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Marlene Dietrich: El precio de elegirte cuando toda una vida fue para otros

Que el control no está solo en lo que haces en escena, está en el ángulo, en la luz. en la distancia exacta que pones entre lo que muestras y lo que guardas. Berlín en los años 20 era una ciudad que no tiene equivalente en la historia del siglo XX, una ciudad que había perdido una guerra y que estaba procesando esa pérdida de la única manera que algunas ciudades saben procesar las derrotas con velocidad, con exceso, con esa sensación permanente de que mañana puede no existir y que por tanto hoy hay que vivirlo como si fuera el último.

Los cabarets de la Curfurstendam, los teatros donde se hacían cosas que ningún otro teatro de Europa se atrevía a hacer. Los filósofos y los escritores y los científicos que hacían de Berlín la capital intelectual del continente. Bertold Brecht escribiendo obras que cambiaban cómo se entendía el teatro. Walter Gropius, construyendo edificios que cambiaban cómo se entendía el espacio.

Albert Einstein explicando el universo de maneras que nadie había pensado posibles y también al mismo tiempo la pobreza, la hiperinflación que hacía que el mismo objeto costara el doble por la tarde que por la mañana. La violencia política que crecía en las esquinas, la sensación de que algo se estaba rompiendo muy despacio debajo de todo ese brillo, como el sonido que hace una estructura antes de ceder, que solo escuchan los que saben qué buscar.

En ese Berlín, la identidad era un territorio sin mapa fijo. Los cabarets tenían artistas que transgredían cualquier categoría disponible. La ropa era un idioma. Los trajes masculinos en cuerpos de mujer no eran escándalo en ciertos escenarios. Eran una declaración, un argumento, una pregunta hecha con tela y con postura.

Y Marín Magdalen Dietrich, que en ese Berlín empezaba a construir algo que todavía no tenía nombre completo, empezó a usar trajes de hombre. No como provocación, no para llamar la atención. con esa naturalidad que tienen los gestos que no son performativos, sino genuinamente propios, como si la ropa fuera simplemente la manera más honesta de decir lo que las palabras todavía no llegaban a decir.

Yo soy más grande que cualquier categoría que hayas construido para contenerme. Si la categoría no existe, la invento. Eso también era Berlín en los años 20 y eso también era ella. ¿Cuántas mujeres conocen esa sensación? la de ser más de lo que el mundo tiene palabras para nombrar y la de tener que inventarte un idioma propio para existir del todo.

En 1923 se casó con Rudolf Sber, un director de producción de cine. un hombre pragmático, discreto, que entendía el mundo del entretenimiento sin necesitar estar en el centro de él, que tenía la inteligencia específica de los hombres que aman a una mujer extraordinaria sin intentar hacerla menos para sentirse más.

En 1924 nació su hija María y aquí ocurre algo que define la estructura de toda la vida de Marlen Dietrich, algo que en su época era todavía más radical de lo que parece desde aquí. No se disolvió en ese matrimonio. No se convirtió en esposa y madre a tiempo completo como el mundo de 1924 esperaba que hiciera.

No dejó de trabajar, no dejó de construir, no dejó de ser ella misma con la misma determinación que tenía antes de que existiera Rudolf Cber y antes de que existiera María Cber. Rudolf lo aceptó con esa ecuanimidad que tienen las personas que entienden que no puedes pedirle a alguien que sea menos de lo que es sin destruirlo en el proceso.

El matrimonio duró en papel hasta la muerte de Rudolf en 1976, 53 años de matrimonio, sin vivir juntos durante la mayor parte de ese tiempo, con vidas completamente separadas geográficamente, con respeto, con afecto real, con esa alianza que a veces es más sólida que el amor romántico, porque no depende de la presencia ni de la pasión, sino del reconocimiento mutuo.

Esto es lo que sabemos. Fue uno de los pocos hombres en su vida que nunca intentó que fuera diferente. Esto es lo que sospechamos, que esa libertad que Rudolf le dio fue también una forma de soledad que ella eligió no nombrar. Y esto es lo que nunca se dijo en público. Si lo que la unía a Rudolf era amor o era la única forma de amor que ambos sabían darse sin destruirse.

Los cabarets. Hay que detenerse aquí más tiempo del que las biografías suelen detenerse. Porque los cabarets de Berlín de los años 20 no eran solo entretenimiento, eran un mundo completo con sus propias reglas, con su propio idioma, con su propia manera de entender qué era el arte y qué era la vida y cuál era la diferencia entre los dos.

En un cabaret de Berlín, en 1925, una mujer podía subir a un escenario y hacer cosas que en ningún otro contexto de su vida eran posibles. Podía decir lo que pensaba. podía usar el cuerpo como instrumento de comunicación. Podía ser ambigua, compleja, contradictoria, sin que nadie le exigiera que eligiera una sola cosa y se quedara en ella.

Marie Magdalena Dietrich aprendió en esos escenarios algo que ninguna escuela puede enseñar. Aprendió a leer una sala, no de manera teórica, de manera visceral, en tiempo real, de pie en un escenario frente a 200 personas que han pagado y que esperan algo que todavía no saben exactamente qué es. Aprendió a saber en qué momento exacto el público necesita que subas el ritmo, en qué momento necesita que bajes, cuándo dar más, cuándo retener para que cuando llegue el momento de dar de verdad, la sala entera sienta que recibe

algo que no esperaba. Y aprendió algo más sutil y más difícil de articular, que entre el artista y el público hay un espacio, un espacio que no puede ser cero, porque si no hay distancia, no hay arte. solo conversación, pero que tampoco puede ser infinito, porque si hay demasiada distancia, el público no se reconoce en lo que ve.

El arte, entendía ella en esos años de cabaret, es saber cuál es la distancia exacta la que hace que la audiencia sienta que lo que ve es verdad, sin que tenga acceso a la persona que está detrás. Esto parece libertad, pero también es una jaula, una jaula que ella misma construyó y que tardó décadas en entender del todo.

Y entonces llegó Joseph von Sternberg, un director austríaco que había trabajado en Hollywood y que había vuelto a Europa buscando algo que Hollywood no podía darle. una cara, una presencia específica, algo que la cámara no hubiera visto todavía y que hiciera lo que él necesitaba que se hiciera en esta historia que tenía en mente.

La historia se llamaba Derblau Engel, el ángel azul, basada en la novela de Hein Richman, la historia de un profesor respetable que se destruye completamente por una cantante de cabaret llamada Lola Lola. una historia sobre el poder, no el poder político ni el económico, el poder de presencia, el poder de ser exactamente lo que eres en un espacio donde los demás no pueden serlo.

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