Posted in

El caso que aterrorizó a México: secuestro del hijo mimado de un poderoso empresario

Me llamo Marina Salcedo. Nací en Valencia, pero llevaba once años viviendo en México cuando ocurrió el caso Moncada. Llegué para quedarme seis meses y terminé quedándome más de una década, como le pasa a mucha gente que cree que puede entender un país en poco tiempo y luego descubre que un país no se entiende: se aprende a respetar.

Trabajaba para un periódico digital, cubriendo política, corrupción y, de vez en cuando, historias de sociedad que parecían ligeras hasta que se les caía el maquillaje. La gala de aquella noche era uno de esos encargos. Ir, tomar notas, escribir algo elegante sobre empresarios que se aplauden entre ellos y volver a casa antes de medianoche.

Pero México tiene una forma muy particular de recordarte que la realidad no pide permiso.

A las once y diez, el hotel estaba cerrado por dentro. Nadie entraba. Nadie salía. Los invitados ricos, que una hora antes se movían con seguridad de reyes, caminaban ahora como niños en un colegio durante un simulacro de incendio. Los teléfonos sonaban. Las mujeres lloraban. Los hombres importantes intentaban hablar más alto que el miedo.

Yo vi a Alejandro Moncada en una sala privada del hotel, rodeado de escoltas y policías. Tenía el rostro rojo, no sé si de rabia o de vergüenza. Isabel estaba sentada en un sofá, con una manta sobre los hombros. Camila la abrazaba.

—Quiero a mi hijo de vuelta —decía Alejandro—. Lo quiero de vuelta ahora.

Un policía de traje oscuro intentaba calmarlo.

—Señor Moncada, necesitamos escuchar cualquier llamada que reciba. No debe actuar solo.

Alejandro lo miró como si acabara de insultarlo.

—Yo no actúo solo. Yo resuelvo.

Esa frase me quedó grabada. “Yo resuelvo.” Hay personas que confunden solucionar con controlar. Y cuando la vida les demuestra que no controlan nada, se vuelven peligrosas.

A las once y diecisiete llegó el primer mensaje al móvil de Alejandro.

No lo vi, claro. Ningún periodista debía estar tan cerca. Pero una fuente de seguridad me lo filtró después.

El mensaje decía:

“Cincuenta millones de dólares. Sin policía. Sin prensa. Pero antes, pregúntale a Isabel qué pasó en el Hospital Santa Lucía el 4 de mayo de 2003.”

El secuestro acababa de dejar de ser un delito común.

Se había convertido en una excavación.

Esa misma madrugada, la noticia explotó en todo el país. No “se difundió”. Explotó. La gente compartió el vídeo una y otra vez. Algunos rezaban por Diego. Otros hacían bromas crueles. Muchos decían que a los ricos por fin les tocaba sufrir lo que sufren los demás.

Read More