Posted in

Cuando los albañiles rompieron el muro en Zacatecas, sus gritos se escucharon a tres casas de lejos

Ana Belén llegó diez minutos después, con el pelo recogido a medias, una carpeta de permisos bajo el brazo y el miedo todavía sin forma en la cara.

No era una mujer fácil de impresionar. Tenía treinta y siete años, había vivido en Guadalajara, había trabajado en una inmobiliaria, había visto pleitos por herencias, divorcios horribles y familias capaces de vender hasta los recuerdos si el precio era bueno. Pero nada de eso la preparó para ver a tres albañiles en la calle, pálidos como santos de yeso, mientras los vecinos murmuraban detrás de las cortinas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Nadie contestó al principio.

Mateo salió de la casa. Tenía polvo en las cejas, en la barba corta y en la camisa. La miró de un modo extraño, como si lo que acababa de encontrar no perteneciera solo a la obra, sino a ella.

—Ana… tienes que llamar a la policía.

Ella sintió un golpe en el estómago.

—¿Hubo un accidente?

—No.

—¿Entonces?

Mateo se quitó el casco despacio.

—Hay alguien dentro del muro.

Ana no entendió.

O no quiso entender.

—¿Cómo que alguien?

—Restos. Una persona. En una habitación tapiada.

La carpeta se le cayó al suelo.

Los papeles se desparramaron por la acera húmeda. Uno de los permisos quedó boca arriba: “Rehabilitación de inmueble histórico”. Qué frase tan limpia para una mañana tan sucia.

Read More