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La ametralladora era invencible, hasta que Villa encontró su falla fatal

Antes de aquella tarde, Villa había confiado más en el corazón de sus hombres que en cualquier aparato moderno.

No porque fuera ignorante, como decían sus enemigos en los salones finos. No. Villa podía no hablar como abogado, podía no citar libros franceses, podía no usar palabras largas para parecer importante. Pero tenía una inteligencia de tierra, de persecución, de hambre. Una inteligencia que no se aprende sentado en una silla limpia. Se aprende escapando. Se aprende perdiendo. Se aprende oliendo cuando un hombre va a traicionarte antes de que él mismo lo sepa.

A mí siempre me ha parecido que esa clase de inteligencia se desprecia demasiado. Hay gente que cree que pensar bien es hablar bonito. Y no. Pensar bien, muchas veces, es sobrevivir donde otros se mueren con el discurso perfecto en la boca.

Villa había nacido pobre, o peor que pobre: había nacido en un mundo donde al pobre se le enseñaba desde chico a bajar la mirada. Pero él no bajó la mirada mucho tiempo. La levantó primero contra los patrones, luego contra los rurales, luego contra los gobiernos y finalmente contra la historia entera, como si quisiera decirle: “A mí no me escribes tú. Me escribo yo.”

Le llamaron bandido.

Le llamaron asesino.

Le llamaron caudillo.

Le llamaron héroe.

Todas esas palabras tenían algo de verdad y algo de mentira. Porque Villa no cabía limpio en ninguna. Era generoso y brutal. Tierno con un niño y terrible con un enemigo. Capaz de repartir comida en un pueblo y ordenar una ejecución sin que le temblara la voz. Así son muchos hombres nacidos en tiempos rotos: no salen puros. Salen hechos de heridas.

Cuando la Revolución prendió, Villa encontró por fin una causa más grande que su rabia. O quizá su rabia encontró una bandera. No siempre se puede distinguir una cosa de la otra.

La División del Norte creció como crecen las tormentas: primero un rumor, después un cielo negro, luego un estruendo que hace cerrar puertas. Llegaban campesinos, arrieros, exmineros, muchachos con más hambre que puntería, hombres perseguidos por deudas, por injusticias o por crímenes reales. También llegaban aventureros, extranjeros, antiguos soldados, gente que olía pólvora como otros huelen pan recién hecho.

No todos eran santos.

La Revolución nunca fue una procesión de santos.

Pero muchos tenían algo en común: estaban cansados de vivir arrodillados.

Villa los miraba y entendía. Él también había sentido ese cansancio.

—Un hombre con hambre no necesita discursos —decía—. Necesita pan, caballo y una razón para no morir como perro.

La razón se la daba la Revolución.

El caballo se lo conseguían como podían.

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