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El disparo imposible: un teniente destruyó un tanque desde cuatro kilómetros

A los trece años, Mateo empezó a correr.

Primero por el barrio. Luego por la ribera del Ebro. Después se apuntó a atletismo. Corría con una rabia limpia, casi bonita. No era el más rápido, pero sí el que más aguantaba. Su entrenador decía que tenía una cabeza rara: cuando todos aflojaban, él parecía entrar en otro sitio.

—No corre contra los demás —le dijo una vez a su madre—. Corre contra algo que lleva dentro.

A los dieciocho entró en la Academia General Militar.

No fue por patriotismo de bandera grande ni por ganas de mandar, aunque después habría quien intentó venderlo así. Fue por una mezcla más humana, más confusa: quería disciplina, quería una familia que no se rompiera, quería aprender a mantenerse en pie cuando todo alrededor se caía. Y, quizá, quería acercarse a la muerte de una manera controlada. Eso suena duro, pero yo lo he visto en más gente de la que parece. Hay personas que, después de perder a alguien, se pasan la vida buscando el borde del abismo para entender por qué se abrió.

Yo conocí a Mateo años después, en una cafetería del Hospital Central de la Defensa, en Madrid. Para entonces, ya era “el teniente del disparo imposible”. Había titulares con su nombre, tertulianos opinando sobre él, políticos intentando hacerse fotos, desconocidos escribiéndole cartas. Pero el hombre que se sentó frente a mí no parecía una leyenda. Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir.

Me llamo Daniel Ariza. Soy periodista, aunque lo digo cada vez con más cuidado, porque esa palabra se ha ensuciado mucho. He cubierto incendios, inundaciones, juicios, huelgas y dos guerras ajenas, si es que alguna guerra puede ser ajena cuando empiezas a reconocer el olor de la ropa quemada. Fui enviado a Kárstova, un país pequeño del este de Europa que casi nadie sabía situar en el mapa hasta que empezó a arder.

Kárstova era de esos lugares que los informativos explican con mapas de colores y flechas, como si la gente muriera por culpa de líneas geométricas. Había una guerra civil, sí. Había facciones, intereses, minas antiguas, odios nuevos y potencias jugando a no mancharse las manos. Pero cuando llegabas allí, la teoría se volvía ridícula. Veías una abuela buscando agua con un cubo roto. Un padre cargando a su hija envuelta en una manta. Un perro esperando junto a una casa sin techo. Entonces entendías que las palabras grandes sirven para los despachos, no para las calles.

España participaba en una misión internacional de protección humanitaria. Oficialmente, el trabajo era escoltar convoyes, asegurar corredores, evacuar heridos y evitar que la violencia se tragara a quienes no podían defenderse. Extraoficialmente, era intentar poner una mano entre un martillo y un cristal sin que te cortaran todos los dedos.

Mateo llegó a Kárstova en enero, con una sección de infantería ligera y esa cara de teniente joven que cree que debe aparentar más seguridad de la que siente. No era chulo. Eso se notaba. Hay mandos que entran en una sala ocupando todo el aire. Mateo no. Él escuchaba primero. Preguntaba. Observaba los mapas y después miraba por la ventana, como recordándose que un mapa nunca cuenta toda la verdad.

El sargento Molina, que llevaba más años de uniforme que algunos soldados de vida, lo resumió mejor que nadie:

—El teniente es de los que no gritan porque no les hace falta. Eso en campaña vale oro.

Molina era sevillano, cincuenta años, bigote canoso y una manera de blasfemar casi artística. Tenía dos hijas universitarias y un matrimonio que sobrevivía a base de llamadas nocturnas y una paciencia que, según él, su mujer no merecía gastar en un “cabezón con botas”. Era el tipo de sargento que te regaña por llevar mal cerrado el chaleco y luego te guarda una chocolatina si te ve con mala cara.

Mateo confiaba en él. Y hacía bien.

La primera vez que los vi juntos fue en una escuela abandonada convertida en puesto de coordinación. Afuera nevaba. Dentro olía a gasoil, café recalentado y calcetines húmedos. Yo estaba intentando entrevistar a un capitán italiano que no quería decir nada útil cuando Mateo entró con Molina.

—Tenemos civiles moviéndose por la carretera norte —dijo.

El capitán italiano frunció el ceño.

—No estaba previsto.

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