cuna se encuentra con el que tuvo que pelear por cada migaja, no se entienden. El de la hacienda ve al otro como un advenedizo que quiere lo que no le toca. Y el del polvo ve al otro como un privilegiado que nunca supo lo que cuesta llegar.

Los dos llegaron al mismo lugar, al mismo trono, con el mismo traje, pero llegaron por caminos tan distintos que en el fondo nunca iban a poder mirarse como iguales. Antonio Aguilar llegó primero a todo. Empezó como cantante de radio a finales de los años 40, cantando boleros en la XCW, la estación más importante de México.

En 1950 conoció a una mujer que ya era una estrella, una cantante famosa con varios años de carrera. Se llamaba Flor Silvestre. Guarda ese nombre también, Flor Silvestre, porque esa mujer va a ser al final de esta historia la única capaz de tender un puente donde los hombres solo supieron levantar muros. Antonio y Flor se casaron, formaron una de las parejas más queridas del espectáculo mexicano y tuvieron dos hijos, Antonio Junior y el menor José, al que todos íbamos a conocer como Pepe.

Recuerda a ese niño, Pepe Aguilar, porque cuando crezca va a ser él quien diga en voz alta lo que su padre callaba. Para los años 60, Antonio Aguilar ya era una figura nacional. hacía películas [música] una tras otra hasta juntar más de 150 a lo largo de su vida y había inventado algo que nadie más hacía. Llevaba sus caballos al escenario.

Cantaba montado con espectáculos secuestres donde los animales cruzaban la pista mientras él interpretaba corridos. Se hizo llamar El Charro de México y ese título, ese nombre pesaba como una corona de verdad. Y déjame que te recuerde por qué esa corona pesaba tanto, porque tú lo viviste.

Antonio Aguilar fue antes que nada el cine. Llenó las salas de México con más de 150 películas. Lo viste interpretar a los grandes héroes de la patria, a Pancho Villa, a Emiliano Zapata, a los hombres a caballo que hicieron la historia de este país. Para muchos mexicanos, la imagen de la revolución, la de los charros bravos y las soldaderas, tiene la cara de Antonio Aguilar, porque él la puso ahí en la pantalla grande, en blanco y negro primero y a color después, función tras función.

Pero lo que de verdad lo hizo único fue lo que hacía con los caballos. Antonio Aguilar inventó un espectáculo que nadie había visto. Subía a los animales al escenario. Caballos bailadores, charros, sogas, todo el rancho mexicano montado en una pista mientras él cantaba corridos arriba de su montura. Lo hizo en las plazas de toros, en las arenas, en los palenques de todo el continente, muchas veces al lado de su esposa Flor Silvestre y de sus hijos.

Aquello era una tradición entera puesta de pie, mucho más que un cantante con un show bonito. Y tenía las canciones para acompañarla. Caballo Azabache, Cabino Barrera, La yegua Colorada, Albur de Amor. Y en los años 80, [música] cuando muchos lo daban por acabado, resucitó con un éxito que retumbó en cada cantina de México. Triste recuerdo.

Esa canción le dio una generación nueva de fanáticos. gente que ni había nacido cuando él empezó. Su música cruzó la frontera, llenó arenas en Estados Unidos, le ganó una estrella en el paseo de la fama de Hollywood. Vendió más de 25 millones de discos. Trabajó en el cine de Hollywood al lado de estrellas como John Wayne.

El niño de la hacienda de Zacatecas se había convertido en el embajador del charro mexicano ante el mundo entero. Esa era la corona que Antonio Aguilar llevaba en el pecho. No era presunción, era una vida entera de trabajo arriba de un caballo. Por eso, cuando charro empezó a subir y a reclamar el mismo lugar, Antonio no lo vio como un colega, lo vio como alguien que venía por lo que él había construido desde niño.

Porque en la música ranchera de aquella época, el charro era mucho más que un traje. Era el símbolo del hombre mexicano, el que doma el caballo, el que no se raja, el que canta el dolor sin avergonzarse. Y solo podía haber un rey de ese trono, uno. Antonio Aguilar lo ocupó primero y lo [música] ocupó durante años sin nadie que se lo disputara de verdad, hasta que del polvo de Jalisco empezó a subir una voz que iba a cambiarlo todo.

Recuerda esta frase porque la vas a oír varias veces en esta historia y cada vez va a pesar un poco más. El trono del charro no alcanzaba para dos. No alcanzaba. Por más grande que fuera México, por más amor que hubiera para repartir ese lugar, [música] el del único, el del más grande, el del rey de los charros, era para una sola persona.

Y en 1972 alguien llegó a reclamarlo, pero ese alguien no llegó de la nada, aunque venía de la nada. Para entender el peso de lo que estaba por pasar, tienes que saber lo que a Vicente le costó llegar ahí. Después de aquel concurso, a los 14 años se fue a la ciudad de México con una mano adelante y otra atrás. Trabajó de mesero, de lavaplatos, de cajero, de lo que cayera, mientras de noche cantaba en restaurantes por unas monedas.

Tocó puertas de disqueras que se la cerraron en la cara. Le dijeron que su voz no servía, que no tenía futuro, que mejor se dedicara a otra cosa. Imagínate al niño de Went Titán en la capital solo, escuchando que no era suficiente y, sin embargo, sin rendirse, la puerta se le abrió por una tragedia ajena. En 1966 murió Javier Solís, uno de los grandes de la canción ranchera, todavía joven.

Su muerte dejó un hueco enorme en la industria, un trono vacío que alguien tenía que llenar. Y ahí estaba Vicente Fernández, con hambre, con voz, con terquedad, listo para entrar por esa puerta que la muerte de otro le abrió. firmó su contrato, empezó a grabar y subió despacio primero y luego de golpe, porque esa era la diferencia entre los dos.

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