¿Has visto estos colores, Martín? Es como si el desierto respirara con la primera luz. A las 6:30 de la mañana, ambos montaron sus bicicletas equipadas especialmente para el terreno. Cada uno llevaba dos mochilas, una frontal con provisiones inmediatas y una trasera con el equipo de acampada, herramientas y suministros adicionales.
Martín había insistido en llevar un radiotransmisor, aunque la recepción en aquella zona era notoriamente mala. El primer tramo del viaje transcurrió según lo planeado. El viento soplaba a su favor y el sol aún no alcanzaba su punto más alto. Cada 20 km hacían una breve parada para hidratarse y revisar el equipo.
En una de estas paradas, Felipe notó algo inusual en el horizonte. Mira eso. Es normal que haya nubes tan bajas en esta zona. Martín consultó su mapa meteorológico. No deberían formarse tormentas hoy, pero ya sabes cómo son los microclimas del desierto. Decidieron continuar, pero aumentaron el ritmo. A mediodía, el paisaje comenzó a cambiar sutilmente.
Las formaciones rocosas adquirían formas más pronunciadas, casi como si fueran figuras vigilantes. El viento, que antes soplaba a su favor, ahora levantaba pequeños remolinos de arena que dificultaban la visibilidad. A las 14 horas pararon junto a una formación rocosa que ofrecía algo de sombra. Mientras comían las raciones energéticas que habían preparado, Martín hacía anotaciones en su diario.
“Estamos avanzando más lento de lo previsto”, comentó con el seño fruncido. “Si no aceleramos, tendremos que acampar antes de llegar al punto que marqué. Felipe estaba inusualmente silencioso, enfocado en revisar las fotografías que había tomado durante la mañana. De pronto señaló algo en una de las imágenes. ¿Ves esto? No lo noté cuando la tomé.
Martín se acercó a mirar la pequeña pantalla digital. En la imagen, apenas perceptible en la distancia, se veía lo que parecía ser un vehículo estacionado junto a la carretera varios kilómetros atrás. “Probablemente algún camionero descansando”, comentó Martín. sin darle importancia. Deberíamos continuar. Se está haciendo tarde.
Recogieron sus cosas y volvieron a la carretera. El sol comenzaba su descenso, pero el calor persistía envolviendo el paisaje en una bruma ondulante. La carretera se extendía implacable ante ellos, kilómetro tras kilómetro de asfalto recalentado. A las 17:30 el cielo cambió abruptamente. Lo que antes parecían nubes inofensivas, ahora formaba una masa oscura que avanzaba hacia ellos desde el norte.
“Esto no es normal”, murmuró Martín consultando nuevamente su GPS. Estamos a unos 30 km del punto de acampada previsto, pero no creo que lleguemos antes de que eso nos alcance. Felipe miró a su alrededor buscando algún refugio natural. ¿Qué tal aquella formación? Parece lo suficientemente grande para protegernos. A 1 kilómetro de la carretera se alzaba una serie de rocas enormes, erosionadas por milenios de viento y cambios de temperatura.
Decidieron desviarse y buscar refugio allí. El terreno se volvió más difícil para las bicicletas a medida que se alejaban del asfalto, obligándolos a desmontar y caminar el último tramo. Llegaron a las rocas justo cuando las primeras ráfagas de viento comenzaban a azotar con fuerza. Rápidamente aseguraron las bicicletas y prepararon un refugio improvisado usando la carpa y las rocas como anclaje.
El viento aumentaba su intensidad, trayendo consigo una fina arena que se colaba por cada resquicio. “Nunca había visto una tormenta formarse tan rápido”, gritó Felipe para hacerse oír sobre el rugido del viento. Martín intentaba sintonizar el radiotransmisor buscando alguna señal, alguna voz que les indicara que no estaban completamente aislados, solo conseguía estática entrecortada.
La tormenta empeoró durante la siguiente hora. La visibilidad se redujo a apenas unos metros y el ulular del viento entre las rocas creaba un sonido fantasmal. Felipe sacó su cámara protegida en una funda impermeable y tomó algunas fotografías de su precaria situación. Para cuando contemos esta historia, dijo con una sonrisa tensa.
Martín no respondió. Estaba concentrado en el radio, que por un instante había captado algo, una voz entrecortada. Kilmro 157. Precaución. No se detengan. ¿Escuchaste eso?, preguntó Martín, pero la estática volvió a apoderarse del aparato. La noche cayó rápidamente, como suele ocurrir en el desierto. La temperatura descendió bruscamente y la tormenta, lejos de amainar, parecía intensificarse.
Los dos amigos se acomodaron lo mejor que pudieron en su refugio improvisado, racionando el agua y los alimentos. Si esto no mejora para mañana, tendremos que regresar a Quillagua, dijo Martín consultando el mapa con la ayuda de una linterna. Felipe asintió en silencio. Algo en la atmósfera, más allá de la tormenta física, lo inquietaba, una sensación que no podía explicar.
¿Escuchaste eso?, preguntó de pronto, incorporándose. Martín apagó la linterna y ambos quedaron en silencio, atentos. Entre el rugido del viento, un sonido diferente llegaba hasta ellos. El motor de un vehículo. Alguien está cerca, murmuró Martín. Tal vez podamos pedir ayuda. Felipe no estaba tan seguro quién conduciría en medio de esta tormenta.
Martín tomó la linterna más potente que llevaban y salió del refugio, protegiéndose el rostro con un pañuelo. Felipe lo siguió a regañadientes. La arena golpeaba sus cuerpos como pequeñas agujas y la visibilidad era casi nula. Martín encendió la linterna y comenzó a moverla en el aire tratando de hacer señales.
El sonido del motor se acercaba, pero no podían ver ninguna luz. De pronto, el ruido cesó como si el vehículo se hubiera detenido cerca de ellos. “Aquí necesitamos ayuda!”, gritó Martín, pero su voz se perdió en el viento. Felipe puso una mano en el hombro de su amigo. “Algo no está bien”, dijo. “Volvamos al refugio”.
Martín dudó un momento, pero finalmente asintió. Justo cuando se daban la vuelta, la linterna iluminó algo que hizo que ambos se detuvieran en seco. A unos 20 m, apenas visible entre la arena que volaba, una figura humana permanecía inmóvil, observándolos. “Hola”, llamó Martín dando un paso adelante. La figura no se movió ni respondió.
Felipe tomó a Martín del brazo. “Volvamos ahora”, insistió con urgencia. retrocedieron lentamente hacia el refugio, sin dejar de mirar hacia donde habían visto la figura. Cuando llegaron a las rocas, Felipe miró una última vez hacia atrás. La figura había desaparecido. Ya dentro del refugio, ambos permanecieron en silencio durante varios minutos, procesando lo que acababan de ver o creer ver.
Probablemente era alguien del vehículo que escuchamos, razonó Martín finalmente. Tal vez también buscaba refugio. Felipe no respondió. Sacó su cámara y revisó las últimas fotografías que había tomado, buscando algo, cualquier cosa que pudiera explicar la inquietud que sentía. En la última imagen, tomada justo antes de que la tormenta arreciara, algo llamó su atención.
Amplió la fotografía todo lo que la cámara permitía. En el borde del encuadre, casi imperceptible, había una silueta oscura que no correspondía a ninguna formación rocosa. “Martín”, dijo con voz tensa, “ma esto.” Martín observó la imagen y frunció el ceño. Podría ser cualquier cosa. El viento, una sombra, un efecto de la luz.
Estaba allí, insistió Felipe. Alguien nos estaba observando incluso antes de la tormenta. Martín se frotó los ojos cansados. Estamos exhaustos y la situación es estresante. Descansemos un poco. Mañana, cuando amanezca y la tormenta haya pasado, veremos las cosas con más claridad. Acordaron turnarse para vigilar más por la tormenta que por el extraño encuentro.
Felipe tomó el primer turno mientras Martín intentaba dormir. La noche avanzaba lentamente. El viento continuaba azotando su refugio y de vez en cuando Felipe creía escuchar sonidos que no provenían de la tormenta, pasos sobre la arena, voces susurrantes. En una ocasión estuvo seguro de haber visto una luz parpade en la distancia.
Cuando llegó el momento de despertar a Martín para el cambio de guardia, Felipe dudó. Su amigo finalmente había logrado conciliar el sueño y él no estaba seguro de querer quedarse solo con sus pensamientos. Decidió dejarlo dormir un poco más. Revisó nuevamente las fotografías en su cámara, pasando una por una, buscando detalles que pudieran haber pasado desapercibidos.
En varias de ellas notaba pequeñas anomalías, sombras donde no deberían estar, reflejos inexplicables, formas difusas en la distancia. El sueño comenzaba a vencerlo cuando un sonido nítido lo sobresaltó. El crujir de la arena bajo unas pisadas justo fuera de su refugio. Esta vez estaba seguro. No era el viento.
Martín susurró sacudiendo a su amigo. Despierta. Hay alguien afuera. Martín se incorporó rápidamente, completamente alerta. Ambos escucharon en silencio. Las pisadas se movían alrededor del refugio, como si alguien estuviera rodeándolos. Martín tomó el radiotransmisor y lo encendió, desesperado por establecer contacto con cualquiera que pudiera escucharlos, solo recibió estática como respuesta.
Las pisadas se detuvieron justo frente a la entrada de la carpa. Felipe y Martín contuvieron la respiración. Una sombra se proyectó sobre la tela, la silueta inconfundible de una figura humana. ¿Quién está ahí?, preguntó Martín con voz firme. Aunque Felipe podía notar el temblor en sus palabras, no hubo respuesta, solo el viento y esa presencia silenciosa al otro lado de la frágil barrera de tela.
Lentamente, una mano comenzó a abrir la cremallera de la entrada. Felipe instintivamente levantó su cámara como si fuera un escudo o un arma. Martín agarró la linterna preparado para usarla como defensa si era necesario. La cremallera bajó completamente, la tormenta rugía afuera, pero por alguna razón la arena no entraba.
La abertura mostraba solo oscuridad y entonces el flash de la cámara de Felipe se disparó accidentalmente, iluminando por un instante el rostro de quien los observaba desde el umbral. El grito de Felipe se perdió en la noche del desierto. La linterna de Martín cayó al suelo y luego solo silencio. A la mañana siguiente, las bicicletas permanecían aseguradas junto a las rocas.
La carpa seguía en su lugar, aparentemente intacta. La tormenta había pasado, dejando tras de sí un paisaje renovado, como si la arena hubiera borrado todas las huellas, todos los rastros. Pero Martín Fuentes y Felipe Ortega habían desaparecido sin dejar rastro alguno. La noticia del desaparecimiento de los dos ciclistas tardó tr días en llegar a las autoridades.
Fue doña Carmen, la dueña de la hospedería en Quillagua, quien dio la voz de alarma cuando los jóvenes no regresaron ni se reportaron en Antofagasta como estaba previsto. “Algo les ha pasado”, insistía la mujer a los oficiales de la policía local. eran muchachos responsables. El ingeniero Martín me mostró todo su itinerario. Debían llegar a Antofagasta el 19 por la tarde.
La búsqueda inicial fue superficial. Chile vivía bajo la dictadura militar de Pinochet y dos jóvenes desaparecidos en el desierto no representaban una prioridad para las autoridades. El oficial a cargo, el teniente Ramírez, organizó un pequeño equipo que recorrió la ruta prevista en vehículos durante dos días. Encontramos evidencia de una tormenta de arena inusualmente fuerte”, informó Ramírez a las familias.
probablemente se desviaron de la ruta buscando refugio y se desorientaron en el desierto. Para las familias Fuentes y Ortega esta explicación resultaba insuficiente. Elena, la madre de Martín, se negaba a aceptar que su hijo, conocido por su meticulosidad, pudiera perderse tan fácilmente. Tenían GPS, radios, mapas detallados. Explicaba entre lágrimas.
Martín nunca improvisaba. Cada paso estaba calculado. Ricardo Ortega, el padre de Felipe, un profesor universitario respetado, utilizó sus contactos para presionar por una búsqueda más exhaustiva. Mi hijo conocía el desierto, lo había fotografiado decenas de veces. no eran novatos en esto.
Finalmente, una semana después de la desaparición, se organizó un operativo más amplio. Participaron equipos de rescate, helicópteros y voluntarios locales que conocían el terreno. Siguiendo la ruta prevista, encontraron el primer indicio concreto, las bicicletas, cuidadosamente aseguradas junto a unas formaciones rocosas a 1 km de la carretera.
El campamento improvisado estaba intacto, como si sus ocupantes hubieran salido momentáneamente con intención de regresar. Las mochilas contenían aún provisiones, ropa y equipo. El diario de Martín estaba abierto sobre su saco de dormir con una entrada a medio escribir. 17 de marzo 2015. La tormenta no cede. Felipe está inquieto.
Dice que hay alguien ahí fuera. Escuchamos un vehículo, pero no vimos luces. Podría ser nuestra imaginación. El viento crea sonidos extraños entre estas rocas. Si mañana la entrada terminaba abruptamente. Junto al diario estaba la cámara de Felipe. Pero cuando los investigadores intentaron revisar las fotografías, descubrieron que la memoria había sido formateada.
No quedaba ninguna imagen. Este hallazgo intensificó la búsqueda durante las siguientes dos semanas. Se peinó la zona en un radio de 50 km. Se interrogó a todos los camioneros y viajeros que habían transitado la ruta en aquellos días. Se revisaron estaciones de servicio y pequeños poblados. Nada, ni un solo rastro de Martín Fuentes y Felipe Ortega.
Las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos hablaban de un accidente. Quizás habían caído en alguna de las numerosas grietas que el desierto esconde bajo su superficie. Otros sugerían un encuentro desafortunado con contrabandistas o traficantes que utilizaban rutas remotas. Las más oscuras especulaciones, siempre en voz baja debido al clima político, apuntaban a una posible detención por parte de patrullas militares que vigilaban la frontera.
Elena Fuentes se negaba a aceptar cualquiera de estas explicaciones. Mi hijo no se iría sin su diario. Repetía, era su tesoro. Lo llevaba a todas partes. Algo o alguien los obligó a abandonar ese campamento. A medida que pasaban los meses, la intensidad de la búsqueda disminuyó. Para finales de 1984, el caso había sido clasificado oficialmente como personas perdidas en el desierto, presuntamente fallecidas.
Las familias recibieron un informe de tres páginas que concluía que los jóvenes probablemente habían muerto de deshidratación o hipotermia tras desorientarse durante la tormenta. Pero Ricardo Ortega no estaba dispuesto a aceptar esta conclusión. Utilizó sus ahorros para contratar a un investigador privado, Manuel Soto, un exdective de la policía civil con reputación de honesto e incorruptible.
Soto pasó meses revisando el caso, entrevistando a todos los involucrados y recorriendo la zona repetidamente. Su primera conclusión contradecía frontalmente el informe oficial. Si se hubieran perdido en el desierto, eventualmente habríamos encontrado sus cuerpos o al menos algún rastro”, explicaba Soto a la familia Ortega.
El desierto preserva, no destruye. Y la zona fue minuciosamente registrada. El investigador comenzó a explorar otras posibilidades. Revisó los antecedentes de ambos jóvenes, sus relaciones, sus actividades políticas. Martín había participado en algunas manifestaciones estudiantiles años atrás, pero nada que lo convirtiera en un objetivo político.
Felipe era apolítico. Su pasión era la fotografía documental. En una de sus entrevistas, Soto conoció a Claudia Vega, la novia de Felipe, quien le proporcionó una información crucial que hasta entonces había pasado desapercibida. Felipe me contó que querían fotografiar las antiguas minas de Salitre abandonadas cerca de la ruta, reveló Claudia.
Era un proyecto personal documentar cómo el desierto reclamaba esas estructuras industriales. Este nuevo dato llevó a Soto a revisar mapas antiguos de la zona, descubriendo que efectivamente a unos 5 km de donde se encontraron las bicicletas existían las ruinas de una antigua oficina salitrera abandonada en la década de 1930 llamada Santa Laura del Desierto.
Cuando Soto visitó el lugar, encontró un conjunto de edificios de ruidos, maquinaria oxidada y lo que una vez fueron viviendas para los trabajadores, todo prácticamente enterrado por la arena. No había señales de que alguien hubiera estado allí recientemente, pero entre los escombros encontró algo inquietante, una marca de pintura roja reciente con forma de flecha apuntando hacia el este.
El investigador siguió la dirección indicada y tras caminar unos 200 m llegó a lo que parecía ser la entrada de un antiguo túnel minero parcialmente colapsado. La entrada estaba bloqueada por rocas que parecían haber sido colocadas deliberadamente. Soto fotografió el lugar y regresó con un equipo para remover las rocas, pero cuando volvieron tres días después, la entrada había sido completamente sellada con una mezcla de cemento y arena.
Alguien no quería que nadie entrara allí. Este descubrimiento renovó brevemente el interés oficial en el caso, pero la investigación se topó con un muro burocrático. Se denegaron los permisos para excavar en la zona, citando razones de seguridad nacional debido a la proximidad con la frontera. Ricardo Ortega presentó recursos legales que fueron sistemáticamente rechazados.
Elena Fuentes sufrió un colapso nervioso y tuvo que ser hospitalizada. El investigador Soto recibió amenazas veladas que lo obligaron a abandonar el caso. Los años pasaron, la dictadura dio paso a la democracia en 1990, pero para entonces el caso de los ciclistas desaparecidos había quedado sepultado bajo otros crímenes y desapariciones de mayor perfil político.
Las familias nunca dejaron de buscar. Formaron parte de agrupaciones de familiares de desaparecidos, participaron en marchas, dieron entrevistas cada vez que podían. Con el tiempo, su historia se convirtió en una leyenda urbana, uno de esos misterios sin resolver que alimentan conversaciones en la noche. En 1994, 10 años después de la desaparición, Ricardo Ortega publicó un libro titulado Dos huellas en el desierto, narrando la historia de su hijo y de Martín, recopilando testimonios y denunciando la negligencia en la investigación. El
libro tuvo cierta repercusión, pero no logró reabrir el caso oficialmente. Elena Fuentes falleció en 1997 sin haber conocido el destino de su hijo. En su funeral, su esposo Carlos, reveló que Elena había mantenido intacta la habitación de Martín, esperando su regreso hasta el último día. Cada noche encendía una vela en su ventana.
Contó con la voz quebrada para que encontrara el camino a casa. Ricardo Ortega envejeció dedicado a la búsqueda de la verdad. Cada año en el aniversario de la desaparición viajaba al desierto y caminaba por la zona donde encontraron las bicicletas como un ritual personal, una promesa silenciosa de no olvidar. En uno de estos viajes en 2001, Ricardo conoció a un antiguo trabajador de las minas de la región, un hombre mayor llamado Ernesto Gómez, quien le contó algo perturbador.
En los años 80 había zonas del desierto a las que no podíamos acercarnos le dijo en voz baja, como si aún temiera ser escuchado. Vehículos militares sin identificación, instalaciones que no aparecían en ningún mapa. Si algún civil se acercaba demasiado, simplemente desaparecía. Ricardo intentó obtener más información, pero el anciano se negó a hablar más del tema, visiblemente asustado.
“Ya he dicho demasiado”, murmuró. Algunas cosas es mejor dejarlas enterradas en el desierto. Esta conversación reavivó las sospechas de Ricardo sobre una posible implicación militar en la desaparición de los jóvenes. Con la ayuda de periodistas y organizaciones de derechos humanos, presentó una nueva solicitud para reabrir el caso en 2003, esta vez bajo la legislación democrática.
La solicitud fue aceptada, pero la nueva investigación avanzó con exasperante lentitud. Los registros militares de la época estaban incompletos o habían sido destruidos. Muchos de los oficiales que pudieron estar involucrados habían fallecido o se negaban a hablar. En 2005, Ricardo Ortega sufrió un infarto. Desde su cama de hospital le hizo prometer a su hija menor Laura que continuaría la búsqueda si él no podía hacerlo.
No es solo por Felipe y Martín, le dijo, “es por la verdad, por la justicia. El desierto guarda secretos que deben salir a la luz. Ricardo se recuperó, pero su salud quedó muy deteriorada. En 2010, el caso fue nuevamente archivado por falta de avances significativos. La oficina del fiscal concluyó que, a pesar de las sospechas, no había evidencia concreta que apuntara a un crimen o a una desaparición forzada.
El tiempo siguió pasando. Ricardo Ortega falleció en 2015, a los 79 años. Su hija Laura, fiel a su promesa, mantuvo viva la memoria de los desaparecidos. Creó una fundación en nombre de Felipe y Martín, dedicada a documentar casos de desapariciones no resueltas y a apoyar a las familias de las víctimas. La historia de los ciclistas desaparecidos se convirtió en parte del folklore nacional, inspirando documentales, artículos periodísticos y hasta una obra de teatro.
Para muchos representaba los misterios sin resolver de la época dictatorial, las heridas que el país aún no había cerrado completamente. Y así entre la memoria y el olvido, entre la búsqueda y la resignación transcurrieron cuatro décadas, hasta que un hallazgo fortuito en 2024 volvería a poner el caso en el centro de atención.
El 5 de junio de 2024, un grupo de geólogos de la Universidad de Chile realizaba un estudio sobre el impacto del cambio climático en el desierto de Atacama. El equipo liderado por la Degue Crea Gabriela Sandoval había establecido un campamento temporal cerca de las ruinas de la antigua oficina salitrera Santa Laura del Desierto.
Sofía Morales, una estudiante de doctorado de 28 años, se había alejado del campamento principal para tomar muestras de suelo. El desierto de Atacama, considerado el más árido del mundo, estaba experimentando lluvias inusuales en los últimos años, alterando su composición química y biológica. Mientras Sofía recogía muestras en una zona de pequeñas dunas, notó algo inusual, una esquina metálica que asomaba entre la arena, reluciente bajo el sol implacable del desierto.
“Al principio pensé que era basura moderna”, relataría después Sofía. latas de cerveza, restos de vehículos. Es común encontrar ese tipo de cosas incluso en zonas tan remotas. Pero algo en el objeto captó su atención. Utilizando su pequeña pala, comenzó a excavar cuidadosamente alrededor. Lo que emergió gradualmente de la arena la dejó perpleja.
Una cámara fotográfica antigua, sorprendentemente bien conservada gracias a las condiciones extremadamente secas del desierto. “Era un modelo profesional de los años 80”, describió. Tenía adherida arena endurecida por el tiempo, pero estaba completa con su correa y todo. Sofía, consciente del valor potencial del hallazgo, fotografió la cámara initu antes de retirarla.
Mientras la examinaba, notó que en la correa de cuero había un nombre grabado, F. Ortega. Aquel nombre no significaba nada para ella en ese momento, pero decidió llevar la cámara al campamento para mostrarla al resto del equipo. Fue el doctor Javier Méndez, el geólogo más veterano del grupo, quien reaccionó con visible sorpresa al ver el objeto.
Felipe Ortega murmuró tomando la cámara con cuidado casi reverencial. Es imposible. Después de tanto tiempo, Simonry, Javier les explicó a sus colegas más jóvenes la historia de los ciclistas desaparecidos en 1984. Como muchos chilenos de su generación, conocía bien el caso, que se había convertido en un misterio emblemático del país.
La cámara de Felipe Ortega nunca fue encontrada, explicó. La que hallaron en el campamento era su cámara secundaria, una compacta que usaba para tomas rápidas. Esta es su Nicon profesional, la que usaba para su trabajo documental. El equipo decidió suspender temporalmente su investigación geológica y concentrarse en el área donde Sofía había encontrado la cámara.
Notificaron el hallazgo a las autoridades locales y, mientras esperaban su llegada, comenzaron a examinar la zona con mayor detalle. No deberíamos manipular demasiado la cámara, advirtió Javier. podría contener evidencias importantes. Sin embargo, la curiosidad pudo más que la prudencia. Con extremo cuidado, Javier abrió el compartimento trasero de la cámara.
Para su sorpresa, contenía un rollo de película. Increíble, susurró. La película sigue aquí. A media tarde llegaron al lugar dos oficiales de la policía de investigaciones PDI desde Antofagasta. El oficial a cargo, comisario Bruno Delgado, examinó la cámara y escuchó atentamente el relato de Sofía sobre su hallazgo.
Esto podría ser evidencia en un caso no resuelto, explicó Delgado, colocando cuidadosamente la cámara en una bolsa de evidencia sellada. Necesitaremos que todos ustedes presten declaración formal. Mientras los geólogos recogían sus equipos, el comisario Delgado y su compañera, la subinspectora Carmen Ríos, examinaban meticulosamente el área.
Fue Ríos quien notó algo a unos 30 met del lugar donde se encontró la cámara. Una pequeña depresión en el terreno, apenas perceptible, pero inusual en la topografía del desierto. Comisario llamó. Creo que deberíamos revisar esto. Utilizando herramientas básicas que llevaban en su vehículo, comenzaron a excavar cuidadosamente.
A menos de un metro de profundidad, la pala de Dgado golpeó algo sólido. “Sametal”, murmuró intensificando la excavación con renovado interés. Lo que emergió gradualmente de la arena, dejó a todos los presentes sin aliento. Una motocicleta antigua, una Kawasaki KLR650 de los años 80, parcialmente conservada por las condiciones del desierto.
La pintura estaba casi completamente desgastada por la arena y el sol, pero el chasis y gran parte de la mecánica seguían reconocibles. Esto no tiene sentido”, comentó Javier, quien se había acercado para observar. Los informes nunca mencionaron una motocicleta. El comisario Delgado, visiblemente tenso, ordenó ampliar el perímetro de búsqueda y solicitó refuerzos desde Antofagasta.
Para el anochecer, un equipo especializado en arqueología forense había llegado al lugar y montado potentes reflectores para continuar el trabajo durante la noche. La noticia del hallazgo se filtró rápidamente. A la mañana siguiente, Laura Ortega, la hija de Ricardo y sobrina de Felipe, recibió una llamada que cambiaría su vida.
tenía 49 años y había dedicado más de dos décadas a mantener viva la memoria de su tío y la búsqueda de la verdad. “Señora Ortega”, dijo la voz oficial al otro lado de la línea. “Hemos encontrado la cámara de su tío. Laura tomó el primer vuelo disponible a Antofagasta. Al llegar fue recibida por el comisario Delgado, quien la llevó directamente a las instalaciones donde se estaba analizando la cámara.
El rollo de película está siendo procesado por especialistas. le explicó Delgado mientras la conducía por un pasillo estéril. Es un proceso delicado, considerando el tiempo transcurrido y las condiciones a las que estuvo expuesto. En una sala acondicionada como laboratorio, un técnico trabajaba meticulosamente con el rollo de película.
Laura contuvo la respiración mientras observaba el proceso a través de un cristal. “Han pasado 40 años”, murmuró, “mas para sí misma que para los presentes. 40 años. Esperando una respuesta, el comisario delgado le mostró fotografías de la motocicleta encontrada junto a la cámara. Reconoce este vehículo su tío o Martín Fuentes poseían una motocicleta similar. Laura negó con la cabeza.
Nunca. Ellos viajaban en bicicleta. Era su pasión. Esta motocicleta no tiene relación con ellos, al menos no que yo sepa. Mientras esperaban los resultados del análisis de la película, Delgado le informó sobre otros descubrimientos. Hemos ampliado la excavación y encontrado más objetos, una brújula militar, restos de lo que parece ser un uniforme sin insignias identificables.
Y esto le mostró una fotografía de un pequeño cuaderno de notas severamente dañado, pero parcialmente legible. En la primera página con una caligrafía precisa se leía un nombre, capitán Rodrigo Vidal. Este nombre no aparece en ninguno de los informes originales”, explicó Delgado. “Estamos investigando registros militares de la época.
Laura sintió un escalofrío. Durante décadas, su padre había sospechado de una implicación militar en la desaparición, pero nunca había podido probarlo. “Mi padre murió buscando la verdad”, dijo con voz temblorosa. Siempre supo que había algo más, algo oculto. Tres días después del descubrimiento inicial, el técnico de laboratorio anunció que había logrado recuperar algunas imágenes del rollo.

Laura, el comisario delgado y la fiscal asignada al caso, Marcela Donoso, se reunieron para ver las fotografías recuperadas. Hemos podido salvar siete imágenes”, explicó el técnico. El resto estaba demasiado degradado. Las primeras cinco fotografías mostraban paisajes del desierto, formaciones rocosas, el amanecer sobre la carretera, imágenes típicas que Felipe habría tomado durante su viaje.
La sexta mostraba a Martín Fuentes junto a su bicicleta, sonriendo a la cámara con las montañas del desierto como telón de fondo. Fue la séptima imagen la que provocó un silencio sepulcral en la sala. Mostraba lo que parecía ser la entrada de un túnel o búnker semienterrado en la arena. Frente a la entrada, apenas visible en la penumbra, se distinguía una silueta humana con lo que parecía ser un uniforme militar.
Esto confirma la teoría de instalaciones militares secretas en la zona, murmuró la fiscal Donoso. Pero Laura estaba concentrada en otro detalle de la imagen, algo que los demás no habían notado inmediatamente. En la esquina inferior derecha de la fotografía, casi fuera del encuadre, se veía parcialmente una motocicleta, la misma Kawasaki, que habían encontrado enterrada junto a la cámara.
“Felipe documentó a quien lo seguía”, dijo Laura con un hilo de voz. Esta podría ser la última imagen que tomó antes de desaparecer. El descubrimiento de la cámara, la motocicleta y especialmente la fotografía final provocó la reapertura oficial del caso. La fiscalía formó un equipo especial para investigar no solo la desaparición de los ciclistas, sino también la posible existencia de instalaciones militares no declaradas durante la dictadura.
El hallazgo recibió amplia cobertura mediática. Antiguos compañeros de Felipe y Martín aparecieron para ofrecer testimonios. Un exoficial militar retirado, protegido por el anonimato, confirmó la existencia de zonas restringidas en el desierto durante los años 80 utilizadas para propósitos que él mismo desconocía.
Pero el elemento más perturbador llegó una semana después del descubrimiento inicial. El equipo forense, que continuaba excavando en la zona, encontró un objeto que desafiaría todas las teorías anteriores y abriría nuevas interrogantes. Un reloj de pulsera. No era un reloj cualquiera, era el seiko cronógrafo que Martín Fuentes siempre llevaba, regalo de su padre cuando ingresó a la universidad.
Elena Fuentes lo había descrito detalladamente en su declaración inicial en 1984. Un Seiko sein 138 con esfera azul, conocido como Poge entre los coleccionistas, con una inscripción personal en la parte trasera para que midas tus logros, no solo tu tiempo. El reloj estaba intacto, como si hubiera sido colocado allí recientemente, no enterrado durante cuatro décadas.
Y lo más inquietante, funcionaba perfectamente, con la hora correcta. Esto es imposible”, murmuró el técnico forense al examinarlo. “La batería debería haberse agotado hace décadas.” Cuando Laura vio el reloj, sintió una mezcla de esperanza y temor. “Mi padre siempre dijo que la verdad saldría a la luz”, dijo.
“pero nunca imaginé que sería así, como piezas de un rompecabezas que desafía toda lógica. La cámara de Felipe y el reloj de Martín, objetos personales inseparables de sus dueños, habían emergido del desierto 40 años después, perfectamente conservados como mensajeros de un pasado que se negaba a permanecer enterrado. Y esos objetos, junto con la misteriosa motocicleta y las fotografías recuperadas, conducirían a un descubrimiento final que ninguno de los investigadores podría haber anticipado.
El 15 de julio de 2024, exactamente 40 días después del hallazgo de la Cámara de Felipe Ortega, un equipo combinado de la PDI, arqueólogos forenses y geólogos de la Universidad de Chile, continuaba su meticulosa excavación en el área circundante. La zona, ahora ampliamente acordonada, se había convertido en un hormiguero de actividad científica y policial.
Laura Ortega permanecía en Antofagasta, siguiendo de cerca cada nuevo desarrollo. Se alojaba en un pequeño hotel cercano a las oficinas de la fiscalía, desde donde podía asistir a las reuniones diarias del equipo investigador. Su presencia, silenciosa, pero constante, era un recordatorio viviente de las cuatro décadas de búsqueda incansable que su familia había emprendido.
Aquella mañana, el geólogo Javier Méndez y la subinspectora Carmen Ríos exploraban un área situada a unos 200 met del lugar donde se encontró la motocicleta. Utilizando un georadar, habían detectado una anomalía bajo la superficie, una cavidad que no parecía natural. Podría ser un antiguo pozo minero”, sugirió Javier mientras ajustaba el equipo.
Esta zona está plagada de excavaciones de la época del salitre. Carmen, sin embargo, consultaba un mapa militar desclasificado de 1983 que la fiscalía había obtenido recientemente. Según esto, no debería haber ninguna estructura en esta ubicación específica”, respondió frunciendo el ceño. “La mina más cercana está a 3 km al oeste.
Decidieron marcar el área para una excavación más detallada. Mientras el equipo técnico preparaba el equipo necesario, Carmen notó algo inusual en la superficie, pequeñas piedras colocadas en un patrón que formaba una flecha apuntando directamente hacia la anomalía detectada por el georadar. “Esto no es natural”, murmuró fotografiando el patrón antes de que el viento del desierto lo borrara.
Alguien quería que encontráramos lo que sea que esté ahí abajo. La excavación comenzó al mediodía, avanzando con extrema cautela. A poco más de un metro de profundidad, las palas golpearon metal. No era el techo oxidado de un búnker militar como algunos esperaban, sino una escotilla similar a la de un submarino, sorprendentemente bien conservada.
El comisario delgado ordenó detener inmediatamente la excavación y solicitar apoyo especializado. “Podría ser peligroso, advirtió. No sabemos qué hay ahí abajo ni en qué condiciones. Para el atardecer, un equipo de ingenieros militares había llegado al lugar. Tras examinar la escotilla con equipos de detección de explosivos y gases tóxicos, determinaron que era seguro proceder con la apertura.
No hay señales de trampas o sistemas de seguridad activos, informó el capitán del equipo. La escotilla parece estar sellada desde el interior, no con llave. Esta información provocó un silencio tenso entre los presentes. Si la escotilla estaba sellada desde dentro, significaba que alguien había estado allí, quizás atrapado voluntaria o involuntariamente, con un equipo de cámaras documentando cada momento y bajo la atenta mirada de Laura Ortega, los ingenieros comenzaron el proceso de apertura. El mecanismo, aunque antiguo,
se dio con sorprendente facilidad. La escotilla se abrió con un ciseo, liberando aire que había estado contenido durante décadas. El olor que emergió era extrañamente neutro, no eledor a descomposición o humedad que muchos temían. Una escalera metálica descendía hacia la oscuridad. Los sensores indicaron niveles de oxígeno seguros, aunque ligeramente reducidos.
Procederemos con extrema precaución”, anunció el comisario Delgado. “Solo el equipo técnico descenderá inicialmente.” Laura dio un paso adelante. “Necesito estar ahí”, dijo con voz firme. “He esperado 40 años por este momento. Sigua.” Tras una breve deliberación, se permitió a Laura acompañar al primer equipo, equipada con traje protector y máscara de oxígeno como el resto.
El descenso fue breve, apenas unos 4 m. Las linternas revelaron un espacio sorprendentemente amplio, una habitación circular de unos 10 m de diámetro. No era un búnker militar como se había especulado, sino algo mucho más desconcertante. Un laboratorio perfectamente preservado, mesas de acero inoxidable con equipos científicos, estanterías llenas de cuadernos y archivadores y lo más perturbador, una serie de fotografías pegadas meticulosamente en una de las paredes, formando una línea cronológica.
Muchas de estas fotografías mostraban a Martín Fuentes y Felipe Ortega en diversos momentos de su viaje, claramente tomadas sin su conocimiento. “Estaban siendo vigilados”, murmuró Laura, su voz amplificada por la máscara de oxígeno. “Pero lo que captó la atención de todos, lo que provocó exclamaciones ahogadas incluso entre los experimentados oficiales, se encontraba en el centro de la habitación.
Dos figuras humanas sentadas frente a frente en el suelo en posición que recordaba a la meditación o la oración con las manos entrelazadas entre sí. Eran dos cuerpos perfectamente preservados, momificados por las condiciones extremadamente secas del ambiente subterráneo. Uno de ellos llevaba lo que quedaba de una chaqueta deportiva azul, el otro restos de una camisa de cuadros y un chaleco fotográfico con múltiples bolsillos.
Martín y Felipe”, susurró Laura, llevándose una mano a la boca, incluso a través de la máscara. Los cuerpos estaban extraordinariamente conservados, casi como si hubieran fallecido recientemente, no cuatro décadas atrás. Sus rostros, aunque desecados, mantenían rasgos reconocibles. No mostraban signos de violencia o trauma evidente.
“¿Qué les pasó?”, preguntó Carmen, verbalizando la pregunta que todos se hacían. ¿Por qué están así sentados como si como si se hubieran preparado para morir? El examen preliminar realizado por el médico forense que acompañaba al equipo no reveló causa de muerte evidente. No había heridas, fracturas o signos de envenenamiento observable.
La posición de los cuerpos sugería que no habían luchado contra la muerte, sino que la habían aceptado conscientemente. A medida que el equipo exploraba cuidadosamente el laboratorio, los elementos encontrados solo añadían más preguntas. En una mesa cercana, varios cuadernos contenían anotaciones en una letra precisa y técnica.
no estaban firmados, pero la primera página de uno de ellos tenía el sello del proyecto Cronos, un nombre que no aparecía en ningún registro militar o científico conocido. Laura, quien había insistido en permanecer en la habitación a pesar de las protestas, fue quien encontró el objeto más revelador, un pequeño reproductor de cassetes con una cinta en su interior.
Junto a él, una nota escrita a mano que decía simplemente para quien nos encuentre. El comisario delgado ordenó que el reproductor fuera llevado a la superficie y examinado antes de intentar reproducir la cinta. Pasaron 24 horas de minuciosos análisis antes de que el equipo técnico determinara que era seguro escuchar su contenido.
En una sala de la Fiscalía de Antofagasta, un pequeño grupo se reunió para este momento. Laura Ortega, el comisario Delgado, la fiscal Donoso, el Dr. Méndez y la subinspectora Ríos. El técnico de audio había logrado transferir el contenido de la cinta a un formato digital para preservarlo. “La calidad es sorprendentemente buena”, comentó como si hubiera sido grabada ayer.
La grabación comenzó con un sonido de estática, seguido por una voz masculina, clara y serena. “Mi nombre es Martín Fuentes. Junto a mí está Felipe Ortega. Si están escuchando esto, significa que han encontrado nuestros cuerpos y probablemente el laboratorio. La fecha, según nuestros cálculos, es 20 de marzo de 1984, aunque para nosotros el tiempo ha perdido su significado habitual.
Una pausa, un suspiro profundo y continuó. Lo que voy a contar parecerá increíble, pero Felipe y yo hemos decidido dejar este testimonio como única explicación de lo que nos sucedió durante nuestra travesía por el desierto. Fuimos interceptados por personal militar no identificado. Nos trajeron a esta instalación subterránea, parte de un proyecto científico secreto del gobierno militar en colaboración con científicos extranjeros.
La voz de Martín temblaba ligeramente al continuar. Este laboratorio estaba dedicado a experimentos con lo que ellos llamaban distorsión temporal localizada. No entendimos completamente la ciencia detrás de esto, pero según pudimos deducir de sus documentos, intentaban crear burbujas temporales donde el tiempo fluyera de manera diferente al exterior con potenciales aplicaciones militares.
Otra voz intervino, presumiblemente la de Felipe. Fuimos elegidos accidentalmente. Estábamos en el lugar equivocado. En el momento equivocado, nuestras fotografías captaron instalaciones que no debíamos ver. En lugar de simplemente eliminarnos, decidieron usarnos como sujetos de prueba. Martín retomó la narración.
Durante lo que para nosotros fueron meses, fuimos sometidos a diversos experimentos. El personal militar y científico venía regularmente a tomar muestras, realizar pruebas, documentar cambios en nuestros cuerpos. Hasta que un día, hace aproximadamente una semana según nuestro conteo, dejaron de venir. Escuchamos explosiones en la superficie. Y luego, silencio.
La voz de Felipe sonaba más tensa. Creemos que algo salió mal. Quizás una falla en los experimentos o tal vez una decisión política de eliminar toda evidencia. Encontramos los cuerpos de tres científicos y dos militares en una cámara anexa, todos con heridas de bala. Logramos acceder a los controles principales y abrir algunas puertas selladas, pero la escotilla principal había sido deliberadamente bloqueada desde el exterior. Martín continuó.
Descubrimos algo perturbador en los registros. Aunque para nosotros han pasado solo unos meses desde nuestra captura, los diarios y calendarios indican que en el exterior han transcurrido años. La última fecha registrada es febrero de 1987, casi 3 años después de nuestra desaparición.
La distorsión temporal no era solo una teoría, estaba funcionando y nosotros estábamos atrapados en ella. Se escuchó un murmullo de consulta entre ambos y luego Felipe habló. Hemos intentado todo para salir, pero es imposible. Los suministros se están agotando y hemos tomado una decisión consciente. En lugar de morir lentamente de inanición, preferimos controlar nuestro final.
Entre los suministros médicos encontramos sedantes potentes. Nos permitirán irnos pacíficamente, juntos, conscientes hasta el final. La voz de Martín, ahora notablemente más serena, concluyó: “A nuestras familias los amamos, hemos pensado en ustedes cada día. No sufran por nosotros. Hemos encontrado paz en nuestra decisión. A quienes nos encuentren, este laboratorio contiene evidencia de experimentos que violaron toda ética científica y humana.
Que nuestra historia sirva para que algo así nunca vuelva a ocurrir. Se escuchó un último intercambio de palabras casi susurradas. ¿Estás listo?, preguntó Martín. Contigo hasta el final”, respondió Felipe. Luego silencio. En la sala de la fiscalía nadie habló durante varios minutos. Laura Ortega lloraba silenciosamente.
Una mezcla de dolor por la confirmación de la muerte de su tío y tío político y alivio por finalmente conocer la verdad. “Phitamos verificar todo esto”, dijo finalmente la fiscal Donoso. Su voz profesional apenas ocultando su conmoción. Contrastar las fechas, investigar este proyecto Cronos, identificar a los responsables si aún viven.
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad. El laboratorio subterráneo fue minuciosamente documentado y su contenido catalogado. Los cuerpos de Martín y Felipe fueron trasladados con dignidad para análisis forense detallado que confirmó la presencia de sedantes potentes en sus tejidos, consistente con su relato. Entre los documentos recuperados se encontraron registros parciales del proyecto Cronos, confirmando la existencia de experimentos de distorsión temporal, aunque muchos detalles técnicos habían sido deliberadamente destruidos. También se hallaron
fotografías y datos de otros y sujetos de prueba, sugeriendo que Martín y Felipe no fueron las únicas víctimas. Más perturbador aún fue el descubrimiento de un informe fechado en enero de 1987. que detallaba la decisión de terminar el proyecto y eliminar toda evidencia debido a resultados incontrolables y potencialmente catastróficos.
El informe estaba firmado por un coronel cuyo nombre había sido tachado, pero análisis forenses posteriores lograron identificarlo como Rodrigo Vidal, el mismo nombre encontrado en el cuaderno de notas hallado junto a la motocicleta. La investigación reveló que el coronel Vidal había fallecido en 1990. oficialmente por un accidente automovilístico.
Aunque las circunstancias siempre habían sido sospechosas. Varios científicos asociados al proyecto también habían muerto en circunstancias similares entre 1987 y 1992. El análisis del reloj de Martín Fuentes, que funcionaba perfectamente cuando fue encontrado, reveló algo inexplicable desde el punto de vista científico convencional.
Sus componentes internos mostraban un desgaste consistente con apenas unos meses de uso, no cuatro décadas. Era como si de alguna manera el tiempo hubiera fluido de manera diferente para el reloj, confirmando parcialmente la teoría de la distorsión temporal mencionada en la grabación. Seis meses después del descubrimiento inicial, los cuerpos de Martín Fuentes y Felipe Ortega recibieron un funeral digno con honores nacionales.
El presidente de Chile ofreció una disculpa formal a las familias, reconociendo la responsabilidad del Estado en su desaparición y muerte, y prometiendo una investigación completa sobre otros posibles casos similares. Laura Ortega junto con Carlos Fuentes Junior, el sobrino de Martín, establecieron la Fundación Atacama, dedicada a investigar desapariciones no resueltas durante la dictadura y a apoyar iniciativas científicas éticas.
La Cámara de Felipe y el reloj de Martín se convirtieron en piezas centrales de un memorial permanente en Santiago, visitado por miles de personas cada año. El caso de los ciclistas desaparecidos finalmente tenía respuesta. aunque no la que sus familias habían imaginado durante cuatro décadas de búsqueda, no fueron víctimas de un accidente ni de una ejecución política convencional, sino de un experimento científico moralmente corrupto que había permanecido oculto en las arenas del desierto más árido del mundo. En cuanto al Puens proyecto
Cronos y sus verdaderos alcances, muchas preguntas quedaron sin respuesta. Los documentos recuperados sugerían que los experimentos habían producido anomalías temporales reales, aunque limitadas y altamente inestables. Científicos independientes que revisaron la evidencia disponible concluyeron que, si bien los principios teóricos eran fascinantes, la implementación había sido científicamente irresponsable y éticamente abominable.
Un pequeño detalle aparentemente trivial, pero profundamente simbólico, llamó la atención del aura durante el proceso de identificación de los objetos personales encontrados junto a los cuerpos. En el bolsillo de la chaqueta de Martín, perfectamente preservado, había un pequeño papel doblado. Era una fotografía.
Martín y Felipe como niños de unos 10 años sonriendo a la cámara con sus primeras bicicletas. Al reverso con la caligrafía infantil de Felipe, una inscripción simple, juntos siempre hasta el fin del camino. Y así había sido. En su decisión final, en aquella habitación subterránea olvidada por el mundo, habían elegido partir juntos en sus propios términos, sentados en posición de rezo, manos entrelazadas, como hermanos que habían compartido un destino extraordinario y terrible.
El desierto, testigo silencioso de tantos secretos, había finalmente revelado su verdad. Y aunque esa verdad desafiaba la comprensión convencional del tiempo y la realidad, ofrecía algo que las familias habían buscado durante cuatro décadas, cierre, respuestas y la certeza de que Martín y Felipe habían enfrentado lo inconcebible con dignidad y valor hasta su último aliento.
En la comunidad científica, el caso generó debates intensos sobre ética, responsabilidad y los límites de la experimentación. En la sociedad chilena provocó un nuevo examen de los aspectos menos conocidos de la dictadura militar. Y en el pequeño pueblo de Quillagua, donde comenzó su último viaje, una placa sencilla fue colocada en la plaza central a Martín Fuentes y Felipe Ortega, viajeros del tiempo y del desierto.
Su historia nos recuerda que algunos caminos conducen a destinos que desafían nuestra comprensión, pero ninguno puede separar a quienes eligen recorrerlos juntos hasta el final. M.