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Oscar DE LA HOYA: De CAMPEÓN a HUMILLADO: El ESCÁNDALO sexual que lo dejó en la MUGRE

Proteger a su hijo de la verdad era para Cecilia de la olla la última cosa que podía hacer por él. Piensa en eso un momento. Una madre que está muriendo y que su preocupación principal, incluso en su propio sufrimiento, es que la noticia no afecte la carrera de su hijo de 17 años. Eso es un tipo de amor que aplasta, que no tiene palabras.

Señor Óscar confesó en una entrevista con el New York Times previa a los Juegos Olímpicos de 1992, que no supo que su madre estaba gravemente enferma hasta que ya era demasiado tarde para hacer nada más que estar ahí. Sus palabras exactas, ella estuvo enferma desde 2 años antes y yo ni siquiera lo sabía. Ellos no quisieron decirme porque ella dijo que afectaría mi carrera.

Dijo también que si hubiera sabido habría intentado pasar más tiempo con ella, habría entrenado menos, habría estado presente de una forma que no pudo estar porque no lo dejaron saber que había un reloj corriendo. El 28 de octubre de 1990, Cecilia González de la Olla murió. Tenía 39 años. Óscar tenía 17 y antes de morir su madre le había arrancado una promesa, ganar la medalla de oro olímpica, llevarla orgulloso, honrar el sacrificio de esa familia de inmigrantes que había cruzado la frontera con nada más que sus manos y sus esperanzas. Esa promesa se convirtió

en el motor, en el combustible, en la razón por la que Óscar de la olla se levantaba cada madrugada a entrenar cuando el resto del mundo dormía. La muerte de su madre no lo quebró, o al menos no de la manera visible e inmediata. Lo convirtió en algo más parecido a una flecha disparada directamente a su objetivo.

Barcelona, 1992, la medalla de oro para Cecilia. Pero hay algo que nadie supo durante décadas, algo que el propio Óscar guardó durante 31 años antes de contárselo al mundo. La primera revelación que te prometí. En 2021, en una entrevista que sacudió a todos los que creían conocer la historia completa del Golden Boy, Óscar de la Olaya reveló que a los 13 años él en un torneo de boxeo en Hawaii, fue abusado sexualmente por una mujer adulta, una mujer de aproximadamente 35 años.

Fue así como según sus propias palabras, perdió su virginidad. Así las describió él mismo sin rodeos. Fui violado a los 13 años por una mujer, una mujer mayor. Entonces, son muchas cosas. A esa edad perdí mi virginidad al ser violado. Básicamente estaba en Hawaii, en un torneo, una mujer mayor tenía como 35. Grábate esto.

Un niño de 13 años, solo lejos de su casa en un torneo de boxeo, sufrió un abuso que nunca contó a nadie durante tres décadas, que guardó como un secreto más en esa lista de secretos que fue acumulando desde los 9 años, desde la cerveza robada del refrigerador, desde la muerte de su madre que no pudo ver venir.

Nadie supo nada mientras ganaba torneos amateur o nadie supo nada mientras competía en las olimpiadas. Nadie supo nada mientras ganaba campeonatos mundiales. Nadie supo nada mientras su imagen se vendía en revistas de todo el planeta. Y según el propio de la olla, ese trauma sin procesar, esa herida que nunca tuvo el espacio para cerrarse, fue una de las semillas de lo que vendría después.

La incapacidad de construir relaciones sanas desde la autenticidad, la fuga constante hacia el alcohol que conoció a los nueve y que nunca pudo soltar. la búsqueda compulsiva de algo que calmara ese ruido interior que nunca paraba. Todo esto mientras el mundo veía el Golden Boy aplaudía. Los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, España.

Óscar de la Olaya llegó con 19 años y con una promesa que no podía fallar. Era el boxeador amateur más completo de Estados Unidos. En la primera ronda derrotó al cubano Julio González. Un resultado que muchos consideraron una sorpresa. Después llegó a la final contra Marco Rudolf de Alemania. El mismo Rudolf que había sido el único boxeador en derrotarlo en los años previos a los juegos.

La revancha fue limpia y contundente. De la olla ganó el oro. fue el único boxeador estadounidense en ganar medalla de oro ese año y cuando ganó, cuando alzó los brazos en ese ring de Barcelona con la bandera de México también en sus manos, los medios de comunicación de Estados Unidos encontraron la historia que necesitaban.

El niño del barrio de is Los Ángeles, hijo de inmigrantes mexicanos, ganador del oro olímpico para cumplir la promesa a su madre fallecida. El Golden Boy, el niño de oro, un apodo que se pega y que no se suelta. Ese mismo año 1992, Óscar de la Olaya fue el primero en llevar su medalla olímpica a la tumba de su madre.

Lo contó en su libro autobiográfico Un sueño americano. Fue al cementerio con la medalla de oro y la puso sobre la lápida de Cecilia. Un momento que deja sin palabras, la promesa cumplida, el dolor que no va a ningún lugar. Y al mismo tiempo, ese apodo, esa imagen de perfección y triunfo, empezaba a construir una expectativa que él tendría que sostener el resto de su vida porque el Golden Boy no podía fallar, el Golden Boy no podía perder, el Golden Boy no podía ser humano.

Y los seres humanos que no pueden ser humanos, que tienen que sostener una imagen perfecta, sin pausa y sin falla, tarde o temprano se quiebran. La pregunta nunca si van a caer. La pregunta es cuándo y cómo. El 23 de noviembre de 1992, apenas 3 meses después de Barcelona, Óscar de la Olaya debutó como boxeador profesional en Ingelwood, California.

Noqueó a Lamar Williams en el primer asalto. En un minuto y 42 segundos exactos. No hubo drama, no hubo suspense, solo la eficiencia clínica de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo. 1993 fue un año de construcción. 11 peleas, 11 victorias, 10 knockouts. Con ese ritmo implacable, con esa cifra imposible de ignorar, llegó la oportunidad que normalmente tarda muchos años más en presentarse.

El 5 de marzo de 1994, con 21 años y apenas 12 peleas profesionales, Óscar de la Ol se enfrentó al invicto campeón mundial super pluma de la OMB, el danés Jimmy Bredal. La pelea fue en el Olímpic Auditorium de Los Ángeles. En el primer asalto de la olla ya lo había derribado una vez. Lo volvió a derribar en el décimo asalto.

Es el médico de la velada. Detuvo el combate. El niño de Montevello era campeón del mundo con 21 años con su duodécima pelea profesional. Piensa en esa cifra. 12 peleas para ganar el primer cinturón mundial. La mayoría de los boxeadores tardan décadas, algunos nunca llegan. Óscar llegó en menos de 2 años y con el cinturón llegó algo que nunca había tenido antes, la certeza de que el sueño no era un sueño, era real, era suyo.

Y junto a esa certeza también llegó algo más, el dinero, el reconocimiento, las entrevistas, la fama y con la fama las tentaciones que el niño de Montevello no estaba preparado para manejar porque nadie lo había preparado para eso. El boxeo le había enseñado a golpear. Nadie le había enseñado qué hacer cuando el mundo entero empieza a mirarte.

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