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No pudo dejar a su esposo por su visa — Todo terminó en asesinato

—Necesito que escuches a una mujer —me dijo una tarde por teléfono—. Pero sin prometerle milagros.

—No prometo milagros.

—Ya. Los periodistas a veces prometéis titulares, que es parecido.

Tenía razón.

Quedamos en Lavapiés, en un bar donde el dueño conocía a Marina y nos dejó una mesa del fondo. Elena llegó con quince minutos de retraso. No porque fuera impuntual. Porque había dado dos vueltas a la manzana para asegurarse de que nadie la seguía.

Era una mujer bonita de una forma discreta. Pelo negro alisado, ojos grandes, labios secos de morderlos mucho. Llevaba una chaqueta marrón que no abrigaba lo suficiente y unos pendientes pequeños en forma de aro. Tenía una elegancia triste, de esas personas que intentan estar presentables incluso cuando se les cae la vida.

—No quiero salir en fotos —dijo antes de sentarse.

—No hace falta.

—Ni mi nombre.

—Podemos cambiarlo.

—No. Mi nombre sí. Si me pasa algo, quiero que sepan que existí.

Marina bajó la mirada.

Yo abrí la libreta.

Elena había llegado a España cinco años antes. Primero a Barcelona, con un contrato de interna cuidando a una señora mayor. Después a Madrid, donde trabajó limpiando habitaciones en un hotel cerca de Atocha. En República Dominicana había dejado una madre enferma y un hijo de once años, Daniel, que vivía con su abuela. Mandaba dinero cada mes. Poco, pero mandaba.

—Yo vine con una idea muy tonta —me dijo—. Pensaba que en Europa una trabaja duro y todo se ordena.

Se rió sin ganas.

—Aquí también se sufre. Solo que con edificios más altos.

Conoció a Arturo Velasco en el hotel. Él era proveedor de productos de limpieza. Tenía cuarenta y seis años, divorciado, dos hijos adolescentes a los que veía poco y un coche negro que cuidaba más que a las personas. Al principio fue amable. La invitaba a café. Le llevaba croissants. La esperaba a la salida. Le decía que era una mujer fuerte, que no merecía limpiar habitaciones, que él podía ayudarla a conseguir papeles estables.

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