No solo les enseñaba ecuaciones, les enseñaba a pensar. Don Eduardo hacía que las matemáticas parecieran poesía. Recordaba un exalumno. Decía que los números eran el lenguaje del universo, pero la guerra civil lo cambió todo. En los 80, la W fue considerada nido de subversivos. Eduardo, que jamás sostuvo un arma, fue acusado de simpatizar con la guerrilla por enseñar pensamiento crítico.
En 1989, durante la ofensiva del FMLN, la universidad fue atacada. Eduardo perdió colegas, amigos, estudiantes. Su esposa, aterrorizada, tomó a su hija de 12 años y huyó a Estados Unidos. prometieron reunirse pronto. Esa reunión nunca llegó. Eduardo se quedó aferrado a su aula, pero cuando la guerra terminó, los nuevos administradores lo jubilaron anticipadamente con pensión miserable.
Su esposa murió en Los Ángeles en 2005. Su hija perdió contacto años atrás. Eduardo quedó solo. Los primeros síntomas de Alzheimer aparecieron en 2015. Sin familia, sin dinero, fue perdiendo todo. Primero fechas, luego nombres, luego rostros, luego su propia historia. El hombre que enseñó a miles a recordar, ahora no podía recordarse a sí mismo.
Su último domicilio, un cuarto alquilado. El dueño dijo que dejó de pagar hace 3 años. Un día simplemente no estaba. Dejó todo, libros, diplomas, fotos, todo menos su medalla. Esa medalla nunca se la quitaba, dijo el dueño. Decía que era lo único que le recordaba quién había sido. Bukele ordenó buscar a los exalumnos.
Un hombre que enseñó 35 años tiene que haber tocado muchas vidas. Dijo, “Quiero encontrarlos.” publicaron en redes. Fuiste alumno de Eduardo Ramírez en la UES. El país te necesita. La respuesta fue abrumadora. En 48 horas más de 2000 personas respondieron. Ingenieros, economistas, arquitectos, médicos. Fue el mejor maestro que tuve.

escribió uno. “Don Eduardo me pagó la matrícula cuando mi familia no podía”, confesó otro. Nunca pidió que le devolviera el dinero, pero una llamada cambió todo. “Señor presidente, informó el jefe de gabinete, uno de los exalumnos de Eduardo Ramírez, es el ministro de economía.” Bukele se quedó en silencio. El ministro Hernández sí estudió en la US entre 1988 y 1993.
Eduardo fue su profesor 3 años. Carlos Hernández entró sin saber por qué fue convocado. Cuando vio la foto del anciano, su rostro palideció. No puede ser. Este es don Eduardo. El ministro se dejó caer en una silla lágrimas. Este hombre me salvó la vida dijo con voz quebrada. Yo odiaba la universidad. Iba a dejarla para trabajar en una maquila.
Hizo una pausa. Don Eduardo me llamó un día. me dijo, “Carlos, los números no son tu enemigo, son tu escalera. Vos tenés potencial para llegar muy alto. Nadie me había dicho algo así. ¿Qué pasó después? Me quedé, estudié, me gradué con honores. Todo lo que soy empezó en esa conversación. Sabía que estaba en la calle.
El ministro negó. Avergonzado, pensé que alguien lo estaría cuidando. Nadie lo cuidaba. El hombre que lo salvó a usted dormía en un parque. El silencio pesó como plomo. Quiero verlo dijo el ministro. Necesito verlo. El ministro llegó al hospital acompañado de Bukele. Don Eduardo estaba en su habitación. sentado junto a la ventana, mirando hacia afuera sin ver nada en particular.
La medalla seguía colgando de su cuello. “Don Eduardo tiene visitas.” Llamó suavemente la enfermera. El anciano volteó. Sus ojos recorrieron los rostros sin reconocerlos. No había nada, solo vacío. El ministro se acercó lentamente, se arrodilló frente al profesor para quedar a su altura. Don Eduardo, soy Carlos.
Carlos Hernández, fui su alumno en la US. Usted me enseñó cálculo diferencial. Me dijo que los números eran mi escalera. ¿Se acuerda? Los ojos del anciano permanecieron vacíos. El Alzheimer había borrado todo. El ministro sintió que el corazón se le rompía. Tomó la mano del profesor y la apretó suavemente. Usted cambió mi vida, don Eduardo.
Aunque no me recuerde, yo nunca lo voy a olvidar. Y entonces sucedió algo. Don Eduardo inclinó la cabeza, miró la mano que sostenía la suya. Sus cejas se fruncieron como si algo luchara por salir a la superficie. “Voz”, murmuró con voz ronca la primera palabra coherente en días. Vos te rascabas la ceja izquierda cuando pensabas.
El ministro soltó un soyo. Era verdad, todavía lo hacía. Me acuerdo. Continuó Eduardo. Tenías problemas con las derivadas, pero nunca te rendías. Don Eduardo, me recuerda. Los ojos del anciano se aclararon como si el sol hubiera atravesado las nubes. ¿Lo lograste?, preguntó. Llegaste alto? El ministro lloraba.
Sí, profesor, lo logré. Gracias a usted. Eduardo sonríó. Sabía que lo harías. Luego la niebla volvió. El momento de claridad había pasado, pero había sido suficiente. Buquele se acercó. Don Eduardo, soy el presidente. Su país no lo ha olvidado. Ya no va a estar solo. Bukele ordenó buscar a la hija de Eduardo.
Sabían que huyó a Estados Unidos en 1989 con 12 años. Ahora tendría 47. El consulado en Los Ángeles la encontró. Patricia Ramírez de Thomson. Casada, dos hijos, vivía en San Diego. Cuando recibió la llamada no podía creerlo. Mi padre está vivo. Sí, tiene Alzheimer avanzado, pero está recibiendo atención. Pensé que había muerto, dijo temblando.
Perdimos contacto hace 20 años. Mi madre intentó buscarlo, pero la guerra. Luego ella enfermó. El tiempo pasó. El presidente la invita a venir. Todos los gastos pagados. Patricia llegó tr días después, 20 años sin ver a su padre, 20 años de culpa, de preguntas sin respuesta, de noches imaginando qué habría sido de él.
Cuando entró a la habitación del hospital, se detuvo en la puerta. El hombre en la cama no se parecía al padre que recordaba. Aquel era fuerte, enérgico, con ojos brillantes y una risa contagiosa. Este era frágil, perdido, un fantasma de lo que fue, pero era él, su padre. Papá, susurró. Eduardo la miró sin reconocerla.
Soy Patricia, tu hija, tu pequeña Patti. Nada. Patricia se sentó junto a él, tomó sus manos. ¿Te acuerdas cuando me enseñabas matemáticas? Dibujabas caras en los ceros y decías que estaban tristes porque nadie los quería. Eduardo miraba en blanco. ¿Te acuerdas de los domingos? Íbamos a comer pupusas. Tú pedías de queso con loroco.
