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La trágica muerte de Gilda — La maestra que se convirtió en santa

Sus padres querían llamarla Shill, pero en las oficinas del Registro Civil les dijeron que ese nombre no era posible, que necesitaban elegir uno más convencional, así que quedó registrada como Miriam Alejandra. Pero en casa, en el mundo pequeño y cálido de ese departamento de Villa Devoto, ella siempre fue Shill, para los suyos, o Hill, un apodo que vino después, sin ningún plan, sin ninguna intención de que algún día se convertiría en el nombre con el que millones de personas la conocerían.

Desde pequeña, Miriam tenía algo que los demás niños no tenían, o al menos no de la misma manera. No era solo que le gustara la música, aunque eso era evidente desde que podía caminar, era algo más difícil de definir. Era una presencia, una manera de entrar en una habitación que hacía que la gente volviera la cabeza, una forma de sonreír que hacía que los demás sonrieran también, casi sin darse cuenta, como si la alegría fuera contagiosa cuando ella estaba cerca.

Le gustaba disfrazarse, le gustaba imitar a las cantantes que escuchaba en la radio, se ponía los zapatos de taco de su madre y desfilaba por el living con una seriedad absoluta, como si ese living fuera el escenario más importante del mundo. Y en cierto sentido, para ella lo era. Pero la vida no siempre nos deja seguir el camino que elegimos de niños.

A veces la vida interrumpe los sueños con una brutalidad que no pide permiso. Miriam tenía 10 años cuando su padre sufrió un ataque que lo dejó hemiplégico. De pronto, en ese departamento de Villa Devoto, que había sido un lugar de música y alegría, entró la sombra de la enfermedad, de las cuentas médicas, del miedo al futuro.

La madre de Miriam tuvo que trabajar más. La familia tuvo que reorganizarse y Miriam, que tenía 10 años y unos sueños que llenaban su corazón, aprendió muy pronto que los sueños no siempre son lo primero. Durante 6 años, su padre vivió con esa hemiplegia. 6 años en los que la familia cargó con el peso de los cuidados, de los gastos médicos, de la incertidumbre.

Y cuando Miriam tenía 16 años, Omar Bianki murió. 16 años. La edad en que una chica debería estar pensando en sus amigos, en su futuro, en la música que le gusta, en los chicos que la hacen sonrojar. Y Miriam estaba pensando en cómo ayudar a su madre a mantener la familia, en cómo ser responsable, en cómo hacer lo que había que hacer, aunque no fuera lo que una quería.

Dejó de lado por el momento, la idea de seguir estudiando lo que soñaba. Empezó el magisterio, no porque fuera su pasión, aunque tampoco le disgustaba, sino porque era práctico, porque era rápido, porque la familia necesitaba estabilidad y ella era la hija mayor y eso significaba algo en esa familia y en esa época y en esa cultura.

A los 18 años conoció a Raúl Kagnin, fabricante de escobas, novio de toda la vida, como se decía en esa época. Un hombre correcto, trabajador, sin grandes complicaciones. El tipo de hombre con el que una chica de clase media de Villa Devoto se casaba en los años 80. El tipo de hombre con el que una construía, la familia feliz, esa postal perfecta para mostrar al mundo. Se casaron.

Tuvieron dos hijos, Mariel, la mayor, Fabricio el menor. Miriam trabajaba como maestra jardinera. Raúl trabajaba en su negocio de escobas. vivían en un departamento, tenían lo que se supone que hay que tener, pero adentro de Miriam, en ese lugar secreto que solo existe en las personas que llevan algo dentro que todavía no encontró la salida, la música seguía viviendo, seguía creciendo, seguía esperando.

Ella escribía canciones en un cuaderno que no veía nadie, letras sueltas, melodías que tarareaba en silencio mientras lavaba los platos o preparaba las clases del día siguiente. Canciones que hablaban de amor, de dolor, de esa mezcla de felicidad y tristeza que solo se puede expresar con música, canciones que nadie escuchaba, canciones para nadie o quizás canciones para el momento en que alguien finalmente las escuchara.

Miriam tenía casi 30 años y una vida ordenada, correcta, en la que faltaba exactamente lo que más importaba. No era infeliz de la manera obvia, no lloraba todas las noches, no odiaba su vida, simplemente sentía con esa certeza silenciosa que es peor que el drama, que estaba viviendo una versión reducida de sí misma, que había algo más, que ella era más que el guardapolvo blanco y las clases de preescolar y los domingos en familia.

Y entonces, un día de 1991, leyó un aviso en el diario. Buscaban vocalistas femeninas para un grupo de música tropical. Guardó el diario, lo volvió a abrir, leyó el aviso otra vez. Sintió algo en el pecho que no sabía muy bien cómo describir. Miedo, emoción, las dos cosas al mismo tiempo. Llamó por teléfono. Ese llamado cambió todo.

No fue fácil llegar hasta allí. No fue fácil convencerse de que tenía derecho a intentarlo. No fue fácil enfrentar la mirada de su marido cuando le dijo que quería ir a una audición para cantar en una banda de cumbia. Raúl no lo entendió. No lo entendió ese día, ni al siguiente ni nunca, porque para él Miriam era la madre de sus hijos y la maestra del barrio y la mujer que tenía que estar en casa, no subida a un escenario de bailanta cantando para desconocidos.

Pero Miriam fue, se paró frente a los hombres de esa banda y cantó. Y cuando terminó, el silencio en esa sala fue de esos silencios que dicen más que cualquier palabra, porque lo que Miriam tenía no era solo una voz, era algo que se siente antes de poder nombrarlo. era autenticidad, era emoción real, era esa cualidad rarísima que tienen algunos artistas de hacer que quien los escucha sienta que esa canción fue escrita exactamente para él, para ese momento, para esa herida que lleva adentro y no le ha contado a nadie, la aceptaron. Miriam dejó el guardapolvo en

el ropero y empezó a convertirse en guilda. El nombre vino de Rita Hayworth, de la película de 1946, donde Hayworth interpretaba a una mujer fatal, sensual, libre, imposible de ignorar. Guilda. Un nombre que sonaba a misterio, a escenario, a luz de reflector. Un nombre que no tenía nada que ver con Miriam Bianke de Villa Devoto y que al mismo tiempo tenía todo que ver con la mujer que ella había estado siendo en secreto durante 30 años.

Los primeros pasos en la música no fueron ningún cuento de hadas. Nadie la esperaba con los brazos abiertos. Nadie le puso alfombra roja. El mundo de la cumbia y la música tropical en la Argentina de principios de los 90 era un mundo duro, masculino, competitivo, donde una mujer de 30 años que llegaba tarde, que no tenía el cuerpo voluptuoso que se esperaba, que no venía de ningún lugar conocido en la industria, tenía que demostrar su valor cada vez en cada ensayo, en cada show, frente a cada promotor que la miraba con escepticismo.

Empezó como cantante de respaldo. Después se unió a una banda llamada La Barra, luego a otra llamada Crema Americana. Pequeños escenarios, bailantas de barrio, lugares donde el humo llenaba el aire y la gente bailaba apretada y el sonido nunca era perfecto, y los camarines eran closets con un espejo partido, lugares donde una artista sin nombre ni historia tenía que ganarse al público en tiempo real.

sin red de seguridad, con lo único que tenía, su voz y lo que esa voz llevaba adentro. Y Hilda, en esos escenarios pequeños y ruidos y perfumados de sudor y alegría popular, fue ganando algo que no se compra ni se fabrica. fue ganando la confianza del público, porque la gente que bailaba en esas bailantas, la gente que llegaba cansada del trabajo y ponía todo lo que le quedaba de energía en esas noches de música, esa gente tenía un radar infalible para detectar la falsedad y en guilda no había falsedad ni un gramo. Lo que ella ponía

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