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Gene Tierney: La Admiradora que Arruinó su Vida… y se lo Confesó Sonriendo

La pequeña Jein, la del medio, capta su atención desde el primer momento. Tiene algo, una belleza precoz que casi asusta, un porte que ninguna otra niña del barrio tiene. Y Howard lo ve. Lo ve antes que nadie. La familia se muda a Green Farms en Connecticut, una casa grande con jardín, caballos, profesores particulares, vecinos ricos.

Es la vida que Howard siempre quiso para sus hijos. Pero hay un precio y ese precio se llama disciplina. Howard no permite errores ni en los modales, ni en los estudios, ni en la apariencia. Especialmente no permite errores en la apariencia. Jin crece silenciosa, observadora. Aprende a leer las habitaciones antes de entrar en ellas.

Aprende a sonreír cuando es necesario sonreír. Aprende a callar cuando es necesario callar. Su madre la acompaña en silencio sin nunca interferir. Su hermana menor, Pat, es su única confidente verdadera. Su hermano mayor, Howard dijo vive en su propio mundo de privilegios masculinos. Hay otro detalle de su infancia que pocos conocen, Jin Tartamudea.

Sí, esa voz que más tarde se haría famosa por su timbre suave y arrastrado. Esa voz que millones de espectadores escucharían en las pantallas comenzó como una voz quebrada, vacilante, llena de pausas. Howard la lleva a especialistas, le hace repetir frases hasta el agotamiento, la castiga cuando los vecinos lo notan, le grita que una tyne no tartamudea.

Y poco a poco, a fuerza de disciplina y de miedo, la pequeña Jean aprende a controlar las palabras, pero algo de aquella voz vacilante se queda, se transforma, se convierte en ese ritmo lento y cinematográfico que más tarde definiría su carrera entera. Hay tardes en las que la pequeña niña se esconde debajo del piano del salón para llorar sin que nadie la oiga.

Hay noches en las que se queda mirando el techo, repitiendo en silencio frases que su padre le ha hecho memorizar. La señorita Tney debe sonreír. La señorita Tierney debe sentarse derecha. La señorita Tierney debe ser perfecta. Su madre Bell observa todo esto desde lejos. No interviene, no protege a su hija de la dureza de su marido.

Es una mujer de su época, educada para obedecer, criada para callar. Pero a veces, cuando Howard sale en viajes de negocios, Bell entra en la habitación de Jean por la noche, se sienta en la cama, le acaricia el pelo y le susurra cosas que su marido nunca debería oír. Le dice que es la niña más bonita del mundo, le dice que algún día se irá lejos.

Le dice que el amor existe fuera de aquella casa. Jean aprende dos lecciones en aquellas noches. Primero, que su madre la ama profundamente. Segundo, que el amor en aquella familia debe esconderse para sobrevivir. Primero, el colegio St. Margaret en Conneticut. Y luego, El momento decisivo, Suiza, una de las escuelas más exclusivas de Europa para señoritas de buena familia.

Jean tiene 15 años, aprende francés, aprende italiano, lee los clásicos, asiste a bailes de gala donde se mezclan herederas inglesas, hijas de varones alemanes, princesas pequeñas de los Balcanes. Aprende a sostener una conversación con un duque. Aprende a comportarse como una mujer del mundo antes de haber vivido nada todavía.

En aquella escuela suiza, lejos de la vigilancia de su padre, Jin respira por primera vez, pasea por las orillas del lago, aprende a esquiar en los Alpes, recibe sus primeras cartas de amor de muchachos europeos que le escriben en un francés impecable. Es feliz. Es quizá la única vez en toda su vida en que es realmente feliz.

Es en ese momento, en ese contexto exacto, cuando ocurre el accidente que lo cambiaría todo. Verano de 1936. La familia Tirney está terminando una gira por Europa. De vuelta a Estados Unidos deciden hacer una parada en Hollywood. Es vacaciones, es turismo, es la familia comportándose como cualquier familia americana acomodada de la época.

visitan los estudios de cine, una excursión normal, un domingo cualquiera. Y entonces, mientras caminan por uno de los sets, un director, algunos testimonios atribuyan la frase a un cineasta europeo de la época, otros mencionan a otro miembro del equipo, nunca se confirmó del todo. Se detiene en seco al ver a Jin.

La mira, la rodea, le pregunta su edad y le suelta la frase que cambiaría todo. Señorita, usted debería estar en el cine. Jin tiene 15 años, sonríe, asiente educadamente y sigue caminando con su familia. Pero esa frase se queda flotando en el aire y especialmente se queda en el oído de un hombre que no la va a olvidar nunca, Howard Tierney, padre.

A partir de ese día, todo cambia. Howard empieza a ver a su hija como un proyecto, no como una persona, como una inversión, como una empresa. De vuelta a Estados Unidos, Jean es matriculada en clases privadas de teatro, toma lecciones de adicción, toma lecciones de canto. Empieza a actuar en producciones aficionadas en Conedicot.

Pasa el verano siguiente en una compañía de teatro de Capecott. Su madre la acompaña a todos los ensayos. Su padre lleva las cuentas, las contrataciones, los honorarios. 1939, Broadway, tiene 18 años. Un papel pequeño en una primera obra, un papel pequeño en una segunda y luego finalmente un papel mayor en otra producción en 1940. Los críticos la mencionan.

Los productores empiezan a preguntar, ¿quién es esa muchacha de los ojos verdes que parece haber salido de un cuadro renacentista? Pero Broadway para Jean no es glamour, es agotamiento. Hace ocho funciones por semana. llega al teatro a las 5 de la tarde, sale a medianoche, cena bocadillos en su camerino, duerme 4 o 5 horas, aprende a los 18 años lo que significa el oficio de actriz cuando se quita el maquillaje y las cámaras.

Dolor de pies, dolor de espalda, voz ronca, la misma escena repetida hasta que las palabras pierden su sentido. Pero Jin no se queja. Nunca se queja. En las cartas que envía a su madre desde Nueva York, cartas que se conservan hoy en archivos privados, Jin escribe que está feliz, que el escenario es el único lugar del mundo donde no tartamudea, que cuando dice las palabras de otro, su voz por fin le pertenece.

Una noche, después de una función, un hombre la espera en la puerta del teatro, le entrega una tarjeta. La tarjeta lleva el nombre de un agente de Hollywood. El hombre dice, según Jin contaría más tarde, que el dueño de un gran estudio cinematográfico ha visto su función dos veces, que quiere conocerla. Jean esa noche no duerme y Howard Tierney, padre toma la decisión más importante de su vida y la peor, crea una corporación, la llama con una combinación del nombre de su esposa y del apellido familiar.

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