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EL CASO QUE CONGELÓ A MÉXICO: una traición descubierta y una noche que terminó en misterio

 Lucía sabía exactamente qué estaba buscando porque en su trabajo de titulación 12 años antes, había estudiado exactamente ese tipo de mecanismo y lo que encontró no era descuido, era un sistema. Lo que encontró fue esto. Fernando Castillo llevaba al menos 3 años desviando fondos de clientes de la firma hacia cuentas de empresas fantasma.

 No era una operación burda ni improvisada. era sofisticada con nombres de razones sociales reales, con RFC correctamente registrados ante el SAT, con movimientos que en papel lucían perfectamente legales y auditables. Las empresas Fantasma recibían pagos que en teoría correspondían a servicios de consultoría externos, servicios que nadie había prestado, servicios que no existían más que en el registro contable.

 El dinero desviado en 3 años rondaba los 12 millones de pesos, pero había un problema que Fernando no había anticipado, o tal vez sí lo había anticipado y había decidido que era un riesgo manejable. Para algunos de esos registros había usado los accesos de Lucía, no todos, solo un porcentaje calculado. Lo suficientes para que si alguien investigaba desde afuera, los rastros digitales llevaran primero a ella y no a él.

 Era un seguro, un escudo construido con el nombre y las credenciales de la persona en quien más confiaba. Lucía lo descubrió el primer fin de semana de octubre. Estaba trabajando desde casa. Andrés había ido a visitar a su madre. La tarde era silenciosa. Solo ella, la pantalla de su laptop, un café que se enfrió porque estuvo más de 2 horas sin moverse.

Dos horas en las que revisó todo otra vez desde el principio. 2 horas en las que entendió exactamente lo que estaba pasando. Y entonces sintió algo que no era solo miedo, era esa combinación específica de miedo y furia que siente alguien cuando descubre que la persona en quien confió la estaba usando como escudo.

 Que su nombre, su firma, su reputación construida durante 7 años habían sido instrumentalizados para proteger a alguien que la miraba a los ojos todos los días como si nada. Hay quienes en ese momento se paralizan, hay quienes lloran, hay quienes llaman inmediatamente a alguien. Lucía no hizo nada de eso. Guardó todo lo que encontró. Fue metódica.

 creó copias digitales en una USB encriptada, capturas de pantalla con marcas de tiempo, correos internos que había guardado por protocolo de trabajo y que ahora adquirían un significado completamente diferente. Un archivo de Excel con sus propias anotaciones comparando los registros oficiales con los movimientos reales, con columnas de análisis y notas al margen.

organizó todo con la misma frialdad con la que habría preparado un informe de auditoría, porque eso era en esencia lo que estaba haciendo, un informe de auditoría sobre su propio jefe y después esperó porque quería tener absolutamente todo antes de hablar. No más de una semana. El 10 de octubre, cinco días antes de desaparecer, Lucía entró al despacho de Fernando Castillo a las 4 de la tarde.

Cerró la puerta y le dijo que sabía lo que había hecho. Lo que pasó dentro de ese despacho durante los siguientes 20 minutos es algo que solo dos personas conocen con certeza. Uno de ellos desapareció 5co días después. El otro jamás dio una declaración completa, pero hay algo que Lucía dejó escrito. Entre los archivos que los investigadores recuperarían semanas más tarde había un documento que Lucía había creado esa misma tarde del 10 de octubre.

 No estaba dirigido a nadie en específico. Era un registro personal, como si hubiera necesitado poner en palabras lo que acababa de vivir. Decía en parte, “Le presenté todo. Lo sabe, sabe que lo sé.” Me dijo que había una explicación para todo, que iba a explicarme, que necesitaba unos días, que no hiciera nada todavía. Pero sus ojos decían otra cosa.

 Nunca había visto esa cara en Fernando. Era como hablar con alguien que ya había tomado una decisión y solo estaba ganando tiempo. Ganando tiempo. Esas dos palabras serían las que más pesarían en la investigación. Porque si Fernando estaba ganando tiempo era porque tenía un plan. Y ese plan empezó a ejecutarse la noche del 15 de octubre.

Entre el 10 y el 15 de octubre, Lucía mantuvo una apariencia de normalidad que de saberse resultaría aterradora en retrospectiva. Fue al trabajo, atendió reuniones, respondió correos, almorzó con una colega en un restaurante de la colonia Obispado. Habló por teléfono con su madre en Saltillo.

 Le dijo que estaba bien, que todo estaba bien. Pero había algo nuevo en esos días. Un número de teléfono que comenzó a aparecer en su registro de llamadas. Un número sin nombre en la agenda, siempre llamadas cortas, dos, 3 minutos, siempre en horarios fuera del trabajo, temprano por la mañana o entrada la noche. Seis llamadas en 5 días.

 ¿Con quién estaba hablando Lucía? ¿Por qué ese número no tenía nombre? ¿Por qué las llamadas eran tan cortas? Nadie sabía la respuesta esa semana, nadie, excepto alguien que esa información la usaría de la peor manera posible. Andrés Villanueva reportó la desaparición de su esposa el miércoles 16 de octubre a las 9:15 de la mañana.

Se presentó en el Ministerio Público de San Pedro Garza García, con la ropa del día anterior todavía puesta. Según los registros de la gente que lo atendió, estaba nervioso, pero articulado. Dijo que Lucía no había llegado a casa la noche anterior, que le había marcado al celular desde las 10 de la noche y que el teléfono sonaba pero nadie contestaba, que hacia la madrugada el teléfono dejó de dar señal, que mandó mensajes toda la noche sin recibir respuesta.

La gente del Ministerio Público le explicó el protocolo establecido, que debía esperar 72 horas para levantar el reporte formal. Andrés intentó explicar que eso no tenía sentido, que Lucía nunca desaparecía sin avisar, que no era ese tipo de persona, que algo estaba mal, que él lo sabía, que llevaba más de 8 horas sin saber nada.

 La agente repitió el protocolo. Así funciona el sistema. esa espera de 72 horas que en México se ha cobrado en demasiados casos documentados, la vida de una persona. Andrés no esperó 72 horas, salió del Ministerio Público y empezó a buscar por su cuenta. Llamó a Mariela. Mariela llegó en 20 minutos. Juntos fueron al edificio de la avenida Lázaro Cárdenas, donde Lucía trabajaba.

Cuando pidieron hablar con Fernando Castillo, la recepcionista consultó algo en su computadora y les informó con una calma que ninguno de los dos esperaba, que don Fernando no había llegado ese día, que tampoco había avisado que faltaría. Andrés y Mariela se miraron en silencio. No dijeron nada en ese momento, pero los dos pensaron lo mismo.

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