Posted in

Mauricio Garcés: POR ESTO CARGÓ 18 AÑOS con un CRISTO MUERTO en su CAMA

27 de febrero de 1989, Ciudad de México, Polanco. Edificio de los elegantes, de los que tenían portero con uniforme y elevador con espejos. Una mucama sube al piso de siempre. Lleva años trabajando en ese departamento. Conoce cada esquina, cada cuadro, cada cenicero apagado. Abre la puerta con su llave. El olor del café que él mismo se preparaba cada mañana ya no  está.

Avanza por el pasillo, la sala ordenada, demasiado ordenada, la cocina limpia,  el teléfono en su sitio, la puerta del dormitorio entornada. Empuja, el hombre está en la cama, vestido,  peinado, con la corbata todavía bien puesta, como si esperara que alguien  tocara el timbre. Tiene 62 años, tiene la misma elegancia con la que se acostó y tiene los ojos cerrados de quien sabía exactamente lo  que estaba haciendo.

Ese hombre se llamaba Mauricio Garcés. Acuérdate del nombre porque lo vas a escuchar  100 veces en los próximos 40 minutos. Y acuérdate sobre todo del detalle de la cama, porque ese detalle va a regresar antes del final y va a regresar con un escalofrío. Mauricio Garcés era hasta esa mañana el galán más  caro del cine mexicano, el soltero codiciado de toda una generación, el hombre que en cada película llegaba a una sala elegante, se quitaba un guante con calma, miraba a una mujer rica con esa medio sonrisa

suya y le decía una frase que convertía la copa de champagne en confesión.  Las revistas lo llamaban el don Juan de Polanco. Las amas de casa de Monterrey, de Guadalajara, de Mérida. Recortaban sus fotografías de esto y de cine mundial y las guardaban en un cajón debajo de la ropa interior. Algunas todavía las conservan.

Y esa mañana, esa misma mañana, Mauricio Garcés llevaba 18 años cargando un cadáver. un cadáver con nombre, con apellido, con viuda, con tres hijos, con un velorio multitudinario al que asistió medio país. Porque ese hombre había hecho llorar a México entero interpretando a Jesucristo en el mártir del Calvario. Se llamaba Enrique Rambal, el Cristo de México, en la recámara del Don Juan de México.

Y esa frase, esas dos líneas que acabas de escuchar, es la historia que durante medio siglo el cine  mexicano se atragantó en voz baja. La historia que las revistas rosas vieron y prefirieron mirar para otro lado. la historia que un funcionario del gobierno de Echeverría supuestamente sugirió manejar con prudencia, según los testimonios que años después fueron filtrándose en mesas de bar y en sobremesas largas, cuando ya casi todos los protagonistas estaban muertos.

Hoy te voy a contar la versión completa. Te voy a contar quién era el muchacho libanés de Tampico que tuvo que arrancarse el apellido para que la industria lo dejara entrar. Te voy a contar por qué a Garcés le inventaron una boda con Elsa Aguirre que jamás existió. ¿Y quién financió esas fotos? Te voy a contar exactamente qué pasó la noche del 15 de diciembre de 1971 en aquel departamento.

Según las versiones de quienes estuvieron cerca, te voy a contar por qué Lucy Gallardo, la viuda de Rambal,  una de las actrices más respetadas del cine mexicano, jamás quiso responder una sola pregunta sobre esa noche durante el resto de su vida. Y te voy a contar el detalle del 27 de febrero del 89,  el detalle de esa cama que prueba que Mauricio Garcés sabía perfectamente que esa mañana iba a ser la última.

Cinco cosas. Cinco. Uno, la verdad sobre la boda fabricada con Elsa Aguirre. Dos, ¿qué pasó realmente esa noche con Enrique Rambal?  Tres, ¿cuánto dinero perdió en la ruleta? el galán mejor pagado de su generación y a quién terminó debiéndole. Cuatro. ¿Por qué un médico que firmó documentos esa noche cambió de hospital 6 meses después y nunca quiso volver a hablar? Cinco.

El detalle de la corbata bien puesta, el detalle del orden, el detalle del teléfono. Acomódate porque esta historia  tiene pacto de silencio, complicidad de industria, una viuda destrozada. Una madre que se llevó a su hijo a la tumba y un final que  no aparece en ninguna biografía oficial. Antes de seguir, necesito pedirte una cosa, porque lo que viene se cuenta una vez y no más.

Si este canal te ha hecho compañía alguna tarde, si has cocinado mientras escuchabas la historia de Pedro Infante o de Silvia Pinal, si has llorado con la historia de María Félix, házmelo saber con un me gusta y suscríbete. No te lo pido por costumbre, te lo pido  porque historias como esta contadas con nombres y fechas son las que YouTube empuja menos.

Necesito que tú me ayudes a empujarlas. Y ahora sí, regresemos a Tampico, año  1926, mucho antes de que existiera don Juan, mucho antes de que un galán fabricado nos engañara a todos  durante 40 años. Tampico, Tamaulipas, 16 de diciembre de 1926.  Puerto caliente, pegajoso, lleno de barcos cargados de petróleo.

Mezcla de acentos. sirios, libaneses, españoles, italianos, gringos, todos buscando una vida nueva en un país que recién salía de la revolución y todavía no terminaba de mirarse al espejo. En ese puerto, en una familia libanesa de comerciantes, nace un niño. Lo llaman Mauricio Féz Yasbec. Féz Yasbec. Guarda ese apellido, porque ese apellido es el primer gran secreto del galán que años después iba a enamorar a México con apariencia de marqués europeo.

Mauricio no era de cuna mexicana  del centro. Mauricio era hijo de migrantes árabes en una ciudad portuaria. Su casa olía a café cardamomo, a kibe recién hecho, a mantel bordado por una tía que todavía hablaba poco español. En aquel México eso pesaba. Pesaba porque la industria del cine, que estaba a punto de nacer, el cine que iba a inventar a Pedro Infante y a Jorge Negrete y a Pedro Armendaris, ese cine vendía una idea muy concreta de lo que era ser mexicano.

Sombrero, caballo, tequila, bigote, voz potente, macho de rancho. Un Mauricio Férez Jazbek no encajaba en ese cartel. Un Mauricio Féz Jazbek sonaba a otra historia, a otra geografía, a un país distinto. Y ahí,  en esa pequeña diferencia empezó la primera máscara. La familia se traslada eventualmente a la ciudad de México.

Mauricio crece entre Tampico y la capital. Es un muchacho delgado,  observador, lector, con ese tipo de timidez que después se confunde con elegancia. Le gusta el teatro, le gusta el cine, le gustan las palabras dichas  con calma, las pausas, el modo en que un buen actor sabe esperar antes de soltar la frase. Y aquí, escucha bien, porque esto es importante para entender  al hombre.

Hay un dato que el propio Mauricio confesó después, ya siendo  el galán más codiciado del país, lo dijo en una entrevista con cierta amargura, casi sin querer. Yo nunca  me consideré un hombre con gracia. Sin gracia. Esas dos  palabras las dijo el hombre al que millones de mujeres consideraban la encarnación del encanto.

Y esas dos palabras  lo explican casi todo. Porque cuando alguien que se siente sin gracia termina convertido en símbolo  nacional del encanto, hay una contradicción adentro que tarde o temprano se cobra factura. La fama no te quita lo que tienes, te quita lo que eres. Y a Mauricio se lo empezó a quitar muy pronto.

Read More