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Los destructores japoneses no creyeron que aquel submarino atacaría… hasta que hundió 19 barcos

Nuestra misión empezó a finales de 1944, cuando el Pacífico era un tablero enorme de islas, convoyes, aviones y cementerios invisibles. Los japoneses movían combustible, municiones y tropas por rutas cada vez más peligrosas. Sus destructores protegían convoyes con una disciplina feroz. Sabían que los submarinos estadounidenses estaban destrozando sus líneas de suministro. Por eso cada carguero importante iba rodeado de escoltas, como si llevara un secreto dentro del casco.

Nosotros patrullábamos cerca de una ruta al norte de Luzón.

El primer convoy apareció al tercer día.

Cuatro cargueros, dos petroleros y tres destructores. En superficie, bajo una luna cubierta de nubes. El radar los detectó antes de que ellos supieran que existíamos. Bajamos a profundidad de ataque. Nadie hablaba. En un submarino, antes de lanzar torpedos, hay un silencio extraño. No es miedo solamente. Es concentración. Es saber que, al apretar un botón, vas a cambiar la vida de desconocidos que están encima del agua sin verte.

Esto conviene decirlo claro: hundir barcos no era un juego. No era una aventura limpia. Había hombres en esos barcos. Jóvenes, viejos, asustados, obedientes, fanáticos, cansados, de todo. La guerra convierte a las personas en objetivos porque, si no lo hace, nadie podría apretar el gatillo. Pero eso no significa que desaparezcan como personas.

Yo tardé en entender esa incomodidad. Y creo que está bien no perderla del todo.

Aquella noche hundimos un petrolero y un carguero de municiones. El segundo estalló con una luz naranja que iluminó el mar entero. Durante unos segundos, la noche fue de día. El Barracuda se sacudió por la explosión aunque estábamos a distancia. Algunos hombres gritaron de alegría. Otros se quedaron callados.

Roarke no celebró.

—Abajo —ordenó—. Nos han visto.

Los destructores vinieron a por nosotros.

La primera persecución duró seis horas.

Seis horas escuchando hélices, cargas de profundidad, metal retorcido y oraciones murmuradas entre dientes. Una carga explotó tan cerca que se apagaron las luces. Otra rompió tuberías y dejó a media tripulación empapada. El electricista, Tommy Hale, se abrió la ceja al golpearse contra una válvula. La sangre le cayó sobre un ojo y aun así siguió trabajando.

—Luego me pongo guapo —dijo.

Nadie se rió. Después sí. Pero en ese momento no.

Escapamos al amanecer, deslizándonos por debajo de una capa térmica que confundió el sonar enemigo. Roarke conocía el mar como otros conocen una calle de barrio. Sabía cuándo correr, cuándo esconderse y cuándo dejar que el enemigo creyera que ya te tenía.

Al terminar el día, el contador era claro: dos barcos hundidos, uno dañado y nosotros vivos.

Eso ya habría bastado para una patrulla decente.

Pero Roarke no giró hacia la base.

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