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Hedy Lamarr: La Mujer Más Guapa del Mundo… que Murió Sola y Pobre

En 1991, con la caída del régimen soviético, se anuncia el descubrimiento. Se excavan los restos, nueve cuerpos. Faltan dos, Alexei y María. Los análisis de ADN realizados por laboratorios británicos y rusos confirman las identidades de los nueve presentes. En 1998, los restos de Nicolás, Alejandra, Olga, Tatiana y Anastasia son enterrados con honores de estado en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo.

En 2007, dos investigadores rusos encuentran los restos faltantes a 100 m del lugar original. Alexei y María, quemados, fragmentados, pero ahí están. El círculo se cierra. En el año 2000, la Iglesia Ortodoxa Rusa canoniza a toda la familia como mártires. Tatiana, junto a sus padres, sus hermanas y su hermano, pasa a ser oficialmente, para millones de creyentes ortodoxos, una santa.

Su nombre se pronuncia hoy en miles de iglesias de Rusia, de Grecia, de Serbia, en cada liturgia. Pero más allá de la santidad oficial, ¿quién fue Tatiana? Fue una mujer que nunca eligió su vida, que nació para sostener a una familia que se hundía, que vivió sin haber amado libremente, que murió sin haber salido nunca de Rusia, sin haber sido nada más que la segunda hija de un sar caído.

Y sin embargo, hay algo en su historia que toca un nervio en todos nosotros. Tatiana es el ejemplo de las vidas hechas de obediencia, de los sacrificios silenciosos que nadie aplaude, de quienes se levantan cada día para cuidar a los suyos, renunciando a sus sueños sin protestar, sosteniendo a una familia entera desde el silencio.

Esa persona existe en todos los rincones del mundo, en todas las épocas. Probablemente la conoces. Hay un detalle final. Cuando los forenses en 1991 examinaron los restos de Tatiana, descubrieron que la mandíbula estaba ligeramente desplazada respecto a la posición normal de un cuerpo enterrado. Le habían dado un golpe en la cara después de muerta, una violación final gratuita sobre un cuerpo ya destrozado.

Pero entre los dientes, apretados como si los hubiera cerrado en su último instante, encontraron un trozo de tela verde claro bordada. Era el dobladillo de la almohada que llevaba pegada al pecho cuando bajó al sótano, la almohada con las joyas, la almohada que había intentado proteger hasta el final. Tatiana, incluso muerta, seguía aferrándose a lo que le habían pedido cuidar.

Esa es Tatiana Nicolayevna Romanova, la hija que se entrenó toda su vida para sostener a los suyos y que sostuvo hasta los dientes, hasta el último aliento. Una rosa rusa, como dijo su padre el día que nació, una rosa que floreció en el sótano más oscuro del siglo XX. Y en otra mansión, en el norte de Italia, un hombre llamado Benito Mussolini ve la película tres veces seguidas en su sala privada de cine y al final exclama, según los testigos, que esa muchacha tenía que estar en su cama.

Hey en esos meses de 1933, en mitad del escándalo, se encierra en su cuarto durante semanas. No quiere salir, no quiere ver a nadie. Lee los periódicos en silencio, lee los insultos, lee las cartas anónimas que empiezan a llegar a la casa familiar. Algunas amenazadoras, otras simplemente humillantes. Una carta escrita con una caligrafía elegante le sugiere que se suicide para preservar el honor de su familia.

Hey la guarda durante años. Nunca cuenta a nadie por qué. Décadas después, en una entrevista grabada en Florida, dirá, “Esa carta fue la primera vez que entendí que el mundo te puede odiar por ser tú misma y esa lección no se olvida nunca. Pero el hombre que de verdad va a cambiar la vida de Jedy esa primavera no es ni Hitler ni Mussolini.

Es un austríaco de 34 años, un industrial, un fabricante de armas y se llama Friedrich Mandel. Mandel es uno de los hombres más ricos del Imperio austrohúngngaro en su fase final. heredero de una fábrica especializada en municiones, granadas y sistemas de armamento. Católico converso porque su madre era judía, lo cual técnicamente lo convertía en medio judío bajo las leyes raciales que ya empezaban a aplicarse en Europa.

Pero un católico que viste impecablemente, asiste a misa todos los domingos y mantiene negocios con todos los dictadores de la región. Vende balas a Mussolini, vende granadas a Franco, vende cañones a Hitler y nadie le pregunta por su sangre. Al fin y al cabo, la sangre vende y el que vende no pregunta.

Hey lo conoce en una fiesta de gala en el hotel Imperial de Viena en mayo de 1933. Mandel entra en el salón rodeado de su séquito habitual. Dos guardaespaldas corpulentos, un secretario, dos diplomáticos italianos, un general austriíaco. Lleva un smoking negro impecable, el pelo engominado hacia atrás, las uñas perfectamente recortadas y un anillo de oro con un escudo en el meñique.

Cuando ve a Hey, atraviesa el salón sin saludar a nadie más, se planta delante de ella, le besa la mano sin pedir permiso y le dice una sola frase en alemán perfecto. Freudand Kisler, voy a casarme con usted. Hey se ríe. Cree que es una broma. Mandel no se ríe. Esa misma noche, Mandel envía un carro con chóer a la casa de los padres de Jedy con un ramo enorme de rosas blancas y una invitación a cenar al día siguiente.

Emil Kisler, el padre banquero, conoce el nombre de Mandel, sabe quién es, sabe lo que vende, sabe a quién se lo vende y le dice claramente a su hija esa misma noche, “Hey, este hombre es peligroso. No vayas a esa cena.” Hey va a la cena. Tres semanas después, Manden le propone matrimonio formalmente.

Le ofrece una vida de palacios, de viajes, de joyas, de protección eterna. También, sin decirlo abiertamente, le ofrece la posibilidad de borrar el escándalo de Éxtasis. Esa película, dice, no será nunca más un problema en su vida. Él se encargará de comprar todas las copias existentes en Europa y las destruirá. Jedi duda, pero la presión es enorme.

La fama de Éxtasis ya empieza a complicarle conseguir papeles serios. La gente la mira en la calle como si fuera una mujer perdida. Sus padres están agotados y Mandel, con todos sus millones parece la única salida. El 10 de agosto de 1933, en la Iglesia Carl Kirk de Viena, ante 200 invitados, Hey Kisler, 18 años, se casa con Friedrich Mandel, 33 años.

El padre de Heedy no asista. Su madre tampoco. Solo unos tíos lejanos van. Hey lleva un vestido de seda blanca que pesa 7 kilos. La ceremonia dura una hora y al final, cuando manden la besa delante del altar, ella siente por primera vez en su vida que está entrando en una jaula. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Lo que viene después es uno de los matrimonios más tóxicos del que se haya tenido testimonio en la alta sociedad europea del siglo XX. Mandel traslada a Fedial Schlos Scharzo, un castillo enorme del siglo X a 2 horas de Viena, escondido entre bosques de pinos, 15 habitaciones, 22 sirvientes, tres cocineros, dos chóeres, cuatro guardaespaldas armados, pero ninguna llave para Jedy.

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