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En 2001, trillizos desaparecen en Machu Picchu — 18 años después, un turista encuentra su diario.

Diego, con el diario guardado celosamente en su mochila, caminaba por las calles del distrito de Miraflores, siguiendo las indicaciones que le había dado el taxista. Como había supuesto, el número telefónico del diario ya no estaba en servicio. Sin embargo, después de varias llamadas y la ayuda de un periodista local que había cubierto el caso años atrás, Diego logró obtener la dirección de Eduardo y Carmen Suárez en Lima.

 se detuvo frente a una casa de dos pisos con fachada de ladrillos expuestos y un pequeño jardín delantero. Una mujer de unos 60 años regaba unas macetas con geranios. Tenía el cabello canoso recogido en un moño y sus movimientos eran pausados, como si cada gesto costara un esfuerzo monumental. “Señora Carmen”, preguntó Diego acercándose a la reja. La mujer levantó la mirada.

 Sus ojos, de un marrón profundo, parecían haber llorado suficiente para toda una vida. Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo? Diego respiró hondo. Mi nombre es Diego Mendoza. Estuve en Machu Picchu hace unos días y encontré algo que creo que le pertenece. Las manos de Carmen temblaron cuando recibió el diario. Lo abrió con reverencia, como quien destapa un relicario.

 Sus ojos recorrieron la primera página y un soyozo ahogado escapó de su garganta. Eduardo llamó con voz quebrada. Eduardo, ven rápido. Un hombre de complexión robusta, pero encorbada por el peso de los años apareció en la puerta. Su rostro mostraba la confusión inicial que rápidamente se transformó en incredulidad al ver lo que su esposa sostenía.

 “Pase, por favor”, dijo Eduardo, su voz áspera por la emoción contenida. En la sala de los Suárez, rodeado de fotografías de tres adolescentes sonrientes, tan parecidos y a la vez tan distintos, Diego narró su hallazgo, les mostró las búsquedas que había realizado y les confesó su interés en saber qué había ocurrido realmente. “Han pasado 18 años”, dijo Carmen pasando sus dedos por las páginas del diario. 18 años sin respuestas.

 La policía eventualmente archivó el caso. Dijeron que probablemente habían sufrido un accidente y caído a algún barranco donde no pudieron encontrarlos. Pero nosotros nunca creímos esa versión”, interrumpió Eduardo, su voz endureciéndose. “Nuestros hijos eran inteligentes y cuidadosos, no se arriesgarían tontamente.

 Además, si hubiera sido un accidente, al menos habrían encontrado algo.” Carmen se secó una lágrima. “Seguimos buscando por nuestra cuenta durante años. Contratamos investigadores privados, incluso ofrecimos recompensas, pero nada. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Y ese tal Rómulo Quispe, añadió Diego, recordando sus investigaciones.

¿Qué pasó con él? Los ojos de Eduardo relampaguearon con un odio antiguo, pero no extinguido. Sabemos que él tuvo algo que ver. fue el último que vio a nuestros hijos, pero siempre nególes sugerido esa ruta. No había pruebas. Eventualmente desapareció. Algunos dicen que se mudó a Bolivia o Ecuador, pero hace unos años, continuó Carmen, vimos su nombre en un periódico local de Cuzco.

 Había sido arrestado por tráfico de artefactos arqueológicos. Al parecer llevaba años saqueando sitios incaicos y vendiendo las piezas en el mercado negro. Diego sintió que las piezas comenzaban a encajar. ¿Creen que utilizó a sus hijos para algún tipo de operación de contrabando? Es una posibilidad que siempre consideramos, respondió Eduardo con amargura.

 Quizás les ofreció mostrarles algún tesoro escondido, algo exclusivo que no verían en el recorrido turístico normal. Carmen se levantó y regresó con una caja que contenía recortes de periódicos, informes policiales y fotografías. Durante años habían recopilado cualquier información que pudiera arrojar luz sobre el destino de sus hijos.

 Entre los documentos, Diego encontró un mapa detallado de Machuicchu con zonas marcadas donde se habían realizado búsquedas. También había una lista de personas interrogadas, entre ellas varios guías turísticos y trabajadores del santuario. Hay un nombre que aparece varias veces, señaló Diego, Javier Hamán, Eduardo Asintio.

 Era un joven guardaparques en ese entonces. Fue uno de los pocos que continuó ayudándonos incluso después de que la búsqueda oficial terminara. Cada cierto tiempo nos llamaba para decirnos que había explorado una nueva área o seguido alguna pista. Diego se sobresaltó. Javier Hamán, de unos 50 años con una cicatriz cerca de la ceja izquierda, Carmen lo miró sorprendida.

Sí, esa cicatriz se la hizo durante una de las búsquedas. ¿Lo conoces? Fue mi guía en Machuicu la semana pasada”, respondió Diego sintiendo un escalofrío. No mencionó nada sobre los trilliizos, aunque hablamos bastante sobre la historia del lugar. Los tres se miraron en silencio, procesando esta coincidencia inquietante.

 “Necesito volver a Cuzco”, decidió Diego, hablar con Javier y, si es posible intentar encontrar alguna información sobre el paradero actual de Rómulo Quispe. “Iremos contigo,”, dijo Eduardo sin dudarlo. “Hemos esperado 18 años por una pista como esta. No vamos a quedarnos sentados ahora.” Diego pasó la noche en un hotel cercano leyendo más profundamente el diario de los trillizos.

 Entre las anécdotas cotidianas y las descripciones de su viaje notó algo que había pasado por alto. Inicialmente Mateo, el más observador de los tres, había escrito sobre un compartimento secreto que Rómulo les había mostrado en una de las estructuras menos visitadas. Dice que los incas escondían objetos ceremoniales allí, había escrito Mateo.

 Nos prometió mostrarnos algunos que aún permanecen ocultos a los arqueólogos. Dice que seremos los primeros turistas en verlos en 500 años. Diego cerró el diario, su mente acelerándose, y si Rómulo no solo traficaba con artefactos ya excavados, sino que también sabía de cámaras secretas dentro de Machuicu, donde aún quedaban tesoros incaicos por descubrir, y se había utilizado a los trilliizos para acceder a alguno de estos lugares, quizás demasiado pequeño para que un adulto entrara.

 La idea era perturbadora, pero explicaría por qué los cuerpos nunca fueron encontrados si algo salió mal. Y también explicaría por qué el diario estaba oculto en un lugar tan específico. A la mañana siguiente, los tres partieron hacia el aeropuerto Jorge Chávez para tomar un vuelo a Cuzco.

 Carmen llevaba el diario de sus hijos contra su pecho, como si temiera que pudiera desvanecerse si lo soltaba. Eduardo, por primera vez en años sentía que estaban cerca de descubrir la verdad. Lo que ninguno sabía era que alguien más estaba muy interesado en ese diario. Alguien que había pasado 18 años asegurándose de que ciertos secretos permanecieran enterrados entre las antiguas piedras de la ciudad perdida de los incas.

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