Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ CHILE: UNIÓN, ESCENARIO PERFECTO Y UNA DESAPARICIÓN TOTAL

Algunos amigos cercanos admiten que habían notado ciertos momentos de tensión, especialmente relacionados con los viajes laborales de Nicolás. A Daniela a veces le costaba que él se fuera tanto al norte, reconoce su prima Francisca. No era que ella fuera celosa ni nada por el estilo, sino que lo echaba de menos. Él podía estar dos semanas seguidas en Calama o Antofagasta.

Volvía apenas un fin de semana y luego tenía que viajar de nuevo. Pero ella lo entendía, sabía que era parte del trabajo de él. Nicolás, por su parte, había comentado con Rodrigo en más de una ocasión que sentía culpa por dejar sola a Daniela. Me decía que ella era muy comprensiva, que nunca le reclamaba, pero que él sentía que le debía más tiempo.

Recuerda, Rodrigo. Por eso, cuando pudieron, decidieron comprarse el departamento. Era una forma de Nicolás de decirle, “Esto es nuestro hogar. Aquí vamos a construir nuestra vida juntos.” Era su manera de compensar las ausencias. La familia Bravo, padres y hermanos de Nicolás, también pintaban un cuadro armonioso.

Daniela era como una hija más para nosotros, dice la madre de Nicolás, la señora Patricia. Venía seguido a almorzar los domingos a nuestra casa en Ñuñoa. Le encantaban mis pastel de choclo y las empanadas. Se quedaba ayudándome en la cocina mientras los hombres veían fútbol. Hablábamos de todo, de la pega, de los planes que tenían, de la familia que querían formar.

Nunca, jamás noté nada raro entre ellos. En las semanas previas a lo que cambiaría todo para siempre, la vida de Daniela y Nicolás seguía su curso normal. Él había regresado de un viaje a la mina en Antofagasta el miércoles anterior. Daniela había presentado los primeros bocetos de su proyecto en Nueva Las Condes y había recibido comentarios muy positivos de los inversionistas.

El viernes habían ido a cenar a un restaurante peruano en Providencia con otro matrimonio amigo. Todo transcurría con normalidad. El sábado por la mañana, según el testimonio de Nicolás, que sería reconstruido después, desayunaron juntos en el departamento. Daniela tenía planes de ir al gimnasio y luego almorzar con Javiera en el Costanera Center.

Nicolás aprovecharía para adelantar trabajo y responder correos que había dejado pendientes durante la semana. Era un sábado común, sin nada extraordinario en el horizonte, pero ese sábado común estaba a punto de convertirse en el día que dividiría la vida de decenas de personas en un antes y un después. Un día que quedaría grabado en la memoria colectiva de Chile como el inicio de uno de los casos más perturbadores y desconcertantes que el país había visto en décadas.

Porque lo que ocurriría en las próximas horas desafiaría toda lógica, rompería todas las certezas y dejaría una pregunta que todavía hoy, años después sigue sin respuesta. ¿Cómo puede alguien desaparecer completamente en un lugar donde en teoría era imposible que algo saliera mal? El sábado 19 de octubre de 2019 amaneció en Santiago con un cielo despejado y una temperatura que prometía alcanzar los 23 gr hacia el mediodía.

Era uno de esos días perfectos de primavera que invitaban a salir, a disfrutar de los parques, a sentarse en alguna terraza del barrio lasarria o simplemente a caminar por la ciudad sin más plan que dejarse llevar. Pero para Daniela Fuentes y Nicolás Bravo, ese sábado sería cualquier cosa menos perfecto.

Según la reconstrucción posterior de los hechos basada en testimonios, registros de cámaras de seguridad y análisis de comunicaciones telefónicas, la mañana comenzó sin ninguna señal de alarma. A las 8:15 de la mañana, Daniela publicó una historia en Instagram mostrando su desayuno. Un café con leche y tostadas con palta, típico desayuno chileno.

En la esquina de la imagen se veía parte del ventanal del departamento con la cordillera nevada al fondo. La foto llevaba un sticker de corazón y la frase, “Buen fin de para todos”. Nada en ese mensaje sugería preocupación, miedo o conflicto. A las 9 de la mañana, Javiera recibió un mensaje de WhatsApp de su hermana confirmando el almuerzo que habían planeado.

Paso por ti, tipo una hermanita. Muero por el ceviche del Costanera, decía el mensaje acompañado de emojis de pescado y carita feliz. Javiera respondió con un pulgar arriba y un Dale, te espero. Ese fue el último mensaje que Daniela enviaría. Entre las 9 y las 10 de la mañana, Daniela salió del departamento rumbo al gimnasio Smartfit, ubicado en avenida Vitacura, a apenas 10 minutos caminando desde su edificio.

Las cámaras de seguridad del lobby del edificio la captaron saliendo a las 9:47 am. Llevaba puestos calzas negras, una polera deportiva rosada, zapatillas Nike blancas y una coleta alta. En su mano derecha llevaba una botella de agua reutilizable de color turquesa y en la izquierda su teléfono celular. Su expresión era relajada, normal.

Incluso saludó con una sonrisa al conserje don Patricio, quien le sostuvo la puerta. La vi salir como siempre, recuerda don Patricio, un hombre de 58 años que lleva 15 trabajando como conserge en edificios de Vitacura. Daniela era una niña muy simpática, muy educada, siempre saludaba, siempre preguntaba cómo estaba uno.

Ese día no noté nada diferente, se veía bien, contenta. Me dijo, “Que tenga buen día, don Pato.” Y salió. Nunca pensé que esa sería la última vez que la vería. Las cámaras de seguridad del gimnasio muestran a Daniela ingresando a las 9:54 a. Durante la siguiente hora, aparentemente siguió su rutina habitual. Trotadora, pesas, algunos ejercicios de elongación.

Una compañera de gimnasio, Marcela Rojas, con quien Daniela compartía ocasionalmente algunos ejercicios, la vio ese día. Estuvimos conversando unos minutos en la zona de pesas. Me contó que estaba emocionada porque pronto empezarían las obras de su proyecto en Nueva Las Condes. Se le veía feliz, motivada. Hablamos de lo terrible que estaba el taco en Santiago con las manifestaciones que habían empezado el viernes, nada más.

Después, cada una siguió con su rutina. Aquí es importante hacer un paréntesis para contextualizar. El 18 de octubre de 2019, un día antes de estos hechos, había estallado en Chile lo que se conocería como el estallido social, una serie de masivas manifestaciones y protestas que paralizarían el país durante meses.

Había comenzado con evasiones masivas del metro por parte de estudiantes secundarios en protesta por el alza del pasaje, pero rápidamente escaló a demandas sociales más amplias. Esa noche del viernes 18, Santiago había vivido escenas de caos, estaciones de metro incendiadas, saqueos, represión policial y toque de queda.

Read More