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ESTÉE LAUDER: Le cerraron la puerta. Entró igual. Y construyó un imperio.

Ese momento llegó en Sax, pero el trabajo que lo hizo posible había empezado mucho antes en los salones, en los hoteles, en cada sala donde había entrado con sus cremas antes de que nadie la esperara. Años antes, en silencio, sin que nadie pudiera verlo ni confirmarlo todavía. Antes de seguir con lo más importante de esta historia, me permito interrumpir un momento con mi propia voz.

Quería darte las gracias por estar ahí al otro lado de la pantalla. Como ves, en este canal nos tomamos muy [música] en serio estas investigaciones porque creemos que estos grandes artistas merecen ser recordados con respeto. Si tú también lo crees, me ayudaría muchísimo que te suscribieras ahora mismo.

Es es un gesto pequeño para ti, pero es lo que permite que yo pueda eh seguir dedicando días enteros a rescatar estos recuerdos. Es y ahora sí volvamos a lo que estábamos contando. 1930 se casó con Joseph Lauter y cambió su nombre. No porque le pidieran que lo hiciera, porque entendió antes que nadie que un nombre es también un producto y que ese producto tenía que proyectar exactamente lo que quería.

Elegancia, aspiración, [música] algo que sonara más de lo que Corona Queens podía ofrecer. Josephine Mencer se convirtió en este lauder. Dos palabras que no decían inmigrante, ni garaje, ni sin dinero, ni sin contactos, que decían exactamente lo que quería que dijeran antes de que hubiera nada que lo sustentara todavía.

Los primeros años no fueron el imperio, fueron los salones de belleza de Manhattan, los hoteles, los gimnasios de señoras, donde esté se presentaba con sus cremas y las aplicaba con sus propias manos. en la cara de mujeres que no la habían pedido, [música] pero que no se resistían, porque tenía esa habilidad específica de hacer que algo pareciera inevitable una vez que lo estabas experimentando.

No vendía, demostraba y esa diferencia lo era todo. Cuando le decías a una mujer que su crema era buena, tenías que convencerla. Cuando le ponías la crema en la cara y ella veía el resultado en el espejo, [música] no había nada que convencer. El espejo lo hacía por ti. Este entendió eso desde los 12 años en Corona y no lo olvidó nunca.

El mejor argumento de venta no era una frase, era el resultado. Directo, inmediato, visible, sin intermediarios. Pero los salones tenían un límite, el límite de las mujeres que llegaban a ese salón, de ese barrio de esa semana. Este quería más, no por ambición en el sentido que a veces se usa esa palabra como si fuera un defecto, sino porque sabía que lo que tenía funcionaba y que si funcionaba para las mujeres de ese salón, funcionaba para todas las mujeres de todos los salones de toda la ciudad y que todas las mujeres merecían tenerlo.

En los años 40, Nueva York tenía una jerarquía muy clara en el mundo de la belleza y en la cima de esa jerarquía [música] estaba Sax Fth Avenue. Sax no era solo una tienda, era una declaración. Si tu producto estaba en Sax, existías. Si no estaba, podías estar en todos los salones del Bronx y de Brooklyn y de Queens y seguías siendo invisible para el mundo que importaba en ese negocio.

Este lo sabía y tomó una decisión. iba a entrar en Sax. No sabía todavía exactamente cómo, pero lo que iba a hacer cuando llegara, eso sí lo sabía. No tenía dinero, tenía algo más difícil de copiar y estaba a punto de demostrarlo. Llamó a Sax. Le dijeron que no. Volvió a llamar. Le dijeron que no, escribió.

No hubo respuesta. El comprador de cosméticos de Sax en ese momento se llamaba Robert Fiske y Fiske había decidido, sin conocer el producto, sin haberlo probado, sin haber hablado con este en más de 2 minutos, que lo que ella tenía no era lo que Sax necesitaba. Esa decisión, tomada desde la comodidad de quien tiene el poder de tomarla iba a costarle algo, aunque todavía no lo sabía.

Lo que vale la pena entender sobre lo que este enfrentaba en ese momento es que no era solo el rechazo de Sax, era el rechazo de un sistema entero que no había sido diseñado para que alguien como ella tuviera éxito en él. El negocio de la belleza en los años 40 era un mundo de hombres que decidían qué ponían las mujeres en su cara.

hombres que controlaban los presupuestos, los lineales, los accesos y que miraban a una hija de inmigrantes húngaros sin estudios universitarios con unas cremas fabricadas en un garaje de Queens y veían exactamente lo que el sistema les había enseñado a ver. Alguien que no encajaba, alguien a quien decirle que no era lo más fácil.

ST no estaba de acuerdo con esa evaluación y tenía una manera de demostrarlo que ningún ejecutivo de Sax había anticipado. Un día de 1948 se presentó en Sax Fth Avenue Sin cita. Entró al departamento de cosméticos con sus productos en la mano y con una idea muy clara de lo que iba a hacer, aunque el comprador todavía no lo supiera.

Lo que hizo a continuación no estaba en ningún manual. No pidió hablar con Fiske, no intentó convencer a nadie de nada, simplemente abrió su perfume YouTu y lo roció en el aire del departamento. El olor se extendió por el piso entero. Las mujeres que estaban comprando otras cosas pararon, giraron la cabeza, se acercaron, preguntaron qué era.

Y esté tenía la respuesta lista junto con las muestras, junto con sus manos dispuestas a aplicar lo que fuera necesario para que cada mujer que se acercara viera el resultado en su propia cara, no como vendedora, como alguien que sabía algo que ellas todavía no sabían y que no podía no compartirlo. El comprador no estaba preparado para eso.

Nadie lo estaba porque no existía un protocolo para manejar a alguien que ignoraba el protocolo y se ponía a crear su propio espacio en el espacio de otra persona con una seguridad que no era agresividad, era convicción. Las mujeres que olieron el perfume querían saber dónde comprarlo. Sax en ese momento no lo tenía y eso era un problema para Sax, no para ST.

El comprador llamó a este mismo día. Le hizo un pedido. $80 en producto. Vendido en dos días. Le cerraron la puerta. Ella volvió por la ventana y cuando entró no había manera de sacarla. Ese primer pedido fue el principio de algo que en ese momento nadie podía dimensionar. ni el comprador, ni Joseph Lauder, ni probablemente la propia esté del todo, aunque ella ya sabía que era el principio.

Ya tenía claro que esto era solo el primer escalón, que lo que venía después dependía de hacer exactamente lo mismo, una y otra vez, en cada [música] almacén, con cada comprador, en cada ciudad donde hubiera mujeres que todavía no habían probado lo que ella tenía. Lo que ese pedido hizo, que no hizo ningún otro antes, es [música] darle a este algo que el dinero no compra.

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