Pero esa vida nómada también dejó algo más profundo en ella. Una niña que cambia de país cada pocos años aprende, sin que nadie se lo enseñe, que las fronteras son inventos de los hombres. Aprende que un ser humano vale lo mismo en el Cairo que en Londres. en Roma que en Amán. Aprende a no juzgar por el origen, por la religión, por la clase social.
Y esa lección, aprendida en la maleta y en el desarraigo de la infancia sería la que más tarde la llevaría a abrazar a una huérfana de un campo de refugiados como si fuera su propia hija. La compasión de Alia nació en esos años de niña sin patria fija. En Londres asistió a la escuela junto a su hermano menor. Aprendió un inglés perfecto sin acento.
En Roma, donde la familia se estableció durante 5 años, Alia floreció. La ciudad eterna, con su arte, su historia y su belleza desbordante, dejó una marca permanente en ella. Aprendió italiano con fluidez, caminó entre las ruinas del foro romano, visitó los museos vaticanos, se empapó de una cultura europea que conviviría para siempre con sus raíces árabes.
Roma le enseñó a amar la belleza, el arte, la historia. Roma la convirtió en una mujer de mundo antes incluso de ser adulta. Y aquí está una de las claves para entender a Ali Tucan. Era a la vez completamente árabe y completamente cosmopolita. Llevaba en la sangre la dignidad de Naplusa y en la mente la sofisticación de Roma y Londres.
Hablaba árabe, inglés e italiano con la misma naturalidad. Podía recitar poesía árabe clásica y debatir sobre cine europeo en la misma conversación. era moderna sin renunciar a sus orígenes, era libre sin perder sus raíces. Y esa combinación tan rara, tan luminosa, sería al mismo tiempo su mayor atractivo y la fuente de muchos de sus problemas, porque el mundo muchas veces no sabe qué hacer con las personas que no encajan en una sola casilla.
Quienes la conocieron en esos años la recuerdan como una joven elegante, hermosa y dulce, pero detrás de la dulzura había una mente afilada y una voluntad inquebrantable. Alia no era una belleza pasiva de esas que solo adornan. Era una mujer que pensaba, que opinaba, que cuestionaba, leía vorazmente, se interesaba por la política, por los deportes, por la escritura.
Tenía opiniones propias sobre todo y no le daba miedo expresarlas, algo poco común para una mujer árabe de su generación. Sus amigas de la universidad la recordarían años después como alguien que se destacaba en cualquier grupo, no por arrogancia, sino por una luz natural que parecía emanar de ella. Era de las personas que iluminan una habitación al entrar, generosa con su tiempo, leal con sus amistades, curiosa por todo y por todos.
Practicaba deportes con la misma pasión con la que devoraba libros. soñaba en voz alta con un futuro en el que pudiera dejar una marca en el mundo. Nada en aquella joven brillante anunciaba una corona, pero todo en ella anunciaba que estaba destinada a algo más grande que una vida ordinaria. Cuando llegó el momento de la universidad, Alia eligió un camino poco común para una joven árabe de su época.
Estudió ciencias políticas con estudios de psicología social y relaciones públicas en centros universitarios en Roma y Nueva York. No estudió para ser una esposa decorativa, no estudió para encontrar marido, que era lo que se esperaba de las jóvenes de su clase. Estudió para tener una carrera, para tener una voz, para tener un lugar en el mundo de las ideas y del poder.
Nueva York en particular la marcó. La gran ciudad estadounidense, vibrante y libre, llena de mujeres que trabajaban y decidían sobre sus propias vidas, le mostró un futuro posible que en el mundo árabe todavía parecía un sueño lejano. Al tenía un sueño concreto. Quería ser diplomática como su padre. Quería representar a su país, viajar por el mundo, sentarse en las mesas donde se tomaban las decisiones que cambiaban la historia.
Era ambiciosa en el mejor sentido de la palabra. ¿Tú qué harías si descubrieras que alguien con todo el talento del mundo fue frenado simplemente por su género? Cuéntanos en los comentarios. Queremos saber tu opinión. Pero había un problema y ese problema tenía que ver con el simple hecho de haber nacido mujer. En la Jordania de los años 60 y 70, una mujer diplomática era prácticamente impensable.
El mundo de la diplomacia árabe era un club cerrado de hombres. Las puertas que se abrían sin esfuerzo para su padre permanecían cerradas para ella, no por falta de talento ni de preparación, sino simplemente por su género. Alia chocó por primera vez contra ese muro invisible que tantas mujeres brillantes han conocido a lo largo de la historia.
El muro que dice, “Hasta aquí puedes llegar y ni un paso más.” El muro que no se ve, pero que detiene los sueños con la misma eficacia que una pared de piedra. Fue una decepción amarga. Toda su educación, todos sus idiomas, todo su talento parecían chocar contra un techo que ella no había puesto y que no podía romper sola.
Pero Alia no era de las que se rinden. Si no podía ser diplomática por la puerta grande, encontraría otra forma de servir, otra forma de estar cerca del poder y de la gente. En 1971 tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida sin que ella lo supiera todavía. decidió regresar a Jordania, al país de su familia, y construir allí su futuro, a pesar de los muros, a pesar de los obstáculos.
De regreso en Amán, Alia consiguió un trabajo que era lo más cercano a la diplomacia que el sistema le permitía. Oficial de relaciones públicas de la Aerolínea Nacional de Jordania. Era un puesto cuasi diplomático, perfecto para una mujer con su encanto, su educación y su dominio de idiomas. recibía a delegaciones extranjeras, organizaba eventos, representaba a la aerolínea ante el mundo y lo hacía con una elegancia y una eficiencia que pronto llamaron la atención de todos.
Donde otros veían a una simple empleada, los que sabían mirar veían a una mujer excepcional, incluida muy pronto la mirada de un hombre muy poderoso. Ese hombre era el rey de Jordania. Para entender la magnitud de lo que vendría, hay que entender quién era Hussein. Para entonces ya era una figura legendaria en todo Oriente Medio.
Había subido al trono en 1953, siendo apenas un adolescente de 17 años después de que su padre fuera declarado incapaz de gobernar por motivos de salud. Imaginen a un muchacho de 17 años cargando sobre sus hombros peso de un reino entero en una de las regiones más volátiles del planeta. Hussein había gobernado a través de guerras, golpes de estado, conspiraciones y traiciones.
Había visto a su propio abuelo ser asesinado a tiros frente a sus ojos en Jerusalén, cuando él era apenas un niño de 15 años. Una bala destinada al joven príncipe rebotó en una medalla que su abuelo le había insistido en ponerse, salvándole la vida de milagro. Desde entonces, Jusin había sobrevivido a más atentados contra su vida de los que se podían contar.
Era, sin exagerar, uno de los hombres que más veces había burlado a la muerte en el siglo XX. Era un hombre valiente, carismático, profundamente querido por gran parte de su pueblo. Un rey que pilotaba sus propios aviones, que conducía sus propios carros, que se mezclaba con la gente común sin el muro de los guardaespaldas.
Pero detrás de esa imagen pública de monarca seguro de sí mismo, había un hombre solo. La corona era una carga pesadísima, una soledad que pocos podían comprender. En el amor, Jussein no había encontrado la paz que buscaba. Su primer matrimonio había terminado en divorcio tras apenas año y medio.
Su segundo matrimonio le había dado cuatro hijos, pero también se estaba apagando lentamente. Hussein era un hombre de pasiones intensas, de corazón ardiente y a comienzos de los años 70 su corazón estaba inquieto buscando algo que aún no había encontrado. Y entonces el destino hizo su jugada maestra. Hussein y Alia se encontraron en una celebración familiar.
El rey miró a aquella mujer hermosa y elegante, de mirada inteligente y porte seguro, y no la reconoció. Se quedó intrigado. Le preguntó a uno de sus allegados quién era esa mujer y la respuesta lo dejó atónito. En realidad, Hussein conocía a Alia desde que ella era una niña pequeña. Años atrás, cuando Hussein era todavía estudiante en el Cairo, pasaba algunas de sus vacaciones en la casa del embajador Tucán, es decir, en la casa de la familia de Alia.
El joven príncipe, que aún no era rey, había visto aquella niña corretear por los pasillos, jugar en los jardines, sin imaginar jamás que un día se convertiría en la mujer más importante de su vida. El tiempo es a veces un guionista cruel y poético a la vez. Había sembrado décadas antes la semilla de un amor que nadie habría podido predecir.
La niña que el joven príncipe apenas notó se había convertido en la mujer que le robaría el corazón al rey. A partir de ese reencuentro, todo sucedió con una rapidez que escandalizó a la corte. Hussein, fascinado por la inteligencia, la belleza y la frescura de Alia, buscó la manera de tenerla cerca. le pidió que supervisara los preparativos del primer festival internacional de esquí acuático que se celebraría en Acaba, la única salida al mar de Jordania, en septiembre de 1972.
Era una excusa perfecta. Acaba con sus aguas turquesas del Mar Rojo, su sol radiante y sus arrecifes de coral. Era el escenario ideal para que el rey y la oficial de relaciones públicas trabajaran codo a codo. Y mientras planeaban juntos aquel festival a orillas del Mar Rojo, entre las aguas cristalinas y el sol del desierto, ocurrió lo inevitable.
El rey de Jordania y la hija del embajador se enamoraron perdidamente. No fue un capricho, no fue una atracción pasajera, fue el reconocimiento de dos almas que se complementaban. Jussein encontró en Alia lo que había buscado en vano durante toda su vida. Una compañera de verdad, una mujer que podía estar a su altura intelectual, que entendía el mundo, que hablaba su idioma y el de Occilente, que no le tenía miedo ni a él ni a su corona.
Y Alia encontró en Hussein a un hombre que la veía completa, que valoraba su mente además de su belleza, que no quería domesticarla, sino tenerla a su lado como igual. Pero había un obstáculo enorme, casi insalvable. Jusin todavía estaba casado y para unirse a Alia tendría que divorciarse. La decisión causó dolor, controversia y murmullos en toda la corte y en todo el reino. Pero Jussein estaba decidido.
Cuando aquel hombre que había sobrevivido a tantas muertes decidía algo del corazón, nada lo detenía. El 21 de diciembre de 1972 se formalizó el divorcio. Tres días después, el 24 de diciembre de 1972, la víspera del cumpleaños número 24 de Alia se casaron. La ceremonia fue íntima, privada, con apenas una docena de invitados celebrada en la casa del padre de la novia, sin la pompa habitual de las bodas reales, sin las multitudes, sin los desfiles, sin las cámaras del mundo entero.
Solo el rey y la mujer que amaba, uniéndose en un acto sencillo, casi secreto. Y aquí Juséin hizo algo profundamente significativo. A sus esposas anteriores nunca les había otorgado el título de reina. Aia, en cambio, la nombró reina. Era una declaración pública del lugar que ocupaba en su vida. Era decirle al mundo entero que esta mujer era diferente, que era su igual, que era su reina y quería que todos lo supieran.
Pero ser reina de Jordania en 1972 no era ningún cuento de hadas. Alia llegó al trono con sus propias ideas, su propio estilo, su propia forma de entender el mundo. Y ese estilo chocó de frente con un estruendo casi audible contra la sociedad profundamente conservadora que la rodeaba. Alia manejaba carros deportivos a toda velocidad por las carreteras del reino.
Andaba en moto sintiendo el viento en la cara, en un país donde muchas mujeres ni siquiera podían salir solas a la calle. Practicaba deportes acuáticos en las aguas de Acaba. Usaba pantalones de mezclilla, prendas que en Occidente eran lo más normal del mundo, pero que en el amán de los años 70 resultaban casi revolucionarias.
aparecía en público sin velo, con la cabeza descubierta, el cabello suelto al viento, la mirada de frente. Para los aristócratas musulmanes más conservadores de Amán, para las viejas familias tribales que veían en las tradiciones el cimiento de su identidad, todo esto era profundamente perturbador. Las murmuraciones corrían por los salones de la alta sociedad.
Decían que no era una verdadera reina árabe, que su comportamiento era impropio, que daba mal ejemplo. Las críticas eran constantes, a veces crueles. Pero Balia no cambió, no se doblegó, no escondió quién era para complacer a quienes nunca estarían contentos. Y poco a poco algo extraordinario empezó a suceder, algo que los aristócratas conservadores no habían previsto.
El pueblo, la gente común, los campesinos, los obreros, las mujeres de los pueblos empezaron a amarla porque detrás de los jeans y los carros deportivos había algo mucho más profundo y más raro en una reina. Una mujer que de verdad se preocupaba por ellos, que de verdad los veía, que de verdad quería mejorar sus vidas. Si hubiera sido una mujer en aquella Jordania de los años 70, ¿te habrías atrevido a defender tus ideas como lo hizo Alia? ¿O el peso de la sociedad te habría silenciado? Déjanos tu respuesta en los comentarios. Nos encanta leer lo
que piensan. Porque Alia no era simplemente una reina moderna en lo superficial, era una reformadora en lo profundo, en lo que de verdad importa. fundó una institución que le dio un papel activo y público en los asuntos del reino, algo absolutamente inédito hasta entonces. Antes de ella, las esposas de los reyes jordanos habían sido figuras decorativas, presencias silenciosas en las fotografías oficiales.
Al rompió ese molde para siempre. El modelo que ella creó sería seguido por todas sus sucesoras. Las reinas que vinieron después de ella construyeron sus papeles públicos sobre los cimientos que Alia había puesto. Pero ella fue la primera. Ella abrió el camino. Ella derribó la primera puerta. Ella demostró que una reina podía ser mucho más que un adorno junto al trono.
Cada vez que hoy vemos a una reina árabe moderna trabajando por causas sociales, estamos viendo, sin saberlo, la herencia de Alia Tucán. financió proyectos de desarrollo social con un énfasis particular en las mujeres y los niños, los más vulnerables de toda sociedad. Le apasionaban el arte y la literatura, esa herencia de la familia de poetas de la que venía y por eso impulsó la creación de bibliotecas por todo el país.
Quería que su pueblo leyera, que aprendiera, que tuviera acceso al conocimiento que a ella le había abierto tantas puertas en la vida. sabía, porque lo había vivido, que la educación era la llave que podía liberar a las personas de la pobreza y de la ignorancia. Pero quizá lo más valiente que hizo Alia, lo que más coraje requería en su contexto, fue su lucha por los derechos políticos de las mujeres.
En un país profundamente patriarcal, donde la voz de la mujer apenas contaba, ella alzó la suya por el sufragio femenino, por el derecho de las mujeres a votar y a ser elegidas para el parlamento. Imaginen el coraje que eso requería. una reina joven en los años 70s en Oriente Medio, exigiendo que las mujeres tuvieran voz política.
En abril de 1974 se promulgó una ley que otorgaba ese derecho a las mujeres jordanas. Fue un avance histórico monumental, aunque las circunstancias políticas del país impedirían su aplicación plena durante muchos años. Pero la semilla estaba sembrada y nadie podría arrancarla. La había sembrado una reina que apenas pasaba de los 25 años, una mujer que se negaba con todas sus fuerzas a aceptar que las mujeres valieran menos que los hombres.
Para los conservadores, esto era la prueba definitiva de su peligrosidad. Para las mujeres de Jordania, era la primera vez que alguien en el poder peleaba por ellas. Había algo más en Alia que conquistó el corazón del pueblo, algo que la hacía única entre las figuras de la realeza. Visitaba hospitales, escuelas e instituciones del Estado sin avisar, sin protocolo previo.
No quería las versiones preparadas y maquilladas que normalmente se mostraban a la realeza. Quería ver la realidad cruda, la verdad sin adornos. Quería saber cómo trataban de verdad a los enfermos en los hospitales. Cómo enseñaban de verdad a los niños en las escuelas. Cómo vivía de verdad su gente lejos de los palacios.
Y cuando encontraba problemas, cuando veía negligencia, suciedad o abandono, exigía soluciones de inmediato. No toleraba que su pueblo fuera maltratado. Esa costumbre de las visitas sorpresa, esa necesidad casi obsesiva de ver con sus propios ojos y de ayudar con sus propias manos, definía quién era Alia.
Pero esa misma virtud, esa misma entrega, esa misma costumbre de ir a donde hiciera falta sin importar nada sería trágicamente, al final de todo, la causa directa de su muerte. Mientras tanto, la familia crecía con la alegría de los hijos. En mayo de 1974 nació una niña, la princesa Aya, quien décadas después se convertiría en una figura internacional de gran renombre.
En diciembre de 1975, dos días antes del cumpleaños de su madre, nació un varón, el príncipe Alí, dos hijos pequeños que llenaban de risas y de vida los palacios de Amán. Pero hubo un tercer hijo en la familia y la historia de cómo llegó dice todo, absolutamente todo, sobre quién era Alia Tucán en lo más profundo de su alma.
Cerca del aeropuerto de Amán, en un campo de refugiados palestinos, había ocurrido un accidente terrible. Un avión se había estrellado sobre el campamento. Entre las víctimas había una madre que dejó huérfana a una niña pequeña llamada Abir Mujaisen. Sola en el mundo, sin madre, sin hogar, sin futuro, una más entre los miles de niños palestinos que el destino había golpeado sin piedad.
Tiempo después, Alia conoció la historia de esa niña sola en el mundo y no pudo. No quiso quedarse de brazos cruzados. La reina de Jordania, que podría haber enviado simplemente una donación generosa y seguir con su vida, que podría haber ordenado a alguien que se encargara del asunto, decidió hacer algo infinitamente más profundo y más humano.
Adoptó a Abir, la llevó al palacio, la crió como su propia hija junto a Aya y a Alí, sin distinción, sin diferencia. Una huérfana de un campo de refugiados convertida en la hija adoptiva de la reina de Jordania. Era el reflejo perfecto del alma de Alia, una mujer que no veía las diferencias de clase, de origen, de fortuna.
Una mujer que veía a un ser humano pequeño que necesitaba amor y se lo daba sin condiciones, sin cálculos, sin esperar nada a cambio. Y hay una ironía terrible y casi insoportable enterrada en esta historia. La madre de Abir había muerto en un accidente de avión y Alia, la mujer que rescató a esa huérfana y le dio un hogar, moriría también en un accidente aéreo.
La niña perdió a dos madres por la misma causa. Primero a la que le dio la vida, después a la que le dio el amor. Pero antes de esa tragedia final hubo amor, mucho amor, años de amor. El matrimonio entre Hussein y Alia no era un arreglo político ni una unión de conveniencia. Era una verdadera profunda e intensa historia de amor.
Después de años de soledad en la cima solitaria del poder, Hussein había encontrado por fin a su compañera, a su igual, a su refugio. Quienes los conocían de cerca hablaban de la complicidad entre ellos, de las miradas que se cruzaban en las cenas oficiales, de las risas compartidas en privado, de la forma en que él la escuchaba con atención genuina y confiaba en su criterio para los asuntos del reino.
era el tipo de matrimonio que muchos sueñan y pocos alcanzan. Dos personas que eran a la vez amantes, cómplices y mejores amigos. El año 1977 comenzó con un aire de celebración en todo el reino. Era el jubileo de plata del rey Hussein. 25 años en el trono de Jordania, 25 años de sobrevivir a todo, de mantener unido contra todo pronóstico a un reino frágil en una región en llamas perpetuas.
Jusin tenía a su lado a la mujer que amaba, tres hijos hermosos, un pueblo que por fin parecía haber abrazado a su reina moderna. La vida, después de tantas tormentas políticas y personales, parecía haber encontrado por fin la calma que tanto había buscado. Pero el destino, que ya le había mostrado tantas veces su rostro más cruel, tenía guardada una última y devastadora jugada, porque algunas calmas, las más engañosas de todas, son solo el silencio profundo que precede el trueno más terrible. El 9 de febrero de 1977
amaneció con un cielo cargado, gris y amenazante sobre Jordania. Una tormenta de invierno se acercaba desde el Mediterráneo trayendo lluvia torrencial, vientos huracanados y rayos. Era el tipo de día en que la mayoría de la gente prefiere quedarse en casa junto al calor del hogar.
Pero Alia tenía planes y las tormentas nunca jamás la habían detenido en su vida. Esa mañana decidió hacer lo que mejor sabía hacer, lo que más la definía, una visita sorpresa. Su destino era un hospital en el sur del país, a unos 300 km de la capital. Había recibido reportes preocupantes sobre las condiciones de ese centro y quería verlas con sus propios ojos, sin avisar, para conocer la verdad sin maquillaje.
Era una decisión profundamente típica de Alia. No le importaba la distancia enorme, no le importaba que el clima estuviera empeorando por horas, no le importaba el protocolo. Ella quería ver la realidad, ayudar a su gente, mejorar las cosas que estaban mal. Para Alia, una reina que se quedaba en el palacio mientras su pueblo sufría, no era una reina, era solo un adorno.
Así que, ignorando el cielo amenazante, abordó un helicóptero militar junto al ministro de salud y la tripulación. La aeronave se elevó y voló hacia el sur, atravesando el aire cada vez más turbulento de aquella mañana de invierno. La visita al hospital transcurrió como tantas otras de las que Alia había hecho a lo largo de sus años como reina.
Recorrió las instalaciones con atención, habló con los médicos sobre sus necesidades, con las enfermeras sobre las condiciones de trabajo, con los pacientes sobre cómo se sentían y cómo los trataban. Tomó nota mental de todo lo que había que mejorar. Sonrió a los enfermos, escuchó sus historias, les dio aliento, prometió ayuda concreta.
Era una vez más la reina del pueblo, haciendo aquello para lo que sentía que había nacido. Nadie en ese hospital, al verla sonreír, podía imaginar que estaban presenciando las últimas horas de la reina de Jordania. Cuando terminó su recorrido, ya entrada la tarde, era hora de regresar a Amán, donde su esposo y sus hijos pequeños la esperaban.
Pero el cielo durante esas horas había empeorado dramáticamente. La tormenta que en la mañana era una amenaza en el horizonte ahora rugía con toda su furia desatada sobre las montañas del sur de Jordania. La lluvia caía en cortinas espesas. El viento sacudía con violencia todo lo que encontraba a su paso.
Los relámpagos iluminaban el cielo negro con destellos espeluznantes. Los pilotos del helicóptero evaluaron las condiciones con preocupación. Volar en medio de semejante tempestad era extremadamente peligroso. Cualquier piloto experimentado sabía que un helicóptero en una tormenta eléctrica violenta era una apuesta arriesgada contra la naturaleza.
Pero la reina debía regresar a la capital. Finalmente, después de evaluar los riesgos, se tomó la fatídica decisión de partir, de desafiar a la tormenta, de confiar en que llegarían a salvo, como tantas otras veces. El helicóptero despegó con Alia a bordo junto al ministro de salud y la tripulación.
se elevó pesadamente hacia ese cielo negro y furioso, dejando atrás las luces del hospital que se perdían en la lluvia, internándose en el corazón de la tormenta. Lo que ocurrió en los minutos siguientes nunca se pudo reconstruir con certeza absoluta porque no quedó nadie para contarlo. Lo que sí se sabe es que poco después del despegue, en medio de la violencia indescriptible del temporal, el helicóptero perdió el control y se precipitó a tierra.
Algunas versiones señalan que la aeronave pudo haber sido alcanzada por un rayo. Otras hablan de los vientos huracanados que hicieron imposible que los pilotos mantuvieran el control del aparato. Quizá fue una combinación de ambas cosas. Lo cierto, lo trágicamente cierto es que el helicóptero que llevaba a la reina de Jordania se estrelló contra el suelo de su propio país. No hubo sobrevivientes.
Ali Tucan, reina de Jordania, murió en el acto. Tenía 28 años. Y mientras tanto, en Amán, el rey esperaba. El rey parado en la pista del aeropuerto bajo la tormenta implacable, mirando hacia el cielo negro, esperando ver aparecer en cualquier momento las luces del helicóptero que traía de regreso a su amada esposa, mirando el reloj con creciente inquietud, calculando los tiempos, esperando.
Y el helicóptero, que minuto tras minuto angustioso no aparecía, el helicóptero que nunca jamás llegaría. Cuando finalmente le comunicaron la noticia atroz, el hombre que había sobrevivido a guerras, a golpes de estado, a decenas de intentos de asesinato, el hombre que había mantenido unido a su reino contra todos los pronósticos durante un cuarto de siglo, ese hombre se derrumbó por completo.
Había perdido muchas cosas a lo largo de su difícil vida, pero perder a Alia era algo distinto, algo de otra magnitud. era perder el centro mismo de su mundo, la mujer que había hecho que todo el peso aplastante de la corona se volviera por fin soportable. Jussein anunció él mismo la muerte de su reina por radio y por televisión para que toda Jordania lo escuchara de su propia voz.
Y esa voz, normalmente firme y poderosa, salió quebrada, temblorosa, apenas capaz de formar las palabras. le dijo a toda Jordania, conteniendo a duras penas el llanto, que el helicóptero se había estrellado en medio de una tormenta violenta poco después del despegue y que no había sobrevivientes. Y luego, dejando por un momento de ser el rey para ser solamente un hombre destrozado por el dolor, pronunció con voz rota que lloraba a su alia, su amada compañera.
No habló como un monarca, habló como un viudo, como un hombre que acababa de perder la mitad de su alma. El dolor del rey se convirtió de inmediato en el dolor de toda la nación. Jordania entera se paralizó. Las calles de Amán se llenaron de una multitud inmensa de dolientes el día del funeral. Personas que en vida habían criticado duramente a la reina moderna, personas que la habían amado en silencio.
Personas que apenas la conocían de las fotografías. Todas salieron a las calles a llorar a la mujer que en apenas cuatro breves años se había ganado un lugar imborrable en el corazón del reino. La reina del pueblo, la que llegaba sin avisar a los hospitales, la que luchaba por las mujeres, la que abrazaba a los huérfanos, regresaba a la tierra demasiado pronto, robada por una tormenta, arrancada de la vida en la flor de su juventud.
Tenía 28 años, dos hijos pequeños, una hija adoptiva, un esposo que la adoraba y un reino entero que apenas comenzaba a comprender lo que había perdido. Durante días Jordania entera vistió de luto. Las banderas sondearon a media hasta las radios transmitieron música solemne. Algo se había roto en el alma del país, una sensación de que la juventud, la esperanza y la modernidad que Alía encarnaba se habían estrellado junto a ella contra aquella colina del sur.
El reino había perdido no solo a una reina, sino a una promesa de futuro. Aliar fue sepultada en un lugar muy especial, elegido con un cuidado lleno de significado. Su tumba reposa en una colina en el mismo lugar donde había vivido sus días más felices junto al rey. Y hay un detalle que parte el alma de cualquiera que lo conozca.

Desde esa colina, en los días claros y despejados, se pueden ver a lo lejos, en el horizonte las murallas de Jerusalén. La reina de origen palestino, la hija de la familia Tucán de Naplusa, descansa para siempre en un lugar desde donde puede contemplarse eternamente la tierra de sus ancestros, la Palestina que llevaba en la sangre, como si en la muerte al fin hubiera regresado de algún modo a casa. El R.
Hussein nunca jamás olvidó a Alia. Como muestra eterna de su amor y de su respeto, hizo algo que muy pocas naciones del mundo han hecho por una reina. Le dio su nombre al aeropuerto internacional de la capital. Hasta el día de hoy, casi medio siglo después, millones de viajeros de todo el planeta aterrizan y despegan del aeropuerto internacional Reina Alia de Amán, sin saber muchos de ellos que ese nombre honra la memoria de una mujer hermosa y valiente que murió en el cielo cuando apenas tenía 28 años.
Hay una ironía profundamente poética y dolorosa en que el nombre de la reina que murió volando esté para siempre asociado a un aeropuerto, a un lugar de partidas y de regresos que para ella se interrumpieron para siempre. Año y medio después de la muerte de Alía, el rey Hussein se casó de nuevo.
La vida, incluso de la de los reyes, debe continuar. Su cuarta esposa sería una joven de origen árabe estadounidense que se convertiría en una figura internacionalmente famosa y muy querida. fue sin duda una gran reina respectada en todo el mundo. Pero entre quienes conocían la historia íntima del corazón de Hussein, siempre quedó flotando la sensación de que Alía había sido un amor irrepetible, un amor de otra naturaleza.
Y quizá lo fue precisamente porque el destino no le dio tiempo de desgastarse. El amor de Alía y Jusin quedó interrumpido en su punto más alto, congelado para siempre en la juventud, en la belleza, en la pasión intacta. No hubo tiempo para los desencantos que trae la rutina, para las heridas que deja el paso de los años, para el lento apagarse de tantos matrimonios.
El amor de Alía y Jusin murió joven como ella y por eso permaneció eternamente joven en el recuerdo. Fue el amor que el destino no dejó terminar y por eso mismo el amor que nunca terminó. Los hijos de Alía crecieron sin su madre con ese vacío inmenso que solo conocen los que pierden a su mamá siendo muy pequeños.
El príncipe Alí apenas tenía 14 meses cuando ella murió. La princesa Haya tenía menos de 3 años. Demasiado pequeños los dos para guardar recuerdos reales de la mujer que les dio la vida. Crecieron viendo fotografías de una madre sonriente que no podían recordar, escuchando historias contadas por otros, construyendo en su imaginación infantil la imagen de una mamá que la tragedia les había arrebatado antes de que pudieran conocerla de verdad.
Y la pequeña Abir, la huérfana adoptada, la niña del campo de refugiados, perdió por segunda vez a una madre, dos madres, ambas arrebatadas por la fatalidad del cielo. Pocas vidas comienzan con tanta tragedia repetida, pero al menos durante unos años preciosos, esa niña supo lo que era ser amada por una reina de corazón inmenso.
Si Alía hubiera vivido más años, ¿crees que Oriente Medio sería un lugar diferente para las mujeres hoy? Cuéntanos lo que piensas en los comentarios. Tu opinión nos importa mucho. Cuando uno mira hacia atrás la vida de Alia Tucán, lo que más impresiona, lo que de verdad asombra, no es como murió, por trágico que fuera, es como vivió.
En apenas 28 años, menos de lo que muchas personas tardan en encontrar su rumbo en la vida, esta mujer hizo más que muchos que viven el doble o el triple. Recorrió el mundo entero siendo apenas una niña. Dominó tres idiomas y se movió entre varias culturas con naturalidad. Se atrevió a soñar con ser diplomática en un mundo cerrado de hombres.
Conquistó el corazón de un rey que había amado y perdido. Se convirtió en reina cuando otras solo fueron princesas. desafió a toda una sociedad conservadora con el simple acto de ser exactamente quién era. Luchó por los derechos de las mujeres, rescató y amó a una huérfana y se ganó en cuatro breves años el amor de un pueblo entero.
Representó algo que Oriente Medio necesitaba desesperadamente entonces y que en muchos sentidos sigue necesitando hoy. La prueba viviente de que se puede ser moderna sin dejar de ser árabe, libre sin traicionar las raíces, fuerte sin perder la compasión. occidental y oriental al mismo tiempo sin que el alma se parta en dos.
Fue un puente humano entre dos mundos que con demasiada frecuencia se dan la espalda, entre oriente y Occidente, entre la tradición milenaria y el futuro que tocaba la puerta. Y como tantos puentes a lo largo de la historia, fue criticada y pisoteada por algunos que no entendían lo que representaba hasta el día en que ya no estuvo.
Y solo entonces, cuando la perdieron, todos comprendieron de golpe la magnitud de lo que se había ido. Quizá por eso su historia sigue conmoviendo a quienes la descubren casi medio siglo después de aquella tormenta. Porque Alia no fue una reina lejana, fría e inaccesible, encerrada tras los muros de un palacio. Fue una mujer de carne y hueso, con sueños propios que el mundo intentó negarle, con una voluntad de hierro que nadie pudo doblegar, con un corazón tan grande que abrazaba a huérfanos y peleaba por desconocidas.
Una mujer que manejaba motos y carros deportivos, que usaba jeans y desafiaba a los conservadores, que abría bibliotecas y exigía el voto para las mujeres. Una mujer que amó con todo lo que tenía y fue amada con una intensidad que el tiempo nunca alcanzó a desgastar. Su última imagen, la que el destino eligió para cerrar su historia, es la de un rey poderoso esperándola bajo una tormenta con el corazón rebosante de amor, sin saber todavía que ya nunca volvería a verla, que el cielo se la había llevado, que esa espera no tendría
final. Es una de las imágenes más tristes y más hermosas de toda la historia de la realeza del siglo XX, el amor más grande detenido por la tormenta más cruel. Y hay un legado de alia que vale la pena subrayar porque es quizás el más duradero de todos. Cada vez que una mujer jordana vota en unas elecciones, cada vez que una mujer árabe ocupa un cargo público, cada vez que una niña de Oriente Medio sueña con ser algo más que esposa y madre, hay un eco lejano de aquella reina que se atrevió a pelear cuando casi nadie peleaba. Alia
vivió para ver florecer las semillas que sembró. murió demasiado pronto para eso, pero la sembró y eso en el largo arco de la historia vale más que cualquier corona, que cualquier palacio, que cualquier título. Las flores que crecen mucho después de que el jardinero se ha ido son las que demuestran que el jardinero existió de verdad.
El helicóptero nunca llegó. Esa es la frase con la que comienza y termina esta historia. Pero hay otra verdad, una verdad más profunda que también merece ser dicha. Porque aunque el helicóptero nunca llegó aquella tarde, Alia sí llegó. Llegó a las vidas de su pueblo, a quienes ayudó, a quienes defendió, a quienes amó.
Llegó a la memoria eterna de su nación. Llegó al corazón de un hombre que la lloró hasta el último día de su propia vida. llegó a las páginas de la historia donde su nombre sigue brillando. La reina al voló demasiado alto y se fue demasiado pronto. Pero mientras voló, mientras estuvo entre nosotros, iluminó absolutamente todo lo que tocó con su luz breve y deslumbrante.
Y desde aquella colina donde reposa para siempre bajo el cielo de Jordania, en los días claros todavía se ven a lo lejos las murallas de Jerusalén, como Sialia, la hija de Palestina, la reina de Jordania, la mujer moderna que un mundo conservador tardó en comprender, la madre que abrazó a una huérfana, la esposa que un rey lloró para siempre, la mujer que el cielo se llevó demasiado pronto, siguiera velando en silencio y para siempre por la tierra que llevó en la sangre y por el pueblo que nunca jamás Más la olvidó. Esa fue Alia Tucán, reina
por solo 4 años, inolvidable por toda la eternidad.