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Cuando una monja limpió una celda en Zacatecas, encontró al sacerdote besando a otro hombre

Sor Ángela no gritó.

Eso sorprendió al padre Mateo más que si lo hubiera abofeteado.

Él esperaba horror, condena, una mano al pecho, un “¡cómo ha podido!”, quizá una carrera directa al despacho de la madre superiora. Al fin y al cabo, había crecido escuchando que ciertas verdades, si salían a la luz, no se explicaban: se castigaban.

Pero sor Ángela no hizo eso.

Se agachó, recogió el cubo caído, lo puso de pie y miró el agua derramada sobre el suelo de piedra.

—Siempre pasa igual —murmuró—. Una viene a limpiar polvo y acaba encontrando barro.

Julián tragó saliva.

—Hermana, yo…

—Usted cállese un momento.

No lo dijo con crueldad. Lo dijo como una mujer que necesitaba ordenar la escena antes de que el miedo la dominara.

El padre Mateo estaba apoyado contra la pared. Parecía enfermo. Tenía los labios apretados, los ojos húmedos y las manos cruzadas delante del cuerpo como si ya estuviera ante un tribunal.

Sor Ángela lo miró durante unos segundos largos.

—¿Quién manda esas notas?

Mateo abrió la boca, pero no salió nada.

Julián contestó:

—Don Anselmo Cárdenas.

El nombre llenó la celda como humo.

Sor Ángela lo conocía demasiado bien.

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