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EL CASO QUE CONGELÓ ARGENTINA: DOS HERMANAS, UN PASEO Y UNA DESAPARICIÓN SIN EXPLICACIÓN

Ya veremos, pero bueno, primero tenemos que resolverlo de mamá. El cumpleaños de Patricia era en tres días. El viernes 15 de marzo y las hermanas aún no habían comprado su regalo. Habían decidido juntar plata para comprarle un reloj que su madre había mencionado varias veces, uno que había visto en una joyería del barrio de 11. “Vamos hoy a 11”, preguntó Lucía.

Dale. Salimos tipo 2 de la tarde, vamos a la joyería, compramos el reloj y después podemos ir a almorzar algo por ahí. Hace mil que no vamos a comer a ese lugar de empanadas que nos gusta. Perfecto. Voy a bañarme entonces. Lucía se duchó primero, luego Martina. Para la 1:30 de la tarde, ambas estaban listas.

Lucía vestía unos jeans claros, una remera blanca lisa y sus conversas. Llevaba una mochila pequeña cruzada con su billetera, el celular y las llaves. Martina usaba un vestido corto floreado, sandalias con taco de 5 cm y llevaba una cartera de cuero marrón más grande. Antes de salir, Martina tomó una foto de ambas frente al espejo del living.

 En la imagen que después se volvería icónica en los medios argentinos, las dos hermanas sonreían despreocupadas. Martina hacía un gesto de paz con los dedos. Lucía tenía una sonrisa tímida. La foto fue subida a la historia de Instagram de Martina a las 13:47 con el texto día de compras con mi hermanita. Esa sería la última foto de las hermanas Peralta con vida que su familia vería.

Salieron del departamento a las 210 de la tarde. Patricia, su madre, les había dejado un mensaje de voz en el grupo de WhatsApp de la familia esa mañana. Chicas, si van a 11, tengan cuidado, lleven los celulares guardados, no los saquen en la calle y avísenme cuando lleguen y cuando vuelvan. Martina respondió con un emoji de pulgar arriba.

Lucía mandó un Okay, ma, no te preocupes. Desde el departamento en caballito hasta la joyería en 11 había varias opciones de transporte público. Podían tomar el subte línea A la estación Pue Redón y después el B hasta Miserere. Pero hacía mucho calor y los subtes en hora a pico del mediodía eran insoportables.

 También podían tomar un Uber o un taxi, pero estaban tratando de ahorrar plata para el regalo de su madre. Decidieron tomar el colectivo de la línea 60, que pasaba a tres cuadras de su casa y las dejaba a pocas cuadras de la joyería. Era la opción más directa y económica. A las 14:03, según los registros de las cámaras del edificio, Lucía y Martina salieron del edificio.

 El portero Don Osvaldo, un hombre de 65 años que trabajaba ahí desde hacía 20, las vio salir y les dijo, “Que tengan linda tarde, chicas.” Ambas le devolvieron el saludo con una sonrisa. Caminaron las tres cuadras hasta la parada del 60 en la esquina de Acoite y Ribadavia. Hacía un calor sofocante. Martina se quejaba del sol. Lucía le prestó su gorra.

 Había varias personas esperando el colectivo. Una señora mayor con bolsas de compras, un hombre con traje que revisaba su celular, dos adolescentes con uniformes escolares. A las 14:12, el colectivo de la línea 60, interno número 38847, llegó a la parada. El chóer era Ramón Benítez, un hombre de 42 años que llevaba trabajando para la empresa de transporte casi 15 años.

 Era conocido entre los pasajeros regulares como alguien amable, conversador, que siempre tenía la radio puesta con música cumbia o cuarteto. Las cámaras de seguridad de un comercio en la esquina captaron el momento exacto en que las hermanas Peralta subieron al colectivo. En el video que después fue analizado cuadro por cuadro por la policía, se ve a Martina subiendo primero, pagando con su tarjeta. Sube.

 Lucía sube después, también pasa su tarjeta. Ambas se dirigen hacia el fondo del colectivo que estaba moderadamente lleno con aproximadamente 12 o 15 pasajeros. Ese fue el último registro visual confirmado de Lucía y Martina Peralta. El recorrido desde esa parada hasta la zona de 11 donde debían bajarse tomaba aproximadamente 25 a 30 minutos dependiendo del tráfico.

El colectivo tenía que hacer varias paradas, cruzar Rivadavia, pasar por el barrio de Almagro y finalmente llegar a la zona comercial de 11 cerca de la estación de tren. Pero las hermanas Peralta nunca llegaron a su destino. A las 3 de la tarde, Patricia Peralta, que había salido más temprano de la escuela ese día por una reunión cancelada, llegó a su casa.

 Vio que sus hijas no estaban y no le dio importancia. Sabía que habían ido de compras. Se preparó algo de almorzar, puso la televisión, respondió algunos mensajes de trabajo. A las 4 de la tarde intentó llamar a Martina para preguntarle si ya habían comprado el reloj. El teléfono sonó, pero nadie contestó. Probó tres veces más en los siguientes 15 minutos.

Nada. Luego intentó con Lucía. Mismo resultado. A las 4:30, Patricia comenzó a sentir una inquietud creciente. No era normal que sus hijas no contestaran, siempre estaban con los celulares en la mano. Les mandó mensajes por WhatsApp. Chicas, ¿dónde están? ¿Me tienen preocupada? Los mensajes fueron entregados, aparecieron las dos palomitas azules, pero no hubo respuesta.

 A las 5 de la tarde, Patricia llamó a Gabriel, su esposo, que todavía estaba en la oficina. Gabi, las chicas salieron a las 2 de la tarde y no contestan el teléfono. ¿Vos sabés algo? Gabriel le dijo que no sabía nada, que seguramente estaban entretenidas comprando o habían ido a comer y tenían los celulares en silencio. Le pidió que no se preocupara todavía, pero Patricia conocía a sus hijas.

 Sabía que algo no estaba bien. A las 6 de la tarde, cuando el sol comenzaba a bajar y la temperatura finalmente descendía un poco, Patricia tomó una decisión. llamó a Rocío, la mejor amiga de Martina desde la secundaria que vivía en Flores. Ro, ¿viste a Marty hoy? No, Pato. ¿Por qué? ¿Pasa algo? Salió con Lucía al mediodía y no contesta el teléfono.

 ¿No te dijo nada de otros planes? No, nada. La última vez que hablamos fue ayer a la noche. ¿Querés que intente llamarla? Sí, por favor. y avisame si sabés algo. Rocío intentó contactar a Martina sin éxito. También probó escribirle a Lucía, con quien tenía una relación cercana. Nada. A las 7 de la noche, cuando el cielo ya se oscurecía sobre Buenos Aires, Patricia y Gabriel tomaron la decisión de ir a buscarlas.

Primero fueron a la joyería en 11, donde supuestamente iban. El dueño, un señor mayor llamado don Julio, les dijo que no había visto a las chicas ese día. Recorrieron las cuadras cercanas, preguntando en comercios, mirando en los locales de ropa donde Martina solía entrar, revisando las confiterías. Nada, nadie las había visto.

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