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EL CASO QUE CONGELÓ ECUADOR: UNA PROMESA DE AMOR, UN MOMENTO SOÑADO Y UNA DESAPARICIÓN REPENTINA

Y aquí está el detalle que a mí me hizo quedarme helada: mientras Daniel la abrazaba, Valeria no apoyó las manos en su espalda. Las dejó abiertas en el aire, como quien no sabe si abrazar o empujar.

Siete minutos después, desapareció.

Las primeras hipótesis fueron brutales. Secuestro. Crimen pasional. Fuga voluntaria. Venganza familiar. Una red ligada al caso de su hermana. Un montaje para no casarse. Cada canal tenía su teoría. Cada vecino tenía su sentencia. Cada usuario en redes se sentía fiscal.

La policía interrogó a Daniel durante nueve horas.

Él cooperó. Entregó su móvil. Entregó el suyo, el de Valeria, que estaba en su bolso junto a la mesa. Dio nombres, horarios, conversaciones. Lloró mucho. Y lloraba de una manera que convencía.

Al menos al principio.

—Yo la amo —repitió ante las cámaras—. Valeria, si me estás viendo, por favor vuelve. No importa qué haya pasado. Vuelve. Te espero.

La frase se volvió viral.

“Te espero.”

Miles de personas la compartieron con corazones rotos.

A mí me molestó.

No sabía por qué. Ahora sí. A veces las palabras más tiernas también pueden sonar a orden.

El segundo día encontraron la chaqueta negra en un contenedor a tres calles del restaurante. Dentro había una horquilla de perla y un recibo de autobús hacia Latacunga. La horquilla era de Valeria. El recibo estaba pagado en efectivo.

El país se volvió loco.

Los periodistas viajaron a terminales, carreteras, hostales baratos. La cara de Valeria aparecía en pantallas, postes, tiendas, gasolineras. Su madre, doña Mercedes, se sentaba frente a las cámaras con una foto de sus dos hijas: Luciana muerta, Valeria desaparecida.

—No me quiten otra hija —decía.

Esa frase rompió a Ecuador.

La familia Andrade pagó anuncios. La fundación de la madre de Daniel organizó vigilias con velas blancas. Ahí apareció otra vez el símbolo.

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