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MARCELA BASTERI: La Niña que su Madre Tiró a un Orfanato Acabó con el Hombre que la Borró del Mundo

Le mandaba cartas a banda que nunca tenían respuesta. Le mandaba dinero que nunca sabía  si llegaba. Hasta que un día, en 1957, una hermana suya le escribió desde Italia y le contó la verdad. Tu mujer se fue con otro hombre hace años. Marcela está encerrada en un orfanato. Nadie ha ido por ella. Sergio Basteri tenía entonces unos 30 años.

Estaba trabajando doble turno para mandarle el pasaje a una familia que ya no  existía. Cuando leyó esa carta, según contó décadas después a los periodistas italianos,  se sentó en la orilla de la cama de la pensión y lloró como un hombre roto. Al día siguiente  empezó a ahorrar para otra cosa, para ir a sacar a su hija de ese convento y traérsela con él.

Marcela tenía 11 años cuando alguien le dijo que su padre mandaba por ella. Las monjas la prepararon. Le pusieron un vestido limpio,  le dieron una maleta pequeña con las pocas cosas que tenía y la subieron a un tren y después  a un barco y después a otro tren hasta la casa de una tía en San Vicente,  provincia de Buenos Aires, donde la esperaba un señor bajito con las  manos ásperas, que le dijo en italiano con voz temblorosa, que él era su papá.

Ella no lo recordaba. Claro que no lo recordaba. Había sido bebé la última vez que lo vio. Pero según cuenta la familia  Basteri, esa tarde Marcela abrazó a ese hombre desconocido con la  misma fuerza con la que uno se agarra a lo primero que encuentra después de haber estado ahogándose 7 años.

Ahí en San Vicente, Marcela conoció por primera vez  lo que era tener un hogar. Sergio se había vuelto a casar con una mujer argentina  de ascendencia italiana llamada Catalina Mesín. Y Catalina, la madrastra, fue la primera persona en toda la vida de Marcela que la abrazó sin  tener obligación de hacerlo.

La peinó, la llevó  al colegio, le enseñó a cocinar pasta fresca con la receta de la Toscana que nunca nadie le había enseñado a ella en el convento. Marcela creció  en Argentina ya como Argentina. Aprendió castellano con acento  porteño y aprendió algo más importante, que una mujer que te cuida sin  ser tu madre biológica puede ser la mejor madre que vas a tener en tu vida.

Eso iba a marcar el resto de su historia, porque Marcela, igual que muchas mujeres de su generación, creció creyendo que el amor verdadero era exactamente  eso, alguien que te rescata cuando todos los demás te abandonan. Y por eso, cuando tenía veintitantos años y apareció en su vida un muchacho español alto, flaco, con ojos verdes, que tocaba la guitarra y cantaba boleros y la miraba como nadie la había mirado nunca.

Marcela no lo pensó dos veces. Ese muchacho se llamaba Luis  Gallego Sánchez. Había nacido en Cádiz, España,  el 28 de junio de 1945. Era hijo de cantantes de flamenco.  Tenía ambición de artista y un hambre que no era solo de éxito. Era un hambre vieja, de posguerra, de ver a la familia pasarla mal.

Su nombre artístico iba a ser Luisito Rey y Marcela lo conoció en una playa de Mar del Plata en los veranos de fines de los 60. Lo que ella vio en él fue otro rescatador,  alguien que la iba a sacar otra vez del lugar donde nadie la había querido. que ella no podía ver, porque a los 22 años ninguna mujer ve esas cosas.

Es que acababa de cambiar un orfanato por otro, solo que este orfanato iba a tener albercas, aviones  privados y un marido que iba a convertirse en uno de los hombres más peligrosos del espectáculo latino.  Recuerda ese nombre. Luis Gallego Sánchez. Luisito Rey, porque en las próximas horas vas  a entender por qué, aunque el mundo entero lo celebraba en los escenarios, los que lo conocían de cerca de él como se aleja uno del fuego.

Para entender quién era Luisito  Rey, tienes que entender el mundo en el que se movía. Los años 70 del espectáculo latinoamericano  eran una jungla, un sistema cerrado donde un puñado de hombres decidía quién subía y quién no. Los productores  controlaban a los artistas, los disqueros controlaban a los productores  y los altos funcionarios del gobierno controlaban a los disqueros.

Para que un cantante apareciera en el programa correcto, en el horario correcto, tenía que pasar por una cadena de favores que  casi nunca se pagaba con dinero. Si alguna vez te preguntaste por qué tantos  artistas de esa época terminaron arruinados, alcoholizados o muertos jóvenes, ahora sabes una parte de la respuesta.

Porque cantar bien no era suficiente. Tenías que pagar el precio y el precio casi nunca lo decidías tú. En ese mundo aterrizó Luisito Rey en 1969. Marcela Basteri tenía 22 años cuando lo conoció. Él tenía 24. Empezaron a salir. A ella la familia paterna le advirtió enseguida. Sergio Basteri, el  padre no soportaba a Luisito desde la primera vez que lo vio.

Catalina, la madrastra,  tampoco. Le decían a Marcela en italiano que ese hombre tenía algo en la mirada que no le terminaba de cerrar, que era ambicioso, que era frío, que le iba a hacer mal. Marcela no escuchó. Marcela nunca escuchaba esas advertencias. Porque Marcela había aprendido desde muy chica  que las personas que la querían bien también podían fallarle.

Mejor agarrar al primero que prometiera quedarse. Luisito  y Marcela anunciaron en 1970 que se habían casado. Más tarde  se supo que ese matrimonio no fue legal. Nunca firmaron papeles oficiales.  Era una mentira para la prensa y para la familia de ella. Pero eso ahora no importa. Lo que  importa es que ese mismo año, el 19 de abril de 1970,  en un hospital de San Juan de Puerto Rico, nació un niño rubio de ojos verdes como  los de su madre, al que pusieron Luis Miguel Gallego Basteri.

Ese niño iba a cambiar la vida de Marcela y ese niño iba a ser también la jaula de su madre. Cuando Luis  Miguel tenía 7 u 8 años, Luisito Rey se dio cuenta de algo que iba a  marcar el destino de toda la familia. El niño cantaba. No  cantaba bonito como los niños cantan en las fiestas familiares.

Cantaba con un timbre que asombraba a quien lo escuchaba. Luisito, que llevaba años intentando triunfar como cantante sin terminar de despegar nunca del todo, entendió de inmediato lo  que tenía en su casa. Tenía un boleto de lotería con piernas.  Desde ese día, Luisito dejó de pensar en  sí mismo como cantante.

Empezó a pensar en sí mismo como manager, el manager  de su propio hijo, y empezó a moverse en silencio, sin que Marcela lo supiera, para construir la maquinaria que iba a explotar al niño. La familia  se trasladó a Veracruz, México, después al Distrito Federal. Luisito empezó a tocar puertas.

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