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THE CASE THAT SHOCKED PERU: TWO PERUVIAN GIRLS DISAPPEARED IN THE GRAND CANYON WITHOUT A TRACE.

Las niñas iban a un buen colegio privado, no de los más caros, pero con buena reputación académica. Estudiaban inglés los sábados. Valentina tomaba clases de piano. Camila practicaba natación. No eran una familia rica. Definitivamente no. Rodrigo y Carolina seguían midiendo cada gasto, ahorrando cuando podían, sacrificando caprichos personales para darles lo mejor a sus hijas.

Pero eran felices, eran unidos, eran en todos los sentidos una familia normal. Durante años Rodrigo y Carolina hablaban de un sueño, llevar a sus hijas a conocer Estados Unidos. Querían que las niñas vieran que el mundo era más grande que Lima, más grande que Perú. Querían ampliar sus horizontes, mostrarles otras culturas, otros paisajes, otras posibilidades.

Pero un viaje a Estados Unidos es caro, muy caro para una familia de clase media peruana. Las visas, los pasajes, el hospedaje, la comida, todo suma. Y con dos hijas en colegio privado, clases extras, gastos médicos, no sobraba mucho al final del mes. Así que empezaron a ahorrar en serio, con un plan.

abrieron una cuenta de ahorros especial. Cada mes sin falta depositaban el 10% de sus ingresos, a veces más si había algún ingreso extra. Dejaron de salir a comer a restaurantes, cancelaron suscripciones innecesarias, dejaron de comprar ropa nueva a menos que fuera absolutamente necesario. Cada sol contaba.

Las niñas sabían del plan. Sabían que papá y mamá estaban ahorrando para un gran viaje y ellas también ayudaban a su manera. Valentina guardaba el dinero que recibía en cumpleaños en una alcancía con forma de cerdito. Camila dejó de pedir juguetes nuevos cada vez que iban al centro comercial. Pasaron 3 años, tres largos años de sacrificio, de disciplina, de mantener el sueño vivo, incluso cuando parecía inalcanzable.

Y finalmente, en mayo de 2023, Rodrigo revisó la cuenta de ahorros y anunció durante la cena, “Lo logramos. Tenemos suficiente para el viaje.” Las niñas gritaron de emoción. Valentina, que ya tenía 10 años y era más consciente del esfuerzo que esto había significado, se levantó de la mesa y abrazó a sus padres con lágrimas en los ojos.

“Gracias, papá. Gracias, mamá. Los amo tanto. Camila, de 8 años saltaba por toda la sala. Vamos a conocer el Gran Cañón. Vamos a ver el Gran Cañón. Había visto un documental en la escuela sobre las maravillas naturales del mundo y desde ese día no dejaba de hablar del Gran Cañón. Esa noche, después de que las niñas se durmieron, Rodrigo y Carolina se sentaron en la pequeña sala de su departamento y se tomaron de las manos.

Lo logramos”, dijo Carolina suavemente. “Lo logramos”, repitió Rodrigo. “Nuestras hijas van a conocer el mundo. No sabían que ese viaje, ese sueño cumplido, se convertiría en la peor pesadilla de sus vidas. Los meses siguientes fueron de planificación intensa. Rodrigo pasaba horas investigando en internet, leía blogs de viajeros, veía videos en YouTube, comparaba precios de hoteles y pasajes.

Quería que todo fuera perfecto. No podían darse el lujo de equivocarse o desperdiciar dinero. Decidieron que irían en julio durante las vacaciones escolares de las niñas. El plan era pasar dos semanas. La primera semana en California visitando Los Ángeles, San Francisco y los parques temáticos. La segunda semana recorrería Arizona con el Gran Cañón como destino principal.

Carolina se encargó de los trámites de las visas. Fue un proceso estresante, reunir todos los documentos necesarios, demostrar solvencia económica, llenar formularios interminables. El día de la entrevista en la embajada estadounidense, toda la familia estaba nerviosa. Las niñas se pusieron sus mejores vestidos.

Rodrigo se puso el único traje que tenía, el mismo que usaba para ocasiones especiales desde hace 10 años. La entrevista fue breve, pero intensa. El oficial consular les hizo preguntas sobre el propósito del viaje, sobre sus trabajos, sobre si tenían intención de quedarse en Estados Unidos. “Señor, solo queremos que nuestras hijas conozcan su país”, dijo Rodrigo con honestidad.

“Hemos ahorrado durante 3 años para esto. Vamos a regresar a Perú. Este es nuestro hogar.” Dos semanas después recibieron la noticia. Las cuatro visas habían sido aprobadas. Hubo celebración en casa, pizza para las niñas, una botella de vino barato para Rodrigo y Carolina. Risas, planes, emoción. El 10 de julio de 2023, exactamente dos semanas antes de la tragedia, la familia Vargas Mendoza fue al aeropuerto Jorge Chávez, acompañada de los abuelos paternos de las niñas, don Alberto y doña Esperanza.

una pareja de 70 y tantos años que había trabajado toda la vida como comerciantes en el mercado de Surquillo. “Cuiden mucho a mis nietas”, dijo doña Esperanza abrazando a Carolina con fuerza. La señora tenía lágrimas en los ojos. Era la primera vez que sus nietas salían del país.

La primera vez que viajaban tan lejos. “No se preocupe, mamá”, respondió Carolina. “Vamos a cuidarlas con nuestra vida. No les va a pasar nada.” Don Alberto le dio un fuerte abrazo a Rodrigo. Disfruten, hijo. Se lo merecen ustedes y las niñas se merecen esto. Las niñas abrazaron a sus abuelos. Valentina, siempre más emocional, lloró un poco.

Camila, más pragmática, ya estaba mirando hacia la puerta de embarque, ansiosa por subir al avión. Vamos a mandar fotos todos los días”, prometió Rodrigo. Y cumplieron. Durante la primera semana en California, el grupo familiar de WhatsApp estaba constantemente activo. Fotos en Disneyland, videos de las niñas conociendo a Mickey Mouse, selfies en el muelle de Santa Mónica, imágenes del Golden Gate en San Francisco.

Valentina y Camila estaban en éxtasis. Cada día era una nueva aventura. Comían hamburguesas gigantes, tomaban helados de sabores que nunca habían probado, hablaban en su inglés básico con otros turistas y se reían cuando no entendían las respuestas. Todo era perfecto, todo era mágico, todo era exactamente como lo habían soñado.

El 22 de julio, la familia dejó California y manejó hacia Arizona en un auto que habían rentado. Era un Toyota RAV 4 plateado, espacioso y cómodo. Durante el viaje, que duró aproximadamente 7 horas, las niñas cantaban canciones en el asiento trasero, jugaban juegos de palabras, miraban por la ventana fascinadas por el cambio de paisaje.

El desierto de Arizona es impresionante. Vastedad infinita, cactus gigantes, montañas rojas en el horizonte, todo bajo un cielo azul tan intenso que parece irreal. “Falta mucho para llegar al Gran Cañón”, preguntaba Camila. cada media hora. “Ya casi, mi amor”, respondía Carolina paciente. “Ya casi”. Llegaron al pueblo de Tusayan, ubicado a la entrada del Parque Nacional del Gran Cañón, al anochecer del 22 de julio.

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