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Una Madre Sola Contra el Presidente de México. Lo Que Le Negó a Su Propio Hijo Fue ASQUEROSO

Enrique Peña Nieto no tuvo que abrirse camino a machetazos como millones de mexicanos. A él le abrieron el camino antes de que aprendiera a caminar. Y esa diferencia importa porque explica algo que vas a ver una y otra vez en esta historia. Un hombre que crece creyendo que el poder es su derecho de nacimiento, aprende también a creer que las reglas de los demás no son para él.

Quiero que te quedes con esa idea, porque un hombre así cuando enfrenta un problema no piensa cómo resolverlo, piensa cómo hacerlo desaparecer. Y déjame llevarte a esa época por un momento, porque tú la viviste. Piensa en cómo era México en aquellos años. Piensa en tu propia sala, en la televisión encendida después de la cena, en las telenovelas que veías con tu mamá, con tus hijas, con tus comadres al día siguiente comentando el capítulo.

Los artistas de esa pantalla no eran extraños, eran casi de la familia. Entraban a tu casa todas las noches y el país entero había aprendido, sin darse cuenta a querer o a odiar a la gente según cómo salía en esa pantalla. Ese era el terreno perfecto para un hombre que iba a ser vendido precisamente como si fuera un personaje de novela, un galán de la vida real, alguien a quien podías querer sin conocerlo, justo como querías a los protagonistas de las 9.

Y aquí está la primera cosa que necesitas entender, porque va a explicar todo lo que viene después. A Enrique Peña Nieto no lo vendieron al país como un ser humano con defectos y virtudes, lo vendieron como un producto, un producto de televisión. Cuando en 2005 alcanzó la gobernatura del Estado de México, empezó una operación de imagen tan cuidada, tan profesional, que parecía sacada de una casa productora de telenovelas y en cierta forma lo estaba.

Detrás de esa construcción trabajaron empresas de mercadotecnia política, asesores de comunicación, gente que sabía exactamente cómo se fabrica un ídolo popular. Los mismos mecanismos con los que se lanza una estrella de la pantalla se usaron para lanzar a un gobernador rumbo a la presidencia y funcionó con una disciplina de relojería.

Como gobernador se hizo famoso por cumplir compromisos firmados ante notario, por inaugurar obras, por aparecer sin parar en spots y anuncios. Su cara estaba en todos lados, en los espectaculares de la carretera, en los cortes comerciales, en las revistas. Cuando terminó su periodo al frente del Estado de México en 2011, ya no era solo un gobernador más, era el rostro más reconocido de su partido, el destinado, el que iba a devolverle al viejo régimen la silla presidencial que había perdido 12 años atrás. Todo estaba calculado. La

ropa, el peinado, la sonrisa, la esposa. Cada aparición era una escena. Cada escena empujaba hacia un mismo final feliz. que ya estaba escrito, la presidencia. Y en una historia tan cuidada, tan pulida, tan perfecta, no había espacio para improvisaciones, no había espacio para sorpresas y, sobre todo, no había espacio para un secreto de carne y hueso que un día pudiera tocar la puerta y pedir su lugar.

Piensa en eso. A ti te vendieron un hombre como se vende un galán de novela. Y funcionó. Funcionó tamban bien que millones lo creyeron. Para que ese producto funcionara hacía falta una cosa por encima de todas las demás. Una familia. Una familia bonita, ordenada, católica, estable, una portada y Peña Nieto la tenía.

En 1994 se había casado con Mónica Pretelini Sa. Con ella tuvo tres hijos, Paulina, Alejandro y Nicole. Cinco rostros que cabían perfecto en una foto de campaña. El esposo joven, la esposa serena, los niños, todo en su lugar. En los actos públicos, él aparecía como el padre responsable, el hombre de hogar, el político que podía pararse frente a una multitud a hablar de la familia mexicana sin que se le moviera un músculo de la cara.

Esa era la versión que el país tenía permitido ver, la única versión. Porque mientras la cámara enfocaba a esa familia perfecta, fuera del cuadro, en la orilla que nadie fotografiaba, ya se movía otra historia. Una historia que años después, según distintos reportes periodísticos y varios libros, mostraba una vida privada mucho más complicada de lo que jamás salió en las revistas del corazón.

No una infidelidad pasajera, algo más grande, una estructura de silencios levantada con la misma disciplina con la que se levanta una campaña electoral. Y en el centro de esa historia había una mujer que tú probablemente nunca viste en televisión. Una mujer que no era actriz, que no salía en las portadas, que no completaba ninguna fotografía oficial.

Se llamaba Maritza Díaz Hernández. Maritza era licenciada en administración de empresas, una mujer preparada, profesional, trabajadora. Conoció a Enrique Peña Nieto en el mundo que a los dos les tocó, el mundo del poder mexiquense. Ella era funcionaria de la Secretaría de Finanzas del Estado de México en los años en que ahí mandaba el gobernador Arturo Montiel.

Ahí, dentro de las oficinas del gobierno, entre expedientes y juntas y pasillos, empezó lo que empezó y él en esos años seguía casado con Mónica. Fíjate en algo importante, porque este canal no te va a pintar a nadie como un monstruo de caricatura, ni como una santa de estampita. Maritza no era una jovencita ingenua a la que engañaron.

Era una mujer adulta con carrera que entró a esa relación con los ojos abiertos sabiendo lo que era. De hecho, años después, cuando le preguntaron si alguna vez pensó en casarse con él, ella respondió con una franqueza que desarma. dijo que no, que para qué, que lo tenía a él y no necesitaba ser la esposa, que ese lugar nunca lo pidió.

Escúchalo bien, porque eso te dice quién era Maritza. No una mujer que quería un anillo ni un trono, una mujer que cuando llegó su hijo quiso solo una cosa, que ese hijo tuviera un padre de verdad, no un título, no una casa, un padre. Y esa fue exactamente la única cosa que el poder no estuvo dispuesto a darle.

Guarda ese nombre, Maritza Díaz, porque esta mujer sola, sin escoltas, sin apellidos de poder, sin cámaras a su favor, le va a dar al hombre más poderoso de México la pelea de su vida. Según cuenta el periodista Mario Maldonado en su libro Confesiones desde el exilio, que recoge testimonios y entrevistas, esa relación entre Enrique y Maritza no fue cosa de unos meses.

Habría durado alrededor de 9 años. 9 años de una vida paralela, 9 años de dos historias avanzando al mismo tiempo, una pública y otra escondida, mientras la carrera política de él subía escalón por escalón. La gubernatura primero, la presidencia después, el poder siempre al final del pasillo. Y en medio de esa doble vida, llegó una fecha que lo cambió todo.

El 25 de junio de 2004 nació Diego Alejandro Peña Díaz, hijo de Enrique y de Maritza. un niño de carne y hueso, sangre de su sangre para el mundo de la política. En cambio, aquel nacimiento se leyó de otra forma, como un expediente incómodo, como un problema de campaña que había que administrar antes de que creciera. Pero desde el primer día, la existencia de ese niño cayó sobre el proyecto político de su padre como una piedra sobre un vidrio perfecto, porque Diego no cabía.

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