Posted in

Dos turistas desaparecieron en Patagonia — 20 años después un dron captó algo

Después llamé a mi editor y mentí fatal. Le dije que necesitaba unos días por un asunto familiar. Luego llamé a mi hermana para pedirle que regara mis plantas. Mi hermana, que me conoce mejor de lo que me gustaría, solo preguntó:

—¿Es lo de Patagonia?

No le respondí.

—Claudia, por favor.

—Solo voy a mirar.

—Eso dijiste la primera vez.

La primera vez.

La frase se quedó colgada entre nosotras.

Porque la primera vez yo tenía veintiséis años, una libreta barata y la arrogancia ridícula de quien cree que contar una historia es lo mismo que entenderla. Había llegado a Argentina para cubrir temas de viajes. Glaciares, rutas, hoteles con chimenea, turistas europeos descubriendo que el fin del mundo no era una metáfora. Todo muy limpio, muy vendible.

Hasta que Irene y Mateo desaparecieron.

Recuerdo el hostal Los Ñires como se recuerdan las habitaciones donde uno ha recibido malas noticias: con demasiados detalles inútiles. Las cortinas verdes. El olor a café recalentado. Un mapa de senderos pegado con cinta adhesiva junto a recepción. La dueña, Marta, una mujer de manos ásperas y voz dulce, repitiendo:

—Salieron temprano. Dijeron que volvían antes de cenar.

La última persona que los vio fue un conductor llamado Mario Cárdenas. Un hombre de cincuenta años, barba gris, chaqueta de cuero gastada, ojos de perro cansado. Los dejó cerca de la entrada de una senda no señalizada, según declaró. Ellos insistieron en caminar hasta un mirador antiguo que no aparecía en los folletos.

—Les dije que no fueran —aseguró frente a la policía—. Les dije que el tiempo iba a cambiar.

Pero aquella mañana el cielo estaba azul. Demasiado azul. Los partes meteorológicos hablaban de viento por la tarde, nada grave. Y aquí viene una de esas cosas que cualquiera que haya pisado Patagonia aprende rápido: el parte meteorológico es una sugerencia educada, no una promesa. La montaña allí no negocia. Te mira. Espera. Y cuando bajas la guardia, te arranca la soberbia de un manotazo.

Irene y Mateo no volvieron.

A las nueve de la noche, Marta llamó a emergencias. A medianoche, dos guías salieron con linternas. Al día siguiente comenzó la búsqueda oficial.

Yo fui con el primer grupo de prensa. Me acuerdo del frío clavándose en las uñas aunque era verano austral. Me acuerdo de los voluntarios caminando en línea, mirando al suelo como si buscaran una moneda perdida y no dos vidas. Me acuerdo del padre de Mateo, un hombre enorme, incapaz de llorar, repitiendo una y otra vez:

Read More