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Eduardo Capetillo: The Heartthrob Who Had It All Collapsed Live… What He Hid for Years…

Poco [música] después llegó otra puerta, el teatro musical. Eduardo formó parte de Vaselina, [música] la versión en español del musical Grease, ese fenómeno que en México lanzó [música] a toda una generación de jóvenes artistas. El muchacho de la familia de toreros cantaba, bailaba y actuaba sobre un escenario [música] lejísimos del ruedo que le habían reservado.

Y lo hacía bien también que la maquinaria más poderosa del entretenimiento mexicano [música] ya lo tenía en la mira. Ahora quiero que recuerdes cómo era esa época. No te voy a dar una lección de historia de la televisión. Te voy a [música] recordar tu propia sala. Acuérdate, tú llegabas de trabajar o [música] de la cocina o de acostar a los niños, prendías la televisión y ahí estaban ellos todas [música] las noches como si fueran de la familia.

Esos muchachos que cantaban y bailaban en la pantalla [música] eran el sonido de fondo de tu casa. Sonaban en el radio del coche, estaban en [música] la portada de las revistas que comprabas en el puesto de la esquina y uno de ellos estaba a punto de convertirse en el rostro [música] que definiría a toda una generación de galanes.

Aquí viene lo primero que te prometí. [música] La máquina que lo fabricó. Noviembre de 1985. Eduardo Capetillo [música] tiene 15 años, 15. Y de pronto recibe la llamada que cambia su [música] vida. Lo invitan a entrar a Timbiriche. Para que entiendas la dimensión de esto, déjame ponerte en contexto [música] qué era Timbiriche en ese momento.

Era el grupo [música] más poderoso de México, un fenómeno que había nacido a principios de los 80 [música] de la mano del productor Luis de Llano y que para mediados de la década llenaba estadios, [música] vendía discos por millones y tenía a las adolescentes haciendo guardia fuera de los hoteles. Por ese grupo pasaron nombres que tú conoces de memoria.

Alex [música] Bower, Diego Shonen, Mariana Garza, una jovencísima [música] Paulina Rubio, una jovencísima Talía, Edith Márquez, [música] Eric Rubín y por un tiempo también Sasha Socol. Era una cantera de estrellas, la fábrica [música] de ídolos juveniles más grande que ha tenido este país. Y quiero que de verdad te imagines [música] lo que era ese fenómeno, porque hoy cuesta dimensionarlo.

Timbiriche [música] fue mucho más que un grupo. Para varias generaciones de jóvenes funcionaba [música] casi como una religión. Sus conciertos reventaban [música] auditorios y plazas de toros convertidas en escenarios. Las niñas y las adolescentes [música] se aprendían cada coreografía, cada letra, cada nombre, cada fecha de cumpleaños de sus integrantes.

Había muñecas, [música] loncheras, cuadernos, pósters, calcomanías, todo con sus caras. Estaban en la portada de las revistas que tú comprabas en el puesto de [música] periódicos, esas que ojeabas en la sala de espera del doctor. Cada movimiento de cada integrante era noticia. Con quién andaba, quién entraba, [música] quién salía.

Era el corazón palpitante de la cultura juvenil mexicana de esos años. Y en medio de toda esa fiesta había una verdad que el público no veía. Esos [música] muchachos eran trabajadores, niños y jóvenes con jornadas de adultos. Ensayaban durante horas, [música] grababan de madrugada, viajaban de una ciudad a otra durmiendo en autobuses y aviones, y entre función [música] y función seguían siendo estudiantes que debían cumplir con la escuela.

La fama a esa [música] edad tiene un lado que casi nadie cuenta. Te da el amor de millones de desconocidos y te quita las cosas más simples de la juventud. Las tardes sin prisa, los amigos del barrio. El anonimato de equivocarte [música] sin que medio país se entere. Eduardo vivió sus 15, [música] 16, 17 años dentro de esa máquina maravillosa y devoradora.

Aprendiendo a sonreír siempre, aprendiendo a no mostrar jamás [música] el cansancio, aprendiendo en el fondo exactamente la misma lección que ya traía de casa. [música] Y aquí está lo que casi nadie se detiene a pensar. Ese muchacho tenía dos escuelas diciéndole lo mismo. En su casa, la dinastía le enseñaba a no quebrarse.

[música] En el escenario, la fama le enseñaba a no quebrarse. Nadie [música] en ningún lado le estaba enseñando a sentir. Y cuando un ser humano crece sin permiso para sentir, tarde o temprano, [música] busca la manera de apagarse, aunque sea con algo que lo destruya por dentro. [música] Pero hay un detalle en la entrada de Eduardo que dice mucho.

Él no entró a [música] un lugar vacío. Entró a ocupar el lugar de alguien, el lugar de Benny Ibarra. Quiero que entiendas [música] lo que eso significa. A los 15 años, este muchacho fue colocado en una silla que ya tenía [música] dueño y la silla siguió girando como si nada porque así funcionaba [música] la maquinaria.

El grupo era una marca, los integrantes eran piezas. Si una pieza se iba, se ponía otra y el [música] espectáculo continuaba sin perder un solo aplauso. Imagínate lo que es tener [música] 15 años y aprender así de rápido, que eres reemplazable, [música] que eres un engrane de algo más grande que tú. Y la vida dentro de esa máquina [música] distaba mucho del cuento de hadas que se veía en la pantalla.

Eran giras agotadoras. ensayos de horas, conciertos un día en una ciudad y al siguiente [música] a cientos de kilómetros. Esos muchachos crecían arriba de un escenario con un tutor que les daba clases entre función y función porque seguían siendo menores de edad. El público [música] veía la sonrisa. Atrás de esa sonrisa había niños trabajando como adultos, cargando una [música] presión que ningún adolescente debería cargar.

Y la regla de oro de esa industria, esa que nadie firmaba, pero todos cumplían, era una sola. [música] Sonríe aunque estés agotado, posa aunque te duela [música] y jamás dejes que el público vea lo que hay detrás del telón. Eduardo lo hizo bien, mejor que bien. Estuvo en los años de mayor éxito del grupo.

Participó [música] en los discos y en las giras de aquella época dorada en la que Timbiriche sonaba en cada fiesta y en cada radio [música] del país con canciones que tú te sabías de memoria. El muchacho [música] bonito empezaba a tener nombre propio. Las cartas de las fans empezaban a llegar dirigidas a él y ese cariño [música] multiplicado por millones es algo embriagante para un chico de 15, 16, 17 años.

Te lo voy a decir [música] claro. A los adolescentes los convertían en producto emocional para todo un país y un producto no tiene permiso de estar cansado, [música] mucho menos de estar roto. En 1989, Eduardo tomó una decisión valiente de Jotinbiriche. Su lugar lo ocupó otro muchacho, Claudio Bermúdez, y la rueda siguió girando [música] igual que cuando él había llegado.

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