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Reina Sofía: Se Sacrificó… Para Salvar a Su Único Hijo

Lo que no conocía entonces ninguna de sus damas de compañía y lo que solo trascendería parcialmente años después, a través de testimonios dispersos, es que Sofía, en ese otoño de 1997 había comenzado a escribir no sus memorias, no un diario en el sentido convencional, sino algo que la dama de compañía más cercana a ella describió en una entrevista de 2020 como cuadernos de silencio, hojas sueltas en griego.

escritas a mano con una caligrafía menuda y apretada que Sofía guardaba en el cajón con llave de su escritorio privado. La dama de compañía nunca los leyó, nadie los leyó. Pero según el testimonio, cada vez que Sofía salía del despacho después de una de esas tardes largas y solitarias, sus ojos tenían una calma diferente, como si hubiera encontrado en esas páginas escritas en la lengua de su infancia un lugar donde ser por unas horas simplemente Sofi, la niña que había corrido descalza por los jardines del palacio de Tatoy antes de

que la guerra lo cambiara todo. noviembre de 1998, el viaje que nadie supo. En noviembre de 1998, la reina Sofía realizó un viaje que prácticamente ninguna biografía recoge con la atención que merece. Viajó oficialmente a Grecia para asistir a una serie de actos conmemorativos relacionados con la historia de la familia real griega.

Era un viaje de 4 días. Juan Carlos no la acompañó. Sus hijos no la acompañaron. viajó con una delegación mínima de dos damas de compañía y dos agentes de seguridad. Lo que ocurrió durante ese viaje, según el testimonio de una de las damas de compañía, en una entrevista anónima publicada en 2020 fue algo que la dama de compañía no había podido olvidar en 22 años.

El segundo día del viaje, después de los actos oficiales de la mañana, Sofía pidió que le prepararan un vehículo sin escolta visible. quería dar un paseo por Atenas como una persona común. La dama de compañía intentó disuadirla argumentando razones de seguridad. Sofía la miró y le dijo únicamente, “Llevo 40 años siendo custodiada en todas partes.

Dame 4 horas para caminar por mi ciudad sin que nadie me proteja de nada.” Durante esas 4 horas, según la dama de compañía, que la siguió discretamente a distancia con instrucciones de no acercarse salvo emergencia, Sofía recorrió a pie tres barrios de Atenas. Visitó el mercado popular de Monastiraki, donde de niña había ido con su niñera Anastasia a comprar pan.

se detuvo durante 20 minutos frente a una panadería que según ella era el mismo local, aunque el edificio había sido completamente reformado. Comió un pedazo de pan con aceite en la acera, como lo hacía cualquier persona del barrio. Y según la dama de compañía, que la observaba desde la distancia, lloró durante esos 20 minutos frente a la panadería sin disimulo, sin morder el labio inferior para contener el sonido, sin minar si alguien la veía.

Lloró libremente, como no había llorado en público desde que tenía 4 años. Y su madre, Federica, le había enseñado que las princesas no muestran sus emociones en la calle. Cuando la dama de compañía le preguntó esa noche en el hotel qué había sentido durante el paseo, Sofía estuvo en silencio durante un momento largo.

[resoplido] Luego respondió en griego la lengua que ya casi no utilizaba en su vida cotidiana. Hoy fui por unas horas la Sofi que no pudo ser. Mañana volveré a ser la reina que tuve que ser. Pero hay un detalle del viaje a Atenas de 1998 que ninguna entrevista ha recogido con suficiente extensión.

La tarde del tercer día, antes del último acto oficial, Sofía pidió que la llevaran al primer cementerio de Atenas, donde descansaban algunos de sus antepasados. La dama de compañía la acompañó esta vez de cerca a petición de la propia Sofía. Durante casi una hora, Sofía caminó en silencio entre las tumbas antiguas. Se detuvo frente a varias lápidas sin decir nada.

Y según la dama de compañía, en un momento dado, Sofía se agachó junto a una tumba modesta, sin inscripción real, y depositó sobre ella un pequeño ramo de rosas blancas que había comprado esa mañana en el mercado de Monastiraki. La dama de compañía, que no reconoció la tumba, preguntó con discreción de quién era esa persona.

Sofía, sin levantar los ojos de la lápida, respondió en voz muy baja. era la hija de Anastasia. Mi niñera tenía una hija de mi edad que murió de fiebre tifoidea en 1943 mientras yo estaba en Sudáfrica. Nunca pude acompañarla y 60 años después me parece que es lo menos que puedo hacer. Esa imagen, una reina de 60 años arrodillada ante la tumba de la hija de su antigua niñera en un cementerio de Atenas captura una dimensión de Sofía que las cámaras de televisión nunca alcanzaron a mostrar al mundo.

La dimensión de una mujer que no había olvidado nada de lo que había sido antes de convertirse en reina. Una mujer que llevaba dentro, perfectamente conservada debajo de décadas de protocolo y dignidad pública, a la pequeña Sofie, que lloraba en un avión militar porque su niñera Anastasia no había podido subir con ella.

El cuarto y último día del viaje a Atenas transcurrió sin incidentes reseñables. Sofía cumplió con todos los actos oficiales previstos, dio los discursos correspondientes, estrechó las manos indicadas, sonrió ante las cámaras en los momentos exactos en que era necesario hacerlo. Pero según la dama de compañía, en el avión de regreso a Madrid, cuando las luces de Atenas fueron desapareciendo bajo las nubes y el Mediterráneo se extendió oscuro bajo el aparato, Sofía se giró hacia la ventanilla y puso la mano abierta sobre

el cristal durante varios minutos, como si estuviera tratando de tocar algo que quedaba detrás del vidrio, como si hubiera dejado en aquella ciudad, en aquel mercado, frente a aquella panadería reformada. en aquella tumba de cementerio, algo que no iba a poder llevarse consigo de vuelta al Palacio de Madrid.

Madrid, primavera de 2000, la conversación con Felipe. Hay un episodio de la primavera del año 2000 que ninguna biografía oficial menciona y que solo salió a la luz en 2019 a través de las memorias anónimas de un empleado de confianza del Palacio de la Zarzuela, que había trabajado allí durante más de 20 años. El episodio involucra a Sofía y a su hijo Felipe, el príncipe heredero que por entonces tenía 32 años.

Felipe, según el empleado, había solicitado una conversación privada con su madre una tarde de abril. La conversación duró 3 horas. El empleado no escuchó el contenido, pero estuvo de guardia en el pasillo durante toda la reunión y pudo observar el antes y el después. Felipe entró al despacho de su madre con cara de preocupación. Cuando salió tres horas después, según el empleado, tenía los ojos húmedos.

Miró al empleado en el pasillo y le dijo una sola cosa antes de alejarse hacia sus habitaciones. Mi madre es la persona más valiente que he conocido en mi vida y es una injusticia que el mundo no lo sepa. Lo que habían hablado madre e hijo esa tarde de abril del año 2000, según las fuentes cercanas a la familia real que confirmaron el episodio décadas después, era la pregunta que Felipe llevaba años queriendo hacerle a su madre y que siempre había postergado.

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