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Marilyn Monroe: La Mujer Más Inteligente de Hollywood

Para entender cómo se construyó ese traje, tienes que conocer a la persona que lo construyó. Y para conocer a esa persona tienes que ir al principio, no al principio de Marilyn Monro, al principio de Norma Jean. Norma Jean Baker nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles. Su madre, Gladis Pearl Baker, trabajaba como montadora de películas en Hollywood.

cortaba y pegaba fragmentos de otras vidas mientras la suya propia se deshacía en pedazos. Era una mujer inteligente y frágil al mismo tiempo de esas personas que parecen estar siempre al borde de algo sin terminar de caer ni de salvarse. El padre de Norma Jin nunca apareció en su vida. Su nombre en el certificado de nacimiento era simplemente un espacio en blanco.

Gladis no podía cuidar a su hija. No porque no quisiera, eso es importante entenderlo, sino porque su mente no se lo permitía. Las crisis llegaban sin avisar y se la llevaban durante semanas, dejándola vaciada y desorientada. Cuando Norma Jean tenía dos semanas de vida, Gladis la dejó con una familia de acogida en Hutorn, en las afueras de Los Ángeles. Imagina esa casa.

Una calle tranquila, jardines pequeños, vecinos que se conocen de toda la vida y dentro, una niña pequeña con el pelo rizado que aprende muy pronto una lección que nadie le enseña con palabras, pero que lo impregna todo. Estás aquí porque alguien cobra por tenerte. No porque te quieran. Gladis aparecía de vez en cuando.

Los fines de semana, cuando podía. Norma Jin la esperaba con esa intensidad silenciosa que tienen los niños, que han aprendido a no pedir demasiado. A veces llegaba, a veces no. Y cuando llegaba, la niña la miraba con esos ojos enormes, intentando descifrar si esta vez se quedaría. No se quedaba nunca. Cuando Norma Jean tenía 7 años, Gladis tuvo un colapso del que no regresó en mucho tiempo.

La internaron en un hospital psiquiátrico y la niña, que ya había aprendido a no sorprenderse de los abandonos, entró en el sistema de acogida del estado de California. Lo que siguió fueron años de casas prestadas. familias que la recibían la integraban durante un tiempo y luego, por una razón u otra, dejaban de poder tenerla. No hubo crueldad en la mayoría de esos hogares.

Hubo algo peor, indiferencia. La sensación constante de ser una pieza temporal en un rompecabezas que no era el suyo. Con 9 años pasó por un orfanato. En Los Ángeles Orphan Home en Hollywood. Y hay algo en ese detalle que resulta casi irónico. La niña que se convertiría en el mayor símbolo de Hollywood creció literalmente en su sombra, mirando desde la ventana los estudios donde se fabricaban los sueños de medio mundo.

Ella no soñaba con ser actriz todavía. Soñaba con algo mucho más sencillo y mucho más difícil de conseguir. Soñaba con tener una familia, con pertenecer a alguien. Hubo una mujer en esos años que marcó su vida de una manera que los biógrafos suelen mencionar de pasada, pero que en realidad lo explica todo.

Grace Mcharard era la mejor amiga de Gladis y cuando Gladis desapareció en el hospital, Grace intentó hacerse cargo de Norma Jane. No siempre pudo. Su propia vida era complicada, pero fue la primera persona que miró a esa niña y le dijo algo que nadie le había dicho antes. Le dijo que era especial. Le dijo que algún día sería famosa, que el mundo entero la conocería, que su cara estaría en las pantallas de cine.

Para una niña que había pasado sus primeros años de vida siendo devuelta de un hogar a otro como un paquete que nadie sabía dónde colocar. Esas palabras fueron como agua en el desierto. Las bebió enteras. Las guardó en algún lugar profundo donde nadie pudiera quitárselas. Y allí se quedaron esperando. A los 16 años Norma Jean se casó. No por amor, al menos no principalmente.

Se casó porque Grace Godard iba a mudarse fuera del estado y eso significaba que Norma Jean tendría que volver al orfanato. El matrimonio era la única salida legal disponible para una chica de su edad. Su marido se llamaba James Daerty. Tenía 21 años. Era vecino del barrio, trabajador, sin complicaciones. No era un mal hombre.

Era simplemente el hombre equivocado en el momento equivocado, o más exactamente el único hombre disponible cuando la alternativa era el orfanato. Se casaron en junio de 1942. Norm llevaba un vestido blanco prestado. La vida de casada fue exactamente lo que cabía esperar de ese matrimonio. Funcional, tranquila y completamente vacía de todo lo que Norma Jin necesitaba.

Dagerty quería una esposa doméstica. Norma Jean quería algo que todavía no sabía nombrar, pero que sentía como una presión constante en el pecho, una especie de urgencia sin dirección. Cuando Daggerty se fue a la guerra, Norma Jean empezó a trabajar en una fábrica de paracaídas en BBank y fue allí, en esa fábrica ruidosa y sin glamour, donde un fotógrafo del ejército americano llegó a documentar a las mujeres trabajadoras de la industria de guerra.

Le pidió que posara para unas fotos. Tenía 19 años. Y cuando la cámara la enfocó, ocurrió algo que cambiaría el resto de su vida. La cámara la amaba. No es una metáfora, es un fenómeno técnico real que los fotógrafos describen con asombro. Hay personas cuyo rostro capta luz de una manera imposible de explicar y casi imposible de reproducir.

El objetivo encontraba en Norm algo que no existía en otras personas, una presencia magnética que la fotografía amplificaba en lugar de reducir. Las fotos circularon. Llegaron a las agencias de modelos y Norma Jin, la niña del orfanato, la chica casada con el hombre equivocado, de repente tenía algo que nadie le había dado nunca. Atención, admiración.

Una razón para entrar en una habitación. se tiñó el pelo de rubio. Se apuntó a clases de modelo, firmó con la agencia Bluebook y en algún momento de ese proceso, sin que hubiera un instante concreto que pudiera señalarse, Norma Jean Baker empezó a convertirse en otra persona. Todavía no tenía nombre, pero ya estaba en camino.

Y aquí es donde la historia empieza a complicarse de verdad, porque lo que Norma Jean estaba haciendo no era simplemente buscar trabajo, estaba construyendo una herramienta de supervivencia, la única que había encontrado que funcionaba. Si el mundo la miraba, existía. Si el mundo la deseaba, era real. Nadie le había enseñado otra manera de ser real.

En 1946 firmó su primer contrato con la 20th Century Fox, $15 a la semana. Le cambiaron el nombre Marilyn Monroe, combinando el nombre de la actriz Marilyn Miller con el apellido de soltera de la abuela de Norma Jean. Le aclararon más el pelo. Le enseñaron a moverse, a hablar, a sentarse, a levantarse, a sonreír de una manera específica que resultara a la vez inocente y sugerente.

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