Posted in

El caso prohibido que sacudió Lima

Eusebio tenía una radio portátil que escuchaba por las tardes. Noticias, fútbol, sermones, anuncios de medicinas. Un día la dejó en el patio mientras hablaba por teléfono. Camila, que era curiosa y tenía una memoria prodigiosa, oyó una noticia sobre una campaña de personas desaparecidas. Mencionaban una línea telefónica. Mencionaban que algunos casos antiguos seguían abiertos. Mencionaban nombres.

Uno de esos nombres fue Lucía Aramburú.

Camila se quedó helada.

Su madre, que estaba lavando ropa, dejó caer una camisa al suelo.

Durante años, Lucía había dudado de su propia memoria. Eusebio le repetía que su madre había muerto, que nadie la buscaba, que si salía la meterían presa por abandonar su casa, que los niños le serían arrebatados. Mentiras. Mentiras dichas tantas veces que se pegaban a la piel.

Pero aquella radio pronunció su nombre.

No era una fantasma.

No era una loca.

No era una mujer borrada.

Alguien, en algún archivo, en algún despacho olvidado, todavía la estaba buscando.

Camila memorizó la línea telefónica, pero no tenían teléfono. Mateo empezó a observar las salidas. Renata guardó monedas que encontraba en los pantalones de Eusebio. Tomás, pequeño pero no tonto, aprendió a quedarse callado cuando los mayores susurraban.

El plan tardó casi dos años.

Esto también conviene decirlo, porque desde fuera uno pregunta con torpeza: “¿Por qué no escapó antes?”. Como si escapar fuera abrir una puerta y ya. Como si el miedo no fuera una pared. Como si cuatro hijos, sin documentos, sin dinero, sin saber moverse por la ciudad, no pesaran. Yo he oído esa pregunta en bares, en taxis, en comentarios de internet. Siempre me dan ganas de responder lo mismo: quien nunca ha estado encerrado no debería presumir de saber encontrar salidas.

Eusebio empezó a enfermar del corazón. Tosía, sudaba, caminaba más lento. Una tarde se desmayó en el patio. Mateo pudo haber corrido. No lo hizo. Ayudó a su madre a levantarlo. Lucía, después, se encerró en la habitación y tembló durante una hora.

—No puedo dejarlo morir aquí —dijo.

Camila la miró con rabia.

—Él sí nos habría dejado morir.

Lucía no respondió.

Read More