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Silvia Pinal saved Buñuel’s film… but not the girl with her name.

El padrino de la boda fue Mario Moreno. Cantinflas. Sí, el propio Cantinflas, el cómico más famoso del mundo de habla hispana, el hombre cuya cara estaba en cada cine de México, el que hacía reír a niños y abuelos, el ídolo absoluto de la comedia mexicana. Él fue el que llevó del brazo a aquella muchachita de 17 años hasta el altar. Las que vivimos aquellos años sabemos quién era Cantinflas.

Lo vimos en pantalla con nuestros padres, con nuestros abuelos. Lo recordamos con esa voz peculiar, ese sombrero ladeado, esa manera de hablar que era música. En los domingos de aquella época, ver una película de Cantinflas era casi un ritual familiar. La familia reunida, las palomitas y esa risa que se quedaba contigo, aunque ya la hubieras visto tres veces.

Pues Cantinflas en 1947 fue quien entregó a Silvia Pinal en el altar. Aquella foto recorrió toda la prensa de México. La niña Silvia, vestida de blanco, del brazo del cómico más famoso del país, [música] mirando a un hombre casi 20 años mayor que ella. Y la gente pensó que ahí empezaba un cuento de hadas, pero el cuento duró 5 años.

De ese matrimonio nació la primera hija, Silvia Pasquel, una niña preciosa, despierta, igual que su madre, pero con Bankquels las cosas no salieron bien. Él era un hombre formado, con experiencia, pero también con un orgullo grande. Había sido la estrella en su propia tierra, en Cuba. Había venido a México con nombre y de pronto, sin esperarlo, vio como la jovencita con la que se había casado lo empezaba a superar.

La estrella [música] de él se fue apagando. La de ella empezó a brillar fuerte. Le ofrecían pelis a Silvia, le ofrecían obras de teatro, le ofrecían la portada de las revistas y a él cada vez menos. Eso en aquella época, en aquel México, no se perdonaba. Se separaron en 1952 y ahí empezó algo que Silvia repetiría toda su vida.

Silvia tenía 21 años, una niña de tres acuestas, un divorcio público y un país que en los años 50 no era amable con las mujeres divorciadas. Las llamaban fracasadas, una vecina que dejaba de saludar, un portero que miraba raro, un silencio en la escalera cuando ella pasaba. Silvia lo sintió en la piel, pero esas mujeres no eran fracasadas, eran valientes.

Y algo en todo aquello cambió a Silvia de una manera que nadie iba a ver venir. A los 21 años, Silvia ya lo había aprendido en su propia piel. Que ser mujer en aquel México era una carrera de obstáculos, que cada paso que dabas adelante alguien se encargaba de hacerte pagar el precio y que si querías sobrevivir tenías que aprender a fingir que no te dolía.

Eso lo hizo siempre. toda la vida hasta el último día. Por fuera siempre la mujer fuerte, por dentro otra cosa. Y entonces, después del divorcio llegó el hombre, el hombre de su vida, el que ningún otro pudo igualar nunca. El que hasta el día de su muerte iba a [música] llamar el amor de mi vida, aunque hubiera tenido tres maridos más después de él.

Se llamaba Emilio Azcárraga Milmo, pero todo México lo conocía por otro nombre, el tigre. las que vivimos aquella época. Ese nombre nos dice todo. El tigre Azcárraga [música] era el dueño de Televisa. Era el hombre más poderoso de la televisión mexicana. Un hombre que cuando entraba en un cuarto todos lo sabían. El tigre era un hombre alto, fuerte, de mirada dura.

Lo llamaban así por algo, por su carácter, por su forma de mandar, por la forma en que entraba en una sala y todos se callaban. Y en 1955, cuando Silvia se acababa de divorciar de Vanquels, ese hombre, el dueño del imperio que se estaba formando, se enamoró de ella. Pero hubo un problema, un problema enorme.

Su nombre era don Emilio Azcárraga Vidaurreta. El padre, el patriarca, el fundador del imperio, don Emilio Vidaurreta, era el hombre que había construido todo aquello desde abajo. Un hombre acostumbrado a mandar, acostumbrado a que sus decisiones fueran ley en su casa. Y para él, su hijo, el heredero, no podía casarse con una mujer divorciada.

¿Por qué? Porque era divorciada. Porque tenía una hija. Porque según él no era del nivel de la familia Azcárraga. Y don Emilio Vidaurreta en su propia empresa, en su propio imperio, hacía como que Silvia no existía. [música] La actriz lo contó muchos años después con todas sus letras. Decía que se cruzaba con él en los pasillos de Televisa y don Emilio ni la volteaba a ver. Imagínate eso.

Una mujer joven, hermosa, valiente, recién divorciada, enamorada del hijo del jefe y el jefe pasando por delante de ella sin mirarla como si fuera invisible, como si no estuviera ahí. Pero el tigre y Silvia se quisieron. Vaya si se quisieron. 4 años de un romance que toda la prensa siguió día a día, foto a foto, 4 años en los que se llamaban con un apodo cariñoso.

Se decían pato, compartían canciones, compartían planes, compartían en privado una vida que por fuera no podían mostrar. A escondidas, [música] claro, siempre a escondidas. Silvia contó después, ya muy mayor, que cuando el tigre la llamaba por teléfono, ella podía saber en dos segundos si iba a hacer una llamada buena o una llamada difícil, por cómo respiraba antes de hablar, por el silencio de medio segundo que había antes de decir su nombre, Pato, así la llamaba.

y ella sabía exactamente qué tono era ese. Había noches en que colgaban y Silvia se quedaba un rato sentada junto al teléfono sin moverse, con la mano todavía encima del auricular. Eso no lo escribió en sus memorias, eso lo contó una vez en una entrevista y no lo repitió más. Silvia, ya mayor, ya muy mayor, lo escribió en su libro de memorias con todas sus letras.

decía esto. Emilio era guapo, fuerte, varonil y me quería mucho. Eso era muy importante para mí. Pero un día, sin avisar, el tigre la llamó y le dijo algo que a ella le rompió el corazón, que se iba a casar con una francesa, una joven aristócrata de buena familia llamada Pamela de Surmont, una boda arreglada por su padre en la catedral de Notredam de París.

Aviones fletados desde México para llevar a los invitados. Silvia no entendió nada en aquel momento, solo dijo, “¿Por qué?” Y el tigre, sin contestar se fue. Después, mucho después, ella entendió que el padre, don Emilio Vidaurreta había arreglado todo, que el Imperio Televisa, según él, no podía tener como matriarca a una mujer divorciada y mexicana, sino a una rubia francesa con apellidos de aristócrata europea.

Y el tigre, por mucho que la quisiera, se plegó. Eso a Silvia le dolió de una manera que nunca se le olvidó. Yo sinceramente no sé qué es más duro que el hombre que amas no te elija o que lo entiendas porque lo entendió, pero le dolió. Le dolió ver a aquel hombre de carácter fuerte al que le decían el tigre plegarse a la voluntad de su padre.

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