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El Final de “Los Dorados”: Qué Pasó con la Escolta de Pancho Villa tras su Asesinato

Cuando la división del norte fue derrotada en Celaya en 1915, cuando el ejército más grande que Villa había reunido se deshizo ante las trincheras y el alambre de púas de Obregón, con la velocidad que produce la guerra, donde la táctica del siglo XIX choca con la táctica del siglo XX, los dorados no desaparecieron, se redujeron, se fragmentaron.

Algunos murieron en Celaya, en León, en las batallas que siguieron. Pero el núcleo siguió con villa en la sierra de Chihuahua durante la expedición punitiva, durante los años de la guerrilla, hasta los tratados de Sabinas en 1920, donde Villa negoció la paz y se retiró a Canutillo. El acuerdo de Sabinas incluía una cláusula específica sobre la escolta.

Villa podría mantener 50 hombres armados a su servicio en Canutillo, pagados por el gobierno federal como garantía de su seguridad personal. 50 hombres del núcleo que había sido los dorados. El gobierno de Obregón reconocía formalmente a 50. Los otros se dispersaron por Chihuahua con la velocidad de los hombres que han estado en movimiento durante 10 años y que en el momento en que dejan de moverse no saben bien qué hacer con el espacio que la paz les abre.

Los 50 que llegaron a Canutillo formaron la escolta que los tratados de Sabinas habían autorizado. Eran los más leales de los más leales, los que habían seguido a Villa durante los años más difíciles de la sierra. Los que en el cálculo de quiénes se quedan y quiénes se van, habían elegido quedarse no por falta de opciones, sino porque la lealtad a Villa era más fuerte que cualquier opción disponible.

En Canutillo, los 50 funcionaban como la escolta del general retirado que el gobierno federal había prometido proteger. Patrullaban el perímetro de la hacienda, acompañaban a Villa en sus viajes a los pueblos cercanos. mantenían el tipo de vigilancia que los años de la sierra habían convertido en instinto. El ojo en el horizonte, el oído en los sonidos que no corresponden al patrón habitual, la mano cerca del arma con la automaticidad del reflejo, que no necesita decisión consciente.

El 20 de julio de 1923, cuando Villa tomó el Dodge en Parral para regresar a Canutillo, iba acompañado de un grupo pequeño, su secretario Miguel Trillo, el coronel Ramón Contreras y algunos asistentes. La escolta completa no estaba, no había señales y amenaza específica ese día. Villa había hecho ese recorrido decenas de veces.

La emboscada en la calle Juárez fue breve y total. Los tiradores en la casa número siete esperaban exactamente ese momento. El coche se estrella contra el Fresno. Los que sobrevivieron el primer impacto no pudieron organizar ninguna defensa porque la descarga había sido simultánea desde múltiples posiciones y porque en los segundos que siguieron a los disparos el caos era el único orden disponible.

El coronel Contreras, herido vivo, fue el único que disparó de vuelta antes de huir hacia el lecho del río. Los demás estaban muertos o incapacitados. La noticia llegó a Canutillo de la manera en que llegan las noticias que cambian todo. Demasiado rápido para ser procesadas y demasiado concretas para ser negadas.

Los 50 de la escolta la recibieron con la expresión que describieron los que estaban presentes, como la expresión de los hombres que acaban de perder el eje, alrededor del cual toda su existencia como unidad tenía sentido. No había protocolo para ese momento. No había órdenes que ejecutar porque el que daba las órdenes estaba muerto.

No había misión que continuar porque la misión era proteger al hombre que ya no podía ser protegido. No había cadena de mando que activar porque la cadena de mando de los dorados siempre había sido Villa y Villa había terminado. Los 50 de Canutillo comenzaron a dispersarse en las semanas que siguieron al asesinato con la misma lógica silenciosa del primer dorado que había caminado hacia el norte por los caminos de polvo.

No había ningún lugar específico a donde ir, pero quedarse en Canutillo sin villa era quedarse en el lugar donde la ausencia era más visible y más insoportable. El gobierno federal, que había pagado su sueldo mientras Villa vivía, procesó la muerte del general con la burocracia específica de los gobiernos que tienen que gestionar las consecuencias de algo que probablemente habían contribuido a producir.

Las pensiones de los miembros de la escolta quedaron en el limbo administrativo que produce la muerte del titular del contrato que las justificaba. Algunos recibieron pagos durante meses, luego las comunicaciones se hicieron más escasas, luego dejaron de recibir noticias. Nadie en el gobierno federal tenía particular interés en que los hombres que habían sido los más cercanos a Villa siguieran siendo una unidad reconocible con recursos y con cohesión.

La muerte de Villa había resuelto el problema político que Villa representaba para los que lo habían matado. Los dorados, dispersos y sin recursos, y sin el hombre que les daba identidad, no eran un problema, sino una nota al pie. Y las notas al pie no requieren gestión activa. Lo que sí requería gestión activa, aunque de un tipo diferente, era la tierra de Canutillo.

La hacienda había sido el activo más tangible del acuerdo de Sabinas, la garantía material de que el retiro de Villa era real y no provisional. Con Villa Muerto, la Hacienda entraba en el territorio jurídico más complejo del México postrevolucionario, el territorio de la sucesiones sin documentación clara, las reclamaciones múltiples, los contratos que habían sido negociados con la autoridad personal de alguien que ya no existía para respaldarlos.

Las esposas de Villa reclamaron, los hijos reconocidos reclamaron. Los acreedores que habían prestado dinero a la hacienda, contando con la garantía personal del general, reclamaron. El gobierno federal miró con la atención del que calcula si la intervención tiene más costos que beneficios. Los dorados que habían trabajado la tierra de Canutillo durante 3 años, que habían construido sus casas en ese terreno, que habían hecho de esa hacienda el primer lugar que podían llamar suyo después de una década sin lugar fijo. Vieron como el futuro que

habían empezado a imaginar se complicaba con la rapidez que produce la ausencia del hombre, cuya presencia había sido la garantía de todo. Algunos se quedaron, negociaron como podían, trabajaron la tierra mientras dos pleitos legales se resolvían en los tribunales de Durango y de Chihuahua, con la lentitud específica de los pleitos que involucran tierras en el México de los años 20, donde el sistema legal estaba siendo reconstruido sobre las ruinas del sistema que la revolución había destruido.

Otros se fueron antes de que los pleitos terminaran. calcularon que esperar a que la Tierra fuera adjudicada era esperar en un lugar que ya no era suyo, a que alguien con mejores argumentos legales o mejor conexión política terminara de convencerse de que tenía derecho a lo que ellos consideraban que era suyo.

Había también entre los dorados de Canutillo, los que habían construido durante los 3 años de la hacienda algo más sólido que la Tierra, la red de relaciones con las familias de los ranchos de la región lagunera que la Hacienda había desarrollado en su función de centro económico y social del área.

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