Durante las últimas décadas del siglo pasado y los albores del presente, la televisión mexicana tuvo un rostro indiscutible para la maldad, el autoritarismo y el machismo rural: Sergio Goyri. Con su imponente bigote, su mirada pesada, su sombrero Stetson negro y una voz que parecía dictar sentencias de muerte, Goyri se consolidó como el cacique por excelencia de los melodramas de Televisa. Sin embargo, los años no han pasado en vano, y la realidad parece haber superado con creces a la ficción. Hoy en día, el actor no es noticia por sus magistrales interpretaciones o por recibir galardones, sino por una serie de escándalos mediáticos, acusaciones de soberbia y una reciente polémica de supuesta infidelidad que lo ha colocado en el lugar que más aborrece su personaje pública: el de un hombre vulnerable y ridiculizado por las redes sociales.
Nacido el 14 de noviembre de 1958 en Puebla, Sergio Goyri Pérez inició su camino en el mundo del espectáculo en 1975 en la telenovela “Mundos opuestos”, compartiendo créditos con Lucía Méndez. En aquellos primeros años, Goyri carecía de la rudeza que más tarde se convertiría en su marca registrada; su rostro de joven noble y galán ingenuo lo mantuvo en papeles románticos tradicionales en producciones como “El maleficio”, “Angélica” o “El premio mayor”. Pero la industria televisiva suele encasillar las energías, y la de Goyri emanaba un peligro latente que estalló de manera definitiva en 1996 con “Te sigo amando”. En esta producción, el actor abrazó el rol d
e antagonista con una fuerza tan descomunal que transformó el arquetipo del villano caricaturesco en el de un hombre rural, controlador y violento, un reflejo de realidades profundamente arraigadas en ciertos sectores de la sociedad mexicana. Papeles posteriores en éxitos como “Sin pecado concebido”, “Duelo de pasiones” y, de manera muy destacada, “Piel de otoño”, le valieron el aplauso de la crítica y premios importantes, pero también borraron de forma permanente la línea divisoria entre el actor y sus personajes.

La fama de hombre difícil comenzó a perseguirlo fuera de los sets de grabación. Lo que inicialmente se consideraba “carácter recio” o “personalidad de la vieja escuela” empezó a manifestarse como una preocupante incapacidad para adaptarse al cambio de los tiempos. En el ámbito sentimental, su vida estuvo marcada por dos matrimonios, cinco hijos y un historial de rumores que lo señalaban como un conquistador empedernido y un padre sumamente estricto que presumía ejercer un control absoluto en su hogar. En 2018, Goyri inició una relación con Lupita Arreola, una empresaria inmobiliaria considerablemente más joven que él. A pesar de que anunciaron su compromiso matrimonial en 2023, la boda nunca se concretó. Las justificaciones del actor, quien llegó a declarar públicamente que la ceremonia no se realizaba porque no le alcanzaba el dinero para costear la fastuosa boda que su prometida exigía, levantaron de inmediato sospechas de tacañería o de una profunda crisis financiera en las plataformas digitales, mientras corrían fuertes versiones de que el verdadero impedimento era un estricto acuerdo prenupcial de bienes separados que el actor se negaba rotundamente a firmar.
La aparente estabilidad de la pareja saltó por los aires con la filtración de supuestos audios, capturas de pantalla y registros de llamadas que involucran directamente a Lupita Arreola en un escándalo de presunta infidelidad. De acuerdo con información difundida por cuentas especializadas en espectáculos, las pruebas habrían sido expuestas por una mujer que descubrió una comunicación sumamente comprometedora entre la prometida del actor y su esposo, un hombre conocido en Mexicali como “el pariente”. Aunque en los textos filtrados Arreola no realiza declaraciones explícitas de amor, la frecuencia, la familiaridad de los mensajes y su disposición a recibir al sujeto en su oficina aprovechando que Goyri se encontraba grabando en la Ciudad de México desataron la indignación de los usuarios. En las confrontaciones telefónicas posteriores, la empresaria negó rotundamente cualquier vínculo afectivo, escudándose en que se trataba de un trato estrictamente laboral y lanzando la polémica frase de que “viejos locos y volados va a haber siempre, pero depende de una ponerlos en su lugar”. El golpe mediático, no obstante, ya estaba dado, transformando la narrativa de Goyri ante el público: el macho alfa e indomable de la televisión mexicana pasaba a ser percibido como el hombre engañado y burlado a espaldas de los reflectores.
Este escándalo amoroso es solo el último clavo en el ataúd de una reputación pública que comenzó a desmoronarse estrepitosamente la noche de San Valentín de 2019. En una reunión privada entre amigos, la propia Lupita Arreola realizaba una transmisión en vivo para sus redes sociales sin percatarse de que captaba en primer plano a Sergio Goyri pronunciando insultos racistas y clasistas en contra de Yalitza Aparicio, la actriz oaxaqueña que en ese momento celebraba su nominación al Premio Óscar por la película “Roma”. Al calificarla de manera despectiva, Goyri expuso ante el escrutinio internacional una faceta de soberbia y desprecio social que provocó la cancelación inmediata de sus contratos con cadenas internacionales como Telemundo y un veto implícito en la televisión mexicana. Sus posteriores disculpas públicas no hicieron más que empeorar la situación, ya que muchos percibieron que el actor no se lamentaba por su forma de pensar, sino por haber tenido la mala fortuna de ser grabado.
La caída en desgracia de Goyri abrió la caja de Pandora, permitiendo que salieran a la luz antiguos pasajes oscuros de su trayectoria. En 2020, la actriz Paty Muñoz lo denunció públicamente por un grave incidente de acoso ocurrido años atrás, relatando cómo el histrión la había encerrado en un camerino intentando besarla a la fuerza y dejándole marcas de jaloneos en las muñecas. Goyri, fiel a su estilo autoritario, minimizó los señalamientos, al tiempo que en diversas entrevistas se manifestaba abiertamente en contra del movimiento feminista, quejándose de que en la actualidad “ya no se puede decir nada” y defendiendo conductas anacrónicas que la sociedad ya no está dispuesta a tolerar. Su fama de divo intratable se confirmó también en sus constantes pleitos con directores, sus desplantes hacia la prensa escrita y digital (lo que le valió el apodo de “Don Huye”) y sus agrios comentarios descalificando el talento de las nuevas generaciones de actores.

Buscando desesperadamente una redención digital, Goyri intentó mostrar en sus redes una faceta espiritual, pacífica y armónica, ganándose el mote irónico de “el hipócrita Zen”. El verdadero baño de realidad ocurrió en 2025, cuando aceptó participar en el reality show “Top Chef VIP” con la promesa de mostrarse humilde y renovado. El experimento duró muy poco; su temperamento explosivo e incapaz de recibir órdenes lo llevó a protagonizar fuertes altercados con los jueces y con compañeros de grabación como el cantante Jerry Bazúa, abandonando el set de filmación de manera abrupta y convirtiéndose en el primer eliminado de la competencia bajo una oleada de burlas en internet. Incluso un negocio de reparación de autos clásicos que abrió para alejarse del medio artístico fracasó rotundamente debido al constante acoso de los internautas, quienes lo apodaron despectivamente “el galán mecánico”.
Aunque Sergio Goyri ha logrado regresar de forma esporádica a algunas producciones de Televisa, el aura de respeto, misterio y temor que imponía su presencia en los foros de televisión se ha extinguido por completo. Cada vez que su rostro aparece en pantalla, las redes sociales no rememoran su innegable talento actoral ni su imponente voz, sino que se inundan de memes sobre Yalitza Aparicio, recordatorios de sus agresiones verbales y cuestionamientos humillantes sobre su vida privada. Goyri no fue devorado por la falta de oportunidades, por el paso del tiempo o por la pérdida de facultades artísticas; fue víctima de su propio personaje y de una soberbia desmedida que le impidió comprender que el mundo había cambiado radicalmente, dejando en claro que, fuera de los foros de grabación, ni el sombrero negro ni el bigote de cacique pueden proteger a un hombre de las implacables consecuencias de sus propios actos.