El viernes 21 de octubre de 1978, a las dos de la madrugada, la ciudad de La Plata albergaba un foco de resistencia cultural que desafiaba abiertamente la oscuridad de la época. El viejo almacén San José, un emblemático espacio gestionado por Cristina Dorato en la diagonal 74, se encontraba completamente abarrotado. El aforo de trescientas personas dentro del recinto se había desbordado de tal manera que las ventanas tuvieron que ser abiertas de par en par para que la multitud que se agolpaba en la calle pudiera escuchar el concierto. En el escenario se encontraba Mercedes Sosa, la gran voz del norte profundo argentino, quien a sus 43 años cantaba con extrema cautela. Sabía perfectamente que entre el público se hallaban seis hombres de civil pertenecientes a las fuerzas de seguridad, apostados allí desde temprano bajo el pretexto burocrático de “garantizar el espectáculo”.
La atmósfera cargada de tensión se fracturó cuando el público comenzó a exigir una melodía prohibida por el régimen dictatorial de Jorge Rafael Videla: “Cuando tenga la tierra”, una composición de Hamlet Lima Quintana que reivindicaba la justicia para los campesinos desposeídos. Mercedes aceptó el desafío y la cantó, enlazándola de inmediato con “Canción con todos”. En ese instante, la frialdad de la dictadura militar se materializó de forma violenta. Las fuerzas policiales irrumpieron en el local, empujaron a los asistentes contra las paredes y desalojaron a la artista del escenario. Las trescientas personas del público fueron subidas a camiones celulares y trasladadas a la comisaría segunda, en la calle 38. Mientras los ciudadanos comunes comenzaron a recuperar su libertad entre la madrugada y el amanecer, Mercedes Sosa fue retenida durante dieciocho agónicas horas en una oficina policial.

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Durante ese encierro preventivo, los oficiales la sometieron a un castigo psicológico sistemático, obligándola a escuchar una y otra vez las grabaciones en bucle de los temas subversivos que acababa de interpretar. Entre insultos denigrantes que buscaban quebrar su dignidad, la artista se plantó con la firmeza de su inigualable registro vocal y pronunció una defensa visceral que definiría su existencia: “¿Por qué me detienen a mí? Solo soy una madre argentina que le canta a su gente”. Aunque ningún dispositivo oficial registró el momento, el testimonio exacto fue preservado para la posteridad por Cristina Dorato, quien también se encontraba bajo arresto en los calabozos traseros del edificio. Aquella noche marcó el fin de la tolerancia de la dictadura hacia su figura y encendió las alarmas sobre el verdadero costo que la resistencia cultural demandaría a su entorno familiar.
Tras el incidente de La Plata, el aparato judicial imputó a Mercedes Sosa bajo leyes de censura de telecomunicaciones y normativas de penalización de actividades subversivas, cancelando de inmediato cualquier presentación futura en territorio argentino. El célebre productor teatral Carlos Rottenberg intentó organizar un último concierto de resistencia en la localidad de Pinamar para enero de 1979, pero la policía bonaerense, bajo las órdenes directas del gobernador Ibérico Saint-Jean y el comisario Miguel Etchecolatz, clausuró el teatro antes de que se encendieran las luces. Sin espacios para cantar y acorralada por el silencio administrativo, Mercedes Sosa se vio forzada a aceptar un salvoconducto judicial para abandonar el país. Antes de abordar el avión, viajó a su natal San Miguel de Tucumán para refugiarse en el barrio Parque junto a su madre, Ema del Carmen Girón. Allí, compartiendo un tradicional plato de locro que evocaba su infancia de privaciones, la artista se despidió de su tierra natal. El 2 de febrero de 1979, despegó desde el aeropuerto de Ezeiza con rumbo a Madrid, dejando atrás a su único hijo, Fabián Matus, quien con apenas veinte años debió enfrentar en solitario la densa atmósfera represiva de Buenos Aires.
El exilio europeo de Mercedes Sosa, a menudo retratado por las narrativas oficiales como una etapa de glamour intelectual y teatros llenos en París y Madrid, escondía una realidad física y emocional devastadora. El desarraigo destruyó la salud de la cantante. Diversas investigaciones biográficas publicadas en el ámbito musical confirman que la creadora del Movimiento del Nuevo Cancionero padeció una angustia crónica que se manifestó en severas afecciones hepáticas, trastornos digestivos, vómitos recurrentes e insomnio. La distancia con Fabián y el recuerdo constante de la zafra de Tucumán donde su padre, Ernesto “Tucho” Sosa, trabajaba la caña de azúcar, debilitaron su organismo. Para colmo de males, la geografía del exilio le deparó una ironía macabra: en las calles de Madrid también residía, amparado por un pasaporte diplomático falso, José López Rega, el fundador de la Triple A que en 1975 le había enviado una carta dándole un ultimátum de setenta y dos horas para salir del país bajo amenaza de muerte. La perseguida y el artífice de su persecución compartían el mismo aire continental mientras Argentina continuaba desangrándose.
Hacia finales de 1981, la dictadura militar evidenciaba signos de un desgaste irreversible debido a la crisis económica, la devaluación de la moneda y el creciente descontento popular. El empresario musical Daniel Grinbank detectó una ventana de oportunidad política para gestionar el retorno de la cantante a los escenarios nacionales, pero requería de un intermediario de absoluta confianza. El encargo recayó sobre Fabián Matus, quien viajó a Bogotá para encontrarse con su madre durante una gira internacional. Al proponerle la idea del regreso, Mercedes, con el rostro iluminado pero consciente del peligro, le planteó una sola condición: “Dos conciertos”. No obstante, la autorización gubernamental para que una figura procesada por subversión volviera a pisar suelo argentino requería una última y peligrosa estación burocrática.
En enero de 1982, Fabián Matus, con solo veintitrés años de edad, ingresó de forma voluntaria a las oficinas de la Superintendencia de Seguridad Federal para negociar las condiciones del repertorio musical. El joven se encontró solo frente a un oficial de alto rango militar que, en un claro gesto de intimidación sicológica, mantenía una pistola desenfundada directamente sobre el escritorio de madera. Bajo un tono de mando rudo y autoritario que se prolongó durante más de dos horas, Fabián se vio obligado a consensuar los límites artísticos del evento. El oficialismo militar se plantó con firmeza intransigente prohibiendo de forma taxativa piezas críticas como “Fuerza” de José Luis Castiñeira de Dios y Susana Lago, así como “La carta” de Violeta Parra. Sin embargo, en un calculado repliegue político derivado de la propia agonía del régimen, la Superintendencia autorizó la interpretación de “Fuego en Animaná”, “Canción con todos” y “Cuando tenga la tierra”, las mismas composiciones que años atrás habían provocado la detención de la cantante en La Plata.

Con el pacto cerrado, Mercedes Sosa regresó a Buenos Aires el 16 de febrero de 1982 para presentarse en el emblemático Teatro Ópera de la avenida Corrientes. La tarde del primer concierto estuvo plagada de revisiones policiales minuciosas en busca de artefactos explosivos en los camerinos. En los controles técnicos, el ingeniero de sonido Gustavo Gauvry lidiaba con la ruidosa presencia de uniformados militares que daban órdenes de intendencia militar a pocos metros de los micrófonos de grabación. En los camerinos, presa de un pánico profundo acumulado por tres años de destierro, Mercedes Sosa sufrió una crisis nerviosa y gritó a su equipo de confianza: “¡O salgo ahora o me voy a la mierda!”. Al abrirse el telón, la respuesta de la sociedad civil fue contundente: una copiosa lluvia de claveles rojos, llevados en secreto por los dos mil quinientos espectadores que abarrotaban la sala, cubrió por completo las tablas del escenario. El concierto se transformó en un llanto colectivo y en una manifestación política abierta contra el gobierno de facto.
Lo que la historiografía tradicional suele omitir es el amargo desenlace de aquellas jornadas de fervor popular. Las dos presentaciones iniciales planificadas se multiplicaron por el éxito de taquilla hasta alcanzar trece noches consecutivas a sala llena, dando origen al icónico álbum doble “Mercedes Sosa en Argentina”. Sin embargo, una vez apagadas las luces del Teatro Ópera, los estamentos militares moribundos hicieron llegar una advertencia informal pero tajante a través de emisarios secretos: “Ya está, ya cantaste, ahora vuelve a Europa”. Mercedes Sosa se vio forzada a emprender un segundo exilio oculto, cruzando nuevamente el océano Atlántico en un periodo de confinamiento extraoficial que solo concluiría de forma definitiva en 1983, con la instauración de la democracia bajo la presidencia de Raúl Alfonsín.
Los años posteriores consolidaron la figura de Mercedes Sosa como un patrimonio cultural viviente de América Latina, colaborando con íconos de diversas vertientes como Charly García, León Gieco, Ariel Ramírez, Shakira y René Pérez, cosechando premios Grammy y el reconocimiento unánime de los parlamentos internacionales. En toda esa etapa de esplendor, Fabián Matus asumió el rol de representante artístico y protector incondicional de la agenda de su madre, administrando los costos de un legado que pertenecía a millones de ciudadanos. Tras el fallecimiento de Mercedes el 4 de octubre de 2009, cuyo velatorio paralizó al país con honores de Estado en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación, Fabián se consagró a la presidencia de la Fundación Mercedes Sosa para resguardar los archivos históricos de la censura. Diez años más tarde, el 15 de marzo de 2019, Fabián Matus falleció víctima de un avanzado cáncer de pulmón a los 60 años, en una atmósfera de absoluto silencio mediático que contrastó con la masividad que siempre rodeó a su progenitora. La historia de la familia Sosa-Matus demuestra que detrás del bronce de los monumentos y la pureza de las melodías prohibidas, existió una herida humana real, profunda y silenciosa que se pagó con el cuerpo, con la salud y con los años perdidos de una madre y un hijo divididos por el terror de Estado.