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Napoleón III creía ser DUEÑO de México, hasta que Juárez FUSILÓ a su Emperador

 El clima tropical, el vómito negro o fiebre amarilla comenzó a diezmar a las tropas extranjeras apenas pisaron la tierra caliente, causando más bajas que cualquier bala mexicana. En esa fase inicial, Juárez, consciente de que el ejército mexicano mal armado y agotado, no podía enfrentarse a la potencia combinada de tres imperios europeos en una batalla abierta en la costa, desplegó su arma más afilada, la diplomacia.

 Envió a su ministro de relaciones exteriores, Manuel Doblado, un hombre de inteligencia brillante y nervios de acero, a negociar con los comandantes aliados. El resultado de estas negociaciones fueron los tratados de la soledad, una obra maestra de la contención diplomática. Doblado logró convencer a los aliados de que el gobierno de Juárez reconocía las deudas y tenía voluntad de pago y permitió que las tropas extranjeras avanzaran hacia zonas más salubres en el interior, lejos de la costa pestilente, bajo la condición de que si las negociaciones

fracasaban, deberían regresar a sus posiciones originales en la costa antes de iniciar hostilidades. Fue durante estas conversaciones en la ciudad de Orizaba donde la frágil alianza europea se rompió. El general español Juan Prim, un militar progresista casado con una mexicana rica y el diplomático británico Charles Wik se dieron cuenta de que Francia estaba jugando sucio.

Descubrieron que los franceses no solo exigían pagos exorbitantes e injustificados, incluyendo la infame deuda de los bonos Jecker, un negocio usurero de un banquero suizo, sino que traían en sus barcos a exiliados conservadores mexicanos y tenían la intención clara de derrocar al gobierno republicano para imponer un régimen monárquico.

 La ruptura fue dramática y definitiva. En abril de 1862, Prim y Wik, indignados por la duplicidad francesa y reconociendo que no tenían mandato para una guerra de conquista colonial, ordenaron el reembarque de sus tropas. Las banderas de España y el Reino Unido descendieron de los márstiles en Veracruz y sus barcos zarparon de regreso a Europa, dejando solos a los franceses.

 En ese momento, la máscara de la intervención por deuda cayó al suelo y se reveló el verdadero rostro del conflicto, una invasión imperialista en toda regla. Quedaron en tierra cerca de 6000 soldados franceses. La élite militar del momento bajo el mando del general Charles de Lorenés. Este comandante, imbuido de una arrogancia racial y militar que rayaba en el delirio, estaba convencido de que la campaña sería un paseo militar, un desfile triunfal hasta la Ciudad de México, donde serían recibidos con lluvias de flores por un pueblo harto de

la anarquía republicana. Napoleón Io le había dado carta blanca y Lorenz se preparó para marchar hacia el interior, ignorando que el camino pasaba por una ciudad fortificada llamada Puebla, donde la historia le tenía reservada una lección de humildad sangrienta. Con la retirada de sus antiguos aliados en el puerto de Veracruz, el cuerpo expedicionario francés quedó libre de las ataduras diplomáticas para ejecutar su verdadero plan maestro.

 Al mando de esta fuerza de élite se encontraba el general Charles de Lorenés, un aristócrata militar que encarnaba a la perfección la arrogancia eurocéntrica de la época victoriana. Lorences no veía en México a una nación soberana defendiéndose, sino a un territorio caótico habitado por una población que él consideraba racial y moralmente inferior.

 Sus informes a París destilaban un desprecio absoluto. Describía al ejército republicano de Juárez como una turba mal armada, descalsa y carente de disciplina que huiría despavorida ante la primera carga de las bayonetas imperiales. Su confianza era tal que antes de disparar un solo tiro decisivo, envió una carta al ministro de guerra en Francia con una frase que la historia se encargaría de grabar en piedra como el epítome de la soberbia castigada.

 Somos tan superiores a los mexicanos en raza, en organización, en disciplina, en moralidad y en elevación de sentimientos. Que le ruego decir a su majestad que a partir de este momento, a la cabeza de sus 6000 soldados, soy el dueño de México. El objetivo estratégico deés era, claro, marchar directamente hacia la Ciudad de México y decapitar al gobierno de Juárez.

 Sin embargo, para llegar a la capital, el ejército invasor debía cruzar obligatoriamente la ciudad de Puebla, una plaza fortificada custodiada por los fuertes de Loreto y Guadalupe. El 5 de mayo de 1862, las tropas francesas, consideradas en ese momento la maquinaria bélica más perfecta del mundo, veteranas de las campañas de Crimea, Italia y Argelia, se presentaron ante las murallas de la ciudad.

 Frente a ellos, defendiendo la República, estaba el general Ignacio Zaragoza al mando del ejército de Oriente. La disparidad era abismal. Mientras los franceses marchaban con uniformes impecables, artillería moderna y regimientos de suavos famosos por su ferocidad, las fuerzas de Zaragoza eran una amalgama de soldados regulares mal pagados y milicias indígenas de la sierra norte de Puebla, los célebres tacapoaxlas.

muchos de los cuales iban armados apenas con machetes de trabajo y viejos fusiles de la independencia. Lorenes, cegado por su desprecio hacia el enemigo, cometió un error táctico monumental. En lugar de rodear la ciudad o buscar un punto débil, ordenó un ataque frontal directo contra los fuertes, cuesta arriba y a plena luz del día.

 Estaba convencido de que la sola visión de los uniformes franceses provocaría el pánico en las filas mexicanas. se equivocó. A las 11 de la mañana, los cañones de los fuertes abrieron fuego y la infantería francesa comenzó su ascenso bajo una lluvia de plomo. Lo que siguió fue una carnicería que desafió toda lógica militar europea.

Los mexicanos no huyeron. Aguantaron las cargas una y otra vez. repelieron a los zuavos con una furia desesperada. Y cuando la munición comenzó a escasear y la lluvia convirtió el campo de batalla en un lodasal resbaladizo, el combate se transformó en una lucha cuerpo a cuerpo brutal. Fue el choque de dos mundos.

 La disciplina académica de Sanir contra la rabia de un pueblo invadido, el acero pulido de las bayonetas contra el filo oxidado de los machetes serranos. Al caer la tarde, el dueño de México se encontraba contemplando un desastre. Sus mejores batallones habían sido destrozados al pie de los muros y la bandera tricolor mexicana seguía ondeando sobre los fuertes.

 Lorences tuvo que ordenar la retirada, humillado y vencido, mientras el general Zaragoza enviaba a la capital un telegrama lacónico pero inmortal. Las armas nacionales se han cubierto de gloria. La batalla de Puebla fue un milagro militar y un inmenso tanque de oxígeno moral para la República. Demostró que el ejército francés no era invencible y unió a los mexicanos en torno a la figura de Juárez.

 Sin embargo, en el gran tablero de ajedrez de la geopolítica, esta victoria táctica tuvo un efecto secundario terrible. Cuando la noticia de la derrota llegó a París semanas después, el impacto fue sísmico. Napoleón Icero, furioso y con el orgullo nacional herido, comprendió que ya no podía tratar el asunto mexicano como una simple expedición colonial.

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