Y había algo más. Debajo del Golfo de México en Campeche, la Tierra estaba escondiendo una promesa enorme y peligrosa. Petróleo, mucho petróleo. De pronto, el país que había aprendido a vivir administrando carencias empezó a imaginarse como una potencia. Los discursos se inflaron. Los mapas del subsuelo parecían mapas de salvación.
Pemex se volvió la palabra mágica que lo explicaba todo. Riqueza, modernidad, orgullo nacional. Y López Portillo creyó en esa fantasía con una fe casi religiosa. En vez de pedir prudencia o de hablar de cuidar la oportunidad, hizo lo contrario. En su primer informe de gobierno en 1977, dijo una frase que iba a perseguirlo hasta la tumba.
Dijo que los mexicanos teníamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia. Administrar la abundancia. Guarda esa frase, la vas a necesitar para entender el final, porque ahí, en esas tres palabras, empieza la grieta. Como si México ya hubiera vencido a la pobreza. Como si el dinero del futuro ya estuviera depositado en las cuentas del presente, como si el petróleo ya fuera suyo, una corona puesta sobre su cabeza y no apenas una posibilidad por trabajar.
Entre 1977 y 1981, la apuesta por Pemex alcanzó cifras descomunales. Miles de millones de dólares destinados a explotar y a vender crudo. Carreteras, créditos, proyectos, promesas. Todo empezó a crecer al ritmo de una abundancia que todavía no estaba asegurada. El precio del petróleo subía y con él subía el ánimo de un presidente que ya hablaba como si el país le perteneciera.
Y aquí necesito que me acompañes un momento, porque para ti esto no es un dato de libro de historia, esto es tu juventud. Era la época en la que tú llegabas de trabajar, prendías la televisión y el país entero parecía estar de fiesta con la idea de que íbamos a ser ricos. Tú lo escuchaste en el radio de la cocina, en las noticias de la noche, en las pláticas de sobremesa con tu marido, con tus hermanas, con las vecinas y vamos a hacer una potencia, nos lo dijeron tantas veces que muchos lo creyeron.
Y por eso, cuando todo se vino abajo, dolió tanto, porque la caída arrastró con ella a toda una generación que le había creído. Y para que entiendas el tamaño de la traición, primero tienes que recordar el tamaño de la esperanza. El primero de diciembre de 1976, el día que tomó posesión, López Portillo hizo algo que casi ningún presidente hace.
Se dirigió a los pobres y les pidió perdón. Con sus palabras, pidió perdón a los desposeídos y a los marginados por no haber acertado todavía a sacarlos de su postración. Guarda esa imagen un hombre que empieza su gobierno pidiendo perdón a los pobres y que lo termina 6 años después llorando y pidiendo perdón otra vez.
Entre esos dos perdones cabe toda esta historia y cabe una colina con cuatro mansiones. México venía golpeado. El gobierno anterior, el de Luis Echeverría, había dejado una economía con inflación, con deuda, con desconfianza. Justo antes de que López Portillo entrara, el peso se había devaluado por primera vez en más de 20 años.
El país estaba nervioso, cansado, con ganas de creer en algo. Y entonces, como un regalo del cielo, llegó la noticia que lo cambió todo. Debajo del Golfo, en la sonda de Campeche, había petróleo en cantidades que nadie imaginaba. El yacimiento de Cantarel, uno de los más grandes del planeta. De repente, el país pobre y endeudado se descubrió sentado sobre un tesoro.
Al frente de Pemex, López Portillo puso a un hombre de su entera confianza, Jorge Díaz Serrano, que empujaba con todas sus fuerzas para extraer el crudo lo más rápido posible. Y el presidente lo escuchó. Más pozos, más exportación, más deuda para financiar más pozos. La lógica parecía perfecta. El petróleo de hoy se pagaba con el petróleo de mañana y mientras el crudo subiera de precio, nadie hacía las cuentas de qué pasaría si un día bajaba.
El país se sintió grande. En 1979, López Portillo llegó a pararse frente a las Naciones Unidas a proponerle al mundo un plan mundial de energía, como si México ya se sentara en la mesa de los que mandan. Ese mismo año, por primera vez en la historia, un papa pisó suelo mexicano. Juan Pablo Segi Las calles se llenaron, la gente lloraba de emoción.
El país entero parecía estar viviendo un momento de gloria y tú estabas ahí. ¿Tú saliste a la calle a ver pasar al Papa o lo viste por televisión con tu madre al lado, tú escuchaste que íbamos a ser ricos, que por fin México iba a salir adelante, que a tus hijos les iba a tocar un país mejor y lo creíste? Porque era hermoso creerlo, porque todos a tu alrededor lo creían.
Ese es el punto que no puedes perder de vista. Y conviene decirlo claro, quienes creyeron en aquella promesa eran gente trabajadora y esperanzada que confió en su presidente como se confía en alguien a quien se admira. La ilusión era real, el petróleo era real. El problema fue lo que se hizo con todo eso, porque mientras el país soñaba en grande arriba, en el círculo más cercano al presidente, se estaba cocinando otra cosa, una idea peligrosa, la idea de que el petróleo no era de México, era de él.
Pero aquí viene el detalle que casi siempre se olvida. Cuando un hombre empieza a creer que el dinero del subsuelo le pertenece a su nombre, el poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una propiedad. López Portillo empezó a gobernar como si el Palacio Nacional fuera una extensión de su casa, como si el Estado pudiera organizarse con la lógica de la sangre, del apellido, de la confianza de la familia.
Y ahí apareció la otra cara de la abundancia, el nepotismo. Su hijo, José Ramón, de apenas 26 años, fue colocado en una posición clave dentro de la Secretaría de Programación y Presupuesto, subsecretario a los 26. Su hermana Margarita quedó al frente de radio, televisión y cinematografía, controlando la pantalla pública, el cine, la memoria visual de todo un país.
Otra hermana, Alicia, fue su secretaria particular. Cuando lo criticaron por meter a su hijo en el gobierno, López Portillo no se escondió. No pidió disculpas. Con una sonrisa frente a los periodistas, dijo que ese nombramiento era el orgullo de su nepotismo. El orgullo de su nepotismo. Lo dijo con esas palabras en voz alta.
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Sin pena. Piensa en eso un momento. Mientras México celebraba los pozos petroleros como si fueran milagros, el gobierno se iba llenando de parientes, de amigos, de protegidos. Donde debía pesar la preparación, pesaba el apellido. Donde debía pesar la capacidad, pesaba la cercanía. Y la nación poco a poco empezó a confundirse con una herencia privada.
Esa confusión iba a costar caro, porque la abundancia cuando cae en manos de un sistema enfermo no cura nada. solo agranda los vicios, les pone alfombra roja, les construye oficinas y les entrega presupuesto. Y antes de que el peso se desplomara, antes de que la banca cayera bajo el puño del estado, hubo otro incendio más silencioso, el de la conciencia.
Ese empezó el día en que el poder dejó de preguntarse qué necesitaba el país y empezó a preguntarse a quién más de la familia se podía acomodar, pero hubo un incendio que no fue silencioso, uno de fuego de verdad, uno que dejó muertos con nombre y apellido. Y entre esos muertos había un hombre del que casi nadie se acuerda hoy, un bombero. Se llamaba Benustiano González.
Recuerda ese nombre porque cuando aparezca otra vez vas a entender que en este sexenio hasta el descuido tenía apellido y el apellido era el del presidente. Para entender lo que viene, tienes que entender cómo funcionaba la maquinaria. Y la maquinaria era sencilla y perversa al mismo tiempo. El país pedía prestado en dólares apostando a que el petróleo lo pagaría todo.
El gobierno gastaba como si la abundancia ya estuviera en la caja y mientras tanto, el peso se mantenía caro, sostenido con alfileres, porque reconocer la verdad habría significado admitir que el milagro no era milagro, era deuda vestida de futuro. Piénsalo como una casa. Una familia que gana bien un año decide que va a ganar bien para siempre.
Compra crédito, el coche, los muebles, las vacaciones, la casa más grande, todo financiado con la promesa de un sueldo que todavía no llega y un día el sueldo no llega. Eso le pasó a México entero. Solo que la familia en este caso eran 70 millones de personas y el que firmaba los créditos no iba a pagar la cuenta, la ibas a pagar tú.
Los técnicos más serios ya veían la grieta desde 1981. El peso estaba sobrevaluado en más de un 40%. El precio del petróleo, que iba a salvarnos a todos, empezó a bajar justo cuando más se necesitaba que subiera. La deuda crecía, el dinero empezaba a salir del país en cantidades que asustaban y el gobierno, en lugar de corregir a tiempo, prefirió seguir sosteniendo la ilusión un poco más, un poco más, siempre un poco más, hasta que ya no se pudo.
Quizá tú conoces a alguien en que trabajó toda su vida, que guardó peso sobrepeso pensando en su vejez y que un día, sin comerla ni beberla, descubrió que ese dinero ya no alcanzaba ni para la mitad. Quizá esa persona fue tu madre, quizá fuiste tú. Lo que le pasó a esa persona no fue mala suerte, fue el resultado de decisiones que se tomaron en oficinas a las que ella nunca entró por hombres que nunca conoció, que nunca le pidieron permiso.
Y aquí viene lo primero que te prometí. El petróleo le hizo creer a este hombre que el país era suyo y esa fantasía la pagaste tú con los ahorros de tu vida. En agosto de 1981, López Portillo soltó otra de sus frases inmortales. Prometió que defendería el peso. Dijo que lo defendería como un perro.
Esa frase, como un perro, la dijo con la convicción del que está seguro de que la historia le va a dar la razón. y la historia que tiene un sentido del humor cruel y fue exactamente lo contrario. El 18 de febrero de 1982, el Banco de México se retiró del mercado de cambios. Tradúcelo a lo que sentiste en tu casa. El dólar empezó a subir.
Los precios cambiaron de un día para otro, lo que el lunes costaba una cosa, el viernes costaba otra. Al inicio del sexenio, el dólar rondaba los 22 pes. Al final, llegó a niveles cercanos. A los 70. En 6 años, la moneda perdió la fuerza como si alguien le hubiera vaciado la sangre. Y cuando una moneda se desangra, no cae sola.
Arrastra todo lo que toca. Los ahorros, los sueldos, los pequeños negocios, los planes de toda una vida, la pensión que un hombre había juntado durante 40 años de trabajo, el dinero que una madre guardaba para la boda de su hija. Todo eso valía menos cada mañana. Y nadie te lo preguntó, nadie te avisó a tiempo, simplemente una mañana despertaste más pobre que la mañana anterior.
Y aquí hay una historia que casi nadie te contó completa porque es de las que duelen en el bolsillo. La historia de la trampa. Cuando el peso empezó a temblar, mucha gente prudente hizo lo que parecía más sensato. Buscó refugio en el dólar y en aquellos años podías entrar a tu banco de toda la vida, a Banamex, a Bancomer, a cualquiera y abrir ahí mismo una cuenta de ahorros en dólares.
Te sentías a salvo. Mientras el peso se hundía, tu dinero estaba guardado en la moneda fuerte, en tu propio banco, en tu propia ciudad. Parecía el bote salvavidas, pero el bote tenía un agujero. En agosto de 1982, el gobierno tomó una decisión que muchos no perdonarían nunca. decretó que todas esas cuentas en dólares se convertirían a la fuerza a pesos y no al precio real del mercado.
El dólar libre andaba por arriba de los 1 pes, pero a esos ahorradores se les pagó su dinero a 70 pesos por dólar. Léelo despacio. Habías guardado dólares para protegerte y de un día para otro el estado te los cambió por pesos a un precio que te quitaba casi un tercio de tu dinero, sin preguntarte sin opción.
Quienes habían confiado en el sistema bancario nacional vieron desaparecer en cuestión de semanas una buena parte de lo que tenían. Esto no le pasó a los ricos de verdad. Los ricos de verdad ya habían sacado su dinero a Texas, a Miami, a Suiza mucho antes. Los queeron en la trampa fueron los otros: el médico que empezaba su consultorio, el pequeño comerciante, el matrimonio que había juntado para comprar una casa, la maestra jubilada, la clase media mexicana.
Esa que confió en su banco y en su país, esa fue la que pagó y a los pocos días, el primero de septiembre, llegó el cerrojo final. Junto con la nacionalización de la banca, el gobierno impuso un control de cambios, es decir, prohibió operar libremente con dólares. El bote salvavidas ya estaba roto y ahora, además, cerraban la puerta para que nadie más subiera.
Imagina la escena, filas en los bancos, rumores de que iban a congelar las cuentas, gente comprando lo que fuera con tal de no quedarse con billetes que cada día valían menos, una sensación de pánico silencioso que entraba a las casas a la hora de la cena. Para una familia común, todo esto se traducía en algo muy simple y muy cruel.
El trabajo de muchos años, esfumado de un día para otro, esa familia no había hecho nada mal. El golpe vino de arriba de una oficina de unos hombres que esa misma noche cenaron tranquilos y esa herida no sanó rápido. Toda una generación de mexicanos aprendió a golpes a desconfiar del banco, a desconfiar del peso, a desconfiar de las promesas del gobierno.
Esa desconfianza todavía hoy vive en muchas casas, quizá en la tuya. Aquí está la parte más cruel, la que casi nunca te cuentan. Mientras el país se endeudaba en dólares para sostener la apariencia de que todo estaba bien, parte de ese mismo esfuerzo terminó sirviendo para que el dinero de unos cuantos saliera del país antes del derrumbe.
El estado pedía prestado para mantener la fachada y la fachada le servía a los que estaban adentro, a los que sabían lo que venía para escapar a tiempo. Era como llenar una cubeta rota con agua prestada, mientras otros desde adentro le abrían más agujeros los que tenían información, se llevaran su dinero a Houston, a Miami, a Suiza. Y tú, que no tenías más información que las noticias de la noche, te quedaste con los pedazos.
Y López Portillo lo sabía, o al menos ya no podía fingir que no lo veía. Por eso, cuando llegó el final, hizo lo que hacen los sistemas que ya no pueden salvarse a sí mismos. buscó culpables afuera. Los banqueros, los que él llamó sacadólares, los que según su versión habían traicionado a la patria llevándose el dinero. Y el primero de septiembre de 1982, con la voz cargada de drama, anunció la nacionalización de la banca, un manotazo final sobre el tablero justo antes de entregar el poder.
Para muchos sonó a venganza contra los poderosos. Por fin alguien castigaba a los que se habían protegido mientras el pueblo perdía. Pero la verdad era más amarga, porque los banqueros no eran los únicos responsables ni de lejos. La fuga de capitales no nació sola. La habían alimentado años de soberbia, de deuda de gasto sin freno y de una fe casi infantil en que el petróleo lo pagaría todo.
El gobierno necesitaba un enemigo visible, algo más fácil de señalar que las mansiones de la colina, algo más fácil que admitir que la abundancia se había administrado como un botín. Y la frase, aquella frase con la que todo empezó, ya no sonaba a promesa, administrar la abundancia. Para 1982, esas tres palabras sonaban a chiste de mal gusto, porque lo único que se administró fue la pobreza, el desempleo, la deuda y el miedo.
Y entonces el cielo se cerró. En 1981, el precio del petróleo, ese que iba a pagarlo todo, empezó a caer para colmo. En el mundo las tasas de interés se dispararon, así que la deuda que México había contratado se volvió de golpe mucho más cara. Fue la tormenta perfecta. Ganábamos menos por el crudo y debíamos pagar más por lo prestado.
Día serrano, el hombre del petróleo propuso bajar el precio para no perder clientes y terminó saliendo de Pemex. Pero el daño ya estaba hecho. La apuesta se había perdido. En agosto de 1982, el secretario de Hacienda tuvo que viajar a Washington a decir en voz baja lo que en México no se quería decir en voz alta, que el país ya no podía pagar, que necesitaba que le dieran tiempo.
Se le llamó, con palabras suaves, un problema temporal de caja. Pero la verdad, en español, claro, era que México estaba en quiebra. El país que tr años antes le proponía al mundo un plan de energía, ahora tocaba puertas pidiendo que no lo dejaran caer. Y las puertas se abrieron, sí, pero con condiciones, con vigilancia, con humillación.
López Portillo, en aquel último informe frente al Congreso, soltó otra frase que lo retrata. Dijo que él era responsable del timón, pero no de la tormenta. Responsable del timón, pero no de la tormenta. Como si la tormenta hubiera llegado sola. como si él no hubiera sido el que llevó el barco directo contra las rocas a toda velocidad ignorando a los que le gritaban que frenara.
La tormenta no llegó sola, la fue construyendo decisión tras decisión durante 6 años. Y hay un detalle que pocos conocen sobre aquella nacionalización de la banca. Quien más empujó al presidente a tomar esa medida en los últimos meses fue su propio hijo José Ramón, el orgullo de su nepotismo. El presidente electo que venía detrás, Miguel de la Madrid, contó después que cuando se enteró de la decisión advirtió lo que iba a pasar.
Dijo que López Portillo recibiría aplausos durante 15 días. Aplausos durante 15 días. Después de esos 15 días vendría la cruda, la desconfianza, la fuga, el crédito cerrado y la cuenta. Y así fue. Pasaron los aplausos y empezó lo que los economistas llaman con frialdad la década perdida. Pero para ti no fue una década perdida en abstracto.
Fue una década en la que el sueldo no alcanzaba, en la que los precios subían cada semana, en la que muchas familias mexicanas tuvieron que mandar a un hijo a Estados Unidos a buscar lo que en su propia tierra ya no encontraban. Una década que empezó con un hombre llorando en una tribuna y diciendo que él no era responsable de la tormenta.
Y hay una herida de aquella crisis que casi nunca aparece en los libros de economía. Una que se cuenta en abrazos que se acortaron en sillas que quedaron vacías en la mesa cuando el país se quedó sin trabajo y sin futuro. Muchas familias mexicanas tomaron la decisión más dolorosa que existe. Mandar a un hijo lejos al norte a buscar en otra tierra a lo que en la propia ya no había.
La década perdida no solo se llevó los ahorros, partió familias por la mitad. Dejó pueblos enteros llenos de mujeres, de ancianos y de niños esperando una llamada, esperando un giro, esperando una Navidad en la que el que se fue pudiera volver. Y tal vez si me estás escuchando desde el otro lado, esta parte te toca en carne propia.
Tal vez tú fuiste uno de los que se fueron o tal vez tú te quedaste y viste partir a tu hermano, a tu esposo, a tu hijo. Tal vez hoy estás en Los Ángeles, en Chicago, en Dallas, con la vida ya hecha, pero todavía recuerdas por qué tuviste que salir. Y no fue por gusto, fue porque un país rico en petróleo te dejó sin un lugar donde ganarte la vida con difnidad.
Ese también fue el costo del saqueo. No solo las mansiones que se levantaron, también las casas que se quedaron vacías. Mientras en lo alto de una colina alguien construía un observatorio para mirar las estrellas. En miles de pueblos del país las madres miraban el camino esperando a los que se habían ido. El mismo país, dos Méxicos distintos, uno que se iba con todo y otro que se iba a pie de noche cruzando una frontera.
Por eso esta historia no es solo del pasado, porque los que se fueron en aquellos años hoy son abuelos, son madres, son padres que sacaron adelante a una familia lejos de su tierra y todavía cargan muy adentro la pregunta que nunca nadie les respondió. ¿Por qué? ¿Por qué un país tan rico no tuvo un lugar para ellos? La respuesta está en esta historia.
Está en una abundancia que se administró como botín y en un puñado de hombres que confundieron a México con su herencia. Pero todavía no llegamos a lo peor, porque mientras el peso se hundía y tú perdías tus ahorros, en lo alto de un cerro de la capital empezaban a levantarse, ladrillo por ladrillo, cuatro mansiones.
Y el dinero con el que se levantaban no salía del bolsillo de quien crees. Pero antes de subir a esa colina, tenemos que entrar a un edificio que ardió una tarde de marzo, porque ahí, entre el humo, está el segundo secreto que te prometí. y tiene que ver con la mujer que el presidente puso a cuidar la memoria de México.
Cuando José López Portillo llegó al poder, le entregó a su hermana Margarita el control de la pantalla, radio, televisión y cinematografía. Las siglas eran RTC y debajo de esa oficina estaba algo que casi nadie tomaba en serio entonces, pero que era un tesoro. La cinéteteca nacional, el lugar donde se guardaba la memoria del cine mexicano, los rollos, los negativos.
Las películas de la época de oro, esas que tú viste de niña en la sala de tu casa o en el cine del barrio, Pedro Infante, Dolores del Río, María Félix, todo eso en bóvedas, esperando que alguien lo cuidara. Y la persona encargada de cuidarlo no llegó ahí por su trayectoria en el cine, ni por su amor a las películas, ni por examen alguno.
Llegó ahí por su apellido. Era la hermana del presidente y en el México de López Portillo esa sangre pesaba más que cualquier advertencia. La comunidad del cine la criticó casi desde el primer día. Margarita empezó a recortar apoyos a la producción, a la distribución, a la exhibición. El crítico Emilio García Riera escribió que su gestión fue con sus propias palabras calamitosa, rodeada de consejeros con una idea atrasada y desdeñosa del cine.
Pero cuando el poder se siente intocable, las críticas suenan a molestia, porque hubo advertencias. Las bógedas donde se guardaban las películas estaban llenas de nitrato de plata, un material viejo inestable que con calor se vuelve una bomba. Los expertos lo sabían. Lo dijeron. Pidieron bóvedas aisladas. Presupuesto condiciones seguras.
La propia Margarita declararía después que ella había avisado del peligro que el edificio estaba construido, según ella, sobre una bomba. Y aquí hay algo que no cuadra, porque si tú sabes que estás sentada sobre una bomba y aún así no haces nada durante años, la pregunta no es solo qué pasó. La pregunta es, ¿qué estabas cuidando si no era esto? Y aquí viene lo segundo que te prometí.
El nepotismo de este sexenio no se quedó en el dinero. Llegó hasta la cultura y la noche en que esa cultura ardió murió gente que tenía nombre y nadie pagó por ello. 24 de marzo de 1982, es miércoles, una tarde común. La cinéteteca nacional en su primera sede en la esquina de Tlalpan y Churubusco está llena.
En una de las salas se proyecta una película. La gente está sentada en la oscuridad, comiendo, riendo, viviendo una tarde normal. Cerca de las 7 de la noche, algo truena, una explosión, luego otra, el humo entra por todas partes, la gente corre, gritan, algunos alcanzan a salir, otros se quedan atrapados cuando el techo empieza a venirse abajo.
El fuego del nitrato no es un fuego normal, es voraz, rápido, casi imposible de apagar. Los bomberos llegan y trabajan durante horas, más de 10, algunos dicen que 16. Y entre esos bomberos hay uno que entra al infierno y no vuelve a salir. Se llamaba Benustiano González. ¿Recuerdas ese nombre? Te pedí que lo guardaras.
era el capitán de bomberos de la subestación de Tlalpan, un hombre que esa tarde salió de su casa a hacer su trabajo y terminó dando la vida apagando un fuego que nunca debió existir. Con él murieron otras personas, Taide Gómez, una empleada de la cinética, José Mercedes Castillo y otros cuyos cuerpos tardaron en identificarse o nunca se identificaron del todo.
Las cifras oficiales hablaron de al menos cinco muertos. En las colonias de alrededor la gente decía que habían sido muchos más, 20, 30. Nunca se supo con certeza y esa incertidumbre también es parte de la historia. Tú conoces ese tipo de dolor, el de una familia que despide a un hombre en la mañana y en la noche le tocad la puerta para darle.
La peor noticia. La esposa de Venustiano, González, lo esperó esa noche y nunca llegó. A él no le tocaba morir por la soberbia de nadie. Le tocaba apagar un fuego y volver a casa. Pero el fuego lo había encendido años de descuido protegido por un apellido. ¿Y qué se quemó esa noche? Además de esas vidas, se quemó la memoria de un país.
Más de 6,000 negativos de películas, muchas de ellas copias únicas y repetibles. Más de 2,000 guiones, 9000 libros, dibujos originales de Diego Rivera, Negativos de Fotografías de Manuel Álvarez Bravo, hasta el archivo fílmico del presidente Plutarco Elías Calles. Imágenes de un México que ya no existe, rostros, voces, escenas, todo convertido en humo en una sola tarde.
No volverás a ver muchas de esas películas. Nadie las volverá a ver porque se hicieron ceniza mientras la persona encargada de cuidarlas estaba ahí por ser hermana de quien era. Y aquí está lo más brutal. Después del incendio no llegó una rendición de cuentas a la altura de la tragedia. Según las crónicas de la época, a los pocos días Margarita López Portillo mandó tirar lo que quedaba de la estructura y con esa estructura se fueron las pistas.
Se perdió la posibilidad de investigar a fondo qué había pasado. Paraacolmo, en esa época se había dejado de llevar el registro. de qué películas entraban a las bóvedas. Así que ni siquiera se supo con exactitud qué se había perdido. Un diputado pidió en el Congreso que se dieran los nombres de los responsables.
Advirtió que si no se daban sería como ser cómplice. No pasó nada. Nadie cayó. El asunto se cubrió de explicaciones y de silencio, como si las cenizas también se pudieran archivar. Hubo quien especuló cosas peores, que el fuego no fue un accidente, que entre esas bóvedas había material incómodo para el poder, incluso rollos de lo ocurrido en 1968.
Pero eso quedó en el terreno del rumor. Nunca se probó. Y yo no te lo voy a vender como verdad. Lo que sí está comentado es más sencillo y más triste. Una institución cultural quedó en manos de alguien que estaba ahí por parentesco. Las advertencias existían, el peligro existía y cuando todo ardió, el sistema protegió al apellido en lugar de buscar la verdad.
Piensa en lo que eso significa. En un país donde las advertencias no valen nada si chocan con un apellido, cualquiera de nosotros está desprotegido. Porque el día que la bomba sea otra, el día que el descuido toque tu colonia, tu hospital, tu escuela, también va a haber alguien arriba protegido por su sangre.
Repitiendo que él lo advirtió, esa fue la lección del humo de la cinética. Una elección simple y terrible. Cuando el poder se reparte entre familia y favoritos, lo que se incendia primero, mucho antes que cualquier edificio es la confianza de la gente. Y la familia no fue lo único. Alrededor del presidente se formó un círculo de favoritos donde la cercanía valía más que el mérito.
Ahí aparece un nombre que merece justicia y matiz al mismo tiempo. Rosa Luz Alegría fue la primera mujer en encabezar una Secretaría de Estado en toda la historia de México. la Secretaría de Turismo, un hecho histórico, en un país gobernado siempre por hombres. Y aquí está lo injusto. Durante años, en lugar de hablar de su capacidad, lo que circuló en los pasillos del poder fue otra cosa, una versión muy comentada en la época que la unía sentimentalmente al presidente. Fíjate en lo que eso revela.
Una mujer llega más alto que ninguna otra antes que ella y el mundo del poder, en vez de reconocerla, prefirió reducirla a un rumor de alcoba. Tú sabes de cuo. Tú viviste en una época en la que a una mujer que legaba alto siempre le buscaban un hombre detrás para explicarla. Como si una mujer no pudiera llegar sola, como si su trabajo no contara, sea cual sea la verdad de aquella relación.
Y eso se lo quedó la historia. Lo que queda claro es cómo funcionaba ese mundo, donde el afecto del poderoso podía abrir puertas y donde a la mujer al final siempre se le cobraba más caro. Y en el centro de todo estaba la primera dama, Carmen Romano. Su nombre quedó asociado para siempre a un estilo de vida que chocaba de frente con el discurso de un gobierno que pedía perdón a los pobres.
viajes, lujos, una vida de revista en un país que empezaba a apretarse el cinturón. Mientras a ti te decían que había que hacer sacrificios por la patria, arriba en ese círculo, la palabra sacrificio no existía, existía la palabra abundancia y la disfrutaban ellos. Vuelve un momento a la cinética porque esa noche hay un detalle que todavía no te conté.
A un costado del edificio que ardía había una casa cuna, una casa con niños pequeños. Cuando el fuego se desató, hubo que evacuar a toda prisa alrededor de 150 niños. Entre el humo, los gritos y las explosiones. El tránsito de dos avenidas enormes tuvo que detenerse hasta una línea del metro paró durante horas.
La ciudad entera se detuvo a mirar cómo ardía su memoria y al frente de la institución responsable de cuidar todo eso, seguía estando la hermana del presidente. Dos años después el país tuvo que construir una nueva cinéteteca desde cero en otro terreno con dinero que justo entonces no sobraba reconstruir lo que la soberbia había dejado convertida en cenizas.
Porque ese fue el patrón de todo el sexenio. Cuando el poder se reparte entre la familia y los amigos, no es que la gente preparada desaparezca, es que la mandan a un segundo plano. Los que advertían quedaban como molestos, los que aplaudían subían y el país pagaba la diferencia entre lo que se hizo y lo que se debió hacer.
Esa diferencia en 1982 se midió en muertos, en cenizas y en ahorros perdidos. Y antes de que la palabra abundancia volviera a sonar antes de la colina y de las lágrimas, la historia nos lleva ahora a un hombre que no usaba traje de oficina, usaba uniforme, cargaba pistola y tenía una sonrisa protegida directamente por el presidente.
Porque si la familia podía quemar la memoria del país, lo que viene te va a mostrar que el saqueo también caminaba armado por las calles y se hacía llamar amigo del señor presidente. Se llamaba Arturo Durazo Moreno le decían el negro. y su lugar en el poder no venía de su hoja de servicio ni de examen alguno, venía de algo mucho más personal.
Era el amigo de la infancia de José López Portillo, el hombre que conocía la intimidad del poder desde antes de que ese poder tuviera banda presidencial. Había nacido en Cumpas, Sonora, en una familia pobre. Llegó a la Ciudad de México a probar suerte. Trabajó en el Banco de México, fue inspector de tránsito, pasó por la Dirección Federal de Seguridad y en algún punto de ese camino se cruzó con López Portillo.
Los dos fueron creciendo juntos codo a codo dentro del sistema. Así que cuando López Portillo llegó a la presidencia en 1976, no se olvidó de su amigo lo puso al frente de la policía de la capital. Piensa en eso un momento. La ciudad más grande del país. Millones de personas, barrios enteros, mercados avenidas. cantinas, hoteles, bodegas, todo bajo la sombra de un hombre cuya fuerza nacía de algo más poderoso que un cargo, la amistad con el presidente.
Y ahí empezó la transformación más peligrosa. La policía dejó de parecer una institución pública. Empezó a funcionar, según muchos testimonios, como un reino privado. Nada se movía sin permiso. Nada prosperaba sin protección. La delincuencia se ordeñaba como un negocio y se repartía como un botín. El miedo se usaba a propósito como un método frío y calculado.
Mientras el ciudadano común pagaba mordidas y aprendía a bajar la mirada frente a un uniforme, arriba se construía otra ley. Una ley hecha de lealtades, de dinero y de silencio. Durazo creó una corporación que se ganó una fama siniestra, la división de investigaciones para la prevención de la delincuencia. Al frente puso a su hombre de confianza, Francisco Saagún Vaca.
Y entre los relatos que rodearon a esa división, hay uno especialmente oscuro, el de los cuerpos encontrados en el río Tula. Las averiguaciones posteriores apuntaron a Durazo como responsable intelectual y a Saagún Baca como autor material de aquellas muertes. Tardaron años en identificar apenas a algunos de los cuerpos.
Esa es la clase de poder de la que estamos hablando, no el de un policía corrupto que cobra de más, el de un hombre que podía decidir quién vivía y quién aparecía flotando en un río. Y lo más perturbador es que el sistema no lo escondía, lo presumía. Le dieron honores absurdos. Lo nombraron general de división, sin haber sido nunca militar.
medallas, grados, tratamientos de respeto, como si el sistema dijera con todas sus letras, “Este hombre es intocable y ustedes deben saberlo.” Pero el verdadero retrato de Durazo no estaba en los discursos, estaba en sus casas. En el ajusco al sur de la capital levantó un mundo aparte: caballerizas, lagos artificiales, un galgódromo, una pista para correr perros.
dentro de su propiedad, espacios para autos de colección, lujos impropios de un servidor público, más cercanos a los de un emperador antiguo. Y luego estaba Cihuatanejo, el Partenón, un palacio absurdo frente al mar, copia del templo griego, levantado sobre 20,000 m², con un costo que se calculó en más de 700 millones de pesos de la época.
57 columnas, pisos de mármor, estatuas blancas, réplicas de dioses griegos y guerreros espartanos. una discoteca que imitaba a una de Nueva York. Un portón enorme de hierro forjado sobre el que durante años corrió el rumor de que había mandado quitar las rejas de un castillo para colocarlas en la entrada de su casa.
Y junto a todo eso, una bodega que servía de jaula para animales exóticos, leones, tigres, que el negro durazo tenía de mascotas, más de 700 millones de pesos para construir una fantasía de mármol frente al mar. Mientras el país empezaba a sentir el peso de la crisis, aquello tenía la forma de una casa, pero funcionaba como una bofetada a la cara de un país en crisis, un templo levantado en honor a la impunidad.
Y aquí viene lo tercero que te prometí y es lo más duro de todo. Quizá tú sabes lo que es vivir con miedo de quien debería protegerte. Quizá tú o alen de tu familia alguna vez pagó para que no le hicieran daño. Quizá tú aprendiste como tantos en esa época que frente a un uniforme lo más seguro era no mirar y no hablar.
Lo que vas a entender ahora es que ese miedo no era tu imaginación. Estaba diseñado. Venía desde arriba y lo protegía el hombre que te pedía encadena, nacional que confiaras en él. Esto es lo tercero. El hombre que controlaba la policía de toda una ciudad, el que decidía quién tenía miedo y quién no, era el amigo de la infancia del propio presidente.
Y nada de lo que hizo Durazo pudo crecer solo. Un imperio así no se levanta por accidente. Necesita un techo político. Necesita que alguien arriba mire hacia otro lado o que mire de frente y decida no hacer nada. Durante el sexenio de López Portillo, Durazo tuvo ese techo. La amistad personal se convirtió en blindaje.
La cercanía se volvió escudo y el poder presidencial lo cubrió hasta el último día. Vuelve a pensar en la mujer de Benustiano González, la del bloque anterior, y piensa ahora en las madres de los hombres que aparecieron en el río Tula y en las familias de los que pagaron mordidas que no tenían para que no les quitaran su puesto en el mercado.
Todas esas personas tenían algo en común. Ninguna importaba para el sistema. Ninguna tenía un apellido que la protegiera. ¿Dónde estaba la justicia para ellas? ¿Dónde estaban las autoridades que debían cuidarlas? ¿Dónde estábamos todos nosotros que veíamos las noticias y no acabábamos de entender lo que pasaba? Para que entiendas cómo un hombre así llegó tan alto, hay que mirar el camino.
Durazo no nació poderoso, se hizo. Pasó por la Dirección Federal de Seguridad esa policía política que durante los años 70 persiguió, vigiló y desapareció gente en lo que después se llamó la guerra sucia. Ahí se aprendía un oficio muy particular, el de operar en la sombra, el de saber cosas que otros no debían saber, el de tener al miedo de tu lado.
Y a mitad del sexenio, Duraz tuvo su momento de gloria pública. Cuando un grupo armado intentó secuestrar a Margarita, la hermana del presidente, fue Durazo quien apareció como el hombre que frustró el plan. Eso lo volvió ante los ojos del poder un héroe y le dio todavía más blindaje. Mientras tanto, el reino crecía hacia abajo sobre las espaldas de los propios policías.
Porque aquí hay algo que conviene no olvidar. No todos los policías de aquella época eran verdugos. Muchos eran hombres pobres con familia que entraron a la corporación buscando un sueldo digno y se encontraron con un sistema que los obligaba a pagar para trabajar. La mordida no empezaba en la calle, empezaba arriba. El de abajo tenía que entregar una parte al del en medio y el de en medio al de más arriba en una cadena que terminaba alimentando las mansiones del jefe.
Algunos policías llegaron a trabajar como jardineros, como meseros, como sirvientes en las fiestas de Durazo. El uniforme que debía servir al ciudadano terminó sirviendo las copas en una mansión. Y vaya fiestas. En su propiedad de la Juzco entre los lagos artificiales y las caballerizas se organizaban reuniones de las que se hablaba en voz baja, excesos, alcohol, noches enteras, un mundo paralelo custodiado por la misma policía que de día debía cuidar la ciudad.
Todo esto pasaba mientras tú a unas cuantas calles le pedías a tus hijos que llegaran temprano a casa porque las calles estaban peligrosas. Las calles estaban peligrosas, sí, pero el peligro más grande no andaba escondido en un callejón. Estaba sentado a la cabecera. con uniforme y con medallas. Y cómo se supo todo.
Durante años casi nadie se atrevió a hablar. El miedo funcionaba hasta que terminado el sexenio, un hombre que había estado al lado de Durazo, uno de sus antiguos hombres de confianza, José González González, publicó un libro que destapó la cloaca desde adentro. Lo tituló Lo negro del negro durazo. Ese libro contó lo que el país sospechaba, pero no podía probar.
las casas, los negocios, los métodos, el dinero y se volvió un fenómeno. La gente lo leyó como quien por fin recibe la confirmación de una sospecha vieja. El imperio del miedo quedó retratado por escrito, con nombres y con detalles. Y solo entonces, cuando ya no había un presidente amigo que lo cubriera, la justicia empezó a moverse.
Esa es la parte que más debería indignarte. Durante 6 años todo eso fue posible no porque nadie lo supiera, lo sabían muchos. Fue posible porque mientras estuvo el amigo en la presidencia, nadie quiso o nadie pudo tocarlo. El blindaje no era de acero, era de lealtad. Y la lealtad en aquel México valía más que la ley.
Pero los imperios de miedo también se agrietan. En 1982 terminó el sexenio. Llegó un nuevo gobierno, el de Miguel de la Madrid, hablando de renovación moral y la sombra de Durazo empezó a moverse. En 1983, un antiguo hombre cercano publicó un libro que abrió la cloaca y contó desde adentro cómo funcionaba todo. Vinieron las acusaciones, extorsión, contrabando de armas, abuso de autoridad, enriquecimiento que sus sueldos jamás podían explicar. Durazo huyó.
Pasó por varios países. Lo buscaron en Brasil y el primero de julio de 1984, cuando bajaba de un avión, fue detenido en el aeropuerto de San Juan en Puerto Rico. De ahí, extraditado a México, el hombre que había caminado como dueño de la ciudad terminó perseguido por la misma justicia que durante años pareció no poder tocarlo.
Pero no te equivoques, su caída no limpió el daño. Pasó apenas 8 años en prisión. 8 años por todo lo que se le acusó. Salió en 1992. Sus propiedades habían sido confiscadas, así que ya no pudo volver a vivir en su Partenón. Y murió el 5 de agosto del año 2000 en Acapulco, enfermo de cáncer. ¿Y sabes quién fue a su velorio? El expresidente José López Portillo, el amigo hasta el final, fiel al hombre que convirtió el miedo en negocio mientras nunca encontró tiempo para mirar a la cara a las familias que ese miedo destruyó. Durazo terminó siendo mucho
más que un policía corrupto. Fue el espejo más brutal de un régimen que confundió amistad con gobierno, lealtad con legalidad y miedo con orden. Y antes de que México viera el último acto, el más visible de todos, queda por subir a un cerro. Un terreno enorme escondido entre árboles y barrancas con muros largos y vigilancia.
Ahí, mientras tú perdías tus ahorros, se levantaban cuatro mansiones. Y el dinero con que se levantaban tenía un origen que el presidente nunca quiso explicar. Esa colina tiene nombre y el nombre cuando lo entiendas completo te va a doler. La colina del perro. Escucha bien el nombre porque ahí el saqueo deja de ser una palabra abstracta.
Ya no hablamos de deuda, de petróleo, de cifras que la gente común no puede tocar. Aquí el saqueo se vuelve piedra, se vuelve jardín, se vuelve chimenea, se vuelve un muro largo con vigilancia. Año 1980. México todavía repetía la palabra abundancia, pero por debajo de la alfombra ya empezaban a sentirse los crujidos.
Y en ese momento, en una de las zonas más exclusivas de la capital, en Bosques de las Lomas, en la alcaldía Cuajimalpa, el presidente compró un terreno, no un terreno cualquiera, más de 120,000 m², 12 haáreas, casi 17 campos de fútbol profesional juntos en lo alto de un cerro. ¿Y cómo se compra un terreno así siendo presidente? El propio López Portillo lo contó años después, en sus memorias en un libro que tituló Mis tiempos.
Dijo que el dueño le vendió el terreno barato y lo justificó con una frase que lo retrata entero. Dijo que el hombre no quiso hacer negocio con la familia del presidente. Léelo otra vez, no quiso hacer negocio con la familia del presidente. Como si que el presidente de la República te comprara a precio preferente fuera un favor que se le hacía a él.
Y para construir, según su propio relato, un amigo y subordinado suyo, Carlos Hank González, que era nada menos que el regente de la ciudad, le prestó 200 millones de viejos pesos. El jefe de la ciudad prestándole al presidente para construir su fortaleza privada. Así de cerca estaban el poder público y el bolsillo personal, tanto que ya eran la misma cosa.
Y sobre ese cerro empezaron a levantarse cuatro mansiones, cuatro. Una para él, las otras para sus hijos. Ventanales de estilo colonial, chimeneas. Aires medievales, techos de dos aguas a laanza californiana y en el centro La Joya, una casa biblioteca de tres pisos que subía en forma de caracol para guardar más de 30,000 libros.
Tenía gimnasio, tenía alberca, tenía estacionamiento para ocho autos, tenía hasta un cuarto de armas y en lo más alto una cúpula con un observatorio para mirar las estrellas, un observatorio astronómico privado. Mientras allá abajo, en el país real, la gente miraba el techo de su casa preguntándose cómo iba a llegar a fin de mes.
Para 1982, cuando el peso ya se desplomaba y el país estaba al borde de la ruptura, esas cuatro resilencias estaban casi terminadas y fue ese mismo año cuando estalló el escándalo. La revista Proceso publicó el 13 de septiembre un reportaje del periodista Guillermo Correa que destapó todo. Hasta en el Congreso, un diputado se atrevió a pedir que el presidente explicara al pueblo por qué se estaban usando miles de millones de pesos en construir mansiones para su familia.
¿Y sabes cuál fue la respuesta? Ninguna. Nunca se investigó cómo se adquirió el terreno. Nunca se investigó de dónde salió el dinero para construir. El caso quedó en la impunidad. Como tantos. ¿Y de dónde viene ese nombre tan extraño? La colina del perro. Viene de la frase, “¿La recuerdas? Defenderé el peso como un perro.” Poco después de prometer eso, el peso se derrumbó y la gente, con esa puntería cruel que tiene el pueblo para nombrar las cosas, miró aquel cerro lleno de mansiones del presidente que había prometido defender la moneda como un
perro y lo bautizó así: la colina del perro. El presidente prometió pelear por tu dinero como un perro y donde acabó tu dinero parecía era ahí arriba, convertido en muros, en mármol, en libros, en un observatorio para mirar las estrellas. Y aquí viene lo cuarto que te prometí. lo que pasó con esa fortuna cuando él murió.
Porque los símbolos del poder, cuando están bien enterrados en papeles legales, sobreviven a sus dueños. Para entender el final, hay que hablar de una mujer. Sasha Montenegro, una actriz, una vedet del cine de aquella época, un rostro que tú reconoces que viste en las películas de los años 70. Su verdadero nombre era Alexandra Acimovic Popovic.
Había nacido en Italia de padres yugoslavos y se hizo mexicana. Su relación con López Portillo fue durante mucho tiempo materia de rumor y de escándalo, mientras él todavía estaba casado con su primera esposa, Carmen Romano, la madre de sus tres primeros hijos. De esa relación nacieron dos hijos más en 1985 y en 1987. López Portillo se divorció de Carmen Romano en 1991 y en 1995 se casó con Sasa por lo civil.
Él tenía 75 años, ella 49. En el año 2000 se casaron también por la iglesia y la pareja terminó viviendo en el lugar más simbólico de todo el sexenio. La colina del perro. Fíjate en esa imagen un momento. El expresidente que dejó al país endeudado viviendo sus últimos años con su nueva esposa dentro del mismo conjunto de mansiones que millones de mexicanos miraban como la prueba material del exceso.
En el año 2004, el 17 de febrero, José López Portillo murió. Tenía 83 años y ni siquiera la muerte trajo paz porque vino una guerra, una guerra de herencia. Por un lado, la viuda Sasa Montenegro. Por el otro, los hijos del primer matrimonio. Demandas, pleitos legales, disputas por los bienes, por las mansiones, por el apellido.
El hombre que alguna vez controló ministerios, presupuestos, petróleo, bancos y gobernadores, terminó convertido en el motivo de una pelea familiar por sus restos. Y después vino el golpe más amargo para muchos mexicanos. Como viuda de un expresidente, a Sasa Montenegro le correspondía por rey una pensión, una pensión vitalicia pagada con dinero público, equivalente a la mitad del sueldo de un secretario de Estado.
1,688,736 pesos al año. Dinero de los contribuyentes. Tu dinero. El dinero de un país donde millones de personas habían perdido el poder de su bolsillo justamente por la crisis que marcó aquel sexeo. Durante años, la viuda del hombre de la Colina del Perro cobró esa pensión. Se calcula que sumando todos esos años recibió alrededor de 28 millones de pesos antes de que el beneficio se cancelara, ya entrada la década pasada cuando se eliminaron las pensiones a los expresidentes y a sus viudas. Sasa Montenegro murió en febrero
de 2024 a los 78 años y con ella se cerró también ese capítulo. Piensa en lo que eso significa. Tú que perdiste tus ahorros en aquella crisis, seguste pagando con tus impuestos durante décadas. La pensión de la ciudad del hombre que presidió esa crisis. No hubo cárcel, no hubo una escena de justicia, hubo una pensión y la pagaste tú.
¿Y qué fue de la colina? El monumento al saqueo no se quedó intacto. El tiempo lo mordió. Los herederos lo dividieron. En una parte del terreno, las hijas del expresidente impulsaron un fraccionamiento de lujo que llamaron la Toscana. más de 50 casas con valores que llegan a varios millones de dólares cada una.
Y en 2018, lo último que quedaba en pie de la colina del perro fue demolido para levantar una torre de departamentos de 34 pisos. Así se transforma la historia cuando pasa del escándalo a la notaría. Lo que fue vergüenza pública terminó convertido en negocio inmobiliario y hay una ironía que parece escrita con una sonrisa amarga. Una de aquellas mansiones antes de caer se rentó como escenario para grabar telenovelas.
El drama real, la familia rota el país saqueado convertido después en decorado para la ficción, como si México tuviera que mirar sus propias heridas disfrazadas de entretenimiento. ¿Y qué fue de él después de aquellas lágrimas? Aquí está una de las partes más reveladoras de toda la historia. Porque José López Portillo no se escondió, lejos de marcharse al exilio o de pedir perdón de verdad, se quedó en el país a defender su versión.
salió de la presidencia y se convirtió casi de inmediato en uno de los hombres más odiados del país. La gente que 6 años antes había salido a las calles a soñar con la abundancia, ahora gritaba su nombre como un insulto en las plazas, en los chistes, en las canciones. Su apellido se volvió sinónimo de corrupción y de burla, y aquella frase “Defenderé el peso” como un perro se le quedó pegada como una sombra.
El perro, la colina del perro. El país entero usó al perro para reírse de él, porque reírse era lo único que quedaba después de tanto llorar. Pero a él no pareció importarle demasiado. Años después publicó sus memorias en un grueso libro que tituló Mis tiempos y ahí, en lugar de arrepentirse, se explicó. Justificó la compra del terreno de la colina.
Justificó casi todo. Escribió sobre sí mismo. Como quien escribe sobre un personaje incomprendido por la historia. responsable del timón, recuerda, pero nunca de la tormenta. El hombre que había dejado a un país en ruinas se sentó a contar su versión rodeado de sus libros en sus casas, con su pensión con su nombre todavía protegido por el sistema que él mismo había ayudado a sostener.
Nunca pisó una cárcel, nunca enfrentó un juicio que lo sentara frente a las familias que perdieron sus ahorros, frente a las viudas de la cinética, frente a un país entero. Vivió sus últimos años entre la comodidad y el olvido. La salud lo fue abandonando hacia el final de los años 90 sufrió un derrame que minó su cuerpo y el 17 de febrero del año 2004, a los 83 años, murió de una complicación del corazón.
Se fue tranquilo en su cama, sin haber respondido nunca por lo que pasó en su sexenio, algo que casi ninguna de sus víctimas pudo decir de su propia vida. Y la historia que tarda pero no perdona lo colocó donde le correspondía. Hoy, cuando en México se quiere poner un ejemplo de poder confundido con propiedad, de familia confundida con gobierno, de soberbia confundida con grandeza, se dice un nombre, el suyo.
Su colina se volvió una palabra, un símbolo. Cada vez que sale a la luz una casa demasiado grande de un funcionario, alguien la compara con la colina del perro, como si aquel cerro siguiera proyectando su sombra sobre cada nuevo escándalo. Porque eso es lo más triste de esta historia, que no fue la última. Hagamos ahora la pregunta que nadie hizo a tiempo. Hubo justicia.
Durazo pasó 8 años en la cárcel y murió libre en Acapulco con su amigo el expresidente en el velorio. La hermana que estaba al frente de la cultura cuando ardió la cinética nunca enfrentó consecuencias proporcionales a aquella tragedia. El hijo, que fue subsecretario a los 26 años cargó con el desprestigio, pero nunca con una condena.
Y la familia, los hijos, las viudas heredaron mansiones, pensiones y terrenos que hoy valen millones. y las otras familias, la de Venustiano González, el bombero que murió en la Cineteca, las de los hombres del río Tula, las de millones de ahorradores que vieron evaporarse el trabajo de toda una vida. Esas familias no heredaron nada, solo el recuerdo de una promesa rota.
Y detente un segundo a imaginar lo que pudo ser, porque eso es lo que de verdad se perdió más allá de los ahorros y de las películas. Se perdió una oportunidad histórica. México tuvo en las manos uno de los yacimientos de petróleo más grandes del planeta en el momento justo en que el crudo valía oro.
Con esa riqueza bien administrada se pudieron haber construido hospitales en cada rincón del país, escuelas, universidades, carreteras que unieran a los pueblos olvidados, un campo fuerte para que nadie tuviera que irse al norte a buscar comida. Una generación entera de niños pudo haber crecido en un país distinto, el tuyo, el de tus hijos.
En vez de eso, la abundancia se fue en deuda, en soberbia, en mansiones y en impunidad. Cada peso que se desvió, cada terreno comprado a precio de favor, cada préstamo del regente al presidente, cada pensión pagada con dinero del pueblo, era un hospital que no se construyó, era una escuela que no abrió, era un futuro que no llevó.
El saqueo se mide sobre todo en lo que pudimos ser y no fuimos. Y para contar esta historia con honestidad, hay que decir también lo otro. Lo que no se incendió ni se saqueó, porque sería injusto pintarlo todo de un solo color. En su sexeni se impulsó una reforma política importante de la mano de Jesús Reyes Heroles, que le abrió por primera vez la puerta del Congreso a la oposición.
Hasta entonces, el poder sido un monólogo de un solo partido. Esa reforma fue una grieta de aire fresco en un sistema cerrado. Y ya lo dijimos, en su gobierno, una mujer encabezó por primera vez una Secretaría de Estado. Cosas que sí cuentan, cosas que sí quedaron, pero esa es justamente la tragedia, que un hombre con talento, con cultura, con un país lleno de petróleo y con la posibilidad de hacer historia eligió el camino del exceso.
Temía todo para ser recordado como el presidente que transformó a México y eligió ser recordado por una colina, por un perro y por unas lágrimas. El talento no lo salvó. La soberbia pudo más. Y aquí volvemos al principio. Volvemos a aquel primero de septiembre de 1982, al hombre que golpea el atril y llora frente a todo México.
Ahora ya sabes lo que había detrás de esas lágrimas. No un país que fracasó por mala suerte, un país administrado como una herencia privada por un hombre que confundió el petróleo con la eternidad, la deuda con la riqueza y las lágrimas con el perdón. Él pidió que aprendiéramos a administrar la abundancia y al final lo único que administró fue el saqueo, administrar la abundancia.
Esas tres palabras que empezaron sonando a promesa de un futuro de oro terminaron sonando a lo que de verdad fueron la excusa más elegante para repartir un país entre la familia y los amigos. prometió defender el peso como un perro y la historia lo recordó al revés, donde acabó la abundancia que nos prometieron fue detrás de unos muros en lo alto de una colina con un observatorio para mirar las estrellas.
Mientras allá abajo una viuda lloraba a un bombero y un país entero aprendía otra vez que en México el poderoso se va con todo y el pueblo se queda con la cuenta. Y aquí, antes de irme, quiero hablarte a ti directamente, a ti que me escuchaste hasta el final, a ti en Guadalajara, en Monterrey, en la Ciudad de México, a ti en Los Ángeles, en Chichago, en Auston, que te llevaste a México en el corazón, aunque el país a veces no te cuidó.
A ti en Colombia, en Argentina, en toda nuestra América que conoce demasiado bien esta clase de historias. Tú viviste esto, tú lo viste en tu televisión, tú perdiste o alguien que amabas perdió. ¿Y mereces que esta historia se cuente completa, sin maquillaje, con los nombres y las cifras de verdad? Cuéntame en los comentarios una sola cosa.
¿Dónde estabas tú en 1982? ¿Qué recuerdas de aquella crisis? ¿Te tocó hacer fila en el banco, ver cómo el dólar se disparaba? Escuchar a tu padre o a tu marido decir que ya no alcanzaba, cuéntamelo, porque tu memoria también es parte de esta historia y aquí no la vamos a dejar morir. Y si esta historia de poder de hombres que se creían dueños de un país entero te removió algo por dentro, hay otra que tienes que escuchar, la de una mujer que sí se atrevió a enfrentar a un presidente cara a cara cuando ninguna otra se atrevía. La tigresa Irma
Serrano, una mujer que amó, retó y desafió al poder más alto de México y que pagó por ello un precio que casi nadie conoce. Esa historia te está esperando y te va a sorprender tanto como esta. Cuídate mucho y nunca dejes que te cuenten la historia a medias. Yeah.
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