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The case that horrified Peru: Girl disappeared in a shopping mall — 2 years later, restaurant doo…

Los agentes recorrieron cada metro de esos pasillos. Encontraron herramientas, cajas apiladas, uniformes colgados en ganchos, pero nada que indicara que Anne había estado allí. Ni una huella, ni un objeto personal, ni una sola pista. Patricia entró en shock. Su esposo, Fernando, llegó al mall 20 minutos después de la alerta.

Ambos recorrieron el lugar durante horas, mostrando fotos de Anne a cada persona que encontraban. ¿La vio? ¿Vio a esta niña? La mayoría negaba con la cabeza. Algunos miraban con lástima. Nadie recordaba haber visto a una chica con polera rosada. La noche cayó sobre Lima. El centro comercial cerró sus puertas, pero la búsqueda no se detuvo.

Perros adiestrados rastrearon los corredores técnicos. Buzos revisaron el sistema de drenaje subterráneo del complejo. Nada. La policía interrogó a todos los empleados que trabajaban ese día. El hombre de limpieza que apareció en el video dijo que no recordaba haber visto a ninguna niña. Los guardias de seguridad juraron que ninguna menor salió sola del lugar.

Los encargados de las tiendas cercanas al corredor técnico no notaron nada extraño. Al tercer día, el caso ya estaba en todos los noticieros del país. “Niña desaparece en pleno centro comercial de Lima,” titulaban los periódicos. La foto de Ane con su polera rosada aparecía en cada canal de televisión. Miles de personas compartían su imagen en redes sociales.

Voluntarios se organizaron para pegar afiches en postes, paraderos y parques de la ciudad. La familia ofreció una recompensa económica por cualquier información que condujera a encontrar a Anne, pero las semanas pasaron sin avances. La investigación reveló que el celular de Anne se había apagado o quedado sin batería exactamente a las 3:52 de la tarde, 5 minutos después de que Patricia la dejara sola.

La última actividad registrada en el teléfono fue la visualización de un mensaje de WhatsApp de una amiga del colegio. No hubo llamadas, no hubo mensajes enviados, no hubo actividad en redes sociales. El dispositivo simplemente dejó de emitir señal. Los investigadores profundizaron en la vida de Anne. Era una estudiante promedio con buenas calificaciones en el colegio San Antonio de Miraflores.

Tenía un grupo pequeño de amigas con las que salía ocasionalmente. No había problemas en casa. Patricia y Fernando describían a su hija como una niña tranquila, obediente, sin conflictos graves. No consumía drogas, no tenía novio, no frecuentaba peligrosos. era en todos los sentidos una preadolescente común. Entonces, ¿qué había pasado? La teoría inicial apuntaba a un secuestro planificado.

Alguien podría haber atraído a Anne mediante un mensaje en su celular, haciéndola creer que debía dirigirse a esa puerta específica. Pero, ¿quién? ¿Y cómo esa persona sabía que Aneía allí ese día a esa hora exacta? La familia insistía en que la visita al centro comercial no había sido planificada con anticipación. Patricia decidió comprar los medicamentos de forma espontánea después de almorzar en casa.

Otra teoría sugería que Anne podría haber huido voluntariamente, pero sus padres descartaban esa posibilidad de inmediato. Ella era feliz, repetía Patricia entre lágrimas. no tenía motivos para irse. Los psicólogos consultados por la policía también consideraban poco probable que una niña de 12 años organizara una fuga tan elaborada sin dejar ninguna pista.

La tercera teoría era la más perturbadora. Anne había sido víctima de una red de trata de personas que operaba dentro del centro comercial. Esta hipótesis cobraba fuerza porque el Yoki Plaza, al ser tan grande y concurrido, ofrecía múltiples puntos ciegos y rutas de escape. Sin embargo, no se encontró evidencia concreta que respaldara esta posibilidad.

Ningún testigo reportó comportamientos sospechosos. Ninguna cámara captó a personas merodeando cerca de Ane antes de su desaparición. Los meses avanzaron. El caso comenzó a enfriarse. La policía seguía recibiendo llamadas con supuestos avistamientos, pero todos resultaban ser falsos. Una mujer juró haber visto a Anec Victoria.

Otra persona reportó que una niña parecida trabajaba en una tienda de ate. Ninguna de esas pistas condujo a nada real. Patricia dejó su trabajo como contadora para dedicarse completamente a buscar a su hija. Recorría las calles de Lima mostrando fotos. Visitaba comisarías, hospitales, albergues. Hablaba con personas en situación de calle, preguntando si habían visto a Anne.

Fernando, ingeniero civil, se sumía cada día más en el silencio. Sus compañeros de trabajo notaban su ausencia mental. En las reuniones familiares ya nadie sabía qué decir. Un año después del desaparecimiento, el caso fue formalmente archivado como desaparición sin resolver. No había más líneas de investigación activas, no había sospechosos, no había cuerpo, solo una ausencia que devoraba lentamente a toda una familia.

Pero el centro comercial seguía funcionando con normalidad. La gente compraba, comía, se divertía. La puerta gris del corredor técnico permanecía cerrada, protegida ahora con un sistema de acceso biométrico más sofisticado. Los empleados entraban y salían con sus credenciales electrónicas. La vida continuaba como si nada hubiera pasado, como si Anea existido.

Hasta que dos años después, en una madrugada fría de mayo, algo imposible ocurrió. Eran las 2:37 de la madrugada cuando Rodrigo Paredes recibió la llamada. Técnico en sistemas de seguridad electrónica, llevaba 8 años trabajando para la empresa encargada de mantener las puertas, cámaras y sensores del Yoki Plaza. Esa noche estaba de guardia junto a su compañero Luis realizando pruebas rutinarias después de que el centro comercial instalara nuevos lectores biométricos en varias áreas restringidas.

“Rodrigo, ven a ver esto”, dijo Luis desde el otro lado del pasillo. Su voz sonaba extraña, como si acabara de presenciar algo que su mente se negaba a procesar. Rodrigo caminó hasta la sala de monitoreo auxiliar. Ubicada en el tercer nivel del complejo, Luis estaba frente a una pantalla de computadora con el rostro pálido y los ojos fijos en una línea de texto que parpadeaba en verde fosforescente.

Acceso autorizado. Puerta B17. Usuario Rodríguez Ane Carolina. Hora 023418. Rodrigo leyó la línea dos veces antes de comprender lo que estaba viendo. ¿Qué es esto? No lo sé”, respondió Luis. Estaba ejecutando el protocolo de verificación cuando el sistema registró esta apertura. Pensé que era un error del software, pero mira.

Movió el cursor hacia abajo, revelando más información. El sistema dice que alguien usó credenciales válidas para abrir la puerta B17 y el nombre registrado es Ane Rodríguez, completó Rodrigo en voz baja. Ambos se miraron. El nombre les resultaba familiar, pero no podían ubicarlo de inmediato. Luis escribió rápidamente en el buscador del sistema interno.

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