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Lucha Villa: Por ESTO Salió del Cuarto de un Capo Cubierta de Esmeraldas

Y esa lección, la de que el cuerpo y la belleza son una moneda de cambio, se le quedó grabada para toda la vida. La vas a ver reaparecer en la mansión del capo y la vas a ver trágicamente en la mesa del quirófano. De ese matrimonio nacieron sus dos primeros hijos. Rosa Elena en 1953, Carlos Alberto en 1954. Dos bebés en 2 años.

 una adolescente convertida en madre antes de terminar de ser niña. Piénsalo. A los 17 años, cuando otras muchachas pensaban en bailes y vestidos, ella ya tenía dos criaturas que alimentar. Nunca tuvo una adolescencia. Pasó directo de hija a esposa y madre sin escala. Y 7 años después de la boda, el matrimonio se derrumbó.

 Mario Miller desapareció de su vida tan rápido como había entrado. Ahora piensa en lo que significaba eso. Una mujer de 22 años, sola, con dos hijos pequeños, sin dinero, sin estudios, sin un oficio, en el México de los años 50. ¿Tú qué habrías hecho? Las opciones para una mujer así cabían en una mano. Volver a vivir de la caridad de la familia, buscar otro hombre que la mantuviera o apostarlo todo a lo único que tenía.

 Esa voz. Y Luzelena eligió la apuesta más arriesgada de todas. Se subió a un camión rumbo a la Ciudad de México, sola, con una maleta pequeña y un sueño que todos le decían que era una locura. dejó a sus hijos al cuidado de la familia en Chihuahua y se fue a perseguir algo imposible. Una mujer norteña, sin apellidos, sin contactos, queriendo ser cantante en la capital.

La recibió el hambre, las pensiones baratas donde se compartía cuarto con desconocidas, los bares de mala muerte llenos de humo, los borrachos que le aventaban groserías y billetes mojados de cerveza, los programas de radio de madrugada donde a nadie le importaba su nombre. Hubo noches sin techo, día sin comida, momentos en que pensó en rendirse y volver a Camargo, pero algo la detení.

 Algo le decía que aguantara una noche más. Y un día esa terquedad se cruzó con la suerte. Pero antes de eso hubo años de oscuridad que casi nadie cuenta. Años de cantar en cabarets donde el humo era tan denso que no se veía al público. Años de dormir donde se podía y comer cuando se podía. Imagínate a esa mujer madre de dos hijos que dejó en Chihuahua, recibiendo rechazo tras rechazo en una ciudad que no la conocía, sabiendo que si fracasaba no tenía a dónde volver con dignidad.

Esa es la clase de hambre que forma un carácter. Esa es la clase de miedo que no se va nunca ni cuando llega el dinero. Un empresario argentino, Luis G. Dylon buscaba una voz femenina potente para un espectáculo de variedades. La cantante que tenía contratada no llegó el día de la audición y ahí estaba Luz Elena con un vestido prestado porque el suyo no servía, con las manos temblando.

Cuando abrió la boca, el silencio en la sala se volvió absoluto. Esa voz grave llenó el espacio entero. Dy la miró y entendió que delante de él no había una muchacha desesperada más. Había una figura que podía llenar escenarios. Ese mismo día la rebautizó. Lucha por Luz Elena, Villa por Pancho Villa, el revolucionario del norte.

La niña pobre de Camargo desapareció de los carteles. Nació Lucha Villa y fíjate en el nombre porque no podía ser más exacto. Lucha. como pelea, como batalla, como resistencia. Villa por el revolucionario que se levantó contra los poderosos. Dos palabras de pura fuerza para una mujer cuya vida entera fue eso, una lucha de principio a fin.

Lo que nadie sabía es que esa fuerza convivía con una herida que jamás cerró. la herida del abandono, la del padre que se fue, la de la niña que tuvo que crecer demasiado rápido y esa herida escondida debajo de la voz más poderosa de México es la que explica todo lo que vino después. Y aquí ya empieza a dibujarse algo, porque Lucha Villa nunca dejó de ser en el fondo aquella niña sola y asustada del desierto.

 La que aprendió desde muy chica que para sobrevivir tenía que apostar el cuerpo, la voz, lo que fuera. la que aprendió que un hombre con dinero podía ser una salida. Recuerda eso porque más adelante, cuando te cuente lo del capo y lo de la cirugía, vas a entender que no fueron decisiones de una diva caprichosa, fueron las decisiones de una mujer que toda su vida tuvo miedo de volver a quedarse sin nada.

Y déjame que te diga algo antes de seguir. Es muy fácil juzgar a Lucha Villa desde afuera, decir que por qué se casó tantas veces, que por qué se metió con quién se metió, que por qué se operó. Pero ninguno de nosotros cargó lo que ella cargó. Ninguno de nosotros tuvo hambre a los 15.

 Ni crió dos hijos solo, sin un peso, en un país que no perdonaba a las mujeres solas. Esta no es una historia para juzgar a una mujer, sino para entenderla, para ver detrás de la leyenda y del escándalo a una persona de carne y hueso que hizo lo que pudo con lo que la vida le dio, que no fue mucho al principio. Para entender quién era Lucha Villa cuando entró a esa mansión del narco, primero hay que ver hasta dónde había subido, porque no llegó ahí como una corista cualquiera, llegó como una reina.

Después de que Dylon la lanzara, la carrera de Lucha Villa fue cuesta arriba sin freno. Un compositor y director musical de la famosa estación XCW, José Ángel Espinoa, Ferrusquilla, la escuchó y la metió a la radio más importante del país. Le enseñó el oficio, cómo modular la voz, cómo pararse en un escenario como si fuera la dueña del mundo.

Y para que entiendas lo que significaba la XCWN México, déjame explicarte. No había televisión en cada casa, no había internet ni teléfonos. La radio era el corazón de la casa mexicana. La familia entera se sentaba alrededor del aparato a escuchar y la XCW era la estación más poderosa de toda América Latina.

 La llamaban [música] la voz de la América Latina desde México. Entrar ahí era entrar a las casas, a las cocinas, a las vidas de millones de personas al mismo tiempo. Y Lucha Villa entró por la puerta grande. En 1961 grabó su primer disco y a partir de ahí todo explotó. Entre 1964 y 1976 recibió 12 

discos de oro. 12. Uno detrás de otro casi cada año. Guarda ese número. 12 discos de oro seguidos. En una época en que ganar un disco de oro significaba vender cientos de miles de copias con dinero contante yendo a la tienda a comprarlas, lo vas a necesitar para medir la altura desde la que cayó. Y había algo que la hacía distinta de todas las demás reinas de la ranchera.

En esa época las cantantes mujeres actuaban desde el balcón de los palenques, arriba, separadas del público, protegidas de la multitud de hombres borrachos que llenaba el ruedo. Pero Lucha Villa bajaba, se paraba en medio del redondel, rodeada de hombres, enfrentando esa masa de rostros sudorosos y miradas desafiantes, y cantaba con una fuerza que los hacía callar.

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