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Cuando Clark Gable intentó comprar el amor de María Félix — Su respuesta fue devastadora

” Mayer lo miró con algo parecido a la compasión. Eso es lo que creen todos los hombres que la han conocido y todos han terminado igual, destruidos. Gabel no escuchó la advertencia. Pasó las siguientes semanas preparándose como si fuera a una misión militar. Investigó todo sobre María. Leyó cada entrevista publicada en inglés y en francés.

Consiguió traducciones de artículos en español. supo de sus matrimonios, de su divorcio de Agustín Lara, de su personalidad avasallante, de las joyas que coleccionaba, de su amor por Cartier, de su desprecio absoluto por los hombres débiles. Supo que la habían comparado con Marl Dietrich, con Greta Garbo, pero que ella había dicho que no se comparaba con nadie, porque para compararse había que tener iguales y ella no los tenía.

Gabel quedó fascinado. Cada dato que descubría lo atraía más. No era la belleza física que era innegable, era la actitud, era la arrogancha, era esa seguridad absoluta que él, el rey de Hollywood, nunca había encontrado en ninguna mujer. Las mujeres que conocía querían algo de él: fama, dinero, contactos, sexo, validación.

María Félix, según todo lo que leía, no quería nada de nadie. Y eso para un hombre que lo tenía todo era irresistible. Mayer hizo las llamadas. Gregorio Bayerstein respondió con cautela. El señor Gabel quiere conocer a María Félix. Personalment. ¿Con qué propósito? Preguntó Gregorio. MGM quiere ofrecerle un contrato especial, un proyecto diseñado específicamente para ella. Gregorio conocía ese lenguaje.

Sabía que contrato especial significaba que alguien poderoso quería algo que no era solo profesional. ¿Cuánto ofrece MGM? Lo que ella pida. Gregorio casi se cae de su silla. Lo que ella pida. Lo que ella pida. El señor Gabel ha sido muy específico. Sin límite. Gregorio Calgo llamó a María.

Doña María, tengo algo interesante. Clark Gabel quiere conocerla. María estaba en su departamento de la colonia Juárez fumando uno de sus cigarrillos franceses leyendo una novela de Franis Sagan. Clark Gabel repitió sin emoción. El rey de Hollywood. No es mi rey, respondió María. No tengo reyes. ¿Quiere venir a México a presentarle un proyecto de MGM? Que venga si quiere perder su tiempo, que lo pierda.

Le digo que sí, dile que no le voy a facilitar nada. Si quiere verme, tendrá que trabajar para ello. Y Gregorio, avisó María que no traiga flores. Odio las flores que traen los hombres que quieren algo. Noviembre de 1948. Clark Gabel llegó a Ciudad de México en un avión privado de MGM. Lo acompañaban su asistente personal, Howard Strick Cling, jefe de publicidad de MGM y un traductor que Mayer había contratado específicamente para la ocasión.

Se instalaron en la suite presidencial del hotel Reforma, el hotel más lujoso de la ciudad. Gabel miró por la ventana. La Ciudad de México se extendía bajo un cielo azul limpio con las montañas al fondo y el ruido de una ciudad que vibraba con una energía que Hollywood no tenía. Es hermosa dijo Gabel refiriéndose a la ciudad.

Espera a conocerla a ella murmuró Howard. El primer día, Gabel intentó organizar una cena. Gregorio fue el intermediario. María aceptó, pero con condiciones. La cena será en el restaurante Ambasaders, dijo María. A las 9 de la noche yo elijo la mesa, yo elijo el vino y el paga. Gabel sonrió cuando le transmitieron las condiciones.

Me gusta una mujer que sabe lo que quiere. Howard lo miró preocupado. Clark, esto no es un juego. Esa mujer es peligrosa. Todas las mejores lo son. Y así, quienes crecimos escuchando historias de mujeres que imponían sus reglas en un mundo que las quería sumisas, sabemos que María Félix era la encarnación de ese espíritu. Si alguna vez tu abuela, tu madre o tu tía te contó sobre una mujer que no se dejó, suscríbete porque aquí honramos a esas mujeres.

Aquí contamos las historias que merecen ser contadas. La noche de la cena llegó. El restaurante Ambasaders era el lugar donde la élite de Ciudad de México cenaba, negociaba y se destruía mutuamente entre platos de aute cuisín y botellas de champañe francés. Gabel llegó a las 8:45. Pintual como un soldadú. Vestía un traje gris oscuro de sabíerou, corbata de seda azul marino, zapatos italianos brillantes.

Se había peinado con gomina, como en sus películas, y olía a la colonia que Kerel le había regalado antes de morir. La misma que seguía usando porque era lo único que le quedaba de ella. Se sentó en la mesa que María había elegido, una mesa en una esquina elevada desde donde se veía todo el restaurante, pero donde nadie podía escuchar la conversación.

Un lugar estratégico, un lugar de poder. Gabel pidió un whisky. Sparrow. Las 9 en punto. Nada. Las 9:10. Nada. Las 9:15. El mesero se acercó. ¿Desea ordenar algo más, señor? No, estoy esperando a alguien. Las 9:20, las 9:25, Gabel empezó a sentir algo que no había sentido en años. Nervios. Él que había besado a Vivien Lake frente a 100 personas en un set de filmación sin sudar una gota, estaba nervioso esperando a una mujer en un restaurante.

A las 9:32 minutos, María Félix entró al restaurante y el mundo se detuvo. No fue una entrada, fue una aparición. Llevaba un vestido rojo de Cristian Dior, ceñido al cuerpo como si hubiera sido cocido directamente sobre su piel. Joyas de cartier en el cuello, en las muñecas, en los dedos, el cabello recogido en un moño alto que exponía su cuello largo, elegante, desafiante.

Y los ojos, esos ojos oscuros que habían destruido matrimonios, carreras y egos de hombres en tres continentes. Cada persona en el restaurante dejó de comer, de hablar, de respirar. Los meseros se quedaron inmóviles. Una copa se cayó de una mesa y nadie la recogió. María caminó hacia la mesa de Gabel con una lentitud deliberada, cada paso calculado, cada movimiento una declaración.

No se apuraba. No se apuraba por nadie. Gabel se puso de pie por instinto, como separa un hombre frente a algo más grande que él. María llegó a la mesa, lo miró de arriba a abajo, como se evalúa un caballo en una subasta, y dijo en un francés perfecto, porque sabía que Gabel hablaba francés, algo que él no sabía que ella sabía.

Eres más bajo que en tus películas. Gabel se quedó helado. Nadie le había dicho algo así en su vida. Nadie se atrevía. Él era Clark Gabel. Las mujeres se desmayaban cuando lo veían y esta mujer, esta mujer mexicana, lo primero que hacía era señalar que era chaparro. Sonriel fue lo único que pudo hacer.

Y usted, dijo en un inglés torpe, es exactamente como en las suyas. María se sentó sin esperar a que él le ofreciera la silla. No necesitaba que nadie le ofreciera nada. Pidió una botella de Cható Margaux, 1928 sin mirar la carta de vinos. El mesero corrió a buscarla. Gabel observaba todo, fascinado y aterrorizado al mismo tiempo.

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