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SORAYA JIMÉNEZ : LA ASQUEROSA TRAICIÓN QUE ACABO CON SU VIDA

El padre dijo, “Estas dos van a ser fuertes. Estas dos no me van a dar trabajo.” Tenía razón con la primera parte. Iban a ser fuertes. La segunda parte se le iba a romper en pedazos 35 años después. Soraya y su gemela crecieron compitiendo, compitiendo en todo, en las tareas, en los partidos, en la cocina. Esa competencia entre las dos fue lo que llevó a Soraya al deporte y el deporte fue lo que la llevó al hombre que la destruyó.

A los 7 años, Soraya empezó a jugar baloncesto en una cancha de tierra de la primaria pública del barrio. Su gemela también. Las dos eran altas para su edad, las dos eran rápidas. Las dos pegaban más que las otras niñas. La maestra de educación física las metió juntas al equipo y empezaron a ganar. Para los 12 años, las dos hermanas Jiménez ya estaban en la selección estatal de baloncesto del Estado de México.

Para los 14 viajaban juntas a torneos en otros estados y para los 15 Soraya tuvo el accidente que cambió todo. Fue en un partido en Toluca. Soraya iba bajando una pelota dividida cuando una jugadora del otro equipo le entró con la rodilla por delante. El crujido se escuchó hasta la grada. Soraya cayó al suelo gritando. La rodilla izquierda se le rompió en tres lugares.

El médico del equipo le dijo que iba a estar fuera de las canchas un año. Soraya tenía 15 años. Pensó que era el fin. La gemela lloró toda la noche en el cuarto que compartían. Pero el médico que la operó, un señor que trabajaba en el Centro Olímpico Mexicano, le dijo a la salida del hospital una frase que iba a cambiar todo.

Frase que José Luis, el hermano mayor, iba a contar después. le dijo, “Mucha, para que esa rodilla aguante el resto de tu vida, tienes que meterte al gimnasio, a levantar pesas, a fortalecer el músculo. Empieza con poco peso, termina con mucho, es lo único que va a hacer que vuelvas a caminar bien.” Soraya le hizo caso. A los 6 meses de la cirugía, Soraya entró por primera vez al gimnasio del Centro Deportivo Olímpico Mexicano de Itacalco.

Se quitó los tenis, se puso unos zapatos planos prestados y agarró una barra vacía. Pesaba 15 kg. La levantó sin esfuerzo. El entrenador del gimnasio, un señor mayor llamado Pedro Fuentes, la vio levantar la barra vacía. La vio levantar 10 kg, 20, 30. Y a los 40 kilos, Pedro Fuentes paró el ejercicio. Le dijo a Soraya que se sentara, le dijo que esperara y se fue al teléfono.

Llamó al director del Centro Olímpico Mexicano. Le dijo que tenía una muchacha de 15 años con una rodilla recién operada que estaba levantando 40 kg sin sudar. El director le preguntó si estaba seguro. Pedro le contestó que sí. El director le dijo que la firmara esa misma tarde. Soraya firmó esa tarde sin saber qué estaba firmando.

Su madre tampoco entendió. Pero el hombre del Centro Olímpico dijo que era para que su hija pudiera entrenar en una disciplina nueva. Una disciplina llamada Alterofilia. La firmaron. Esa firma de 1992 fue la primera de muchas. La alterofilia iba a darle a Zoraya una medalla de oro olímpica 8 años después y también iba a ser la puerta por la que iba a entrar el hombre que iba a destruirla.

Pero la alterofilia en 1992 tenía un problema en México, un problema que Soraya no entendió hasta 6 meses después. La alterofilia femenil no era reconocida por la Federación Mexicana de Alterofilia. No había presupuesto, no había entrenadores especializados para mujeres, no había competencias oficiales.

La federación le dijo a Soraya que podía entrenar, pero que no podía competir. Le dijeron que la alterofilia era cosa de hombres. Le dijeron que las mujeres no tenían el cuerpo para esa disciplina. Le dijeron que se buscara otra cosa. Soraya tenía 16 años y aprendió esa tarde algo que iba a aprender de nuevo durante el resto de su vida.

Aprendió que en México una mujer tenía que pelear el doble que un hombre por las mismas oportunidades. Pero en lugar de buscarse otra cosa, Soraya hizo algo que iba a definirla. se metió a una computadora del Centro Olímpico, una computadora que apenas tenía conexión a internet en 1993 y empezó a buscar entrenadores de alterofilia femenil en otros países.

Estuvo tres días buscando, encontró ocho nombres, les escribió correos electrónicos a los ocho, le contestaron tres y de los tres, uno aceptó venir a México por una cantidad que Soraya iba a tener que conseguir. Recuerda este correo electrónico. 1993. Una muchacha de 16 años en una computadora del Centro Olímpico buscando entrenadores en el extranjero.

Ese correo es el primer caramelo de esta historia y vamos a volver a él más adelante. El entrenador que aceptó era búlgaro. Tenía 47 años. Era exolímpico. Había entrenado a tres campeonas mundiales. Pidió $4,000 al mes para vivir en México. Soraya, que tenía 16 años y vivía con sus padres en Naalpan, no tenía esos $4,000.

La Federación Mexicana de Alterofilia tampoco se los iba a dar. Y en ese momento, en la oficina del Centro Olímpico, mientras Soraya leía el correo del búlgaro, un hombre que estaba revisando papeles en la mesa de al lado se acercó. Un hombre que tenía 38 años, bien vestido, camisa blanca planchada, reloj caro, acento norteño, zapatos italianos lustrados.

Le dijo a Zoraya que él podía conseguirle los 000. Le dijo a Soraya que él era empresario, que él patrocinaba atletas, que él creía en el deporte mexicano, que él iba a hacer su mecena si Soraya lo dejaba, sin pedir nada a cambio, solo verla competir y verla ganar. Soraya tenía 16 años, no sabía leer contratos, no sabía hacer preguntas. Le dijo que sí.

El hombre se presentó, le dijo que se llamaba Sergio Mendoza. Esa fue la primera vez que Soraya vio a Sergio Mendoza y no iba a saberlo en ese momento, pero acababa de conocer al hombre que iba a robarle la vida en cámara lenta durante los siguientes 20 años. Lo que Sergio Mendoza hizo en las siguientes 48 horas fue lo que solo un hombre que llevaba años esperando esa oportunidad sabe hacer.

llamó a un banco, transfirió $8,000 a una cuenta nueva que abrió a nombre de una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta. Le pagó al búlgaro el primer mes por adelantado. Le compró un boleto de avión desde Sofía, le rentó un departamento en Coyoacán y le compró a Soraya su primera membresía del gimnasio privado del Centro Olímpico.

Soraya, en 48 horas pasó de no tener nada a tener un entrenador búlgaro de nivel mundial, un departamento donde entrenar fuera de horario y una persona que le contestaba todas sus llamadas a cualquier hora del día. Lo que Soraya no entendió esa semana, lo que no iban a entender hasta 20 años después, es que Sergio Mendoza no estaba invirtiendo en una atleta.

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