Y dentro del grupo, Sasha era una de las más queridas. tenía algo distinto a las otras, una voz limpia, una mirada seria, una elegancia rara para una niña que apenas había pasado los 14 años. Mientras Paulina Rubio era la rebelde, Sasha era la dulce. Mientras Mariana Garza era la dramática, Sasha era la serena.
Cada una tenía un papel y Sasha hacía el de chica buena. Y entonces, en 1984, Luis Deano decidió montar una nueva apuesta para el grupo, La versión mexicana en español de gris, la película de John Travolta y Olivia Newton John, la de los años 50, la del baile final con los pantalones negros. Si te imaginas el Centro Cultural Telmex aquellas noches del verano del 84, te lo cuento.
Las funciones llenas, los aplausos. Las niñas de 12, 13 años con la cara pegada al escenario queriendo ser Sandy, queriendo ser Sasha. En México la versión se llamó Vaselina y se presentó en el centro cultural Telmex, uno de los teatros más importantes de Ciudad de México. La protagonista, la chica buena que se transforma al final, la Sandy Olson de la película original, le tocó a Sasha. Sasha tenía 14 años.
Vaselina con Timbiriche fue uno de los éxitos teatrales más grandes del México de los 80. Llenó funciones durante meses. Hicieron temporadas y temporadas. Las niñas de Latinoamérica querían ser Sandy, querían cantar como Sandy, querían terminar la obra como Sandy, con las medias negras, el chaleco de cuero, los labios pintados de rojo.
Y según lo que Sasha contó muchos años después, en aquel 8 de marzo de 2022, fue exactamente entonces, durante Vaselina, cuando empezó la relación con Luis de Llano. Ella tenía 14, él tenía 39. Aquí vamos a parar un momento porque sobre lo que pasó durante aquellos 4 años hay dos versiones públicas y nosotros aquí en el precio de ser no estamos para juzgar ninguna.
Para eso ya está la justicia mexicana que tomó su decisión años después. Lo único que vamos a hacer es contar las dos versiones, las palabras exactas y dejarte a ti que pienses lo que quieras. La versión de Sasha, escrita por ella misma aquel 8 de marzo de 2022, dice así, que la relación fue ilícita y asimétrica por la diferencia de edad y el rol jerárquico que él ejerció, que ella era claramente una niña, que él casi le triplicaba la edad, que durante años ella misma se sintió responsable de lo que pasó y que hoy con 51 años entendía que su única
responsabilidad fue guardar silencio. Esas fueron sus palabras. La versión del señor de Llano dada en una entrevista pública días después de la denuncia fue distinta. Él aseguró que la relación entre ellos fue transparente y respetuosa, que no había cometido ningún delito y que la duración de la relación, según él, no había sido la que Sasha decía.
Esas fueron sus palabras, dos versiones y casi cuatro décadas de distancia entre que la cosa pasó y se contó en público. Pero según lo que Sasha sí ha contado en entrevistas posteriores, hay algunos hechos concretos que sí están documentados y esos sí los podemos contar. Por ejemplo, que su familia, según ella misma escribió, se enteró cuando ella tenía 16 años y la reacción, según las palabras de Sasha, fue exacta.
La cita textual es: “Se volvieron locos y no era para menos. Imagínate la escena. una niña de 16 años en una casa de Ciudad de México. Su madre Magdalena, francesa, mujer de mundo. Su padrastro Fernando, ejecutivo de Televisa, gente que se movía por la cadena que conocía a todos y la noticia de que la niña llevaba 2 años manteniendo una relación con el productor del grupo en el que cantaba.
Un hombre que tenía la misma edad que la madre, un año más que el padre biológico. Lo que pasó en aquella casa, lo que se dijo, lo que se gritó, lo que se cayó, Sasha no lo ha contado en detalle, pero lo que sí se sabe es lo que pasó después, que la familia decidió mandar a Sasha lejos, a Boston, 1986. Sasha tenía 16 años.
La metieron en una escuela de las buenas en Estados Unidos, la Walnut Hill School, en las afueras de Boston, en el estado de Massachusetts, una escuela de artes para adolescentes, de las prestigiosas, de las caras. Si has estado en Boston en invierno, ya sabes lo que es eso. El frío que se mete en los huesos, la nieve, los días que se hacen de noche a las 4 de la tarde y una niña mexicana de 16 años, recién sacada de las luces del escenario de vaselina intentando aprender inglés a mitad del curso.
Allí Sasha iba a estudiar actuación con Uta Hagen, una de las profesoras más reconocidas del método de actuación americano de aquella época. Una eminencia. Una mujer que había enseñado a actores como Alpacino o Wopi Goldberg era una salida elegante para la familia. Por un lado, le servía a Sasha para empezar a formarse como actriz fuera del ambiente de Timbiriche.
Por otro, le permitía a la familia poner océano de por medio con todo lo que estaba pasando en Ciudad de México. Y de paso, Sasha salía de Timbiriche. Cuando ella se fue del grupo, la sustituyó otra niña que después acabaría siendo una de las grandes del pop mexicano, una niña de 14 años llamada Ariadna Talia Sodi Miranda.
Talia. Pero según lo que Sasha contó muchos años después, en aquella declaración pública de 2022, la relación con Luis de Llano no terminó en Boston. Siguió dos años más, según las palabras textuales de Sasha, hasta que ella cumplió los 18. ¿Cómo era posible que una relación así continuara con la chica viviendo en otro país y la familia ya enterada? Es una de las muchas preguntas que el caso dejó abiertas.
Sasha no ha dado más detalles públicos. Lo que sí dijo en aquella declaración pública es que durante aquellos años ella misma creía que era responsable de lo que pasaba. Una niña de 16 años internada en Boston hablando inglés a medias, lejos de su familia, creyendo que la culpa de la relación con el hombre que tenía la edad de su padre era de ella.
Eso es lo que Sasha contó. ¿Y cómo continúa una relación así? Según las propias palabras de Sasha, incluso después de que la familia la haya separado físicamente con un océano de por medio. Esa es una pregunta que el caso dejó abierta y que ni los tribunales han llegado a responder en detalle. Pero por aquellos años de Boston, Sasha también había vivido otra cosa, algo que en su momento fue rumor y que años después confirmó otra mujer del medio, Sasha Socol y Luis Miguel.
Sí, aquellos dos, Sasha y Luis Miguel, salieron juntos durante una parte de los años 80. En aquel momento, ninguno de los dos confirmó nada. Solo posaron juntos en la portada de la revista Eres y se les vio en algunos eventos. Años después, otra actriz mexicana, Rebeca de Alba, confirmó públicamente que sí, que Sasha y Luis Miguel tuvieron una relación y dijo, según se publicó en aquellas entrevistas, que el Sol de México le había hecho serenata a la puerta de la casa de Sasha, como en las películas.
Aquella relación fue corta, no duró y Sasha, una vez más eligió no hablar de ella en público, ni para confirmarla, ni para negarla. Esa decisión, mira, de no hablar de su vida personal iba a ser una constante en Sasha desde aquellos años de Boston hasta hoy. Pero el peso aquel, el peso de los 14 años, el de la relación que según ella había sido ilícita y asimétrica, seguía sin tener nombre.
Y Sasha le iba a tardar todavía 35 años más en encontrar las palabras para contarlo. Suscríbete si crees, como yo, que algunas mujeres callaron durante años cosas que no eran fáciles de contar. Aquí en el precio de ser cada semana contamos historias así, historias de mujeres que pagaron precios que nadie vio. 1987, Sasha vuelve a México.
Tiene 17 años y trae bajo el brazo un proyecto. Su primer disco como solista se llamó Simplemente Sasha y le produjo Fernando Riva, un productor independiente, ya nada que ver con Luis de Llano ni con Televisa Música. Y aquel disco, fíjate, arrasó. Sasha pasó de ser la niña de Timbiriche a ser en muy pocos meses una de las cantantes solistas más importantes del pop mexicano de finales de los 80. Hits como rueda mi mente.
Tú y yo somos uno mismo, cara o cruz. Las niñas de toda Latinoamérica copiaban su pelo, copiaban su ropa, copiaban su estilo, que era distinto al de Paulina Rubio, que había sacado disco también por aquellos años. Y Sasha, aprovechando el momento lanzó productos con su nombre, sacó una línea de joyería, sacó un perfume, se llamó Fama, pero mientras todo eso pasaba delante de las cámaras, por dentro Sasha, según contaría ella misma muchos años después, llevaba ya un tiempo rompiéndose.
Aquellos años, finales de los 80 y principios de los 90, fueron los más altos de Sasha. Cantaba, actuaba en telenovelas como Alcanzar una estrella. junto a Eduardo Capetillo y Vivi Gaitán. Presentaba programas. Salía en las portadas de Eres, de Tú, de Maricler Mexicana. Los premios Heres la nombraron una y otra vez.

Mejor cantante, mejor solista, mejor pop. Sasha estaba en la cima y siguió subiendo. En 1992 sacó un disco que se considera hoy uno de los más importantes del pop mexicano de aquella década. Se llamó Siento hits como tú eres mi mejor amigo. Buena onda, acaríciame. Aquel disco, te lo digo, sigue sonando hoy en las radios mexicanas 33 años después.
Y las niñas que hoy tienen 55 años, la mayoría de las que están escuchando esto ahora mismo, tienen recuerdos muy claros de aquella Sasha de los 90. La voz limpia, la sonrisa contenida, la elegancia rara para una chica tan joven. Lo que casi nadie sabía. Entonces, lo que ni los más cercanos podían ver era lo que estaba pasando por dentro, porque Sasha, según contó ella misma años después, llevaba mucho tiempo sin estar bien.
Y yo creo que precisamente por eso luego costó tanto darse cuenta de que algo no iba bien, porque al principio no había una cosa concreta que dijeras, “Pasa esto, era más raro que eso.” Sasha empezó a perder peso, no mucho, pero lo bastante para que se notara en cámara. En las entrevistas estaba un poco más callada de lo normal, sonreía menos.
Daba respuestas cortas. Algunos compañeros cuentan que la veían cansada, que rechazaba salidas con la pandilla del medio, que se quedaba en su camerino más tiempo del que necesitaba, ya con el maquillaje puesto y la peluca lista, simplemente sentada mirando al espejo. La gente de su alrededor se decía cosas como, “Está trabajando demasiado o está cansada de la gira o se le pasará.
” Ese tipo de cosas que dice la gente cuando no quiere preguntar. Sasha tenía 22 años. Estaba en la cima de su carrera. Acababa de sacar, uno de los discos más vendidos de México de aquel año. Llenaba palenques, llenaba auditorios, llenaba teatros y a la vez, según contó ella misma muchos años después, llevaba dentro un peso que no podía soltar.
Y cuántas mujeres en aquel México de los 90 estaban sonriendo en cámara mientras por dentro se rompían. ¿Cuántas siguen hoy, 30 años después, sosteniendo silencios parecidos? El peso de 4 años de relación con un hombre mucho mayor cuando ella era una niña, el peso de creer durante años que la culpa de aquello era suya, el peso de no poder contárselo a nadie, ni a su madre, ni a sus hermanos, ni a sus amigas más cercanas.
Y todo eso, según Sasha, empezó a salirle por dos sitios distintos. Y entonces, en 1993, Sasha desapareció. No volvió a salir en televisión, no volvió a sacar disco, no volvió a dar entrevistas, algo había pasado. Quédate porque ahora viene la parte que casi nadie conoce. Si te está gustando lo que escuchas, dale a suscribirte.
Y si ya estás dentro, déjame un comentario para que YouTube empuje este video a más personas a las que les pueda interesar. 1993. Sasha tenía 23 años y según contó ella misma a la prensa mexicana meses después había tomado una decisión que muy pocas figuras públicas mexicanas de aquel momento se atrevían a tomar. Internarse. En una clínica, Sasha desapareció de la prensa de un día para otro.
No hubo anuncios, no hubo entrevistas de despedida, simplemente dejó de salir. La gente del medio empezó a preguntar. Las revistas empezaron a especular. Algunos compañeros de Timbiriche, ya cada uno por su lado, contaban en privado que sabían algo, pero que no podían hablar. Sasha estaba en una clínica de rehabilitación y cuando salió, meses después hizo lo que casi nadie en el medio mexicano se atrevía a hacer.
Lo contó. Dijo que llevaba meses, quizá años, con dos problemas que se habían ido haciendo cada vez más grandes. El primero, una adicción a la cocaína. El segundo, un trastorno alimentario. Lo nombró ella misma con sus dos nombres clínicos, anorexia, bulimia. Lo contó así, con esas palabras en entrevistas a varias revistas mexicanas de aquellos años.
Y luego lo más importante lo contó en público, porque eso en el México de 1993 era casi inédito. Una mujer famosa en la cima de su carrera diciéndole a la prensa que tenía adicciones y un trastorno alimentario. Eso no se hacía. Imagínate por un momento cómo era aquel México de los 90, donde a una actriz le daba un colapso por agotamiento y todo el mundo entendía perfectamente que aquello era otra cosa, pero nadie lo decía en voz alta.
La gente del medio escondía esas cosas, las tapaba, las disfrazaba de agotamiento o de problemas familiares o de crisis nerviosa. Sasha decidió contarlo. Y aquello, fíjate, ya entonces fue un acto de valentía. Lo que ella no entendía aún, según contó muchos años después, era de dónde venían esas dos enfermedades.
Y si aquellas dos enfermedades que casi se la llevan a los 23 años no habían empezado realmente en los 90 y si llevaban dentro de Sasha desde mucho antes esperando un sitio por donde salir, eso lo iba a entender 30 años más tarde. Sasha estuvo casi 2 años retirada recuperándose. Cuando volvió en 1995, no quiso volver al mismo sitio.
Hizo algo raro para alguien que había sido el top pop icon de México. Empezó a trabajar como conductora de programas culturales en canales menos masivos. Hizo cultura en línea en Canal 11, después Óper canal 22. Programas pequeños, programas serios, programas de los que en aquella época veía poca gente, pero la que veía estaba interesada de verdad.
Sasha también empezó a colaborar con organizaciones medioambientales. Se metió en Greenpeace. Hizo documentales con National Geographic sobre conservación de la naturaleza en México y Centroamérica. Aprendió a tocar instrumentos, estudió, compuso, sacó algún disco más, pero ya no estaba en aquella cima, ya no llenaba estadios, ya no salía en las portadas y parecía que prefería eso.
Por primera vez desde que tenía 12 años, Sasha ya no tenía que ser Sasha de Timbiriche todos los días. Ya no tenía que sonreír en cámara, ya no tenía que decir lo que esperaban que dijera. Y quizá por primera vez en mucho tiempo empezó a vivir una vida que no dependía de gustarle a todo el mundo. En las pocas entrevistas que dio en aquellos años, Sasha hablaba de paz, de silencio, de vivir más despacio, de aprender a estar sola consigo misma.
Por dentro, según contó después, seguía intentando entenderse. Iba a terapia, leía, hablaba con otras mujeres, pero el peso aquel, el de los 14 años, seguía sin tener nombre y le iba a tardar todavía dos décadas más en encontrar las palabras. Por esos años, Sasha conoció a un hombre.
Se llamaba Alejandro Soberón Curi. Era 10 años mayor que ella. Había nacido en 1960 en Ciudad de México. Era empresario y no de los pequeños. Alejandro Soberón es uno de los hombres más poderosos del entretenimiento mexicano. Fundó la Corporación Interamericana de Entretenimiento, la CIE, la empresa dueña de Ocesa, la productora de los conciertos más grandes de México.
Sí, los del Foro Sol, los del Palacio de los Deportes, los del Estadio Azteca. Alejandro Soberón es el hombre que organiza el Gran Premio de México de Fórmula 1 cada año, el que trae a los conciertos masivos a México, el que está detrás de la mayoría de los grandes eventos del país, es, te lo digo, uno de los empresarios más importantes de la industria del entretenimiento de toda Latinoamérica.
Y Sasha empezó a salir con él. Lo hicieron muy a su manera. Llevan juntos, según se ha contado en la prensa mexicana, más de 11 años y casi nunca se les ha visto en eventos públicos juntos. Han mantenido la relación lo más privada posible, lejos del ojo mediático. No se sabe si están legalmente casados. Algunos medios mexicanos dicen que sí, otros dicen que viven juntos sin papeles.
Ellos no lo han confirmado y aquello, mira, dice bastante sobre quién es Sasha, porque Sasha, después de pasar 20 años de su vida siendo la cara de las revistas mexicanas, eligió, cuando llegó al amor adulto, vivirlo en silencio, lejos de cámaras, lejos de Televisa, lejos del mundo que había sido el suyo desde los 12 años.
Cuando se les ha visto juntos, en alguna ocasión ha sido en eventos deportivos como el Gran Premio de México de Fórmula 1, donde Alejandro trabaja, o en alguna foto que Sasha ha subido a su Instagram en silencio, sin grandes declaraciones. Sasha eligió eso. Lo que tantas mujeres mexicanas en aquel medio del espectáculo donde todo se cuenta, no habían podido permitirse nunca, la privacidad.
Y entonces llegaron los años del MIT. 2017, 2018, 2019. En Estados Unidos primero, después en todo el mundo, mujeres famosas empezaron a contar cosas que llevaban años calladas sobre productores, sobre directores, sobre ejecutivos, sobre hombres con poder en la industria del cine, de la música, del entretenimiento. Casos como el de Harvey Weinstein en Hollywood, como el de Roman Polansky, que volvió a salir a flote, como el de Kevin Spacey.
En México la cosa tardó más en arrancar, pero arrancó. La actriz Carla Souza salió a contar que había sido víctima de un director mexicano. La actriz Olga Bresca contó lo suyo. Otras mujeres del medio fueron animándose una detrás de otra y Sasha, según contó después, empezó a darse cuenta de algo, de que lo que ella había vivido a los 14 años, lo que durante cuatro décadas había llamado para sí misma, mi relación rara con un hombre mucho mayor, tenía un nombre y de que la culpa, según lo que ella misma fue entendiendo en terapia, no había sido suya. Pero llegar a
entenderlo, mira, le costó. Sasha empezó a ir a terapia más en serio, empezó a leer, empezó a hablar con otras mujeres que habían pasado por cosas parecidas y empezó a sospechar que las dos enfermedades de los 90, la adicción a la cocaína y el trastorno alimentario, no habían sido cosas separadas, que habían sido la forma en que su cuerpo de 22 años había intentado tragarse lo que no podía decir, pero todavía no estaba lista para contarlo en público hasta que pasó algo.
En febrero de 2022, el señor de Llano fue invitado al programa de YouTube de Jordi Rosado, un programa muy visto en México, una especie de entrevista larga en vivo con un público muy fiel. Y en esa entrevista, según se vio entonces, habló sobre su relación con una cantante de Timbiriche. Habló de ella sin nombrarla, pero por la edad, por la época, por las descripciones, todos los espectadores supieron de quién hablaba.
Cuando Sasha vio aquel video, según contó después en sus propias palabras, sintió que ya no podía más. ¿Qué tiene que pasar dentro de una persona para decidir hablar décadas después? ¿Qué interruptor se mueve? ¿Qué cosa se rompe del todo? ¿Qué peso se vuelve por fin insoportable? Sasha decidió que el 8 de marzo, en el día internacional de la mujer iba a hablar.
Ya sabes lo que pasó después de aquel 8 de marzo, porque te lo conté al principio del vídeo. Sasha publicó la declaración. El internet estalló. Las redes mexicanas estuvieron tres días hablando solo de eso. Una parte de la gente la apoyó. Cantes como Paulina Rubio, su compañera de Timbiriche, actrices, periodistas, mujeres que habían pasado por cosas parecidas, salieron a respaldarla.
Le agradecieron en redes y en entrevistas que hubiera hablado. Salieron incluso otras voces. La actriz mexicana Alejandra Ávalos contó públicamente que tenía una prima que también habría sido víctima del señor de Llano, según ella en aquellos años. Esa prima nunca habló en público, pero Alejandra Ávalos sí lo contó. Otra parte de la gente, mira, criticó a Sasha.
Decían que por qué hablaba ahora tantos años después. Decían que en los años 80 era otra época. Decían que sus padres también tenían parte de culpa por haberlo permitido. Y aquí, mira, te cuento un detalle importante, porque la madre de Sasha, Magdalena Quilleriy, salió a hablar también. En una entrevista, Magdalena confirmó lo que la propia Sasha había escrito, que la familia se había enterado de la relación y dijo palabras textuales según los medios mexicanos que la entrevistaron, que en aquellos años 80 nadie en su entorno sabía cómo manejar una situación
así, que pidieron consejo, que no supieron qué hacer, que la mandaron a Boston pensando que aquello iba a cortar la cosa. Esa fue la versión de la madre. Según contó, Sasha respondió a todo aquel debate con calma, con la misma elegancia rara de cuando tenía 14 años. dijo que entendía que para mucha gente fuera incómodo, que sabía que el debate era duro, pero que ella por primera vez en su vida, era capaz de poner palabras a lo que le había pasado.
Y dijo también que no lo hacía solo por ella, que lo hacía por todas las mujeres que estaban guardando un silencio parecido. Sasha decidió ir a los tribunales, no por la vía penal, porque los hechos eran demasiado antiguos para eso. En México, los delitos sexuales prescribían en ese momento, a los pocos años.
La vía penal estaba cerrada, sino por la vía civil, por daño moral. Sus abogados argumentaron que el daño que aquella relación le había causado a Sasha, según ella misma había declarado, había sido continuo durante toda su vida adulta, que las consecuencias, según los testimonios médicos y psicológicos, seguían afectándola hoy y que, por tanto, el daño no había prescrito.
El caso fue largo, 3 años, 3 años de papeleo, de audiencias, de idas y vueltas con los abogados del otro lado. El señor de Llano intentó frenarlo con un amparo. Argumentó que se habían violado sus derechos. Argumentó, según se publicó en los medios mexicanos, que los padres de Sasha estaban al tanto de la relación.
Argumentó que él no había cometido delito alguno. El amparo fue negado. Y en junio de 2025, hace menos de un año, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la SCJN, la máxima autoridad judicial de México, ratificó la condena. Es decir, los jueces le dieron la razón a Sasha. Las medidas que la sentencia impuso al señor de Llano fueron cuatro.
Una, reparar el daño con una indemnización económica a Sasha. Dos, ofrecer una disculpa pública en los mismos medios donde había hablado de ella anteriormente. Tres, tomar un curso especializado de prevención de conductas abusivas. Cuatro, no volver a mencionar el nombre de Sasha Socol en público nunca más.

Y aquí, mira, está el último capítulo de esta historia, el que pasó hace dos meses. En marzo de 2026, hace muy poco, Sasha Socol volvió a salir en redes sociales. Era de nuevo el 8 de marzo, el día internacional de la mujer, pero esta vez el cuarto aniversario de aquella primera declaración suya. Y según contó la propia Sasha, había publicado el mensaje porque el señor de Llano, según ella, no había cumplido con la sentencia, no había ofrecido la disculpa pública, no había pagado la indemnización, no había hecho el curso.
La fecha límite que el tribunal había puesto el 9 de enero de 2026 había pasado. Y nada, Sasha lo denunció públicamente sin gritar, sin victimizarse, solo contándolo. Y a día de hoy, según las últimas declaraciones públicas de la propia Sasha, el señor De Llano sigue sin cumplir las medidas de la sentencia.
El caso, en lo legal sigue abierto. En lo personal, según ha contado Sasha, ella ya hizo lo que tenía que hacer. Lo importante para ella, dijo, no fue ganar el juicio, fue dejar el precedente, porque desde la sentencia de 2025 en México, las víctimas de abuso infantil pueden presentar denuncias civiles por daño moral, aunque hayan pasado décadas.
Antes no se podía y eso, según Sasha, valía más que cualquier indemnización. La sentencia abrió una puerta y desde entonces, según los abogados especializados en derecho de familia y derechos de las mujeres en México, han llegado más casos. Mujeres que se enteraron por Sasha de que podían denunciar, mujeres que habían callado durante décadas.
Eso es lo que Sasha quería y eso es, según las últimas entrevistas que dio, lo que más le importa hoy. No el juicio en sí, sino las puertas que se abrieron para otras. Hay algo en esta historia que 4 años después de aquel 8 de marzo sigue sin terminar, porque Sasha Socol pasó 40 años creyendo, según ella misma dijo, que la culpa era suya.
40 años cantando en escenarios, 40 años sacando discos, 40 años llenando portadas, 40 años en la cima del pop mexicano y a la vez, según sus propias palabras, todos esos años sin poder contar ni a sí misma lo que le había pasado con 14 años. en aquel ambiente de Televisa de los 80 con un hombre que tenía la misma edad que su madre y un año más que su padre biológico.
Cuando por fin lo contó, con 51 años cumplidos, lo hizo con la elegancia rara que siempre tuvo desde niña, sin gritar, sin victimizarse, con frases medidas escritas dos veces antes de pulsar publicar. Para muchas personas, aquella declaración de Sasha de 2022 cambió algo en México. Desde entonces, según se ha contado en distintos medios mexicanos, muchas mujeres han dicho sentirse identificadas y otras han salido a hablar después porque según ellas mismas explicaron, Sasha habló primero.
Sasha eligió hablar y eso no fue fácil. ¿Y tú, cuánto tiempo llevas tú sin contar algo que sabes que algún día tendrás que poner por escrito? ¿Cuántas mujeres conoces que llevan dentro una frase parecida a la de Sasha? Mi única responsabilidad fue guardar silencio. Eso lo dijo Sasha por todas. Quizá por eso tanta gente sintió que aquella declaración no hablaba solo de ella, hablaba también de todas las mujeres que crecieron aprendiendo que ciertas cosas era mejor no contarlas.
Y este fue el precio que pagó Sasha Socol por ser quien fue. Gracias de verdad por quedarte conmigo hasta el final. Y ahora cuéntame tú. ¿Cómo recuerdas a Sasha? Porque yo tengo la sensación de que muchas de nosotras la conocimos casi sin darnos cuenta. Desde una radio en la cocina, desde una portada de revista en la sala de espera del dentista, desde el cassete que reproducíamos en el Walkman hasta que se gastó, sin saber que aquella niña de 12 años que cantaba con Timbiriche llevaba dentro un silencio que, según sus propias palabras iba a
tardar 40 años en poder soltar. Y si todavía no estás suscrito, suscríbete ahora, porque aquí en El precio de ser seguimos contando las historias completas, las bonitas y las que dolieron de verdad. Nos vemos en la próxima. Cuídate mucho.