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Empresas petroleras se burlaban de Cárdenas, hasta ser HUMILLADAS por el pueblo mexicano

Lázaro Cárdenas no era un hombre fácil de leer.

Eso desesperaba a sus enemigos.

No hablaba para adornarse. No levantaba la voz sin necesidad. No se paseaba por los salones como quien pide aplausos. Tenía una calma seca, casi rural, de hombre acostumbrado a escuchar antes de decidir. Algunos lo llamaban terco. Otros, peligroso. Otros, ingenuo.

Las compañías petroleras preferían llamarlo ingenuo.

Era más cómodo.

Un enemigo peligroso obliga a prepararse. Un ingenuo permite reírse antes de tiempo.

En los campos petroleros de Veracruz, Tamaulipas y la Huasteca, los obreros no se reían. Ellos sabían de qué estaba hecho el petróleo antes de convertirse en dinero. No era solo líquido negro. Era madrugada, lodo, fiebre, explosiones, salarios injustos, campamentos donde los niños crecían oliendo a combustóleo, mujeres lavando ropa manchada de grasa y hombres envejeciendo a los cuarenta.

Julián Izquierdo, el padre de Tomás, trabajaba en una refinería cerca de Tampico. Tenía cincuenta años y parecía de sesenta. Cada mañana se levantaba antes del sol, bebía café aguado y besaba en la frente a su esposa, Rosario, como si fuera a una batalla pequeña pero diaria.

—No hagas corajes —le decía ella.

—No los hago. Me los hacen.

Rosario siempre soltaba una risa cansada.

Julián sabía leer máquinas. No había ido a la universidad, pero podía oír una bomba y saber si iba a fallar. Conocía válvulas, presión, calor, tuberías, ruidos raros. Los ingenieros extranjeros lo consultaban en secreto y luego, en los informes, escribían como si la idea hubiera sido de ellos.

Eso dolía.

Pero dolía más ver a los muchachos nuevos entrar a trabajar sin botas buenas, sin protección adecuada, sin contrato claro, y salir meses después con tos, quemaduras o miedo.

—Nos quieren con manos —decía Julián—, pero sin voz.

Su hijo Tomás había oído esa frase tantas veces que se le quedó clavada.

Por eso, después de aquella cena en el Hotel Imperial, tomó un tren rumbo a Tampico en cuanto pudo. Llevaba la servilleta escondida entre papeles y una memoria llena de nombres, frases y amenazas.

Llegó de madrugada.

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