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Turista Alemana Desapareció en Desierto de Atacama —Años Después Encuentran Diario Semi Calcinado…

Además, sabía que la temperatura descendería drásticamente en cuanto se pusiera el sol. El viento siguió intensificándose, transformándose gradualmente en lo que los locales llamaban viento blanco, un fenómeno que reducía la visibilidad a apenas unos metros. La arena se metía en sus ojos, en su boca, en su ropa.

Helga se cubrió el rostro con un pañuelo y continuó caminando en lo que creía era la dirección correcta, pero cada paso la llevaba más profundamente hacia el corazón del desierto. A las 18:20, el sol comenzó a ocultarse, tiñiendo el paisaje de tonos rojos y púrpuras. La temperatura descendió rápidamente. Helga finalmente aceptó que estaba perdida.

Con manos temblorosas por el frío repentino, sacó de su mochila una pequeña linterna y una manta térmica de emergencia. Se sentó en el suelo, protegida parcialmente por una formación rocosa y envolvió su cuerpo en la manta plateada. Sacó su diario y, ya la luz vacilante de la linterna, comenzó a escribir. 14 de febrero de 2008.

Me he alejado demasiado. El viento borró mis huellas y el GPS no funciona. Debí hacer caso a las advertencias. El frío es intenso. Ahora intentaré orientarme por las estrellas cuando aparezcan. Si alguien encuentra este diario, dejó la frase inconclusa, no quería pensar en esa posibilidad.

En cambio, se concentró en planificar su próximo movimiento. Cuando el viento amainara y las estrellas fueran visibles, intentaría orientarse por la cruz del sur. Pero el viento no cedió, al contrario, arreció durante la noche, transformándose en una tormenta de arena inesperada y feroz. Helga se encogió contra la roca, protegiéndose como podía, mientras la arena se acumulaba a su alrededor como nieve fina y abrasiva.

Esa noche, en San Pedro de Atacama, María esperó en vano el regreso de su huésped a las 210 horas. preocupada, llamó a la policía local para reportar que la turista alemana no había regresado de su excursión. Los oficiales le explicaron que no era inusual que los turistas se quedaran en campamentos improvisados para observar las estrellas y que esperara hasta la mañana siguiente.

Pero Helga Schneider nunca regresó a la hospedería de María. A la mañana siguiente, cuando la tormenta de arena había dejado un paisaje transformado en el desierto, lo único que quedaba de la presencia de Helga era su mochila azul, parcialmente enterrada en la arena, a unos 28 km de San Pedro de Atacama, en una dirección completamente distinta a la del Valle de la Luna.

dentro de la mochila, sus documentos, algunas muestras de minerales, una botella de agua vacía y su cámara fotográfica, pero ni rastro de su diario de tapa negra, ni de la joven alemana que había venido a Chile buscando aventuras y paisajes extraordinarios. Así comenzó el misterio de la desaparición de Helga Schneider en el desierto de Atakama, un caso que quedaría sin resolver durante más de una década, hasta que un hallazgo casual reavivaría la búsqueda y revelaría una verdad que nadie esperaba.

La noticia de la desaparición de Helga Schneider se propagó por San Pedro de Atacama con la misma velocidad que el viento había arrastrado la arena la noche anterior. El 16 de febrero de 2008, apenas 48 horas después de que la joven alemana se internara en el desierto, el pequeño pueblo turístico ya era escenario de una búsqueda frenética.

Klaus Schneider, el padre de Helga, aterrizó en el aeropuerto de Calama con el rostro devastado por la preocupación. y el largo viaje desde Munich. Era un hombre de estatura mediana con el mismo cabello rubio de su hija, aunque el suyo estaba salpicado de canas y cortado con precisión militar. A sus 58 años, Klaus trabajaba como ingeniero en una importante empresa automotriz alemana y la organización metódica era parte integral de su vida.

Michha es una persona responsable”, insistió en un inglés perfectamente articulado frente al comandante de la policía local. “Si dice que va a volver a cierta hora, vuelve. Algo debe haberle sucedido.” El comandante Héctor Vargas, un hombre corpulento con más de 20 años de experiencia patrullando la zona, asintió con expresión grave.

Sobre su escritorio descansaba la mochila azul de Elga, rescatada del desierto por un grupo de buscadores la mañana anterior. Señor Schneider, entiendo su preocupación. Hemos movilizado todos los recursos disponibles, equipos de búsqueda, helicópteros, perros entrenados, pero debe entender que el desierto de Atacama es vasto y extremadamente hostil.

Claus paseaba nerviosamente por la pequeña oficina, sus ojos fijos en la mochila de su hija. ¿Dónde exactamente encontraron sus pertenencias? El comandante desplegó un mapa sobre la mesa. Aquí señaló un punto marcado con una X roja a unos 28 km al noreste del pueblo, en una zona prácticamente inexplorada.

No hay rutas turísticas allí, solo desierto puro. ¿Y cómo llegó tan lejos? Ella me dijo que iba a visitar el Valle de la Luna, que está en dirección opuesta. El comandante intercambió una mirada con el sargento Torres, que permanecía de pie junto a la puerta. Creemos que su hija se desvió deliberadamente de las rutas establecidas.

Encontramos este mapa en su habitación. Extendió otro documento, una copia del mapa que Helga había dejado en la hospedería con anotaciones en alemán y una ruta trazada con precisión hacia una zona remota. “Claus tomó el mapa con manos temblorosas. Esto es típico de Helga”, murmuró más para sí mismo que para los policías. Siempre buscando lugares inexplorados, siempre queriendo ir más allá que los demás turistas.

El comandante Vargas se aclaró la garganta. Señor Schneider, debo ser franco con usted. Han pasado más de 48 horas desde que su hija fue vista por última vez con las condiciones del desierto, temperaturas extremas, falta de agua, el terreno traicionero, las posibilidades. No, interrumpió Klaus bruscamente. No quiero oír estadísticas ni probabilidades.

Mi hija está viva, es fuerte y está bien preparada para situaciones extremas. La encontraremos. Los siguientes días se convirtieron en una pesadilla borrosa para Klaus Schneider. Cada mañana salía con los equipos de búsqueda recorriendo kilómetros bajo el sol implacable del desierto de Atacama. Cada noche regresaba exhausto y con un poco menos de esperanza.

El embajador alemán en Chile había intervenido personalmente, asegurando que se asignaran recursos adicionales a la búsqueda. Los medios de comunicación, tanto chilenos como internacionales, cubrían el caso. La imagen de Helga, sonriente, con sus brillantes ojos azules y su característica trenza rubia, aparecía en noticieros y periódicos de todo el mundo.

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