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DANIELA ROMO: El Secreto Que Guardó por amor Cuando Todos La Creían Acabada

Los primeros discos no funcionaron y aquí mucha gente se habría rendido. Teresa no, porque venía de una casa donde rendirse no era una opción que existiera. Si no salía el primero, salía el segundo. Y entonces por fin empezó a funcionar. Primero una canción, luego otra, luego otra. Y de repente ya no era Teresa intentando abrirse camino, era Daniela Romo, la estrella, el nombre en el cartel, la que llenaba teatros.

Y aquí está la factura que nadie ve, porque cuanto mejor le iba a Daniela, menos espacio quedaba para Teresa. Cada éxito de la estrella se comía un trozo de la mujer. La de los focos crecía, la de la casa de pan y cebolla se iba quedando guardada debajo donde no molestara. Acuérdate de esto porque es justo lo que va a salir a la luz de la peor manera cuando llegue la enfermedad.

Y el golpe llegó en 1984, una canción italiana que ella no se limitó a traducir, sino que reescribió. Le cambió el sentido entero. La original hablaba de una mujer que se quería escapar de una relación para ser libre. Daniela le dio la vuelta y la convirtió en otra cosa, en ganas, en deseo, en esas líneas que toda una generación se sabe de memoria.

Quiero envolverme en tus brazos. Esa canción se llamó Yo no te pido la luna y dejó de ser una canción para convertirse en parte del mobiliario de las casas latinoamericanas. Sonaba a la hora de comer, sonaba mientras se planchaba, sonaba en la radio del coche, sigue sonando hoy. Y mira, eh, siempre me ha parecido curioso, la canción más famosa de Daniela habla de entregarse por completo a alguien y luego resulta que una de las decisiones más importantes de su vida la tomó completamente sola.

Y esa es la decisión que te decía al principio, la que tomó de joven y nunca presumió. Daniela Romo, la mujer que le cantó al amor como pocas, la que tiene los boleros más entregados del pop en español, no se casó nunca, no tuvo hijos nunca. Y durante años la gente lo comentaba por lo bajo, como se comentan estas cosas, que sí por la carrera, que si no encontró, que si esto, que si lo otro.

La verdad la contó ella misma años después, sin dramatismo, con una calma que impresiona. Dijo, “Yo fui hija de madre soltera. Mi mamá me lo dio todo, nos sacó adelante a mi hermana y a mí ella sola. y decidí no ser madre cuando pensé que no quería repetir patrones para leelo otra vez conmigo. No quería repetir patrones porque hay preguntas que se quedan viviendo dentro de una niña durante décadas y yo creo que Daniela tenía una, una sola.

Y si un día me pasa lo mismo que a mi madre, y si un día soy yo la que tiene que sacar adelante sola a un hijo y si no soy capaz. A veces las decisiones más importantes de nuestra vida no las tomamos por lo que queremos, las tomamos por aquello que nos da miedo repetir. Esa frase es una mujer mirando su propia infancia de frente.

Una mujer que creció sin un padre presente y que decidió en frío que ella no iba a traer un hijo al mundo para criarlo entre camerino, sola a salto de gira. Lo dijo tal cual. No por mi capricho de querer ser mamá, voy a traer al mundo a un ser del que me tengo que hacer responsable para siempre. Y mira, hay una cosa que siempre me ha llamado la atención de Daniela, porque cuando habla de esto no habla como alguien que se está justificando, habla como alguien que tomó una decisión y aprendió a vivir con ella. Ella decía que le encantaban los

niños, que sí había pensado en ser madre, pero que no quería traer un hijo al mundo para criarlo a medias. Y aquí te voy a decir una cosa que igual te enfada y si te enfada me lo dices abajo en serio que para eso estamos. Pero yo no tengo tan claro que Daniela eligiera no ser madre. Lo que tengo más claro es que eligió no parecerse a la historia que había vivido.

Y no es lo mismo decidir una cosa que decidir tu miedo, porque la versión que ella contaba era redonda, perfecta, sin una grieta. Decidí no ser madre para no repetir patrones. Y cuando algo me suena tan perfecto, tan ensayado, desconfío. Una cosa es elegir libremente no tener hijos, que es respetable y hace feliz a mucha gente.

Y otra cosa muy distinta es no atreverte, porque a los 8 años ya te quedó grabado a fuego que un hijo es un peso que acabas cargando tú sola. En la primera eliges tú. En la segunda eligió por ti la niña asustada que fuiste 40 años antes y tú solo le pusiste palabras bonitas de adulta. Yo no lo sé. De verdad que no lo sé y desconfío del que te diga que sí.

Pero sé una cosa, si una niña crece viendo a su madre sacar una familia delante ella sola, esa niña no llega limpia a una decisión así. Llega con una mochila y la única pregunta que de verdad importa es, ¿cuánto pesaba esa mochila el día que Daniela decidió no ser madre? Tú dime en los comentarios cómo lo ves, porque de eso va esto.

Suscríbete porque esto es lo que hacemos en El precio de ser, no quedarnos en la foto bonita, sino preguntarnos qué había detrás y lo que viene todavía aprieta más. Y la vida, que a veces tiene formas muy raras de cerrar los círculos, terminó llevándose todo ese amor exactamente al mismo sitio del que había salido a su madre, porque Daniela nunca tuvo hijos.

Pero sí tuvo alguien por quien se preocupaba cada día, alguien a quien llamaba para preguntar cómo había amanecido, alguien por quien se desvelaba, alguien cuya tristeza le dolía más que la suya. Doña Tere, guárdate eso porque vamos a volver a ese amor y cuando volvamos va a doler. Todavía Daniela está en lo más alto y nadie ni ella imagina lo que le espera la vuelta de la esquina.

Mientras tanto, en lo de fuera, Daniela era imparable. Llegó de mí enamórate, que le escribió nada menos que Juan Gabriel. Y aquí Daniela hace una cosa que solo hacen las grandes. Coge una canción de un genio y la convierte en suya para siempre. Hoy mucha gente joven cree que esa canción es solo de ella.

Ese es el nivel del que estamos hablando. Y si te fijas en la letra, hay algo casi profético. De mí enamórate, una mujer pidiendo que la quieran a ella, a la de verdad, no a la imagen. Y a la vez en su vida real mantenía Teresa escondida detrás del personaje. Cantaba Enamórate de mí mientras casi nadie sabía quién era ese mí.

Y aquí pasa una cosa que me parece bastante triste, porque mientras todo un país empezaba a conocer a Daniela, cada vez menos gente conocía a Teresa. Y eso es el éxito muchas veces, que te reconozca un país entero por la calle, pero que cada vez menos personas sepan cómo eres de verdad cuando llegas a casa y cierras la puerta te quieren a montones y a la vez estás más sola de lo que nadie imagina porque a quien quieren es al personaje, no a la mujer que se va a casa al acabar la función.

Acuérdate de esto porque dentro de un rato, en el peor momento de su vida, Daniela va a tener que ir a buscar a esa Teresa que llevaba años escondida y no le va a resultar nada fácil encontrarla. Pero si cierras los ojos y piensas en la Daniela Romo de los años 80, hay una cosa que aparece antes que la voz, antes que el vestido, antes que el escenario.

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