Patricia sabía que el matrimonio de su hermana era un desastre. Lo sabía desde hacía años. Lo había dicho en voz alta más de una vez. Le había rogado a Lucía que se fuera, que se llevara a Sofía y se fuera. Pero Lucía siempre encontraba una razón para quedarse. La niña necesita a su papá. Ya va a cambiar. Las cosas están mejorando.
Frases que los agresores enseñan a decir sin que las víctimas sepan que las están aprendiendo. El miércoles 17 de octubre, Patricia intentó hablar con Lucía por décima vez en tres días y no obtuvo respuesta. Llamó a la madre. La madre tampoco sabía nada. Llamó a la farmacia. La jefa le dijo que Lucía no había ido a trabajar desde el lunes.
Patricia colgó el teléfono, agarró sus llaves y fue directamente a la fiscalía. La gente que recibió la denuncia se llamaba Cuautemoc Ríos, policía de investigación con 12 años en el servicio, asignado a la Fiscalía Desconcentrada de Itapalapa. Un hombre de complexión delgada, bigote recortado, ojos que habían visto demasiado como para mostrar sorpresa ante cualquier cosa.
Escuchó a Patricia durante 40 minutos sin interrumpirla. Tomó notas a mano en una libreta cuadriculada que sacó de su cajón. Preguntó fechas, nombres, detalles. Preguntó por Rodrigo. Preguntó por el carácter de la relación. preguntó si había antecedentes de violencia. Patricia dijo que sí. Dijo que había antecedentes desde hacía años, pero que Lucía nunca había levantado una denuncia formal, que tenía miedo, que siempre tenía miedo. Ríos escribió todo.
Después cerró la libreta, la puso sobre el escritorio y dijo algo que Patricia todavía recuerda con rabia. Vamos a ver. A veces las señoras se van unos días a descansar y regresan solas. Patricia le sostuvo la mirada. “Mi hermana no dejó a su hija sola tres días para irse a descansar”, dijo, “Mi hermana no existe si no está cerca de Sofía.
Eso es todo lo que necesitas saber.” Ríos tardó un momento, luego asintió y empezó el proceso. La primera visita al departamento fue ese mismo miércoles por la tarde. Ríos fue acompañado de un elemento de la policía de investigación y de una trabajadora social de la fiscalía. Tocaron el timbre, esperaron, tocaron de nuevo.
Rodrigo abrió la puerta al tercer toque. Llevaba ropa de trabajo, polvo de construcción en los brazos, una expresión de sorpresa que Ríos describió en su informe como excesivamente controlada, como quien practica una reacción antes de mostrarla. Entró al departamento, era un espacio pequeño, sala comedor integrada. cocina de paso, un baño y dos cuartos al fondo de un pasillo angosto.
Los muebles eran modestos, pero ordenados, demasiado ordenados, quizás. Ríos lo notó. La cocina brillaba. La sala no tenía ni una revista fuera de lugar. Rodrigo explicó que Lucía y él habían tenido una discusión fuerte el domingo, que ella se había ido de madrugada, que no sabía a dónde, que pensó que se había ido con su hermana o con su madre y que ya iba a regresar.
Ríos le preguntó si le había marcado. Rodrigo dijo que sí varias veces. Ríos le pidió el teléfono. Rodrigo se lo pasó sin dudar. Había tres llamadas al número de Lucía. Las 3 del lunes por la mañana. Después nada. Llamadas en tres días no son las llamadas de alguien preocupado por su esposa, son las llamadas de alguien que ya sabe que no va a contestar.
Ríos guardó eso en la mente y no lo dijo en voz alta todavía. Esa noche, antes de irse del edificio, el agente Ríos tocó otras puertas. preguntó a los vecinos si habían escuchado o visto algo el domingo en la noche o el lunes temprano. La mayoría dijo que no. Cuando llegó al departamento 5co, don Aurelio abrió la puerta con cara de quien ya esperaba esa visita.
¿Algo raro con los vecinos del cuatro? preguntó Ríos directamente. Don Aurelio pensó un momento. Dijo que había escuchado una discusión el domingo en la noche, pero que eso no era tan inusual. Dijo que no pudo escuchar bien qué decían. Dijo que después todo se calmó y que se fue a dormir. No mencionó la bolsa negra.
No mencionó que había visto a Rodrigo salir con ella a las 7 de la mañana. Ríos le agradeció y se fue. Don Aurelio cerró la puerta y el secreto se quedó adentro. Los primeros 10 días de la investigación fueron frustrantes de una manera que no tiene palabras claras. El teléfono de Lucía no daba señal. Lo último que registraron las torres de telecomunicaciones fue una conexión en la zona de Itapalapa la noche del domingo, poco antes de las 11 de la noche.
Después nada, el aparato se apagó o se destruyó o desapareció en un punto que la señal no podía rastrear. Las cámaras de vigilancia del edificio no servían. El propietario del inmueble tenía instalado un sistema de circuito cerrado que, según descubrieron, llevaba más de 2 años sin grabar nada. Las cámaras eran de corazón, una farsa de seguridad que probablemente nadie le había exigido que reparara.
Eso es algo que no se dice suficiente sobre la Ciudad de México. Hay colonias enteras donde la vigilancia existe solo en papel. Las cámaras del CCTV de la calzada ermita Itapalapa a cuatro cuadras del edificio sí funcionaban. Los técnicos de la fiscalía revisaron las grabaciones del domingo 14 y del lunes 15.
Encontraron a Rodrigo. Apareció en cámara a las 6:52 de la madrugada del lunes, conduciéndola Silverado Blanca hacia el poniente en dirección a la avenida Texcoco. Solo en la cabina. No se podía ver bien la cama trasera de la camioneta porque el ángulo de la cámara era bajo, pero llevaba algo cargado.
La suspensión trasera estaba visiblemente comprimida. Eso lo notó un técnico forense que revisó la imagen frame a frame. La camioneta estaba cargando peso. Demasiado peso para un hombre que supuestamente acababa de quedarse solo en casa. Rodrigo fue citado a declarar formalmente el 22 de octubre. Llegó puntual.
Traje de trabajo limpio, sin polvo, esta vez afeitado. Una expresión de colaboración fabricada con cuidado. Llevaba a un abogado, cosa que Ríos anotó en su libreta sin comentarios. La declaración duró 3 horas. Rodrigo mantuvo su versión. Discusión el domingo. Lucía se fue en la madrugada. No sabe a dónde. Admitió que la relación era difícil, que habían tenido problemas, pero negó cualquier tipo de violencia física.
Dijo que Lucía era una mujer impulsiva que se iba de la casa cuando peleaban y que siempre regresaba. El abogado intervino en tres ocasiones para redirigir preguntas que se ponían incómodas. Cuando Ríos le preguntó a dónde había ido el lunes por la mañana antes de ir al trabajo, Rodrigo dijo que a tirar basura y a comprar cigarros en una tienda de la avenida.
Ríos le preguntó dónde compró los cigarros. Rodrigo dijo que no recordaba bien que en alguna tiendita por ahí. Llevaba algo en la cama de su camioneta esa mañana. Rodrigo pausó medio segundo, solo medio. Cascajo de la obra, dijo, “A veces me piden que lleve cosas desde la casa, materiales, herramientas.” Era una respuesta perfectamente plausible para alguien que trabaja en construcción.
Era también exactamente el tipo de respuesta que alguien prepara cuando sabe que las cámaras lo captaron. Ríos no pudo probar nada ese día y Rodrigo salió del ministerio caminando derecho sin mirar atrás. Fue Patricia quien encontró el primer hilo suelto. No un investigador, no un agente. Una hermana desesperada que no dormía, que revisaba el teléfono cada 10 minutos y que había perdido 4 kg en dos semanas de angustia.
Patricia revisó las redes sociales de Lucía con una obsesión metódica. Facebook, Instagram, WhatsApp, en la medida en que podía. Encontró algo que los agentes habían pasado por alto, un grupo de WhatsApp de madres de la escuela de Sofía. En ese grupo, el sábado 13 de octubre, Lucía había escrito un mensaje. Mañana no voy a poder llevar a Sofía a la quermés.
Tenemos que resolver algo en casa. Disculpen. Nada extraordinario. Pero las madres del grupo respondieron con buena onda, sin preguntar más, excepto una. Una mujer llamada Ilse Gutiérrez respondió en privado a Lucía, no en el grupo. Patricia lo encontró porque Lucía tenía el WhatsApp ligado a una cuenta de Google a la que Patricia pudo acceder con la contraseña que Lucía le había dado hacía dos años por si algo pasaba.
Il se le había escrito, “Luchis, ¿estás bien? ¿Me avisas?” Y Lucía respondió, “Sí, creo que sí. Ya no aguanto más, pero no sé qué hacer. Eso fue a las 11:43 de la noche del sábado 13 de octubre, 16 horas antes de que Sofía fuera a casa de su abuela, 24 horas antes de que todo se apagara. Patricia llevó esa conversación a Ríos al día siguiente.
Ríos llamó a Ilse Gutiérrez esa misma tarde. Ilse Gutiérrez tenía 32 años. Maestra de primaria en la escuela Francisco Morazán, a tres cuadras del edificio donde vivía Lucía, madre de una niña de la misma edad que Sofía, que era la razón por la que se conocían. Era amiga de Lucía, no de toda la vida, pero sí de los últimos dos años, de las que te escriben para preguntarte cómo estás y lo preguntan en serio.
Ilse llegó a la fiscalía con los ojos hinchados y las manos apretadas sobre la bolsa. Contó lo que sabía. Dijo que Lucía le había comentado en varias ocasiones que Rodrigo la asustaba, que cuando tomaba se volvía impredecible. que había habido empujones, jalones, uno que otro golpe que lucía minimizaba, pero que ilse veía en los moretones que a veces aparecían en sus brazos.
Dijo que en los últimos meses algo había cambiado, que Rodrigo había empezado a controlarla más, que revisaba su teléfono, que le preguntaba a qué hora llegaba del trabajo y que la llamaba si se tardaba 5 minutos más de lo usual. dijo que Lucía había empezado a hablar de Irse. Me dijo que estaba juntando dinero contó Ilse.
Que tenía una cantidad guardada en un lugar que él no sabía, que cuando llegara a cierta cantidad se iba con Sofía. Ríos preguntó si sabía cuánto llevaba juntado. Ilse dijo que no exactamente, pero que Lucía le había dicho que ya casi. Casi. Esa palabra flotó en el aire de la sala de interrogación como algo imposible de soltar.
Casi había llegado a su número, casi había podido escapar. El dinero no apareció en el departamento. Los agentes hicieron una búsqueda formal con orden judicial el 25 de octubre revisaron el departamento 4 de arriba a abajo. Encontraron la ropa de Lucía, sus zapatos, su cartera con su INE y 500 pesos en efectivo, su credencial del IMS, las trenzas de colores con las que le hacía el pelo a Sofía.
Todo estaba ahí. Cuando una persona se va voluntariamente, se lleva sus cosas, o al menos las que importan. Lucía no se había llevado nada, pero tampoco encontraron el dinero que estaba juntando para escapar. Ese dinero desapareció con ella o alguien lo encontró primero. Los peritos forenses encontraron algo más en el departamento, algo que Rodrigo no pudo explicar.
En el baño, debajo del tapete de ule que estaba frente al lavabo, había una mancha oscura en las juntas del piso de mosaico. Una mancha que alguien había tratado de limpiar con lejía tan fuerte que el olor todavía persistía después. Los peritos tomaron muestras. El análisis tardó 12 días.
El 6 de noviembre llegaron los resultados. Sangre humana. Tipo o positivo. El tipo sanguíneo de Lucía Barrera. Rodrigo Fuentes fue detenido el 7 de noviembre de 2018. No como asesino confirmado, todavía no. como probable responsable de feminicidio en grado de tentativa o consumado, según rezaba la orden de apreensón firmada por un juez de control del reclusorio oriente.
Lo detuvieron en la obra donde trabajaba, en Nesa Coyotl, pasadas las 10 de la mañana. No opuso resistencia. Sus compañeros de trabajo dijeron después que cuando vieron llegar a los agentes, Rodrigo se quedó completamente inmóvil por unos 3 segundos, como si su cuerpo procesara algo que su mente ya sabía desde hacía semanas.
Lo subieron a una patrulla, lo llevaron al reclusorio y ahí empezó otra parte del horror, porque Rodrigo Fuentes no confesó, no ese día, no esa semana, no ese mes. y sin cuerpo, sin confesión, con una sola mancha de sangre como evidencia física y el testimonio incompleto de un vecino que guardaba silencio.
La fiscalía tenía un caso lleno de agujeros, un caso que podía perforar cualquier abogado con experiencia suficiente. Y el abogado de Rodrigo tenía mucha experiencia. Sofía Fuentes Barrera quedó al cuidado de su abuela materna. Nadie le dijo directamente qué había pasado. Le dijeron que su mamá estaba perdida, que la estaban buscando, que pronto iba a aparecer, las mentiras piadosas que los adultos construyen para proteger a los niños y que terminan siendo el mayor daño que les hacen.
Sofía no preguntó mucho en esos primeros días. Solo una noche, cuando su abuela la estaba acostando, dijo algo que la abuela recordaría por el resto de su vida. Awe, el domingo cuando me fui a tu casa, mi mamá me abrazó muy fuerte, más de lo normal. La abuela no supo qué decir. Se quedó mirándome cuando me subí al carro, siguió Sofía.
Y le vi la cara y pensé que iba a llorar, pero no lloró. solo me dijo que la llamara si necesitaba algo. La abuela la abrazó. “Ya va a aparecer”, le dijo. Era lo único que podía decir, aunque ya no lo creía. El juicio previo de Rodrigo Fuentes se extendió durante meses que se convirtieron en un año entero de trámites, amparos, impugnaciones y de ley procesales que hicieron el caso famoso por las razones equivocadas.
Famoso no por la búsqueda de Lucía, famoso por la demora de la justicia. Grupos feministas tomaron las calles afuera del reclusorio oriente al menos en tres ocasiones durante 2019. Pegaron fotos de Lucía en las paredes del Palacio de Justicia de Tepito. Pintaron su nombre en la banqueta afuera de la Fiscalía de Istapalapa con aerosol morado.
Patricia se convirtió en vocera involuntaria de una causa que nunca quiso liderar. Daba entrevistas con la foto de Lucía en las manos. Aparecía en noticieros locales, en programas de radio, en páginas de internet que cubrían casos de mujeres desaparecidas. tenía ojeras permanentes, una voz que nunca terminaba de estabilizarse y una determinación que impresionaba incluso a quienes no conocían la historia.
Pero el cuerpo de Lucía no aparecía y sin el cuerpo el caso seguía siendo un laberinto. Fue en agosto de 2019, casi 10 meses después de la desaparición, cuando la investigación tuvo su primer giro real. Un giro que vino de un lugar inesperado, una llamada anónima al número de la fiscalía, voz de mujer adulta que hablaba rápido y bajito como alguien que marca desde un lugar donde no quiere ser escuchada.
Dijo que tenía información sobre el caso Barrera Fuentes. Dijo que había visto algo que no había reportado, que tenía miedo, pero que ya no podía quedarse callada. El agente que recibió la llamada siguió el protocolo, grabó, trazó la llamada en la medida de lo posible, anotó cada palabra. La mujer dijo que vivía en el edificio de la colonia agrícola Oriental.
dijo que la mañana del lunes 15, muy temprano, antes de que amaneciera bien, había visto a Rodrigo Fuentes sacar algo grande del departamento, algo envuelto en plástico negro, algo que necesitó dos viajes para bajar las escaleras. La llamada duró 2 minutos y 47 segundos. Al final, la mujer dijo su nombre y el nombre no era el que los investigadores esperaban.
No era una vecina cualquiera. Era la esposa del propietario del edificio que vivía en el departamento uno, planta baja, y que llevaba 10 meses sin decir una sola palabra porque su marido le había dicho que no se metiera, que no era asunto de ellos, que querían evitar problemas con la renta. 10 meses, 10 meses sabiendo y callando mientras Patricia buscaba a su hermana y Sofía preguntaba por su mamá.
La mujer Graciela Solano, declaró formalmente tres días después de la llamada. Escribió lo que vio con una precisión que dejó a los agentes sin palabras. dijo que esa mañana se levantó temprano porque tenía insomnio, como casi todas las noches desde que murió su madre en julio de ese año, que se había sentado en la silla de la sala, cerca de la ventana pequeña que daba al pasillo interior del edificio y que desde ahí había visto a Rodrigo bajar por las escaleras cargando algo envuelto en plástico negro atado con cinta canela en
varios puntos. dijo que lo bajó en dos viajes. Dijo que el primer bulto era largo y pesado y que Rodrigo lo arrastró parcialmente por el pasillo antes de levantarlo, que el segundo era más pequeño, como una mochila grande o una bolsa voluminosa. Dijo que los cargó hasta la Silverado, que abrió la caja trasera y los metió adentro con esfuerzo visible.
dijo que todo eso pasó entre las 6 y las 6:30 de la madrugada antes de que amaneciera del todo. Dijo que sintió mucho frío de repente, aunque la mañana no estaba fría. Dijo que se alejó de la ventana y no volvió a asomarse. Y dijo que su marido, cuando le contó lo que había visto, le dijo que se callara porque no querían líos.
Los agentes le preguntaron por qué había tardado 10 meses en hablar. Graciela bajó la mirada. Porque tuve miedo dijo. Y porque mi marido me convenció de que era mejor no saber. Pero ya no puedo dormir. Hace meses que no puedo dormir. Con el testimonio de Graciela, la fiscalía solicitó una nueva orden para revisar el historial de la Silverado de Rodrigo.
Rastrearon el recorrido del vehículo usando los datos de las cámaras de tráfico del sistema C5 de la Ciudad de México y del Estado de México. El lunes 15 de octubre de 2018, la camioneta había tomado la avenida Texcoco en dirección al oriente. Salió de la Ciudad de México hacia el Estado de México. Pasó por los Reyes La Paz.
Continuó por la carretera federal hacia Chalco y ahí se perdió el rastro. La carretera federal, que va de Chalco hacia Mecameca tiene tramos largos sin cámaras, con pueblos pequeños y terracerías que se meten entre los cerros y los campos de cultivo. Una zona donde en invierno el frío baja tan rápido que la niebla puede taparlo todo en minutos.
Una zona donde se podía hacer desaparecer algo o a alguien. Los investigadores notificaron a la Fiscalía del Estado de México, pidieron colaboración, solicitaron rastreos en terreno en la zona de Chalco a Mecameca. La respuesta tardó semanas, meses en realidad, porque la burocracia entre estados tiene sus propios tiempos, que no siempre tienen que ver con la urgencia de las familias que esperan.
Don Aurelio Náera fue citado de nuevo a declarar en septiembre de 2019. Esta vez Ríos tenía más información. Tenía el testimonio de Graciela. Tenía las imágenes de las cámaras, tenía la sangre del baño, tenía todo lo suficiente para presionar. Don Aurelio llegó solo, sin abogado, con el mismo humor callado de siempre.
Se sentó frente a Ríos, cruzó las manos sobre la mesa. Ríos puso sus notas frente a él sin decir nada. Esperó. Don Aurelio miró las notas, miró a Ríos, volvió a mirar las notas y entonces, por primera vez, en casi un año, comenzó a hablar de verdad. Dijo que la noche del domingo 14 no solo había escuchado una discusión, había escuchado palabras específicas.
Había escuchado a Rodrigo decir con una claridad que atravesó la pared como si no existiera. Ya no tienes a dónde ir. Ya encontré el dinero. Y había escuchado a Lucía responder algo que no pudo entender bien porque su voz estaba muy baja, casi como un susurro o quizás como alguien que ya no tiene fuerzas para gritar.
y después había escuchado un golpe, no contra la pared, un golpe diferente, un golpe húmedo, sordo, que don Aurelio describió con un vocabulario que le costó encontrar, como cuando algo pesado cae al suelo, pero no un objeto. No sonaba como un objeto. Ríos lo dejó hablar. Don Aurelio dijo que después de ese golpe hubo silencio, un silencio diferente al de antes, un silencio que él describió como definitivo y que en ese momento él con 62 años encima, con el América recién perdido, con la tele apagada y el edificio quieto, había sentido algo que no supo
nombrar, pero que en el fondo sí sabía lo que era y que aún así se había metido a la cama. ¿Por qué no llamó?, preguntó Ríos. Don Aurelio tardó en responder, porque tenía miedo de estar equivocado. Dijo finalmente Ríos lo miró fijo. Y si no estaba equivocado, dijo despacio, ¿por qué no llamó? Don Aurelio no respondió.
Porque la respuesta verdadera era más complicada que el miedo a estar equivocado. La respuesta verdadera tenía que ver con años de vivir pared con pared y aprender a no ver lo que no querías ver. Con el precio del silencio en colonias donde meterse en lo ajeno puede costarte caro con la cobardía ordinaria que no es maldad, pero que produce los mismos resultados que la maldad.
Don Aurelio no dijo nada de eso, solo bajó la cabeza y en ese gesto estaba todo. Pero lo que don Aurelio dijo ese día, eso que llevaba un año guardando, no era todavía todo. Todavía faltaba algo, algo que no diría hasta 4 años después, en circunstancias que nadie previó, algo que cuando saliera a la luz cambiaría completamente la dirección de un caso que ya muchos daban por cerrado.
Porque lo que don Aurelio escuchó esa noche en el departamento 4 no fue solo una discusión entre un hombre que encontró el dinero escondido y una mujer que intentaba escapar. Hubo algo más, una tercera voz. Una voz que don Aurelio reconoció y cuya identidad guardó en el fondo de su memoria, como se guarda algo que te pesa demasiado para cargarlo, pero también demasiado para soltarlo.
Eso es lo que este caso tiene, un testigo que escuchó todo y que nunca lo contó todo. Hay una palabra en el lenguaje legal mexicano que las familias de las víctimas aprenden a odiar con una profundidad que no tiene fondo. Esa palabra es sobreseimiento. Significa que el caso se cierra. No porque el acusado sea inocente, no porque la verdad haya salido a la luz, sino porque las pruebas no alcanzan, porque el proceso tiene huecos que no se pudieron llenar, porque el sistema con toda su maquinaria y sus formularios y
sus sellos y sus audiencias simplemente no llegó. El 3 de marzo de 2020, el juez de control que llevaba el caso Barrera Fuentes dictó un sobreseguimiento provisional. Rodrigo Fuentes quedó en libertad. Caminó fuera del reclusorio oriente ese martes por la tarde con una chamarra azul marino, una bolsa de plástico con sus pertenencias y el abogado a su lado.
Patricia Barrera estaba afuera. Había ido sola, sin carteles, sin grupo de apoyo, solo ella, parada en la banqueta de enfrente mirando. Rodrigo la vio, la miró 2 segundos y siguió caminando. Patricia no gritó, no corrió hacia él, no hizo nada de lo que cualquiera esperaría de una mujer que llevaba un año y medio buscando a su hermana.
solo lo vio alejarse y marcó el número de Ríos. Ya salió”, dijo Ríos no respondió de inmediato. “Ya lo sé”, dijo después. Lo que siguió fueron meses de un silencio institucional que Patricia describió años después como lo más parecido a estar enterrada viva. El caso quedó en un estado de suspensión, técnicamente abierto, prácticamente paralizado.
Ríos siguió asignado nominalmente al expediente, pero tenía otros casos, otros nombres, otras familias con las mismas ojeras y el mismo teléfono siempre en la mano. Rodrigo Fuentes se fue a vivir a Puebla, a un pueblo llamado Tochtepec en el norte del estado, un pueblo de menos de 5000 habitantes, cañaverales, calor seco y una plaza central con un kiosco de hierro forjado que lleva ahí más tiempo del que cualquier habitante puede recordar.
Ahí tenía familia, una tía, un primo. Empezó a trabajar en construcción de nuevo, esta vez sin supervisar a nadie, solo con las manos, el cemento y la distancia. Don Aurelio también se mudó. En diciembre de 2020, dos años después de todo, vendió lo que tenía en el departamento 5 de la colonia agrícola Oriental y se fue a vivir con su hija en Tultitlán, Estado de México.
Un fraccionamiento nuevo, paredes delgadas también, pero sin historia, sin la humedad de esas juntas de mosaico que aún le pesaban en el pecho. Sofía Fuentes Barrera cumplió 11, 12, 13 años en casa de su abuela, creciendo con una ausencia que nadie supo cómo explicarle bien. El caso volvió a activarse en octubre de 2022, 4 años después de la desaparición.
Y no fue por la fiscalía, no fue por un nuevo perito, ni por una tecnología de rastreo, ni por una denuncia anónima. Fue por una periodista. Su nombre era Daniela Ochoa, 29 años, egresada de la UNAM, que trabajaba para un medio digital de investigación llamado Séptimo Registro, especializado en cobertura de feminicidios y desapariciones en el centro del país.
Daniela llevaba 6 meses construyendo un reportaje sobre casos de presuntos feminicidios que habían terminado en sobresegimiento en la Ciudad de México entre 2017 y 2021. El caso de Lucía Barrera era uno de 11 que tenía en su lista. Empezó como todos los demás. Revisó el expediente en la medida en que la ley de transparencia lo permitía.
Contactó a Patricia. habló con Ilse. Intentó hablar con Graciela Solano, la propietaria que había tardado 10 meses en declarar, pero Graciela había fallecido de un infarto en 2021 y su marido se negó a hablar. Entonces Daniela buscó a don Aurelio, encontrarlo tomó tres semanas. No había rastro digital de Aurelio Nágera, sin redes sociales, sin número público, sin nada.
Solo el domicilio del expediente que era el departamento cinco de la colonia agrícola Oriental, ya habitado por otra familia. Daniela habló con los vecinos del edificio, con los del edificio de enfrente, con el tendero de la esquina que llevaba 30 años en esa esquina y que conocía a todo el que había pasado por ahí. El tendero recordaba a don Aurelio.
Se fue a vivir con su hija, dijo por allá por el Estado de México, Tultitlán, creo. Daniela tardó una semana más en encontrar el fraccionamiento, otra semana en identificar el domicilio. Lo hizo combinando información pública, referencias cruzadas de redes de la hija de don Aurelio y la paciencia metódica que distingue al periodismo de investigación real del que solo hace llamadas rápidas.
Tocó la puerta un martes por la tarde. Don Aurelio abrió. Tenía 66 años ya. más delgado que en las fotos del expediente, el bigote más blanco, los ojos igual de quietos, igual de cargados. La miró. Sabía que alguien iba a venir, dijo, y la dejó pasar. La conversación duró 4 horas. Daniela la grabó con permiso.
Tomó notas a mano, además por costumbre, porque decía que la grabadora a veces hace que la gente mida sus palabras, pero el bolígrafo hace que las olviden. Don Aurelio habló despacio con pausas largas, con la precisión de alguien que lleva años ordenando una historia en su cabeza y que ahora finalmente la va a soltar. Empezó desde el principio, desde la noche del domingo 14 de octubre, desde el partido del América, desde el momento en que apagó la televisión, repitió lo que ya estaba en el expediente, la discusión, las voces, el golpe sordo. Y
entonces dijo algo nuevo, algo que no había dicho nunca. dijo que antes de que llegara el silencio definitivo, entre la voz de Rodrigo y la voz casi inaudible de Lucía, había escuchado algo más. Una voz que no era de Rodrigo, una voz masculina también, pero diferente, más joven, más nerviosa, que dijo con una claridad que don Aurelio reproducía 4 años después como si lo tuviera grabado en algún lugar donde el tiempo no borraba nada.
Ya cállate, ya cállate, ya para. Tres frases cortas dichas en un tono que don Aurelio describió como alguien que está presenciando algo que no esperaba ver y que está aterrado, pero que tampoco hace nada para detenerlo. Daniela dejó de escribir, lo miró. ¿Había alguien más en el departamento esa noche? Preguntó don Aurelio. Asintió.
¿Y usted reconoció esa voz? Pausa larga. Sí. dijo don Aurelio. La voz que don Aurelio reconoció esa noche pertenecía a un joven que vivía en el departamento 8o en el tercer piso del edificio. Se llamaba Iván Castellanos, 23 años en octubre de 2018. Sobrino del propietario del inmueble que vivía ahí con una renta reducida a cambio de hacer algunos trabajos de mantenimiento en el edificio.
Plomería menor, pintura, cambio de focos. ese tipo de arreglos que los propietarios prefieren no pagar a un profesional si tienen un sobrino disponible. Iván conocía a Rodrigo, no como amigos, como vecinos que se cruzaban en las escaleras, que se saludaban con un gesto de cabeza, que a veces se prestaban herramientas, esa proximidad vaga y sin historia que tienen los vecinos en los edificios de clase media baja de la Ciudad de México.
Don Aurelio lo conocía por el sonido de sus pasos, por el volumen de su música los sábados, por el olor a tabaco que a veces bajaba desde el techo cuando Iván subía a fumar y conocía su voz, una voz con un tonito de ledomex que don Aurelio identificaba claramente. Esa voz era la que había escuchado decir, “Ya cállate, ya cállate, ya para desde el departamento de al lado.
” La noche del 14 de octubre de 2018, Daniela Ochoa pasó la noche siguiente sin dormir. Revisó el expediente completo que tenía disponible. Buscó el nombre de Iván Castellanos en todas las declaraciones. No estaba ni una vez. Nunca había sido citado como testigo. Nunca había declarado. Su nombre no aparecía en ningún folio del proceso.
¿Por qué? dos posibilidades. La primera, los investigadores no sabían que existía o no lo habían asociado con el caso. La segunda, alguien sí lo sabía y había decidido no incluirlo. Daniela llamó a Ríos al día siguiente. El agente Cuautemoc Ríos tenía 51 años en octubre de 2022 y llevaba 6 meses en una unidad diferente.
asignado a casos de extorsión en Gustavo A. Madero. El caso Barrera Fuentes era historia reciente, pero ya no era su carpeta activa. Cuando Daniela le dijo lo que don Aurelio había confesado, Ríos se quedó callado durante un tiempo que Daniela contó mentalmente. 7 8 segundos. Iván Castellanos repitió Ríos. Daniela esperó.
Ese nombre aparece una vez en el expediente, dijo Ríos, en la lista de residentes del edificio que se levantó el primer día, nombre, edad, ocupación, pero nunca fue entrevistado formalmente. ¿Por qué? Porque para cuando empezamos las entrevistas formales a los vecinos, ya no vivía en el edificio. Daniela frunció el seño, aunque Ríos no podía verlo.
¿Cuándo se fue? El 16 de octubre, dijo Ríos. Un día después de que Rodrigo sacó la camioneta, silencio. Se fue sin avisar, agregó Ríos. El tío, el propietario, dijo que no sabía a dónde, que simplemente un día sus cosas ya no estaban. Daniela Ochoa publicó la primera parte de su investigación el 18 de octubre de 2022, 4 años y 3 días después de la desaparición de Lucía Barrera.
El reportaje se llamó El testigo del tercer piso, lo que nadie dijo en el caso Barrera Fuentes. Se viralizó en menos de 48 horas. No por las revelaciones específicas sobre Iván Castellanos, que en ese momento todavía eran preliminares, sino por algo más básico y más devastador, el retrato de un sistema que había dejado salir a un sospechoso porque faltaban pruebas, mientras dos testigos clave llevaban años guardando información que nadie había sabido extraer.
Patricia Barrera apareció en tres programas de televisión esa semana. Esta vez ya no llevaba la foto de Lucía en las manos, llevaba el artículo impreso de Daniela y decía una sola cosa. Quiero que encuentren a Iván Castellanos. Encontrarlo resultó más difícil de lo que parecía. Iván Castellanos había vivido los cuatro años siguientes con una movilidad que podía interpretarse de dos maneras muy distintas, como la vida normal de un joven de veintitantos que trabaja en lo que puede y vive donde puede, o como el patrón de alguien que
deliberadamente evita quedar fijo en un lugar. Después del edificio de la colonia agrícola oriental se fue a Puebla. Trabajó en un mercado en Tehuacán durante unos meses. Después al norte a Monterrey, donde estuvo año y medio en una empresa de paquetería. Después de vuelta al centro a Toluca, donde rentaba un cuarto en una vecindad cerca del Mercado Juárez.
Ahí lo encontró la fiscalía en noviembre de 2022, reactivada por la presión mediática que el reportaje de Daniela había generado. Iván Castellanos tenía 27 años cuando los agentes tocaron su puerta en Toluca. abrió con una expresión que uno de los agentes describió en su reporte como la de alguien que llevaba 4 años esperando ese momento y que cuando llegó sintió algo parecido al alivio.
No opuso resistencia, no preguntó de qué se trataba, solo dijo, “Déjeme agarrar mi chamarra.” La declaración de Iván Castellanos se tomó durante dos sesiones en días distintos en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. La primera sesión duró 6 horas, la segunda cuatro. Lo que dijo en esas 10 horas reconstruyó la noche del 14 de octubre de 2018, de una manera que nadie había podido hacer antes.
Y lo que reconstruyó era peor de lo que muchos imaginaban, no por la violencia específica que ya la investigación había establecido parcialmente, sino por los detalles que rodeaban esa violencia, por lo que reveló sobre quién sabía qué. ¿Quién [carraspeo] estaba presente? ¿Quién decidió no actuar? ¿Y por qué? Iván dijo que esa tarde del domingo, cerca de las 8 de la noche, Rodrigo lo había llamado al departamento.
No era la primera vez que Rodrigo lo llamaba. A veces le pedía que le ayudara a cargar algo, a mover un mueble, ese tipo de favores de vecino que se pagan con una cerveza y un rato de conversación. Iván no tenía mucho más que hacer ese domingo. Bajó, entró al departamento 4, Rodrigo ya había tomado, no en exceso, pero sí lo suficiente para que los bordes de todo estuvieran más afilados.
Había botellas de cerveza en la mesita de la sala. El ambiente era tenso de una manera que Iván dijo que sintió apenas cruzó la puerta, como cuando entras a un cuarto y sabes que algo acaba de pasar aunque nadie te diga nada. Lucía estaba en la cocina de espaldas lavando trastes con un movimiento mecánico demasiado controlado, de quien hace algo con las manos para no pensar en lo que tiene enfrente.
No lo saludó. Rodrigo abrió dos cervezas. le pasó una a Iván. Comenzaron a hablar de cosas sin importancia. El partido de esa tarde, una obra que Rodrigo tenía en el Estado de México y entonces, sin una transición clara, sin que Iván pudiera identificar el momento exacto en que las cosas cambiaron de dirección.
Rodrigo se levantó y fue a la cocina. Lo que siguió duró, según Iván, quizás 20 minutos, aunque dijo que le pareció mucho más. El tiempo ahí adentro se comportó de una manera extraña, como si se expandiera y se contrajera dependiendo de lo que estaba pasando. Rodrigo empezó a hablar con Lucía en voz baja. Iván desde la sala no escuchaba bien las palabras, pero sí el tono.
El tono fue subiendo gradualmente como el gas. antes de que algo se prende. Entonces Rodrigo dijo algo que Lucía respondió con una voz que Iván nunca pudo olvidar. Una voz que no era de miedo exactamente. Era de alguien que ya tomó una decisión y que sabe que decirla en voz alta tiene consecuencias, pero que ya no puede seguir sin decirla.
Lucía dijo, “Ya sé que encontraste el dinero, pero me voy igual. Con o sin él me voy. Iván describió esa frase como una pequeña bomba que cayó en el centro de la cocina. Rodrigo se quedó quieto 3 segundos y entonces explotó. Iván dijo que se paró, que fue hacia la cocina, que lo que vio cuando llegó al marco de la puerta lo paralizó de una manera que no supo explicar racionalmente.
Rodrigo tenía a Lucía contra la alacena. le decía cosas en voz muy baja, casi pegado a su cara con una mano en su cuello, no apretando todavía, pero ahí como una advertencia, Iván dijo que gritó algo que no recuerda exactamente qué, que cree que dijo, “Ya, ya para, ya cállate” o algo parecido. Rodrigo lo miró solo un segundo.
fue suficiente para que Iván entendiera que estaba fuera de lugar, que había entrado en algo que ya tenía una dirección y que él no era parte del plan. Lucía lo miró también y Iván dijo que en esa mirada había algo que todavía hoy, 4 años después terminaba de soportar. No era súplica, era reconocimiento. Como si Lucía supiera exactamente lo que iba a pasar a continuación y quisiera que alguien, aunque fuera este chavo de 23 años, que no tenía ni idea de cómo ayudarla, supiera que ella sabía, que ella era consciente, que no era una
sombra en su propia historia. Iván dijo que salió del departamento, que subió al tercer piso, que se encerró en su cuarto y se sentó en la cama y escuchó. Escuchó la discusión que continuó más intensa. Escuchó el golpe que don Aurelio también escuchó. Ese golpe sordo y definitivo. Escuchó a Rodrigo moverse por el departamento.
Escuchó agua correr, mucha agua durante mucho tiempo, y dijo que en ningún momento llamó al número de emergencias. Le preguntaron por qué dijo que tenía miedo. Le preguntaron, “¿Miedo de qué?”, dijo que miedo de Rodrigo, miedo de meterse, miedo de las consecuencias. Que en la colonia donde creció, en Ecatepec, habías aprendido desde chico que llamar a la policía era una opción que a veces creaba más problemas de los que resolvía.
Le preguntaron si pensó en entrar de nuevo. Tardó en responder. Sí, dijo. Y pensé que no iba a servir de nada, que ya era tarde. El silencio que siguió a esa respuesta en la sala de declaraciones tuvo un peso que el agente que llevaba el proceso describió después como físicamente opresivo. Iván declaró que la mañana del lunes antes del amanecer escuchó a Rodrigo en el pasillo. no se asomó.
Escuchó pasos, arrastre, el chirrido de la reja del edificio, el motor del asilverado. Después, silencio. Dijo que esperó a que amaneciera completamente, que entonces bajó al departamento de su tío en la planta baja y le dijo que se iba, que tenía que irse, que no podía explicar por qué. El tío le preguntó qué había pasado.
Iván dijo que nada, que solo necesitaba cambiar de aire. El tío lo miró de una manera que Iván interpretó como que sabía más de lo que decía, pero no preguntó más. Iván subió, agarró dos bolsas con su ropa y sus cosas y se fue. No miró el departamento cuatro al pasar. No se detuvo en el pasillo. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo y no volvió a ese edificio nunca.
Había un detalle en la declaración de Iván que los agentes necesitaban verificar. dijo que esa noche, mientras escuchaba desde su cuarto en el tercer piso, en un momento entre el golpe y el agua que corrió, había escuchado el teléfono de Lucía sonar no una vez, varias veces, y que después escuchó a Rodrigo decir con voz calmada, completamente diferente a la de minutos antes, como si hubiera encontrado un interruptor interno que apagó todo. No va a contestar.
está dormida. ¿Con quién hablaba? Le preguntaron a Iván. No sé, con alguien en el teléfono, supongo. Los investigadores revisaron el registro de llamadas del número de Rodrigo esa noche. A las 11:52 de la noche del domingo 14 de octubre de 2018, Rodrigo había recibido una llamada. Duración 43 segundos.
El número de origen era un celular con una tarjeta de prepago activa solo durante ese periodo y cancelada días después. No habían podido identificar ese número en 2018. 4 años después, con nuevas herramientas de rastreo y con la declaración de Iván como punto de partida, los investigadores intentaron de nuevo. El rastreo del número tomó seis semanas.
Seis semanas de trabajo técnico en coordinación con la empresa operadora, con la Unidad de Inteligencia Patrimonial y con la Fiscalía General de la República, que en algún punto tuvo que intervenir por cuestiones de jurisdicción que complejizaron el proceso más de lo necesario. Pero el resultado llegó. El número de prepago había sido activado en una tienda Oxo de la colonia Valle de Chalco, Estado de México, 4 días antes de la noche del 14 de octubre.
Las cámaras de ese Oxo ya no tenían la grabación de 2018, por supuesto. 4 años eran demasiados, pero los investigadores tenían otra línea. El número había realizado llamadas a otros tres números antes de marcar a Rodrigo esa noche. Todos esos números también eran prepago, todos cancelados, excepto uno.
Uno de esos números era un teléfono fijo registrado a nombre de una persona que vivía en Chalco, Estado de México. Un hombre llamado Ernesto Fuentes Alcántara, hermano mayor de Rodrigo Fuentes. Ernesto Fuentes tenía 44 años en 2022. Vivía en Chalco desde hacía 12 años, en una casa propia de dos pisos, con un negocio de materiales de construcción que había levantado con trabajo y con algo más que trabajo, según empezaron a revelar las investigaciones colaterales que se abrieron sobre él.
No tenía antecedentes penales. Era casado con tres hijos, conocido en su colonia como un hombre serio, trabajador, que no se metía en problemas de nadie. Cuando los agentes llegaron a Chalco a buscarlo, Ernesto estaba en su negocio. Local amplio, lleno de bultos de cemento y varilla. Música de regional mexicano a volumen moderado, un empleado acomodando sacos al fondo.
Ernesto los vio entrar y preguntó en qué les podía ayudar con la naturalidad de quien no tiene nada que temer o con la de quien lleva años practicando esa naturalidad. Le dijeron que necesitaban hablar con él sobre el caso de Lucía Barrera. Ernesto no dijo nada por un momento. Después miró al empleado y le dijo que se tomara un descanso.
Y cuando el empleado salió, Ernesto se apoyó en el mostrador, cruzó los brazos y dijo, “¿Qué quieren saber?” Lo que siguió fue una de las declaraciones más complejas y más perturbadoras de todo el caso. Ernesto no negó conocer los eventos de esa noche. Dijo que Rodrigo lo había llamado, que lo había llamado pasadas las 11 de la noche después de que todo ya había pasado y que estaba en pánico, que le dijo que algo se le había ido de las manos, que necesitaba ayuda.
Ernesto dijo que fue que manejó desde Chalco hasta la colonia Agrícola Oriental, que en ese trayecto nocturno tardó unos 40 minutos, que cuando llegó y vio lo que vio en el departamento, sintió que el suelo se le movía bajo los pies, pero que no llamó a la policía, que en vez de eso ayudó a su hermano.
Le preguntaron, ¿por qué Ernesto tardó? porque es mi hermano dijo. Esa respuesta tan simple, tan devastadora, tan humana en el peor sentido de lo humano, resumía todo lo que había fallado esa noche y en los años que siguieron. Ernesto declaró que fue él quien le indicó a Rodrigo cómo proceder, que tenía conocimiento del terreno en la zona de Chalco y sus alrededores, porque su negocio lo había llevado a esas áreas muchas veces, a entregar material a obras en terracería, a conocer caminos secundarios que no aparecen en mapas.
declaró que ayudó a Rodrigo a preparar los bultos que don Aurelio y Graciela Solano vieron bajar esa madrugada. declaró que condujo la Silverado de Rodrigo hacia el oriente, tomando la carretera federal rumbo a Mecáameca, y que se desviaron por un camino de terracería que Ernesto conocía entre campos de cultivo y una zona boscosa en las faldas del Popocatépetl, a una altura donde el frío ya mordía incluso en octubre y donde la niebla de madrugada hacía que la visibilidad se redujera a unos metros. declaró lo que
encontraron ahí y declaró lo que dejaron. El equipo de búsqueda de la fiscalía llegó a esa zona el 14 de diciembre de 2022, dos meses después de la declaración de Ernesto. meses de trámites, de coordinar con autoridades del Estado de México, de obtener los permisos correspondientes, de localizar exactamente el sitio usando las coordenadas que Ernesto proporcionó con una precisión que resultaba difícil de procesar emocionalmente, la precisión de alguien que había vuelto mentalmente a ese lugar miles de veces en 4 años. Era un martes, hacía un frío
denso. El cielo estaba cerrado de ese gris plomizo que tienen las mañanas de diciembre en el altiplano mexicano. Los volcanes no se veían tapados por las nubes bajas. Había peritos forenses, agentes del MP, elementos de la policía estatal y un equipo de búsqueda con equipo especializado. Patricia Barrera estaba ahí también.

Nadie le había dicho que fuera, pero nadie le dijo que no. Llegó sola en un taxi desde el Edomex, con un abrigo oscuro y esa expresión que ya era permanente en su cara, esa mezcla de agotamiento y determinación que no tiene nombre exacto, pero que cualquiera que haya esperado una noticia imposible reconoce de inmediato.
La búsqueda empezó a las 7:30 de la mañana. A las 11:42 de esa mañana, uno de los peritos hizo una señal. Patricia lo vio desde detrás de la cinta que la mantenía alejada del área activa de búsqueda. Los peritos se detuvieron, hablaron entre ellos, uno sacó el radio, llamó al fiscal que coordinaba en el sitio. Patricia dio un paso hacia delante.
Un agente la detuvo con suavidad, pero con firmeza. Ella no forcejó. Solo se quedó mirando el punto donde los peritos se habían detenido, entre unos árboles de ollamel de troncos grises, en un terreno que el tiempo y la lluvia habían ido modificando, pero que guardaba lo que guardaba con esa indiferencia absoluta que tiene la tierra.
La tierra no juzga, no protege ni condena, solo recibe lo que le dan y lo mantiene. La identificación forense tomó semanas. era necesaria porque el tiempo y las condiciones del terreno habían hecho su trabajo de la manera en que siempre lo hacen. Los peritos trabajaron con muestras de ADN proporcionadas por la madre de Lucía y por Sofía ahora de 13 años.
El resultado llegó el 9 de enero de 2023. Los restos pertenecían a Lucía Barrera. Patricia recibió la llamada un lunes por la mañana. Estaba en su departamento en Ecatepec, sola, con un café en la mano que se enfrió antes de que ella pudiera beberlo. El agente le dijo las palabras, los términos técnicos, los números de folio, el proceso de lo que seguiría.
Patricia dijo, “Gracias.” colgó, se sentó en el suelo, ahí mismo en la cocina con la espalda contra el refrigerador y lloró de una manera que ella misma describió después como llorar sin lágrimas, porque el cuerpo ya no tenía nada que dar. Rodrigo Fuentes fue detenido de nuevo el 15 de enero de 2023.
Esta vez la orden de apreenssión era por feminicidio consumado, con identificación positiva de la víctima y con múltiples testimonios que reconstruían los eventos de esa noche. Lo encontraron en Tocttepec, Puebla, en el mismo pueblo al que se había ido en 2020. Trabajaba en una obra. Lo detuvieron a media jornada frente a sus compañeros, igual que la primera vez.
Pero esta vez no caminó derecho al salir. Esta vez lo subieron a una patrulla que arrancó hacia la Ciudad de México por la autopista Puebla, México, con las luces de emergencia encendidas en la mañana gris de enero. Ernesto Fuentes fue detenido el mismo día en Chalco. Cargos, encubrimiento, obstrucción a la justicia y complicidad en feminicidio.
este último sujeto a debate jurídico que todavía en el momento de escribir estas líneas continuaba en proceso. Iván Castellanos no fue detenido. La fiscalía determinó que su participación, aunque moralmente grave, no reunía los elementos típicos de un delito penal en los términos del código de la Ciudad de México. había presenciado el inicio de los eventos, había abandonado el lugar, no había llamado a las autoridades.
Omisión de auxilio, negligencia moral, complicidad en silencio. Pero en el derecho penal mexicano, el peso exacto de esa omisión tiene límites que los legisladores algún día tendrán que revisar. Iván quedó libre, aunque Daniela Ochoa publicó su nombre en su reportaje final y con eso la libertad de Iván adquirió un sabor particular, el sabor de alguien que camina sin cadenas, pero que carga algo que no tiene nombre legal y que tampoco tiene fecha de expiración.
Don Aurelio Náera fue el más difícil de encuadrar en esta historia para quienes la cubrieron. No era culpable de nada en el sentido estrictamente jurídico. Era un anciano que escuchó cosas y que tardó años en contarlas, que guardó en su memoria una tercera voz, porque nombrarla significaba involucrarse en algo que le daba terror.
Daniela lo visitó una última vez después de que el caso se cerró en primera instancia. Le preguntó cómo estaba. Don Aurelio tardó en responder Bien. dijo. Y después añadió algo que Daniela incluyó textualmente en su reportaje final, porque le pareció que resumía algo esencial sobre la naturaleza del silencio en los crímenes que ocurren entre paredes delgadas.
“El problema no es que la gente no escuche”, dijo don Aurelio. El problema es que escucha todo y decide que no es su problema. Yo hice eso y ya sé lo que pesa. Se quedó callado un momento. Pesa mucho. Sofía Fuentes Barrera tenía 14 años cuando encontraron a su madre. Su abuela materna fue quien le dio la noticia.
Sentadas en la cocina de la casa de Moctezuma con una taza de atole que ninguna de las dos tocó. La abuela le dijo lo que había. sin adornos, sin mentiras piadosas, porque Sofía llevaba años siendo más grande de lo que su edad decía, y las mentiras piadosas ya no le cabían. Sofía escuchó, miró la mesa, después preguntó una sola cosa. Sufrió.
La abuela no supo qué decir. Sofía la miró. No me digas que no, si no sabes. Solo dime la verdad. La abuela la tomó de las manos. No lo sé, mi vida. No lo sé. Sofía asintió y no preguntó más. Esa noche la abuela la escuchó llorar en su cuarto durante mucho tiempo. No entor necesita el espacio que uno le da, no el que los demás intentan llenar con su presencia.
Sofía lloró sola y después se durmió y al día siguiente se levantó, desayunó y se fue a la escuela. Porque la vida sigue aunque uno no quiera, especialmente cuando uno tiene 14 años y todavía tiene que seguir. El juicio de Rodrigo Fuentes por feminicidio comenzó en septiembre de 2023. duró 4 meses. Fue un proceso que los medios de comunicación siguieron con una atención que cuatro años antes, cuando el caso estaba activo y fresco, no habían tenido.
El reportaje de Daniela Ochoa había convertido a Lucía Barrera en algo que los casos de feminicidio rara vez logran. Un nombre que la gente conocía, no una estadística, un nombre. El 19 de enero de 2024, el juez dictó sentencia. 52 años de prisión sin beneficio de reducción de pena por buen comportamiento en los términos de la legislación vigente en la Ciudad de México para feminicidio calificado.
La calificativa, el crimen, había sido perpetrado en el hogar conyugal contra una mujer que había manifestado su intención de separarse con destrucción posterior del cuerpo para impedir la identificación de la víctima. Rodrigo Fuentes escuchó la sentencia sin mostrar ninguna reacción visible. El abogado anunció que apelarían.
La apelación fue negada 6 meses después. Ernesto Fuentes fue sentenciado a 22 años por encubrimiento y complicidad en feminicidio. Apeló también. La apelación continuaba en proceso en el momento en que este caso fue documentado por última vez. Patricia Barrera dejó de dar entrevistas después de la sentencia, no de manera dramática, no con un comunicado ni con una declaración pública, simplemente dejó de contestar llamadas de periodistas.
Dejó de aparecer en programas de televisión. Daniela Ochoa fue la última persona del medio en hablar con ella. Una tarde de febrero de 2024, en un café cerca de la plaza de Catepec, Patricia tomó un café negro. Miraba la calle por la ventana con la misma expresión que había tenido en todos los 5 años previos.
Ese agotamiento que no desaparece, aunque la razón del agotamiento se resuelva. ¿Cómo te sientes?, le preguntó Daniela. Patricia pensó, “No sé siento algo todavía”, dijo. Pensé que cuando llegara la sentencia iba a sentir algo, alivio quizás o paz, no sé. “Y nada”, dijo Patricia. Solo pienso en ella, en que Sofía no la va a tener, en que el dinero que juntó para irse no lo encontramos nunca, en que ese domingo si alguien hubiera llamado, si don Aurelio hubiera llamado, si Iván hubiera llamado, se detuvo, miró su taza. Pero esos son los
y sí, y los y sí te destruyen si los dejas. Daniela asintió. ¿Hay algo que quieras que la gente sepa? le preguntó. Patricia levantó la vista. Tardó en responder como si estuviera buscando las palabras exactas en un lugar donde las palabras exactas son difíciles de encontrar. Cuando una mujer dice que necesita salir, hay que creerle.
Dijo, “No mañana, no cuando esté lista, no cuando las cosas se calmen. Hay que creerle ese día, esa hora, ese momento, porque a veces el momento es todo lo que hay.” Lucía Barrera fue sepultada el 28 de enero de 2023 en el panteón Jardín de Itapalapa. Fue un entierro pequeño, familia cercana, Ilse Gutiérrez, algunos vecinos de la colonia Moctezuma que la habían conocido de niña, la jefa de la farmacia donde trabajó 12 años.
El día estaba nublado, pero no llovió. Sofía estuvo de pie junto a su abuela durante toda la ceremonia. No lloró en el panteón. Lo hizo después en el carro de regreso cuando pensó que su abuela no la estaba mirando. Pero la abuela sí la miraba y no dijo nada, solo le tomó la mano. Y Sofía se la apretó fuerte que la abuela sintió que dolía un poco y no soltó.
Hay algo que este caso deja que no tiene que ver con los sentenciados, ni con los testimonios, ni con el expediente. Tiene que ver con el tiempo. Lucía Barrera tardó 9 años en reunir el valor y el dinero para irse. 9 años de empujones que se minimizaban, de palabras que hacían daño y que no dejan marca visible, de noches de silencio pesado, de mañanas de sonrisas forzadas frente a Sofía para que la niña no notara, de llamadas a Patricia que terminaban en “Ya no te preocupes, estoy bien.
” 9 años construyendo una salida en secreto, billete a billete, escondida en un lugar que al final Rodrigo encontró. 9 años de ese trabajo invisible que hacen las mujeres en situaciones así, ese trabajo de supervivencia que nadie ve, porque si lo vieran tendrían que actuar. Y cuando finalmente dijo en voz alta que se iba con o sin el dinero que le habían robado, fue la última vez que dijo algo.
El dinero que Lucía había juntado nunca apareció. Los investigadores buscaron en las cuentas de Rodrigo, en las de Ernesto, en transacciones en efectivo que pudieran rastrearse. Nada. La cantidad exacta nunca se supo. Il se dijo que Lucía hablaba de varios miles de pesos, quizás entre 8 y 12000. El ahorro de meses de quitarse cosas para acumular eso sin que Rodrigo lo notara.
Ese dinero, esa pequeña fortuna invisible que Lucía construyó en silencio para comprarse una vida nueva, desapareció con ella. Y en esa desaparición paralela hay algo que duele una manera específica. Duele porque muestra que lo que Rodrigo destruyó no fue solo una vida, fue un plan, una voluntad que Lucía había construido con sus propias manos y que estaba estaba casi listo.
Daniela Ochoa ganó el Premio Nacional de Periodismo en 2023 por su cobertura del caso. En su discurso de aceptación no habló del proceso de investigación, ni de las fuentes, ni de los meses de trabajo. Habló de Sofía. Dijo que durante los meses en que cubrió el caso, lo que más la movió no fue la brutalidad del crimen, ni los fallos del sistema, ni la complejidad de los testimonios.
Fue una foto que Patricia le había mostrado, una foto del último cumpleaños de Lucía en agosto de 2018, dos meses antes de que todo terminara. Lucía con Sofía en el regazo, las dos sonriendo, un pastel de chocolate con las velitas a punto de apagarse, el tipo de foto que cualquiera tiene en su teléfono y que parece ordinaria hasta que entiendes lo que hay detrás.
Daniela dijo que esa foto la acompañó durante toda la investigación, que cada vez que el proceso se ponía difícil, que cada vez que el sistema parecía demasiado grande y la verdad demasiado pequeña, miraba esa foto y seguía. Este es el tipo de caso que no termina con la sentencia. La sentencia es un punto en un proceso, un cierre administrativo, un número en un expediente que algún día quedará archivado en algún sótano de alguna fiscalía de la Ciudad de México.
Pero el caso sigue en la vida de las personas que lo vivieron. Sigue en don Aurelio, que duerme mejor que antes, pero que a veces en las noches en que el Estado de México se pone frío y silencioso, escucha cosas que no sabe si son reales o son memoria. Sigue en Iván Castellanos, que carga su libertad como se carga algo demasiado pesado para una persona sola.
Sigue en Ernesto, que eligió a su hermano sobre una mujer que no lo había lastimado nunca. Sigue en Patricia, que envejeció 5co años en uno y que aprendió que la justicia y la paz son dos cosas distintas que a veces no se encuentran en el mismo lugar. Y sigue sobre todo en Sofía, que tiene 15 años mientras este relato se escribe, que va a la escuela, que tiene amigas, que su abuela le hace el desayuno todas las mañanas, que a veces, según cuenta la abuela, se levanta muy temprano y se sienta en la cocina antes de que nadie
esté despierto y se queda ahí quieta con las manos en la mesa, mirando nada o mirando algo que nadie más puede ver. Lucía Barrera tenía 34 años cuando murió. Tenía una hija que la adoraba, una hermana que no la soltó, una amiga que preguntó si estaba bien y que mereció una respuesta honesta. Tenía un plan, tenía un dinero escondido, tenía casi.
Ese casi es lo que este caso deja, no como una falla, no como un reproche, como un recordatorio de que entre el casi y el ya a veces hay una noche, una sola noche, y que en esa noche lo que hagan o dejen de hacer las personas que están cerca puede ser la diferencia entre todo. Lucía lo sabía, Sofía lo sabe también.