El padrino de la boda fue Mario Moreno. Cantinflas. Sí, el propio Cantinflas, el cómico más famoso del mundo de habla hispana, el hombre cuya cara estaba en cada cine de México, el que hacía reír a niños y abuelos, el ídolo absoluto de la comedia mexicana. Él fue el que llevó del brazo a aquella muchachita de 17 años hasta el altar. Las que vivimos aquellos años sabemos quién era Cantinflas.
Lo vimos en pantalla con nuestros padres, con nuestros abuelos. Lo recordamos con esa voz peculiar, ese sombrero ladeado, esa manera de hablar que era música. En los domingos de aquella época, ver una película de Cantinflas era casi un ritual familiar. La familia reunida, las palomitas y esa risa que se quedaba contigo, aunque ya la hubieras visto tres veces.
Pues Cantinflas en 1947 fue quien entregó a Silvia Pinal en el altar. Aquella foto recorrió toda la prensa de México. La niña Silvia, vestida de blanco, del brazo del cómico más famoso del país, [música] mirando a un hombre casi 20 años mayor que ella. Y la gente pensó que ahí empezaba un cuento de hadas, pero el cuento duró 5 años.
De ese matrimonio nació la primera hija, Silvia Pasquel, una niña preciosa, despierta, igual que su madre, pero con Bankquels las cosas no salieron bien. Él era un hombre formado, con experiencia, pero también con un orgullo grande. Había sido la estrella en su propia tierra, en Cuba. Había venido a México con nombre y de pronto, sin esperarlo, vio como la jovencita con la que se había casado lo empezaba a superar.
La estrella [música] de él se fue apagando. La de ella empezó a brillar fuerte. Le ofrecían pelis a Silvia, le ofrecían obras de teatro, le ofrecían la portada de las revistas y a él cada vez menos. Eso en aquella época, en aquel México, no se perdonaba. Se separaron en 1952 y ahí empezó algo que Silvia repetiría toda su vida.
Silvia tenía 21 años, una niña de tres acuestas, un divorcio público y un país que en los años 50 no era amable con las mujeres divorciadas. Las llamaban fracasadas, una vecina que dejaba de saludar, un portero que miraba raro, un silencio en la escalera cuando ella pasaba. Silvia lo sintió en la piel, pero esas mujeres no eran fracasadas, eran valientes.
Y algo en todo aquello cambió a Silvia de una manera que nadie iba a ver venir. A los 21 años, Silvia ya lo había aprendido en su propia piel. Que ser mujer en aquel México era una carrera de obstáculos, que cada paso que dabas adelante alguien se encargaba de hacerte pagar el precio y que si querías sobrevivir tenías que aprender a fingir que no te dolía.
Eso lo hizo siempre. toda la vida hasta el último día. Por fuera siempre la mujer fuerte, por dentro otra cosa. Y entonces, después del divorcio llegó el hombre, el hombre de su vida, el que ningún otro pudo igualar nunca. El que hasta el día de su muerte iba a [música] llamar el amor de mi vida, aunque hubiera tenido tres maridos más después de él.
Se llamaba Emilio Azcárraga Milmo, pero todo México lo conocía por otro nombre, el tigre. las que vivimos aquella época. Ese nombre nos dice todo. El tigre Azcárraga [música] era el dueño de Televisa. Era el hombre más poderoso de la televisión mexicana. Un hombre que cuando entraba en un cuarto todos lo sabían. El tigre era un hombre alto, fuerte, de mirada dura.
Lo llamaban así por algo, por su carácter, por su forma de mandar, por la forma en que entraba en una sala y todos se callaban. Y en 1955, cuando Silvia se acababa de divorciar de Vanquels, ese hombre, el dueño del imperio que se estaba formando, se enamoró de ella. Pero hubo un problema, un problema enorme.
Su nombre era don Emilio Azcárraga Vidaurreta. El padre, el patriarca, el fundador del imperio, don Emilio Vidaurreta, era el hombre que había construido todo aquello desde abajo. Un hombre acostumbrado a mandar, acostumbrado a que sus decisiones fueran ley en su casa. Y para él, su hijo, el heredero, no podía casarse con una mujer divorciada.
¿Por qué? Porque era divorciada. Porque tenía una hija. Porque según él no era del nivel de la familia Azcárraga. Y don Emilio Vidaurreta en su propia empresa, en su propio imperio, hacía como que Silvia no existía. [música] La actriz lo contó muchos años después con todas sus letras. Decía que se cruzaba con él en los pasillos de Televisa y don Emilio ni la volteaba a ver. Imagínate eso.
Una mujer joven, hermosa, valiente, recién divorciada, enamorada del hijo del jefe y el jefe pasando por delante de ella sin mirarla como si fuera invisible, como si no estuviera ahí. Pero el tigre y Silvia se quisieron. Vaya si se quisieron. 4 años de un romance que toda la prensa siguió día a día, foto a foto, 4 años en los que se llamaban con un apodo cariñoso.
Se decían pato, compartían canciones, compartían planes, compartían en privado una vida que por fuera no podían mostrar. A escondidas, [música] claro, siempre a escondidas. Silvia contó después, ya muy mayor, que cuando el tigre la llamaba por teléfono, ella podía saber en dos segundos si iba a hacer una llamada buena o una llamada difícil, por cómo respiraba antes de hablar, por el silencio de medio segundo que había antes de decir su nombre, Pato, así la llamaba.
y ella sabía exactamente qué tono era ese. Había noches en que colgaban y Silvia se quedaba un rato sentada junto al teléfono sin moverse, con la mano todavía encima del auricular. Eso no lo escribió en sus memorias, eso lo contó una vez en una entrevista y no lo repitió más. Silvia, ya mayor, ya muy mayor, lo escribió en su libro de memorias con todas sus letras.
decía esto. Emilio era guapo, fuerte, varonil y me quería mucho. Eso era muy importante para mí. Pero un día, sin avisar, el tigre la llamó y le dijo algo que a ella le rompió el corazón, que se iba a casar con una francesa, una joven aristócrata de buena familia llamada Pamela de Surmont, una boda arreglada por su padre en la catedral de Notredam de París.
Aviones fletados desde México para llevar a los invitados. Silvia no entendió nada en aquel momento, solo dijo, “¿Por qué?” Y el tigre, sin contestar se fue. Después, mucho después, ella entendió que el padre, don Emilio Vidaurreta había arreglado todo, que el Imperio Televisa, según él, no podía tener como matriarca a una mujer divorciada y mexicana, sino a una rubia francesa con apellidos de aristócrata europea.
Y el tigre, por mucho que la quisiera, se plegó. Eso a Silvia le dolió de una manera que nunca se le olvidó. Yo sinceramente no sé qué es más duro que el hombre que amas no te elija o que lo entiendas porque lo entendió, pero le dolió. Le dolió ver a aquel hombre de carácter fuerte al que le decían el tigre plegarse a la voluntad de su padre.
Le dolió saber que el amor que ellos dos sentían que era de verdad no había sido suficiente. Le dolió que un apellido y un dinero hubieran ganado a las personas. A los 29 años, Silvia ya lo había aceptado, que el amor de su vida no iba a poder ser nunca su marido, que entre ellos siempre se iba a interponer el dinero, el poder, el apellido y que iba a tener que vivir con eso, sin quejarse, sin llorar en público, aprendiendo a mirar al tigre desde lejos mientras él miraba a su esposa francesa.
Eso le costó muchísimo, pero ella, fiel a sí misma, no se hundió, hizo lo contrario. un momento antes de seguir, porque si has llegado hasta aquí, ya sabes que esta no es una historia de éxito, es una historia de lo que se paga por el éxito y hay más. Si te interesan estas historias, [música] las que se cuentan despacio y con respeto, suscríbete.
Te leo en comentarios. Como siempre, lo que viene ahora es lo que la hizo grande y también lo que la hizo perder. Y volvemos. Decía que después del tigre, Silvia se levantó y se levantó haciendo algo que nadie esperaba. Se buscó otro hombre, un productor, un hombre con dinero, con cabeza, con visión.
Se llamaba Gustavo Ala triste. Se casaron en 1961 y de ese matrimonio salió la historia más alucinante de toda la carrera de Silvia. Había un director [música] español exiliado en México al que la dictadura de Franco no dejaba trabajar en su país. Se llamaba Luis Buñuel. Era de Aragón y tenía una película que quería rodar en España, pero que sabía que iba a hacer un escándalo.
Silvia y su marido le convencieron de hacerla. Le pusieron el dinero, el equipo y a Silvia como protagonista. Lo que ninguno de ellos sabía era lo que iba a pasar después de Kan. La película se llamaba Piridiana. Ganó La Palma de Oro, el máximo premio del cine mundial. Y cuando el gobierno de Franco la vio, montó en cólera.
La declararon blasfema, dieron la orden de destruir todas las copias, que no quedara ni una. Los funcionarios del régimen entraron a las oficinas, buscaron las latas, las confiscaron, pero hubo una copia que no encontraron, una sola. Silvia Pinal, esa muchacha que nació en una marisquería de Guaimas sin apellido, cogió esa copia, la metió entre sus vestidos, pasó la frontera, pasó las aduanas, pasó los controles y la llevó hasta México. La salvó.
Por eso hoy en cualquier filmca del mundo se puede ver Viridiana, porque una mujer la sacó de España en su maleta [música] y dos años después, cuando nació su segunda hija, le puso ese nombre, Viridiana, como la película, como la muchacha que ella había salvado. Y la pequeña Viridiana creció sabiendo que llevaba el nombre de lo más importante que su madre había hecho en su vida.
Pero su madre no estaba mucho en casa porque ya tenía otra carrera por delante, la televisión. A finales de los años 60, México estaba cambiando. Las casas, [música] una a una, ponían televisor y de repente las familias dejaron de ir tanto al cine. Empezaron a quedarse en su sala, [música] a juntarse a las 8 de la noche delante de aquella caja blanca y negra que era el centro de la familia.
En muchas casas de aquella época, el televisor era el mueble más importante del salón. La familia se organizaba alrededor de él, el papá en su silla, la mamá con la costura, los niños en el suelo y todos mirando hacia el mismo sitio. Las que vivimos aquella época lo recordamos perfectamente. La primera tele de la casa.
Quizá era pequeña, quizá estaba en el salón, quizá la familia se sentaba alrededor como si fuera una hoguera. Era una época nueva, una época en la que la gente se reunía alrededor de un aparato a las 8 de la noche todos juntos. para ver lo que les contaban desde Ciudad de México. Y allí en pantalla había que poner a alguien. Silvia Pinal era ese alguien.
Era la cara de Televisa, la conductora, la protagonista, la que aparecía en novelas, en programas de revista, en especiales, la que hacía esa voz ronca tan suya, tan particular, que se reconocía nada más oírla. Y aquí otra vez apareció él, el tigre, aunque ya no era su pareja, aunque cada uno había seguido su camino, aunque él se había casado con otras mujeres y ella con otros hombres, el tigre nunca dejó de cuidarla.
Le abrió las puertas de Televisa de par en par, le dio contratos, le dio confianza, la hizo junto a otras dos mujeres más, una de las primeras actrices que en México pudieron producir sus propios programas. Antes las mujeres no producían, [música] solo actuaban. Las mujeres salían en pantalla cuando un hombre lo decidía. Hacían los papeles que un hombre les daba.
Ganaban el dinero que un hombre les ponía en la mano. Silvia rompió esa puerta y el tigre la dejó abrirla. Por eso ella decía siempre hasta el día de su muerte que el tigre fue el amor de su vida. No solo por lo que vivieron juntos en aquellos 4 años locos de los años 50, sino por todo lo que hizo por ella después, cuando ya no eran nada, cuando él tenía esposa nueva, cuando entre ellos no había nada más que una vieja amistad.
Siempre se ocupó de mí, contó ella en sus últimos años. Nunca me dejó hacer algo que no me conviniera. Siempre fue un buen compañero. El tigre se fue en 1997 en un yate en Miami de cáncer. Antes de morir, llamó a [música] Silvia para despedirse, para decirle una vez más que la había querido siempre, pero el tigre ya estaba lejos.
Y Silvia, mientras tanto, se había metido en la peor relación de su vida. 1967, Silvia tenía 36 años. Acababa de divorciarse de a la triste y conoció a un hombre. Era un cantante, un roquero, un ídolo juvenil. Le llevaba 11 años menos que ella. Se llamaba Enrique Guzmán. Y aquí otra vez se montó el escándalo.
Una mujer con un hombre joven, una diva del cine con un cantante de rock and roll, una madre de dos hijas con un soltero galán. México no estaba acostumbrado a eso. Las críticas fueron durísimas, pero Silvia y Enrique se casaron y de ese matrimonio nacieron dos hijos. Una niña en 1968 que le pusieron Alejandra y un niño en 1970 que le pusieron Luis Enrique.
Las que seguimos la música mexicana conocemos a Alejandra Guzmán. Es esa cantante de rock que años después escandalizó a media España y media Latinoamérica. Esa Alejandra es hija de Silvia. Esa Alejandra creció en una casa donde todo se rompía porque Enrique Guzmán, el padre, no era el hombre que había prometido ser.

Bebía, se enojaba y a veces ese enojo se convertía en algo peor. Silvia, muchos años después lo dijo con sus propias palabras, lo dejó escrito en sus memorias y lo declaró en la televisión. Lo dijo sin esconderse, que con Enrique en aquella casa había miedo, que ella vivió durante años, lo que en aquella época se callaba, pero todas las mujeres conocían.
Una casa donde uno tiene miedo, una casa donde se mira el reloj esperando que el marido no llegue de mal humor, una casa donde hay que aguantar, callar, sonreír delante de los niños y por dentro temblar. Las que vivimos aquellos años sabemos de lo que hablo. Conocimos a esas mujeres, quizá las vimos en nuestro propio barrio.
Mujeres que de pronto aparecían con el ojo morado y nadie preguntaba. Eran cosas de pareja, asuntos de la casa, problemas que se arreglaban dentro. Silvia lo aguantó 9 años. 9 años en los que por fuera era la diva mexicana más famosa, la que salía en pantalla, la que sonreía en las portadas, la que tenía un programa en Televisa con su propio nombre, Silvia y Enrique, y por dentro, en su casa, temblaba hasta que un día, contó ella, pasó algo que ya no tenía vuelta atrás.
Enrique entró aquella noche en la casa con algo en la mano y lo que pasó después, Silvia lo contó muchos años más tarde con sus propias palabras, que sintió el frío del metal en la cara, que escuchó un ruido y que algo le rozó el hombro. Por unos centímetros, aquella noche no terminó como podía haber terminado. Hasta ahí.
Hasta ahí Silvia llegó. Lo dijo después con sus propias palabras. Era pánico espantoso. Al día siguiente hizo lo que pocas mujeres en aquel México podían hacer. Lo dejó. Se divorció en 1976 y se llevó con ella a sus dos hijos pequeños. Alejandra tenía 7 años. Luis Enrique tenía cinco, pero los niños, Alejandra y Luis Enrique, se llevaron dentro lo que vieron en aquella casa, lo que oyeron, lo que les tocó vivir mientras eran muy chiquitos, porque eso es lo que casi nadie cuenta de las casas donde hay miedo, que aunque sean los
adultos los que se pelean, son los niños los que recuerdan, los que se acuestan oyendo las voces, los que se hacen pequeños cuando hay un portazo, los que aprenden demasiado pronto que el mundo no es seguro. Eso no se borra. Eso también fue parte del precio que Silvia tuvo que pagar. Pero lo peor vino después, cuando creía que ya había pasado lo más difícil.
Pero entonces, en plena recuperación, cuando ella creía que ya había pasado lo peor, llegó la tragedia más grande de su vida, la que iba a romperla, la que iba a parar el reloj para siempre. Era octubre de 1982. Silvia estaba grabando una telenovela. Se llamaba Mañana es primavera. La producía ella, la protagonizaba ella y trabajaba con su hija viridiana, que entonces tenía 19 años y había heredado el talento, la cara y la fuerza de su madre.
Las que vivimos aquellos años, seguro recordamos aquella novela. Se pasaba en el horario de la cena. La veíamos quizá con nuestra madre, con nuestra abuela, con una taza de café caliente en la mano. En muchas casas mexicanas de aquel entonces ese horario era sagrado, la televisión encendida, la cocina oliendo a lo que se había cenado y alguien en el sofá diciéndole a otra que se callara, que empezaba la novela Madre e hija en pantalla juntas.
Eso era oro para Televisa, pero también eso en la vida real era algo más. Era el sueño que Silvia siempre había tenido. Trabajar con su hija, verla crecer en el oficio, pasarle todo lo que ella había aprendido, hacerla heredera de su carrera. quería hacer lo que su madre no había podido hacer con ella. Estar, pasar tiempo con su hija, compartir oficio, compartir mañanas en el set, verla concentrada con el guion, verla nerviosa antes de salir a cámara, verla crecer paso a paso en el oficio que ella misma había escogido a los 12 años a
escondidas de su padrastro. Era el sueño de toda madre que trabaja, tener a su hija al lado, verla aprender lo que tú aprendiste, pasarle sin palabras. todo lo que la vida te enseñó. Y antes de seguir con lo que pasó después, quiero que te quedes con esta imagen un momento. Madre e hija en pantalla juntas. Ese era el sueño de Silvia.
No la fama, no el dinero, tener a su hija al lado. Y quizá por eso seguimos recordando a mujeres como Silvia, porque muchas veces hicieron cosas enormes mientras por dentro intentaban simplemente sostener a su familia. Si te gustan estas historias contadas así, puedes quedarte conmigo por aquí. Volvemos a Silvia.
La noche del 24 de octubre de 1982, Viridiana fue a una fiesta. Era una fiesta de despedida. Acababa de terminar de hacer una obra de teatro. La obra se llamaba Tartufo, una obra clásica de un autor francés. Y aquella noche sus compañeros le hacían el adiós. La fiesta fue en la casa del novio de Viridiana. Un actor llamado Jaime Garza pasó la cena, pasaron las copas, pasó la música y en algún momento Viridiana y Jaime discutieron.
Discutieron por algo que nadie supo nunca, algo de pareja, algo de jóvenes, algo que no tenía importancia. Pero Viridi Diana se enojó, se levantó, cogió las llaves de su coche y salió de la fiesta sin despedirse. Eran casi las 4 de la mañana. Acababa de llover. Las calles del sur de la Ciudad de México estaban resbaladizas. Las luces se reflejaban en el asfalto mojado.
Viridiana se metió en su coche, un Volkswagen pequeño, blanco, y arrancó. Iba enojada, iba llorando, iba sola. Tomó la avenida que entonces se llamaba Avenida de las Torres, hoy Avenida Toluca. Bajaba una pendiente y en aquella curva no había barrera, no había arsén, no había nada. El coche se salió, voló cuatro o 5 metros, cayó en una cuneta y al caer dio un golpe.
Biridiana, que no llevaba el cinturón, se golpeó en la 100 y en ese golpe se fue. Tenía 19 años. A las 6:30 de la mañana encontraron el coche. Mientras tanto, Silvia dormía. Había llegado tarde a casa. Una reunión no se acordaba ni de qué. Estaba cansada. Apenas se quitó los zapatos. Apenas se puso la bata.
se acostó pasada la 1 de la madrugada, pensando que su hija ya estaría en su habitación dormida también, ni se desmaquilló. Eso lo contó muchas veces, que esa noche no se quitó el maquillaje, que se durmió tal cual venía del trabajo y que esa pequeñez, esa cosa tonta, la perseguiría después durante años. Porque cuando le llamaron por teléfono y supo lo que había pasado, su cara en el espejo todavía tenía el maquillaje de la noche anterior.
A las 7 sonó el teléfono en casa de Silvia. Era Silvia Pasquel, su hija mayor, que había ido a identificar el cuerpo. Pasquel también lo recordó después. Decía que la habían llamado a ella primero, que una amiga de Viridiana le pidió que fuera, que había habido un accidente y cuando Pasquel llegó al lugar, lo que se encontró fue eso.
La cuneta, el coche, su hermana de 19 años tuvo que ir a reconocerla. Después llamó a su madre. Mamá, ya la vi, está muerta. Silvia dijo después que no se lo creía, que pensó que era un error, que pensó que su hija mayor, asustada se había confundido, pero la voz de Pasquel no dejaba dudas. Aquí pasa algo que solo una madre puede entender.
Silvia llegó al lugar del accidente. Subió a la ambulancia con el cuerpo de su hija, pero no la pudo tocar. No pudo. Lo escribió en sus memorias años después con una claridad que hace daño leerla. decía. No me permití abrazarla. De ninguna manera podía sentir la frialdad de la muerte en aquel cuerpo que había visto unas horas antes.
Mi niña, quien era mi gran felicidad y mi compañera, la mejor estudiante, con un futuro prometedor. No, no la toqué, no pude. Habría sido como dar el cierre definitivo a algo que no aceptaba, no la tocó. Con los años, una entiende que a veces el dolor más grande no se llora, se guarda y se guarda tan adentro que ya no hay manera de sacarlo.
Pidió que no le hicieran autopsia. La metieron sin más en la cripta familiar del Panteón Jardín en Ciudad de México. Allí descansa todavía hoy. Si alguna vez vas, está en la cripta de la familia Pinal junto a otros familiares. Pero Silvia, mientras tanto, tenía que volver al trabajo porque la telenovela seguía, porque mañana es primavera se estaba grabando.
Y porque ella, la productora, [música] la protagonista, la mujer en cuyos hombros estaba todo aquello, no podía parar. hizo lo que sabía hacer mejor que nadie en este mundo. Sacó la herida, la guardó dentro y siguió. Pero hizo algo más. Decidió en ese momento que iba a despedirse de su hija delante de todo México y planificó con su equipo un episodio especial.
El episodio 44 de Mañana es primavera. Era un episodio normal en apariencia. Pero al final, después de una conversación de su personaje con otro actor, Gonzalo Vega, la cámara se quedaba quieta. Aparecían imágenes de naturaleza, ríos, lagos, flores, amaneceres. Y en off, durante 4 minutos enteros, se oía la voz grabada de Viridiana leyendo una [música] carta, una grabación que Viridiana había hecho días antes, sin saber que iba a hacer su despedida.
Era la voz de la hija muerta, leída por ella misma en directo, en pantalla, para todo México. Una voz que decía, entre otras cosas, esta frase. A veces me da miedo pensar que algún día tendré que dejar esta casa. ¿Cómo voy a seguir viviendo? ¿Alguna vez te ha pasado tener que dejar a tus amigos, tus cosas, todo lo que te rodea? Esa frase salió en pantalla.
En la voz de una muchacha de 19 años que ya había dejado, sin saberlo, todo lo que la rodeaba. Las que vivimos aquellos años y vimos aquella telenovela, quizá nos acordamos. Aquel episodio fue uno de los momentos más duros de la televisión mexicana. Después de aquel episodio, la productora Silvia decidió que el personaje de Viridiana no iba a ser sustituido, que su recuerdo se iba a quedar en la novela y que nadie jamás iba a hacer ese papel otra vez.
Después de aquello, Silvia no fue nunca la misma. Tenía 51 años. Aún le quedaban más de 40 de vida por delante, pero algo dentro de ella se había roto sin posible arreglo. Lo escribió también en sus memorias. La muerte de Viridiana fue para mí como un reloj que se detuvo de pronto y aunque yo me empeñé en darle cuerda y lo hice mover a la fuerza, nunca más funcionó igual. Nunca más funcionó igual.
A los 51 años, Silvia ya había pagado el precio más caro de su vida y por dentro lo sabía, que ya no había gloria, ni palma de oro, ni telenovela, ni tigre, ni amor de juventud que pudiera devolverle a aquella muchacha de 19 años que se había ido por una carretera resbaladiza una madrugada de octubre en el sur de Ciudad de México.
Pero Silvia, fiel a sí misma, no paró, se metió en la política. Su cuarto y último marido fue un hombre llamado Tulio Hernández. Era el gobernador del estado de Tlascala. Se casaron en 1982, apenas semanas después de la muerte de Viridiana. Eso a mucha gente le pareció mal, le pareció demasiado pronto, le pareció frívolo, le pareció una falta de respeto a la memoria de la hija que ya no estaba.
Y los periódicos no se quedaron callados. La criticaron duro, la tacharon de fría, la tacharon de no estar de luto, la tacharon de estar más pendiente de su carrera política que de llorar a su hija. Pero Silvia otra vez siguió. Lo dijo después con sus propias palabras. Todo el mundo me juzgó. Algunos minimizaron mi dolor y me trataron de frívola.
Otros, en cambio, me veían como una mujer fuerte, inmune a la tristeza. El vacío que me dejó mi hija es tan enorme que la única forma que encontré para convivir con él fue metiéndome de lleno al territorio que me hace fuerte. Mi trabajo. Esa fue la frase que se repitió hasta el final. Trabajar. Trabajar para no pensar. trabajar para no derrumbarse.
[música] Y aquellos años junto a Tulio los pasó entre Tlascala y Ciudad de México haciendo de primera dama del estado y a la vez con su carrera en Televisa hacia delante y esa decisión le iba a costar muchísimo más de lo que ella imaginaba. Pero del cuarto matrimonio también le vinieron problemas. A finales de los años 90, Silvia, como esposa de un político, se vio metida en un escándalo de presuntas malversaciones.
La acusaron de cosas que ella negó y tuvo que huir. Tuvo que salir de México. Imagínate eso. La diva del cine mexicano. La mujer que había salvado una película de Franco. mujer cuya cara había salido en los periódicos de medio mundo, teniendo que una maleta a toda prisa y subirse a un avión para irse a Estados Unidos a esconderse de la justicia mexicana.
Vivió un tiempo en Miami, en casa de su hija Alejandra, 11 meses, según contó después, 11 meses fuera de su país, fuera de su gente, fuera de su trabajo, hasta que se arregló todo y pudo volver. Pero en esos meses sus hijos eran ya famosos por sí mismos. Silvia Pasquel se había convertido en actriz, igual que su madre, una mujer elegante, [música] seria, con su propia carrera en cine y televisión.
Alejandra Guzmán era una de las cantantes más conocidas de Latinoamérica. Una roquera escandalosa, atrevida, con un grito que se reconocía nada más empezar, pero también por dentro una mujer rota, adicciones, centros de desintoxicación, crisis. Y siempre al lado su madre, llevándola, recogiéndola, acompañándola. Silvia llevó a Alejandra a clínicas de desintoxicación más de una vez.
Lo dijo ella misma. Lo dijo Alejandra hasta [música] el final. Silvia se ocupó de su hija, aunque la hija por dentro no encontrara la paz, aunque cada vez que parecía recuperarse volviera a caer. Las que vivimos aquellos años [música] conocemos esa historia, la conocemos bien, conocemos las casas con un hijo o una hija que no logran salir de ahí y sabemos lo que cuesta desde fuera ver como una madre sigue extendiendo la mano, aunque la mano ya no puede más.
Eso lo vivió Silvia y a Luis Enrique, el menor, también con sus cosas. Esa familia, la familia Pinal Guzmán, se convirtió en el espectáculo más visto de México. Cada cumpleaños, cada boda, cada divorcio, cada pelea salía en los periódicos. La gente seguía sus vidas como si fueran una telenovela, pero Silvia mantenía la casa unida a base de fuerza de voluntad, a base de fingir en las fotos una sonrisa que ya no le salía sola.
Y entonces, en los últimos años llegó la herida final. Una nieta, hija de Alejandra, llamada Frida Sofía, empezó a hablar y cuando habló se rompió todo lo que quedaba. A esa parte no entraremos porque como tantas veces en estas historias, lo que pasa entre una mujer joven, su madre y su abuelo, no es ya material para un video, es dolor [música] familiar y se respeta.
Solo decir esto, que cuando aquella herida se abrió, Silvia ya tenía 90 años. Estaba mayor, cansada, y vio como la familia que ella había sostenido durante décadas ya no la podía sostener nadie más. Lo que más le dolía, [música] decían sus cercanos, no era ya el escándalo público. Era ver que sus dos hijos, Alejandra y Luis Enrique, dejaron de hablarse, que su nieta y su hija se alejaron, que la casa que ella había tratado, con todas sus fuerzas de mantener entera, ya no se podía mantener. A los 91 años, Silvia ya lo
había perdido casi todo. Sabía que millones de personas la querían. Sabía que era la última diva del cine de oro. Sabía que su nombre estaba en la historia de México y se quedaría allí para siempre, pero también sabía que dentro de su propia casa las cosas que más le importaban se le habían ido escapando entre los dedos.
Una hija enterrada con 19 años, una nieta enterrada con 2 años, también llamada Viridiana, ahogada en una piscina, hija de Pasquel, un hijo y una hija que ya no se hablaban, una nieta que había roto con la familia entera, tres décadas de fotografías sonrientes que escondían una herida que nadie había podido cerrar. Silvia Pinal se fue el 28 de noviembre de 2024 a los 93 años en un hospital de la Ciudad de México.
La causa oficial, [música] una infección complicada con problemas respiratorios, la causa real, la que cualquiera que la conociera sabe. El cuerpo le había aguantado todo lo que había podido. A su entierro fue medio país. El presidente de México la despidió como la última diva. El secretario de cultura habló de su legado.
Decenas de actores, productores, periodistas hicieron cola para mirarla por última vez, pero hubo una imagen en aquel funeral que dijo más que todos los discursos. Sus tres hijos vivos, Silvia Pasquel, Alejandra Guzmán y Luis Enrique Guzmán, llevaban años sin estar juntos en la misma habitación. Llevaban años peleando, llevaban años sin poder mirarse a la cara.
Pero ese día delante del ataú de su madre, los tres se pusieron de pie juntos por primera vez en mucho tiempo. Y eso, según contaron quienes estaban allí, era lo único que su madre habría querido, que sus hijos, aunque solo fuera por un día, aunque solo fuera frente a su cuerpo, estuvieran juntos otra vez, como cuando eran chicos, como cuando la casa era todavía una casa, como cuando ella todavía estaba ahí con esa fuerza de mujer trabajadora que había heredado de su madre adolescente allá en Guaimás, en la marisquería del muelle, porque eso
fue Silvia Pinal, la hija que nadie reconoció, la actriz que sacó una película prohibida en su propia maleta. La madre que perdió una hija a los 19 años y no pudo tocarla. Y la mujer que detrás de todo eso, lo único que quería era que sus hijos estuvieran bien. Y este fue el precio de ser Silvia Pinal. Hay algo que no termina de encajar.
Cuando uno conoce su historia de verdad, no es Viridiana, no es el tigre, no es lo que pasó con Enrique Guzmán, es que una mujer que salvó todo lo que tocó no pudo salvar lo único que de verdad quería. [música] La maleta con la copia de Viridiana cruzó la frontera. La película se salvó, pero el reloj de aquella mañana de octubre nunca volvió a funcionar igual.
Y quizá ese fue el verdadero precio de ser Silvia Pinal, aprender demasiado pronto a sostenerlo todo y demasiado tarde que hay heridas que ninguna madre puede cerrar. Y hay una pregunta que esta historia nos deja. ¿Cuánto has sostenido tú en silencio para que los que quieres no se cayeran? Las que seguimos recordando a estas mujeres sabemos que algunas cargas no se ven desde fuera y que las matriarcas muchas veces pagan el precio solas.
Cuéntame en los comentarios a quién te recordó esta historia, a una madre, a una abuela, a una mujer de tu vida que lo cargó todo en silencio mientras nadie le preguntaba cómo estaba. Yo te leo como siempre, cuídate mucho y nos vemos en la próxima. M.