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PABLO LARIOS: He Confessed Who Killed His Family Before He Died

Pablo Larios se enamoró de los autos. Llegó a tener 60 autos deportivos en su mejor época. Él mismo lo contó años después. 60 Mustangs, Camaros, Corvets. Tenía un terreno en Zacatepec donde los guardaba todos juntos como un cementerio brillante de motores y de esos 60 no manejaba ni 10. Los demás estaban ahí quietos, cubiertos con lonas, como si los hubiera comprado solo para verlos, como si tener tantos autos fuera la prueba que él mismo necesitaba de que ya no era el niño que cargaba sacos de cemento. Recuerdas estos autos van a

volver y cuando regresen van a doler. En 1987, Pablo conoció a una mujer en una fiesta de fin de año en Puebla. Daniela Rodríguez Carrasco, 22 años, estudiante de la universidad, hija de una familia respetable de la ciudad, una mujer que se enamoró del hombre, no del personaje. Se casaron al año siguiente y tuvieron tres hijos en 6 años.

El primero, Pablo Larios Garza, después Carlos, después la pequeña y aquí aparece el primer caramelo de esta historia porque en 1990, después del nacimiento del primer hijo, Pablo Larios hizo algo que iba a marcar 29 años de su vida. mandó a hacer una pequeña caja de madera, una caja chica del tamaño de una baraja hecha por un carpintero de cuerna vaca y adentro de esa caja empezó a guardar una cosa por cada uno de sus hijos.

Una vez al año, el día del cumpleaños del niño, una foto, un papel, una medalla del kinder, una nota escrita, cosas pequeñas, sin valor económico, pero con un valor de padre que ningún billete podía comprar. Esa caja iba a viajar con Pablo Larios a todos lados durante casi tres décadas. la iba a esconder, la iba a sacar a escondidas cuando estaba solo.

Y la noche en que murió en el hospital de Puebla, en enero de 2019, esa caja iba a estar arriba del buró abierta con todas las fotos repartidas sobre las sábanas. Vamos a volver a esa caja. Te aseguro que vas a recordar este momento. 1990, Cruz Azul. Pablo Larios había jugado dos finales con la máquina.

y las había perdido las dos. Algo se le rompió esa temporada. Se enojaba con los compañeros, se peleaba con el técnico y entonces apareció el Puebla. El Puebla le ofreció ser titular indiscutible, ser capitán y ser la cara del club. Pablo aceptó y con el Puebla ganó lo que no había ganado en Cruz Azul. La liga del torneo 8990, la Copa de México.

Dos títulos, dos campeonatos en la misma ciudad donde 30 años después iba a morir. Y los autos subieron a 70. Los autos eran su único refugio, su única medicina, su única manera de demostrarse a sí mismo que valía algo afuera del arco. Pero algo más pasó en 1990. Y esto casi nadie lo sabe. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar.

En el verano de 90, después de ganar el campeonato con el Puebla, le llegó una llamada al hotel donde concentraba con la selección. Era del Napoli. Sí, el Napoli de Maradona. Habían visto los videos del mundial. Querían reforzar la portería. Estaban dispuestos a hacer una oferta firme y querían que Pablo viajara a Italia para una revisión médica.

Pablo no le contó a nadie, ni a Daniela, solo a su madre, en una conversación de 3 minutos por teléfono. La madre japonesa, callada como siempre le respondió cuatro palabras. Ve, hijo, es tiempo. Compró el pasaje, viajó a Nápoles, hizo la revisión médica y los médicos italianos detectaron algo en su rodilla derecha, una lesión vieja que arrastraba desde el mundial.

Dictaminaron que no era apto para un contrato de 3 años a alto nivel. La oferta se cayó esa misma tarde. Pablo Larios volvió a México en silencio. No le contó a la prensa ni a Daniela. ni a sus compañeros. Se guardó la oferta del Napoli en el pecho como un trofeo invisible que nunca pudo levantar. Y durante años, cuando los amigos lo veían triste en una mesa de bar sin saber la razón, era porque pensaba en lo que pudo ser, en Maradona del otro lado del vestidor, en el San Paolo lleno, en lo que el destino le quitó por una rodilla mal cuidada. Pero esto era solo el

principio. Imagina por un momento que eres un hombre de 30 años, tienes tres hijos chicos, ganas más dinero del que tu padre vio en toda su vida vendiendo cemento. Y aún así, todas las noches antes de dormir te quedas mirando el techo pensando que algo te falta, que el dinero no llena los huecos donde antes había hambre.

Eso le pasó a Pablo Larios entre el 90 y el 95. empezó a salir mucho. Las concentraciones se le hacían cortas, los entrenamientos los terminaba con prisa. La vida fuera del fútbol empezó a pesar más que la vida adentro. Y aquí entró un nombre, un nombre que el público mexicano nunca conoció, pero que iba a estar presente en cada uno de los cuatro velorios que destruirían a Pablo Larios entre 2009 y 2016.

Un hombre del entorno cercano, un hombre que por respeto a las víctimas vamos a guardar hasta el final. Guarda esto en tu mente porque va a volver. 1998. Pablo Lario se retiró del fútbol profesional. 38 años, la rodilla destruida y un patrimonio que, según él mismo declaró años después, superaba con creces lo que cualquier futbolista mexicano de su época tenía guardado.

Casas en Zacatepec, Cuernavaca, Puebla, los 60 autos, inversiones en negocios de la familia de Daniela, una jubilación dorada por delante. Lo que nadie sabía es que adentro de la cabeza de Pablo Larios ya había una grieta. Esa grieta tenía un nombre, la cocaína. La primera vez fue en 1992 en una fiesta en Acapulco después de un partido amistoso en una habitación de hotel con dos personas más.

Una de esas personas iba a ser sin que nadie lo supiera en ese momento. La persona que 17 años después estaría parada en cuatro velorios consecutivos. La misma persona del gancho que sigue abierto. La misma persona que el muchacho del río Bravo llevaba escrito en un papel doblado en el bolsillo. Esa noche de Acapulco, en 1992, sin que Pablo lo supiera, su destino quedó firmado.

Aquí es donde todo cambia. El muchacho que iba a morir en el río Bravo el 4 de septiembre de 2009 no era un niño cualquiera, era el hijo mayor de Pablo, el ojo derecho del padre, el primero al que su papá le había hecho cargar un bulto de cemento a los 9 años, repitiendo lo que su propio padre español le había hecho a él en los años 60.

un muchacho de 19 años que se había enterado dos meses antes de cruzar el río de algo que estaba destruyendo a su familia desde adentro. La versión pública dice que Pablo Larios cayó en la cocaína por el dolor de las muertes que vinieron después. Pero la verdad es exactamente lo contrario. Pablo Larios cayó en la cocaína mucho antes y las muertes que vinieron después fueron en parte consecuencia de ese vicio.

El hijo de 19 años se enteró del problema económico real en julio de 2009 y lo que decidió hacer ese muchacho fue en su cabeza adolescente intentar salvar a su padre. Por eso cruzó el Río Bravo. El 4 de septiembre de 2009, a las 2 de la mañana, Pablo Larios Garza, hijo del portero del Mundial 86, llegó a la orilla del Río Bravo en el sector de Granjeno, Texas. Iba con dos amigos.

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